DOS
Ardiente, salada y cien por cien masculina.
Ése era el sabor que la piel de Syaoran tuvo sobre la lengua de Sakura. A medida que el primer sol de la mañana entraba ladeado a través de las persianas, se pegó un poco más al hombre que dormía junto a ella.
Syaoran emitió un sonido profundo y la hizo sonreír. Se sentía tan completamente... sexual. Cada centímetro de su cuerpo cantaba, palpitaba y anhelaba aun más del hombre que la había tomado una y otra y otra vez durante la noche, con apenas un breve descanso para comer pizza. El aroma del sexo de ambos se entremezclaba y le compactaba una bola de deseo en el estómago mientras le endurecía los pezones allí donde rozaban el vello del brazo de él.
Se apoyó en un codo y observó al hombre que había ocupado gran parte de sus pensamientos en los últimos noventa días... y que, felizmente, en ese momento ocupaba su cama. Todo en Syaoran «el Lobo de Hielo» Li era... masculino a la enésima potencia. Incluso en el sueño, los rasgos eran fuertes, anchos y atractivos, la piel tensa y bronceada a pesar de pasar tantas horas sobre el hielo. Alargó la mano y le apartó un mechón de pelo de una tupida ceja oscura. Suspiró y se preguntó qué aspecto habría tenido de niño.
Posó la vista en los labios carnosos y bien definidos. ¡De lo que era capaz esa boca decadente! Justo cuando había tomado la determinación de reservarse algunos secretos, esos labios se habían anclado al núcleo de su ser para conseguir que se abriera como un libro ansioso de ser leído.
Luego estaba ese cuerpo...
Había salido con muchos atletas en el pasado. Le encantaba la sensación sólida de un hombre que se cuidaba. Los abdominales como una tabla de lavar. Los músculos duros. Con aproximadamente un metro noventa, la complexión de Syaoran era tan sólida y dura como la mejor. Cada músculo estaba definido, desarrollado y listo para ser tocado. Con ligereza pasó el canto de la mano por un pectoral perfecto, sobre una tetilla oscura, por las ondulaciones del abdomen y hasta la cintura, donde la parte superior de la sábana negra se plegaba en torno a sus caderas. Luego deslizó los dedos bajo la tela suave, buscando y al instante encontrando la larga y gruesa cordillera de la suave excitación que había debajo. Sonrió cuando esa suavidad se transformó en una erección palpitante y dura como el acero. En el pecho de Tommy retumbó un gruñido bajo.
- No me dijiste que eras tan experta en los recibimientos.
Sakura parpadeó y le sonrió con picardía.
- ¿A qué te refieres?
- Cuando llegué anoche... creo que ningún hombre podría haber pedido una... mmm... bienvenida más cálida -los ojos de color chocolate reflejaron diversión y pasión cuando bajó la mano para cubrir los dedos de ella y apretados contra su piel-. y si éste no es el mejor «buenos días» que he tenido, desde luego... ocupa el segundo lugar.
- Me conformaré con el mejor -murmuró, apretándolo por decisión propia. Lo vio tragar saliva.
- Mmmm.
Lo soltó y apartó la sábana para poder levantarse.
- Vaya. ¿Adónde crees que vas?
Le sonrió por encima del hombro desnudo.
- A prepararme para ir a trabajar.
La miró largo rato, y luego entrecerró los ojos.
- Vamos a tener que trabajar en la continuación.
Ella rió en voz baja y comenzó a incorporarse. Syaoran le pasó una mano por la cintura y la acercó. Sakura jadeó. Él sonrió y movió las cejas con exageración.
- Seguro que dispones de cinco minutos.
- Ni siquiera de dos.
- Bien, porque sólo necesito uno.
- Has hablado como un hombre -rió y se contoneó contra él, y el vello áspero del pecho le excitó los pezones sensibles-. Pero da la casualidad de que yo necesito más.
