Capítulo 1.-

Killian se dejó caer por primera vez en el día en el viejo y magullado sofá. Cerró los ojos fuertemente y se apretó con dos dedos el puente de la nariz, estaba completamente exhausto después de tantas horas trabajando. En cierta manera, eso era bueno; una gran cantidad de trabajo significaba que no tendría que llegar tan justo de dinero a final de mes. Al fin y al cabo, su trabajo no le reportaba grandes beneficios, lo suficiente para sobrevivir y poder permitirse de vez en cuando una excursión a su añorada tierra, Irlanda. Aun así, en los últimos tiempos se había hecho más famoso por la zona, por lo que el trabajo nunca le faltaba. Aparte, eso le ayudaba a no pensar en lo solo que se encontraba y en todos esos demonios que le acechaban día a día.

Hacía mucho tiempo que se había acostumbrado a la soledad, a no tener a nadie por quien preocuparse ni nadie que se preocupase por él. Desde que dejó a Milah, él no había sido la misma persona. Había abandonado su hogar y dejado su trabajo por ella, y había intentado construir una vida nueva, en un continente en el que no conocía a nadie, solo porque intentó perseguir un amor que al final se le quedó demasiado pequeño, y en el que la rutina y la falta de confianza le llevaron a desear más, a aspirar a más. Él siempre había creído en el amor verdadero de las películas y las novelas, y quizá su error fue pensar en que ese amor surgiría a primera vista. Cuando rompió su relación con Milah, se dio cuenta de que la confianza antes de comenzar una relación era fundamental, no solo debías enamorarte de tu pareja, sino que debías hacerte su mejor amigo, su confidente. Aun así, y a pesar de mantener la esperanza de encontrar un tesoro realmente valioso, había abandonado su búsqueda del amor hacía tiempo, y había llegado un punto en el que no sabía si no seguía buscando por seguir recuperándose de un corazón demasiado roto, o porque la monotonía y la rutina le impedían enfrentarse al mundo.

A pesar de ser solo septiembre, ya habían comenzado las tormentas y los días de lluvias torrenciales. Aquel era uno de esos días en los que apenas se podía salir al exterior, pues estaba todo el suelo completamente embarrado y si lo hacía, corría el riesgo de pillar un resfriado o peor, que un rayo lo alcanzase. Por eso, había decidido pasar aquel día exclusivamente en su pequeño taller de carpintería, acabando un encargo que le había pedido Eric y que llevaba varios días de retraso. El proyecto consistía en construir el dormitorio del que sería su segundo hijo. Ambos eran amantes del mar, por lo que a la hora de explicarle su propuesta a Eric, ambos coincidieron en sus ideas, lo que hizo que su empeño y pasión fuera mayor. Su total concentración en el trabajo había hecho que su energía se acabara por completo, y lo único que quería era darse un baño largo y relajante y acostarse. Durante toda su vida, todo el que le conocía le había dicho que era una persona muy pasional, que le ponía el mayor empeño que podía a cada cosa que hacía. Era una lástima que en los últimos años el único lugar donde podía descargar toda esa pasión que le llenaba era en el trabajo.

Perfectamente pudo pasar una hora en remojo en el baño pensando en sus cosas, ese era su momento favorito del día. Una vez salido de la bañera y con el pijama puesto, se dirigió a la pequeña sala de estar y tomó el último libro de botánica que había adquirido para dedicarle un rato antes de cenar. Se acercó en el alfeizar de la ventana, donde tenía colocados algunos cojines y mantas. Aquel era un sitio en el que le gustaba recostarse durante mucho tiempo, leyendo, tocando su vieja guitarra o simplemente observando el exterior, pero al mirar por la ventana antes de sentarse, algo le llamó la atención: a aproximadamente cincuenta metros, podía divisar una pequeña figura completamente empapada que se dirigía hacia su casa. Pudo deducir desde esa distancia que era una mujer de cabello rubio, aunque no la reconoció. Rápidamente se levantó y salió al porche de su casa, esperando que terminara de acercarse para ver en qué podía ayudarla. Ella finalizó el trayecto corriendo, y cuando llegó al porche, Killian pudo apreciar lo hermosa que era aquella mujer.

Sus ojos eran de un verde brillante, comparable solo al de las hojas de los tréboles que crecen en su tierra. Su cabello rubio caía sobre su pecho mientras algunos mechones se le pegaban a la cara. Y vaya cara, por no hablar del cuerpo. Killian se habría quedado horas tan solo contemplándola si no se hubiese dado esa situación. Hacía tiempo que alguien no le había causado tal impresión. Cuando el silencio en el que se encontraban comenzaba a ser incómodo, la muchacha comenzó a hablar.

― ¡Hola, buenas tardes! ― Exclamó.

― Hola. ―Respondió Killian sonriendo.

—Mira, perdona que te moleste, pero es que estaba en el coche viajando, y de repente se ha quedado parado. Y encima me he quedado sin batería en el móvil. — Comentó ella mientras fruncía los labios y arrugaba la frente. ―¿Podrías dejarme un teléfono para llamar a la grúa?

