Señora de las Cuatro Décadas
Capítulo ll
Es gracioso como el trino de una risa sobresale por encima de todas las que has escuchado antes. Mismos sentimientos, mismos gestos y movimientos…
Un significado distinto. Es diferente, y esa diferencia te impregna por completo hasta el punto en que te hallas riendo también, y piensas: "Qué sonido tan maravilloso."
Es casi irreal.
-"Qué rápido pasa el tiempo. Te invité solamente a cenar, pero parece que te he entretenido de más con mi incesante plática" –negó suavemente, sonriendo.
-"Nyahaha, puede que así sea. Aunque es agradable tener compañía –me semi-levanté y choqué mi vaso con el suyo en una especie de brindis-. Además, no todos los días puede una disfrutar tan deliciosa cena."
-"¿Deliciosa? –rió, abandonando la mesa y dirigiéndose al sofá de la sala-. Estoy segura que eres mejor cocinera yo."
-"Sólo si hablamos de postres."
La seguí y me senté a su lado. La escuché contarme pequeñas cosas de su vida; tales como sus primeros días de madre, o los primeros trofeos que Fate y Alicia trajeron a casa o la vez que hicieron un berrinche en el supermercado por una caja de galletas.
Lo complicado que era sacar las manchas de lodo cuando jugaban en el jardín así como los desastres que hacían en la cocina al intentar ayudarla a preparar la comida.
Reí con cada anécdota, reí sueltamente y decidí compartir algunas, habíamos pasado por situaciones muy similares al fin y al cabo. Gritando, riendo, consolando, cuidando y volviéndonos locas cuando nuestro mundo parecía ser derrumbado por un par de fuerzas en miniatura.
Miniaturas que acabaron por crecer con el tiempo, asemejándose cada vez más sus facciones a las nuestras. El tiempo que las vio crecer junto a nosotras, era ahora el mismo que nos vería separarnos.
-"¿Sabes qué es lo bueno de todo esto?"
Mi susurro rompió el silencio en el que de repente nos habíamos sumergido. Acaricié la cabeza que poco a poco se había dejado caer sobre mi regazo, seguramente por el cansancio de hablar o de recordar, no lo sé; bajé la mirada, y me encontré con aquella tan apagada y melancólica que empezaba a dolerme.
Los ópalos púrpuras se movieron apenas, enfocando los míos.
Una débil sonrisa.
-"¿Qué?" –murmuró muy bajo.
-"Que me he dado cuenta que tú estás aquí –cerré los ojos, lanzando un suspiro mientras aspiraba el olor a crema humectante que inundaba su piel-. A pesar de que la vida cambie, nos tenemos la una a la otra ahora."
Nótelo así de repente, es usted amalgama perfecta,
entre experiencia y juventud…
-"No sé qué pueda ofrecerte –rió bajito, desviando la vista al suelo-. Lo único que has hecho es escucharme y hacerme sentir mejor, ¿pero qué he hecho yo por ti? La amistad debe ser recíproca; sin embargo –hizo una pausa-, no te estoy devolviendo nada."
-"Umm –negué-. Me acabas de ofrecer la mejor cena de mi vida."
-"¿En serio?" –se levantó de mi regazo para verme.
-"¿Crees que miento?"
-"¿No?" –la vi vacilar.
-"Por supuesto que no, tonta" –la empujé suavemente, escuchando de nuevo sus risas nacer junto a las mías.
Los días se sucedieron lentamente, con las mañanas, las tardes y las noches siendo compartidas por ambas. Secretos e historias intercambiados entre risas y sonrojos de vergüenza, llantos y lágrimas también.
Lo que al principio fue simple compañía, fue moldeándose en una confidencia que las dos necesitábamos ahora más que nunca.
Así, sin darnos cuenta, el final de la semana llegó, y con ello la graduación.
El último día… para ser madres, estaba aquí.
-"Sean todos ustedes bienvenidos en este día tan especial, donde nuestra doceava generación de estudiantes… -la voz del anfitrión, reproducida por los altoparlantes, retumbó en nuestros oídos y corazones. La emoción alcanzó nuestros ojos-. ¡Un gran aplauso para ellos, por favor!"
Las palmas aplaudieron de inmediato, incluyendo las nuestras. Sentadas desde nuestras sillas de terciopelo azul, con las miradas orgullosas y húmedas contemplando a las niñas que habíamos traído al mundo; y que el día de hoy, eran capaces de valerse por sí mismas en este mismo.
