«En la lucha final, las reglas se habían forjado tal duro metal hacia mucho y las cosas estaban bien organizadas.
Uno. Prioridades. ¿Qué era más importante? La cabeza bien fría, las ideas aclaradas y todas las decisiones ya tomadas. Y, para ello, requerías de saber qué importaba más. Las prioridades eran un tema del día al día e inútiles un día después de la batalla. Lo habían aprendido a las malas Aang, Katara y Sokka durante sus primeros días y en la inocencia de los ataques que hacían contra los enemigos que para ese entonces luchaban por capturarlos.
Dos. No impongas reglas y no nos digas qué hacer. Toph Bei-Fong lo había aprendido bien, y entonces, se lo enseñó a las malas a cada uno de sus amigos que en secreto la veían como sus padres solían hacerlo. Rasgando hasta con las uñas a traves de la piel de cada uno, se mantuvo en pie hasta el último suspiro, dejando a la muerte sorprendida de su espíritu inquebrantable y sus ganas de vivir tan aterradoras como el dolor y la rabia.
Tres. Odio. Convierte el odio en tu mejor arma, entonces, habrás de entender que todo ese tiempo lo que de verdad siempre te impulsó fueron las ganas de un mejor mañana y la rabia, que volvieron a tu alma un signo de paz. Suki y Zuko aplicaron esa técnica incluso en la propia vida diaria, luchando feroces batallas de dolor e inmundicia.
Los sueños destrozados, el oscuro mundo de los recuerdos y la sangre desparramándose del cuerpo. El dolor. Por encima de todo: el dolor. Sí. Los había convertido en creyentes.»
—Extracto del Interludio.