— Uf, con este tiempo no deberías haber cogido el coche, pero pasa, puedes llamar si quieres, aunque puede tardar un poco en llegar hasta aquí.

— Muchísimas gracias, en serio. —Dijo la mujer con una sonrisa. Y vaya sonrisa. —Por cierto, me llamo Emma.

—Yo soy Killian, encantado. —Contestó ofreciéndole su mano. Ella se la estrechó con seguridad. —Y no tienes por qué agradecerme, para eso estamos.

Ella soltó una risita educada mientras observaba la estancia. A la vez, Killian se acercó a la pequeña mesa auxiliar donde cargaba el teléfono fijo y se lo ofreció a Emma junto con el libreto con los números más importantes.

—Aquí tienes el teléfono. Y en esta libreta está apuntado el número de la grúa.

— Muchas gracias.

Killian abandonó la estancia mientras Emma llamaba a la grúa y se dirigió al baño. Abrió el pequeño armario y sacó una toalla para ofrecérsela a Emma. Cuando volvió a la sala de estar, pudo escuchar la conversación que la rubia estaba manteniendo.

— ¿Pero cómo puede ocurrir esto? —Volvió a poner esa mueca con los labios fruncidos y la frente arrugada. Se mantuvo durante unos segundos en silencio. — ¿Y el seguro no cubre los gastos? —Otro silencio. —Bueno, supongo que ya no podemos hacerle nada. Mañana llamaré a primera hora al seguro, y os mandaré la localización de mi coche para que lo recojáis. —Suspiró. —Vale, muchas gracias.

Emma colgó y se mantuvo con la cabeza gacha durante unos segundos. Killian intervino entonces.

—Te he traído una toalla por si quieres intentar secarte un poco la ropa. —Le tendió la toalla y ella la tomó, secándose la zona del cuello y los brazos desnudos. — ¿Cómo ha ido el tema de la grúa?

—Pues no podía haber ido a peor. —Comentó. —Por lo visto, y debido a las lluvias torrenciales, han cancelado todos los servicios por riesgo de deslizamiento en la carretera.

— Normalmente están preparados para estos casos, pero este año las lluvias han comenzado antes de lo previsto.

— Ya, pues vaya mala suerte que tengo.

— ¿Y qué vas a hacer? Si quieres puedo llevarte a Storybrooke, es el pueblo más cercano con todo tipo de servicios, y está a unos quince kilómetros de aquí.

— De hecho allí es a donde me dirigía. Pero no quiero que te molestes, podrías tener un accidente si conduces. De hecho yo no debería haber cogido el coche hoy, lo que pasa es que debía llegar cuanto antes allí.

— ¿Pero entonces que piensas hacer? — Inquirió Killian.

— Pues dormiré en mi choche, no es la primera vez que lo hago.

— Ni de coña, ¿cómo vas a dormir en tu coche? En un día normal sería de locos, pero precisamente hoy con esta lluvia y los rayos, podrías morir ahí dentro.

— No me quedan opciones. — Dijo Emma un poco cabreada. Killian era demasiado curioso, aunque tampoco podía echarle nada en cara, de hecho le estaba ayudando.

— Sí tienes opciones, te puedes quedar aquí esta noche. — Ofreció él.

— No, eso sería demasiado. Además, no me conoces de nada.

— No necesito conocerte completamente para saber que no tienes un lugar a donde ir esta noche, por lo que puedes quedarte aquí. Si quieres mañana puedes invitarme a comer como compensación para que no te sientas en deuda conmigo, aunque para nada es una obligación, lo hago por gusto. De vez en cuando, me gusta realizar alguna que otra buena obra.

— No sé, me da apuro. — Replicó Emma.

— Insisto, de verdad.

— En ese caso de acuerdo, pero mañana en cuanto me llamen de la grúa me marcharé, no me gusta molestar. — Dijo finalmente aceptando.

— Perfecto, si quieres podemos salir para meter tu coche en la parcela, para que no tenga ningún accidente.

— Eso sería genial.

— Toma, ponte este impermeable. — Dijo Killian mientras se dirigía al perchero de al lado de la puerta, donde solía colocar sus prendas de abrigo. Le tendió uno de los impermeables a Emma mientras él se ponía otro. — Voy un momento a por mis botas. — Añadió dirigiéndose a su habitación, donde se puso un pantalón impermeable y unas botas de agua, no quería mojarse el pijama. Cuando salió, Emma ya se había puesto el chubasquero que le había dado, el cual le quedaba enorme. — ¿Vamos?

— Vamos. — Respondió Emma mientras salían al exterior. Él le abrió la puerta para que saliera y juntos se dirigieron hacia el coche de Emma.

¡Hola a todos! Aquí os dejo el primer capítulo del fanfic. Espero que os haya gustado mucho. Ya sabéis, comentad para que yo sepa si os ha gustado. Os digo que es la primera vez que comienzo un proyecto como este y espero no dejarlo a medias. Espero poder actualizar pronto, aunque ahora mismo estoy a tope con exámenes y varios trabajos para la Universidad. ¡Nos vemos en el próximo capítulo! Chao