- Eso crees, ¿eh?
- Lo sé.
Las manos de él desaparecieron durante un momento para colocarse un preservativo de los que la noche anterior había dejado sobre la mesita.
- Syaoran...
- Sshhh.
Se puso de costado, y luego la situó para que el trasero encajara contra él, al tiempo que deslizaba una mano alrededor de su cadera y la bajaba a la «V» de sus muslos.
Ella jadeó cuando la pellizcó con suavidad antes de separarse para recibir las atenciones que le dispensaba. Con un movimiento fluido, la llenó desde atrás al tiempo que por delante le acariciaba el núcleo palpitante. Sorprendiéndose a sí misma, alcanzó el orgasmo en ese momento. Luchó por recuperar el aliento mientras Syaoran la embestía otra vez con suavidad.
- Te lo dije -le susurró al oído.
- Listillo.
- Bonito trasero -comentó mientras cerraba los dedos sobre una nalga. Ella comenzó a separarse con un contoneo-. ¿Adónde crees que vas?
- A darme una ducha.
- Aún tengo cincuenta y cinco segundos.
Sakura tragó saliva, y la sensación del grueso miembro llenándola, la prueba de su propio deseo lubricando los movimientos de Syaoran, avivó el caos que comenzaba a agitarse en su estómago otra vez.
- Oh, Dios -murmuró con los dientes apretados.
- Oh, Syaoran -la corrigió al oído.
Le detuvo los dedos sobre los rizos de su sexo, y le empujó las caderas con el trasero hasta que lo dejó boca arriba sobre el colchón. Lo siguió, permaneciendo en la misma posición, de modo que quedó a horcajadas de espaldas a él. Apoyándose con las manos entre las piernas de Syaoran, subió y bajó por la extensión del pene y deseó poder verle la expresión, aunque obtuvo una gran satisfacción del sonido de la respiración entrecortada.
Arriba y abajo se movió, despacio, luego con más rapidez, y con cada descenso avivaba las llamas que le lamían el cuerpo. Syaoran le aferró las caderas sin detener sus movimientos, y después trasladó los dedos pulgares hacia su trasero para separarla aún más.
El gemido ronco que emitió dio la impresión de recorrerlo todo. El sonido la envolvió, le aceleró la respiración y los movimientos hasta que la piel chocó contra piel y los gemidos se entremezclaron con gritos leves. De pronto los músculos de Sakura se contrajeron con tanta violencia que la paralizaron. Syaoran mantuvo el ritmo con las manos, sacándola de su crisis hasta que también él se puso rígido, la penetró hondo y se unió a Sakura en la nube roja de sensaciones que había descendido sobre ella.
Permanecieron así largo rato, sin que ninguno de los dos deseara emerger del estado de tranquilidad en el que se habían sumido. Luego la acomodó hasta dejarla pegada a él, con la erección llenándola todavía.
- Creo que deberías llamar al trabajo para decir que no te encuentras bien - murmuró, acariciándole los pechos con gesto distraído.
Sakura asintió.
- Yo también lo creo.
Durante dos días, Sakura trató de escapar del apartamento. Y durante dos días, Syaoran encontró algún modo ingenioso para detenerla.
Se apoyó en la encimera de la cocina y cruzó a la altura de los tobillos las piernasenfundadas en unos vaqueros, escuchando el sonido de la ducha en el otro cuarto mientras miraba el sitio donde Kero había tomado residencia a sus pies. ¿Se atrevería a continuar un tercer día? Podría meterse en la ducha con ella tal como había hecho el día anterior, llenada de espuma en más de un sentido... Se bebió el resto del zumo de naranja y luego lavó el vaso en el fregadero. No. Sakura era astuta. Podía sorprenderla una vez, pero nunca dos en la misma situación.
No, tendría que pensar en otra cosa.