Vestidas con las togas cobalto y sosteniendo el diploma entre sus dedos, sonrientes. No puedo describir la felicidad que sentí cuando mi hija se arrojó a mis brazos totalmente eufórica; pero seguramente, era tan grande y parecida a la que las lágrimas de Precia reflejaban en esos momentos.
Alicia y Fate al lado de ella, abrazándola y siendo recompensadas a cambio por una caricia en la cabeza. Todo ese día fue inolvidable.
Las fotos, los rostros, las profundas sensaciones, las lágrimas y las chispas que saltaban en el interior de los ojos.
A pesar de que he vivido este momento tres veces, todavía no puedo evitar sentirlo como si fuese la primera vez. Y aunque ésta será la última, sé que más orgullosa de Nanoha no podría estar.
-"Mírense nada más –alguien chifló-, ¡no sean tan lloronas! ¡Esto hay que celebrarlo!"
-"Hayate-chan –Shamal le llamó la atención jalándole de los cabellos-, no seas maleducada."
-"¡Kyaaaa! ¡Signum, dile que se detenga! ¡No pasé horas peinándome en vano!"
-"¿Y qué quieres que yo haga? –la pelirrosa desvió la vista-. De ninguna manera voy a oponerme a Shamal…" –susurró avergonzada.
-"¡Faaateee! ¡Rescátame de la feroz bruja!"
-"¡¿CÓMO ME LLAMASTE?!"
Varias risas y quejidos de Hayate después, las tres familias nos dirigimos a mi café a disfrutar la última noche juntas. Fue un rato agradable y ameno, discutir entre nosotras, aconsejar y bromear acerca de las parejitas ahí presentes.
Aún cuando Yagami y Nanoha aceptaban los comentarios sin pena, no podía creer lo fácil que era abochornar a las dos rubias adolescentes; con cada segundo y palabra, descubría más y más parecidos con su madre.
Desde el dulce ritmo de las voces, hasta los gestos gentiles y confundidos. Había cierto toque adorable impreso en las tres, que era casi imposible llegar a creer que se tenía enfrente a tres de las magas más poderosas del mundo.
O al menos eso suelen decir todos.
-"Bueno, ha sido un placer convivir con todos ustedes, ojalá pudiese durar un poco más, pero creo que Lindy-san ya nos espera."
-"Arf y Linith deben haber empacado sus cosas ya, seguramente las alcanzarán" –agregó Precia con calma, después del comentario de Hayate.
-"Nanoha –me puse de pie-, ¿quieres que te ayude a arreglar tu maleta?"
-"¡Um! Sería una lástima que olvidase algo…"
-"Nano-chan, mientras no me olvides a mí, ¡puedo comprarte lo que te haga falta en Midchilda!"
-"¡Alicia! –chilló-. ¡No enfrente de mi madre!"
Después de reír y de recuperar a mi hija del abrazo mortal de la rubia, me despedí del resto. Antes de retirarme, pude ver a mi nueva amiga decir adiós a sus dos pequeñas, con un último beso en la frente de cada una.
Hayate y sus guardianes se fueron también. Pude leer, antes de entrar a mi coche, la ligera envidia que Precia sentía. Supe en ese momento que ella deseaba tanto ir con ellas y protegerlas, tal y como Signum y las demás podían hacerlo.
Señora de las Cuatro Décadas…
Pero ya no.
La hora había pasado. Sentí tristeza al verla darse la media vuelta y verla volver sola a casa; ocultando la resignación y la soledad en una frágil sonrisa que pretendía engañar a todos.
Excepto a mí.
Porque una madre… no puede engañar a otra, ¿verdad Precia?
Oscuro.
Todo estaba muy oscuro cuando abrí la puerta de aquella casa, que a esas horas de la noche debía de haber estado asegurada. Pero no era así. El silencio embargaba cada rincón de manera asoladora, en vez del aura tranquila del sueño nocturno.
-"¿Precia…?"
Mi voz salió en un susurro, como si temiese que el tan sólo alzarla y permitirle llegar a sus oídos, fuese capaz de romperla en mil pedazos. Conforme cerré la puerta y me adentré en el lugar, apreté mi abrigo contra el frío y escuché el sonido de mis pantuflas rozando la alfombra ancha y azul.
Las sombras densas, apenas dejándole espacio a la luz de la noche para definir el contorno de las cosas allí.
-"¿Precia?" –deposité la mano en una mesa cercana, para evitar un poco la sensación de caminar a ciegas.
