Muchas gracias a las dos personitas que agregaron a sus favoritos esta historia.


Atrévete a sonreír

Capítulo 2


La mañana de aquel martes es fría y las nubes impiden el paso del sol, tuvo que abrigar bien a sus hijos antes de partir hacía el preescolar de Rose. Conduce, el tráfico es casi nulo en Ottery, lo que la hace sentir desesperación. Se ha dado cuenta, que en ese pueblo todo es quietud, y eso empeora a su soledad.

No quiere pensar tonterías, mira por el retrovisor a sus hijos y se aferra a ellos, eso es lo que ha hecho desde que Ron no está.

Hugo duerme en su silla de seguridad, mientras que Rose no deja de cantar la canción que en ese instante suena en la radio. Mira como su hija conserva esa felicidad que la hace querer cantar, hace mucho que Hermione no posee ni la mitad de alegría como para hablar con las personas, mucho menos para ponerse a cantar.

Pero lo hace, interactúa con el mundo, sale de su caparazón a diario. Todo por mantenerse entera y normal para sus hijos.

—Mami ¿cuándo podemos ir al mar? —pregunta Rose de repente sacando totalmente a Hermione de sus cavilaciones.

—Luego cariño —contesta en automático, pero al instante guarda silencio, dándose cuenta de su leve error. Sabe que ella no se sentirá capaz de estar tan cerca del agua que ahogó a Ron. Se ha llegado a imaginar estar cerca de las olas, del ruido natural que hace el mar y siempre se enfrenta a las mismas sensaciones; el miedo que la aterra y las ganas de hundirse en él, dejándose llevar por las frías olas. Niega firmemente, no se dejará llevar por sus miedos, aún conserva algo de fuerza. Por lo que resuelve al fin—. O podemos pedirle a tu tío Bill que te lleve el fin de semana.

—¡Pero yo quiero que me lleves tú! —insiste. Rose lleva exigiendo lo mismo desde hace meses y Hermione no se lo puede conceder. A pesar de tener al mar a menos de veinte minutos de retirado. La castaña sabe que su hija, en estos momentos, le pide algo imposible.

—Sabes que mamá le tiene miedo al mar, Rose.

—El miedo es para los débiles.

—Un momento jovencita —Hermione detiene el auto para voltear a ver a su hija que sonríe sabiendo que ha dicho algo sumamente inteligente y ha dejado a su madre asombrada—, ¿quién te dijo eso?

—Papá lo decía todo el tiempo.

Al instante la sonrisa de Hermione desaparece, no sentir miedo fue lo que hizo que Ron eligiera salir aquella noche a auxiliar a los demás. Ya no sabe si calificar eso como un pensamiento inteligente.

••••

Después de dejar a Rose, su siguiente parada es su negocio: el pub de Ottery. Estaciona su vehículo en el callejón que hay a un lado, donde siempre lo deja. Toma a su hijo en brazos para entrar al lugar lo más rápido posible para evitar que el frío les cale aún más en sus cuerpos.

Ron había adquirido aquel espacio antes de que ellos se casaran. El pelirrojo había convertido al pub en el lugar de moda de Ottery; brindaba la mejor cerveza de barril que un inglés pudiera encontrar, y lo más importante: transmitía absolutamente todos los partidos de la liga inglesa de fútbol. Principalmente los juegos del Puddlemere United. Eran imperdibles.

Debido al incremento de visitas, Ron fue conocido por todo el pueblo; incluso, había rumores de que en varias ocasiones los integrantes de dicho equipo habían acudido al lugar dado el gran fanatismo del dueño, pero Hermione no podía verificar eso, pues ella no visitó mucho el lugar anteriormente. Ron siempre fue un líder nato para ese negocio, pero ahora, ella era la encargada y debía pasarse por el lugar todas las mañanas a hacer pedidos, verificar cuentas o cualquier otra información que Hagrid, el cantinero y ahora supervisor, le pudiera dar.