Sonrió. Desde luego, presentarse ante Sakura Kinomoto había sido una de las decisiones más inteligentes que había tomado en mucho tiempo: Si en ese momento estuviera en Aomori, contemplaría el Pacífico por el ventanal y se preguntaría cómo demonios había llegado hasta ahí. De hecho, lo sabía. El problema era que había comenzado a sospechar que la lesión no era la única motivación que había detrás de ese pensamiento. Había empezado a contemplar su vida bajo otra luz. Sin el ajetreo cotidiano que acarreaba ser un jugador de hockey, con los ejercicios, los entrenamientos, los juegos como local, las salidas a otros campos... había llegado a la conclusión de que disponía de demasiado tiempo. Un tiempo que Sakura sabía muy bien cómo ocupar. Con ella, no tenía que pensar en si quería sentarse inquieto en el banquillo mientras el resto del equipo jugaba. O preocuparse de que la rodilla nunca volviera a ser igual. Simplemente... era. Por desgracia, daba la impresión de que ese estado de «ser» llegaba a su fin. La vida irrumpía en la forma del trabajo de Sakura. Y a regañadientes reconoció que quizá era hora de reanudar parte de su propia vida. En todo momento había sabido que ese breve interludio sería breve. Sin embargo, aún no quería que terminara, aunque Sakura tuviera que irse al trabajo. Después de todo, en algún instante debería volver a su casa. Y cuando lo hiciera...
Kero lo sacó del ensimismamiento con un ruido. Estudió a la pequeña bola de piel. Los dos habían alcanzado una tregua. Él no se metía con el; el no se metía con él. Sin embargo, podría prescindir del olor que parecía acompañar su presencia. Sacó el móvil del bolsillo de los vaqueros y repasó su buzón de voz.
Cinco mensajes de su agente. Dos de su fisioterapeuta. Uno de su madre. Eligió primero a su agente.
- Por Dios, amigo, ¿dónde te metes? Llevo una eternidad tratando de hablar contigo. Es como si te hubieras tirado por el precipicio del mundo, Li.
Se frotó la frente. Quizá devolverle la llamada a Takashi Yamasaki no había sido la mejor idea. Podría haber invertido mejor su tiempo pensando en algún modo de llevar de nuevo a Sakura a la cama.
Imaginó la piel suave y limpia debajo de la ducha y la boca se le hizo agua.
- ¿Syaoran?
- Estoy aquí.
- ¿Y dónde es exactamente «aquí»?
Syaoran sonrió. Para otros la pregunta podría parecer inocente, pero esos otros no conocían a Takashi tan bien como él.
-Te gustaría saberlo, ¿verdad?
- Sí, a mí y a doce personas más. Diablos, amigo, has escogido un momento perfecto para largarte, ¿lo sabías? El propietario del equipo quería un informe de tu rehabilitación. Y el médico del equipo le dijo que ayer te saltaste la cita con el fisio. Luego está el contrato con la marca deportiva. Sabes que empiezan a rodar los anuncios el mes próximo, ¿verdad? Es decir, si no aterrizas en la lista de lesionados permanentes. ¿Has vuelto a China? Lo has hecho, ¿verdad? -suspiró-. Al menos cuidas la rodilla, ¿no? ¿Haces los ejercicios que te recomendó el fisioterapeuta?
- La estoy cuidando -con aire distraído, se la frotó e hizo una mueca. Quizá no la había cuidado con la diligencia que debería, y dados los conocimientos que poseía en medicina, era un pecado inexcusable. Oyó el secador de pelo en la otra habitación, lo que reducía sus posibilidades de conseguir que Sakura se quedara en casa. Aunque quizá tampoco estuviera mal disponer de un descanso de las actividades del dormitorio. Descartando la rodilla mala, juraría que le dolían músculos cuya existencia había desconocido, lo que recalcaba su convencimiento de que el sexo era uno de los ejercicios físicos más extenuantes-. Oye, Yamasaki, he de irme.