Sollozos atravesaron la quietud, pequeños y temblorosos.
Dirigí de inmediato mi atención a la fuente del sonido, enfocando a la figura que se encogía en el sofá mientras se cubría el rostro con las manos.
Sentí un peso enorme aplastarme el pecho ante eso, tanto, que ni siquiera mi puño en éste pudo sofocar el dolor…
-"Precia, ¿qué pasa? No llores, duele bastante verte llorar" –dije suavemente, sentándome a su lado y apartándole los largos mechones plateados.
La sensación de humedad alcanzando mis ojos y el ardor subiéndome por mi garganta. Sin embargo, ninguna impresión fue tan fuerte como el momento en que sus ojos violetas me miraron.
Fueron dos segundos si al caso, breves y fugaces, pero los dos segundos que nunca en toda mi vida podría olvidar.
Se lanzó a mí y me apretó en un abrazo desgarrador, empezó a llorar y a temblar, como si temiese que al tan sólo soltarme, perdería lo único que le quedaba con vida dentro de esta casa vacía.
-"Vamos –sentí mi voz flaquear mientras rodeaba su cintura y descansaba mi cabeza sobre la suya-. Nyahaha, Precia, vamos, no tienes que po-ponerte a-así…"
Negó apenas. Liberó unos gimoteos y se quedó así, en silencio, llorando. Me mordí los labios mientras continuaba escuchando su llanto, la voz siempre dulce y gentil. Rota.
Más rota que nunca…
Cerré los párpados y besé sus cabellos por un momento, queriendo transmitirle todo mi apoyo de la mejor manera posible. Froté su espalda, y entonces, me di cuenta por primera vez del retrato que yacía de pie en el centro de la mesa allí frente.
Alicia, Fate, Arf, Linith… Precia.
"Es difícil, ¿cierto? Sí, claro que lo es. Hacer felices a otros, es difícil…"
Despacio, se fue calmando. No dije nada en un lapso, que no sé si fue de minutos o si al caso de horas; la oscuridad no permitía ver algún reloj, ni mucho menos que me importase conocer la hora.
Pude ver los atisbos de la luna blanca al mirar hacia el ventanal, era tan hermosa. Sonreí en medio de mis lágrimas atrapadas en mis dos zafiros, soñé cómo habría sido tenerla conmigo durante mis años jóvenes.
La sentí separarse lentamente de mí, retirando a lo último su mano de mi vientre. En aquel instante, pensé que no importaba cuánto tiempo hubiese pasado.
Si ella tenía quince, diecisiete, veinticinco o treinta… No, no importaba.
Era bellísima.
Usted no necesita enseñar,
su figura detrás de un escote.
Su talento está en manejar, con más cuidado el arte de amar…
Era el retrato frágil de la muñeca que es olvidada en el estante viejo y empolvado, y que espera a ser recogida una última vez; que sigue esperando y esperando allí, bajo el brillo puro de la luna que recorre sus facciones con delicadeza.
Quieta. Sonriendo falsamente, porque así fue hecha.
-"Lo siento…" –sollozó.
-"Mhmp, al contrario, yo te agradezco por refugiarte en mí –la atraje cuidadosamente y limpié el resto de las lágrimas-. Puedo escucharte, siempre que necesites hablar; también puedo sostenerte, si no te molesta aferrarte a mí, claro" –reí un poco.
Aquello aligeró el ambiente. El ruido de su respiración fue como un arrullo para mis oídos, acompasada, todo su cuerpo relajado y totalmente agotado. Me pregunté por cuánto tiempo habría estado lamentándose, y si acaso debiera yo de haber llegado antes.
A pesar de ello, me sentí satisfecha de poder acurrucarla conmigo. No tenía caso arrepentirse de aparecer tarde o temprano; lo que de verdad importaba, era darle la fuerza que ahora le hacía falta.
Después de todo, hasta a la científica más lista del mundo, le resulta dolorosa la verdad más innegable de este mismo.
-"¿Te sientes mejor?"
-"Disculpa que hayas tenido que venir hasta aquí, debe ser muy tarde y…"
-"¿Te sientes mejor?" –repetí, retirando el dedo que había puesto en sus labios para acallar sus palabras.
-"Umm…"
-"Me alegro –sonreí-. Eres la mejor heladera de mi cafetería, así que es mi deber mantenerte al mil" –le guiñé un ojo.
-"¿Lo soy?"
-"Lo eres."
-"Momoko –rió bajito-, ¡soy la única heladera que tienes!"
-"Nyahaha, y por eso eres la mejor. No quiero verte perder esa sonrisa que traes puesta ahora…"
Su mirada fue de sorpresa, para ablandarse después con un sentimiento de ternura fluyendo en ella. Pegué nuestras frentes y cerré los ojos, aspirando el perfume que ya mi nariz se había grabado desde hacía mucho.
Cuando me separé, volví a apartar el cabello que cubría su frente y dejé caer mis manos sobre sus hombros, desnudos ante la bata azul marina de tirantes que vestía.
La observé fijamente, y ella sonrió al comprender que estaba dispuesta a oír hasta lo más simple o mundano que quisiera contarme.
Entendió que esa noche, yo estaba allí para ella.
-"Antes de que fuese a su graduación, Linith habló conmigo –empezó a explicar-. Es una buena persona, ¿sabes? Probablemente la que más me conoce o ha estado conmigo, aparte de ti; le preocupaba el hecho de que pudiese quedarme sola y que tal vez, no cuidase muy bien de mí –aquí hizo una pausa y soltó una risita, algo melancólica-. Le pedí que se fuera tranquila, porque sé que nadie mejor que ella cuidará de Fate y Alicia. Además, Arf todavía es muy joven, y yo sé que Linith podrá enseñarle todas esas cosas que la llevarán a ser una familiar y persona excepcional en el futuro.
No pienso mentir diciendo que no extrañaré a ninguna de las cuatro, o que extrañaré más a una que a la otra –negó despacio-. Son mi familia, durante mis treinta años, fue el jardín más precioso que mis ojos hayan visto crecer –dejó escapar un gemido, tapándose de inmediato la boca-. Sé que estoy siendo egoísta y débil pero… Dios, ¿quédate conmigo? Es que no si sé si yo pueda… no sé si yo pueda…"
-"Shh, tranquila. Estoy aquí, estoy aquí."
Señora de las Cuatro Décadas,
no insista en regresar a los treinta…
La abracé una vez más y la sostuve unos momentos más, sintiéndola tiritar entre mis brazos conforme los espasmos y los jadeos escapaban de su adolorido corazón.
Seguramente terminaría con un dolor de cabeza tremendo, aunque era mejor si sacaba lo malo cuanto podía. El zumbido del minutero avanzar, cuya hora era desconocida para ambas, retumbaba quedamente.
Las fuerzas empezaban a abandonarnos ya, y sería cuestión de tiempo para que el sueño finalmente nos venciera. Previendo ello, la afirmé contra mí y nos dejé caer en el sofá, entre sollozos y respiraciones cansadas.
El techo oscuro recibió mi vista entonces, con sus sombras perezosas moviéndose siquiera.
Sonreí de lado al pensar que todo mundo habla de las maravillas de la maternidad. Mas nadie te dice que algún día, tendrás que dejarlas ir.
Y tú lo sabes.
Pero desearías no saberlo…
Ésa fue la primera noche, que después de tantos años, volvía a sentir una sensación indescriptible y profunda. El caer lentamente en un sueño, mientras velas el de alguien que dormita entre tus brazos. Y cierras los ojos…
…quisieras… Quisieras por tan sólo un segundo, que aquel momento jamás se terminase. Quisieras ser la almohada que forma parte de sus sueños y que no dejará que se estrellen contra el piso para romperse.
Fue la primera noche que la sostuve y que compartimos. A partir de ese día, se hizo normal el hallarnos a las diez de la noche la una frente a la otra, en una cama, en un sofá, en un suelo alfombrado.
Riendo. Platicando. Acompañándonos en silencio a veces.
Como cuando estás en la secundaria y te escapas a casa de tu mejor amiga, contándole la travesura que has realizado y que en esos instantes, solamente deseas reírte sin ser reprendida por ello.
Precia no era la única con sus problemas, yo también tenía los míos como cualquier persona. Me escuchó atentamente, me respondió con la voz siempre dulce y baja, cual si temiese que alguien nos oyese para después venir a terminar nuestra secreta pijamada.
También estaban las mañanas, cuando ella no se quedaba en casa revisando sus investigaciones sobre magia y logias y… bueno, ese tipo de cosas que jamás lograré comprender. Pero que, sin embargo, le pregunto una y otra vez al respecto, porque con el solo hecho de hacerlo, es feliz.
Me enseña su mundo y me explica animada, yo asiento simplemente. Sonrío, porque en esos meros momentos, sus ojos brillan con una luz nostálgica y lozana.