- De modo que llamo a tus padres si necesito algo, ¿no?
Eso explicaba el mensaje de su madre. Sin duda Yamasaki había llamado a Yelean Li para hacer que su desaparición pareciera un acontecimiento importante, lo que a todos los efectos debía de ser así. Nunca antes se había largado de esa manera sin comunicarle a la gente su paradero. Y dado todo lo sucedido en el último par de meses, era natural que su agente y sus más allegados se preocuparan. Deseó que no lo hicieran.
- No, llámame al móvil.
- Entonces, no estás en China, ¿verdad?
- Hablaremos más adelante, Yamasaki.
- Espera, Sya...
Syaoran cortó la comunicación y se guardó el móvil en el bolsillo. Aguardaría hasta entrada la mañana para llamar al médico del equipo y a su madre.
El ruido del secador desapareció.
Sonrió.
No sabía qué esperar cuando apareció tres días atrás, pero lo recibido había superado cualquiera de sus expectativas. Había olvidado lo apasionada que era Sakura.
Entre las sábanas, contra la pared, en la ducha... era pura lava que se metamorfoseaba para adoptar el papel que tuviera en la mente.
Personalmente, el que más le gustaba era el de gata salvaje. Cuando tomaba el mando de la acción, dándole órdenes, diciéndole que la tocara de tal manera, que se moviera de otra, que embistiera de un modo... lo volvía loco. No había permitido que la lesión lo estorbara. El único problema era que en ese momento la rodilla se lo hacía pagar.
Abrió la nevera y contempló los restos. El día anterior, mientras ella dormitaba, había ido a un supermercado cercano para comprar cosas básicas. Proteínas e hidratos de carbono. Sacó la caja de sustituto de huevos y un paquete de beicon de pavo, se dirigió a la cocina y comenzó a preparar el desayuno.
No vio a Sakura entrar en la cocina, pero sí la olió. Aspiró la fragancia de su perfume y sin alzar la vista, dijo:
- Buenos días.
- ¿No hay café?
- No lo bebo -se volvió y observó las líneas sexys de la falda corta y de la chaqueta-. Tampoco tú en los dos últimos días -alargó el brazo alrededor de la cafetera que ella había empezado a llenar-. Prueba un poco de zumo de naranja.
- Eso también -encendió la cafetera y aceptó el cartón que le ofrecía. Lo abrió y bebió directamente del envase.
Syaoran enarcó las cejas y se rió entre dientes.
- Bromeas, ¿verdad?
Ella se encogió de hombros y guardó el cartón en la nevera.
- ¿Por qué ensuciar un vaso? -le sonrió-. He tomado mi vitamina C y ahorrado agua. No soy medioambientalmente agresiva.
Con suavidad la aferró por los hombros y la acercó a él. Le secó una gota de zumo de la comisura de los labios.
- Te has manchado - Sakura hizo una mueca y la besó-. Mmmm, cítrico.
- Mmm, llego tarde.
Le pasó los dedos por el cabello sedoso para apartárselo del rostro encantador.
- ¿Qué posibilidades tengo de convencerte de que vuelvas a quedarte en casa?
Sakura fingió analizar la pregunta, y respondió:
- Oh, no sé. ¿Entre escasas y ninguna, tal vez?
- ¿Necesito recordarte que es lo mismo que contestaste ayer? -le dio un beso en la sien, le sopló con suavidad el lóbulo perfecto de la oreja-. Y el día anterior.
La oyó tragar saliva.
- Sí, bueno, no tenía nada importante en el bufete. Pero hoy... hoy he de ir a la cárcel de la ciudad para reunirme con una cliente.
- Mmm. Suena ominoso.
- No si consigo sacarla.
¿Cómo demonios podía competir un hombre con eso?
Como por decisión propia, sus manos bajaron por la espalda de ella para acomodarse en el trasero respingón y luego pegarla contra su creciente excitación.