-"Momoko, creo que algo anda mal con la máquina…"
-"¿Uh?"
Aquello me sacó de mis cavilaciones. Dejé de barrer y me acerqué al aparato de los helados, todavía era muy temprano y apenas estábamos abriendo el local.
-"No es posible –gruñí, frunciendo el ceño y forcejeando con la palanca-, ¡oh, vamos!"
-"Déjame ayudarte."
-"No, no… yo –mordí mis labios- puedo con esto…"
-"No lo parece –rió-. Anda, que no seas terca, estoy segura que si haces más presión…"
Sus manos envolvieron las mías, y en medio de mi repentina frustración pude notar cómo una sonrisa nacía lenta en mi boca. El sentimiento de calor me inundó por completo, hasta que un ruido extraño hizo que parpadease extrañada.
-"¡Nyaaaa!"
¡PLAF!
El calor fue rápidamente reemplazado por un frío líquido, que me hizo estremecerme por unos segundos. Me limpié la cara y miré la máquina que parecía estarse derramando ligeramente. Luego miré a mi compañera, que permanecía con las palmas tapándole la boca, en un gesto de asombro.
-"…um… puede que eso de la presión no haya sido muy buena idea, nyahaha…"
-"¡Lo siento mucho, Momoko! –pareció recobrar vida, tomando un trapo de la barra y tirándose al piso de inmediato para comenzar a refregar-. Qué torpe de mi parte, debí haberte dejado hacer…"
Por alguna razón, el interminable discurso de disculpas que estaba recibiendo pasó desapercibido por mi confundida mente, que solamente se enfocaba en los gestos que efectuaba y en su mirada intercalándose arriba-abajo. Despacio, empecé a sonreír, preguntándome por qué hacía tanto alboroto por algo que yo había provocado.
A veces desearía que fuese un poco más despreocupada, como Alicia.
-"Basta, Precia, es suficiente –hablé en voz suave, agachándome y sujetando su rostro para limpiar los restos de helado con un pañuelo-. ¿Acaso no somos amigas? –reí-. En vez de entristecerte contigo misma, deberías de estar gritándome."
-"¡Yo no…! –se detuvo, desviando la vista al suelo-. ¿Cómo voy a gritarte siquiera? Éste es tu café, es tu lugar, no puedo llegar por allí diciéndote que lo que haces está mal. Y tampoco quiero hacerlo…"
-"Nyahaha…"
-"¿Qué?" –volteó a verme.
-"Es que se me hace adorable."
Con sus cuarenta y tantos encima, deja huellas por donde camina,
¡que la hacen dueña de cualquier lugar!
-"Ya vas a empezar" –rió.
-"¿Acaso me estás llamando mentirosa? Listo –sujeté la escoba que había dejado a un lado y me puse en pie-. Aunque creo que no puedo decir lo mismo de los uniformes."
-"Tienes helado en el cabello" –sonrió.
-"¿Sí…? –miré hacia arriba-. Oh, déjame ayudarte."
Tomé su mano y la jalé para ayudarla a pararse. La vi sacudirse el delantal –en vano, si me lo preguntan- antes de caminar hasta mí y quitarme suavemente el pañuelo entre mis dedos.
-"Va a ser algo complicado –la escuché decir-, seguro que se te va a pegar el cabello."
-"Mi consuelo es que no seré la única –reí, cerrando los ojos mientras sentía el paño bajar a mi cara-. Lamento tener que pedirte que te quedes, un poco de ayuda se aprecia bastante. Podemos deshacernos del helado más tarde, si es que no te importa el olor a dulce."
-"Está bien. Será como tenerte en casa."
Abrí los párpados ante las gentiles palabras. Admiré su faz apacible y las manos cuidadosas que terminaban de frotar mis mejillas; percibí mis orbes azules temblar al contemplarla con afecto, ¿cómo había podido perder tantos años en conocerla cuando la tenía al frente de mi casa?
Terminé imitando su sonrisa. Ya estaba acostumbrada a que todos me dijesen que llevaba al Midoriya en la piel, por la esencia a harina y azúcar que siempre quedaba impregnada en mí.
Sin embargo… jamás me sentí tan dulce como en ese sencillo momento…
-"¡Perdone! –la campanilla de la puerta sonó-. ¿Podría ordenar algo?" –se asomó un caballero, retirándose el sombrero.
-"¡P-Por supuesto! –farfullé, pegando un respingo ante la sorpresa-. ¡Enseguida lo atiendo!"