Detrás de Sakura, la cafetera dejó de borbotear.
- Mmmm, el café está listo.
- No es lo único que lo está.
La risa ronca de ella avivó su deseo junto con la sensación del cuerpo pegado al suyo.
- ¿Paras alguna vez?
- ¿Quieres que lo haga?
Lo miró intensamente y él le devolvió la mirada. Se pasó la lengua por el labio inferior.
- Mmm, no.
Pero se liberó de sus brazos, y luego hurgó en los armarios hasta encontrar una enorme taza-termo de viaje. La llenó hasta el borde con el café y cerró la tapa.
- ¿Estarás aquí cuando vuelva? -preguntó, de espaldas a él.
Syaoran notó la tensión en sus hombros. En realidad, no había pensado en ello. Había dado por hecho que probablemente se quedaría en su casa, pero no había considerado que ella no se hallaría presente. De hecho, no había pensado en el tiempo que se quedaría en Tokyo, salvo que, llegado el momento, volvería a marcharse. Lo único que había hecho había sido subirse a un avión y bajado allí una hora y media más tarde.
- Depende.
- ¿De qué? -se volvió hacia él.
- De que tú quieras que esté.
Una sombra cruzó por los ojos vierdes. Syaoran sonrió. Ah, una mujer a la que le gustaba esgrimir su poder en la cama, pero que no quería llevar la voz cantante fuera de ella.
Por él, perfecto.
Ella carraspeó.
- No sé qué me molesta más. La idea de dejarte solo en mi casa o que no estés aquí cuando vuelva.
- ¿Eso es un «sí» o un «no»?
Sakura ladeó levemente la cabeza.
- ¿Sabes?, no has llegado a contarme qué hacías en la ciudad. ¿Hay un partido o algo así?
- Algo así.
Bajó la vista a la rodilla lesionada.
- No lo hay, ¿verdad?
- ¿Me estás preguntando si he venido a verte a ti?
Reflexionó en la pregunta largo rato.
- Sí.
- Entonces, sí, he venido por ti -lo último que esperaba era la expresión de sorpresa que reflejó el rostro de ella.
- ¿Cuándo te marchas?
- Depende.
Sakura hizo una mueca, pero no formuló la pregunta que había hecho la última vez que él pronunció esa palabra.
- He de irme. Una chica pasará cada dos horas a sacar de paseo a Kero. Tiene llave, pero quizá quieras comunicarle que estás aquí, o es muy factible que llame a la policía.
- Vaya -la tomó por la cintura-. Al menos desayuna un poco.
- No suelo desayunar.
- Es la comida más importante del día, ¿lo sabías?
- No -sonrió.
Syaoran la besó. Con pasión. Sin soltarla hasta que la pregunta que ella no había formulado se desvaneció de sus ojos y su cuerpo se fundió contra el de él.
- Será mejor que te vayas -indicó Syaoran-. La libertad de alguien pende de la balanza.
- Mmmm, libertad -la realidad volvió a reflejarse en sus ojos-. Oh, Dios, llego muy tarde.
Pasó delante de él. Syaoran alargó la mano y le dio un cachete sonoro en el trasero.
Sakura jadeó y luego rió, volviéndose a medias mientras avanzaba hacia la puerta, con Kero mordisqueándole los tobillos.
- Supongo que te veré después.
- Sí.
Recogió el abrigo del perchero del recibidor. Le dedicó una última sonrisa antes de desaparecer y cerrar la puerta a su espalda para evitar que Kero fuera tras ella.
Syaoran se quedó mirando el aire durante largo rato, y luego movió la cabeza. Se dijo que era un enigma.
Las pezuñas de Kero sonaron sobre el suelo cuando abandonó la idea de volver a ver a Sakura y decidió echarse para mirar a Syaoran.
- Bueno, bolsa de pulgas, parece que será un desayuno para dos.