—¡Hermione! Buenos días —la saluda cortésmente Hagrid saliendo de detrás de la barra. Lleva puesto su típico delantal, no para de trabajar en ningún momento—, ¡Hugo! ¡Mírate como vas creciendo muchacho!

Hermione deja a su hijo en el suelo para que camine directo a Hagrid. El cantinero lo acepta gustoso entre sus grandes brazos. A pesar de su imponente figura, el hombre es el ser más amable y atento con sus hijos, siempre le dio todo su apoyo incondicional a Ron y a su pub. Y ahora que Hermione se quedó sola y a cargo del lugar, se había empeñado a seguir apoyándola sin importar nada.

—¿Tienes los recibos que tengo que pagar? —pregunta algo nerviosa, sabe que los fines de mes se vuelven algo caóticos con tantas cuentas por pagar. Y es consciente que ya existen varios meses de deudas acumuladas.

No quiere alarmar a Hagrid, pero las ventas han ido bajando, ella no posee la habilidad ni la pasión por trabajar en un lugar como ese, pero al ser fruto del esfuerzo de Ron, la hace aferrarse tanto al pub.

—Todo está en tu oficina, Hermione. Anda, ve, yo cuido a Hugo.

Lo mira enteramente agradecida y los deja a solas.

Durante varios minutos se mantiene encerrada en la pequeña oficina que anteriormente pertenecía a Ron. Tiene todos los recibos de las cuentas por pagar esparcidos a lo largo del escritorio. Es demasiado, y sus cálculos le indican que no podrán seguir manteniendo el pub si las ventas siguen igual de bajas otro mes.

Se toma la cabeza entre las manos, se siente desesperada. Necesita un plan.

••••

—¿Wood qué estás haciendo aquí?

Oliver se encuentra entrando al gimnasio del estadio, listo para empezar con su rutina. Pero justo estaba por abrir las puertas, cuando se ha encontrado con su entrenadora. La mujer lo mira fijamente, con ambos brazos recargados en las caderas. El jugador, al instante detiene su andar.

—Entrenadora Hooch —Oliver la saluda acompañado de una linda sonrisa, tratando con esto suavizar el semblante de su exigente entrenadora. A pesar de que la imagen de Wood es sumamente adorable cuando lo hace (eso dicen las secretarias del estadio), a la entrenadora no le importa si es el hombre más guapo y tierno jamás antes visto. Le había dado una instrucción, y él se encontraba ahí, desobedeciéndola.

—Te dije que no te presentaras a entrenar en lo que queda de la semana —lo mira fijamente regañándolo como a un niño pequeño. A pesar de la gran estatura de Wood, no intimida para nada a la entrenadora, al contrario, le causa un temor latente cada que es reprendido ante de la severa mirada de halcón, como muchos la llaman, de su entrenadora—, debes descansar Wood, te necesito entero para el inicio de la temporada.

—Estoy bien entrenadora —dice en tono desesperado. Pedirle a Wood que no fuera a entrenar era pedirle que dejara de vivir—. Ese día no había dormido bien y me olvidé desayunar.

—¿Y no crees conveniente preocuparte por que olvidaste desayunar? —la entrenadora Hooch siempre es suspicaz y, aunque Oliver nunca cuente cosas sobre su vida personal, siente que ella logra enterarse, por lo menos, de ciertas cosas que logran atormentarlo y no hacen de él el mejor jugador de su era, como muchos periódicos lo llaman.

—Estaba apurado, entrenadora. No hay nada de qué preocuparse —intenta convencerla, en verdad que si. Pero la entrenadora Hooch solo se cruza de brazos, haciendo que las esperanzas de Oliver se desvanezcan en un abrir y cerrar de ojos.

—Volverás hasta la próxima semana —resuelve rápida y sin tomarse ni un segundo para considerarlo—. Duerme bien y mejora tu dieta, luego veremos si estás en condiciones de volver al entrenamiento.

Dicho esto la entrenadora Hooch le da la espalda y entra al gimnasio, cerrándole las puertas en las narices. Se lo tenía merecido, después del desmayo que sufrió el lunes, le habían ordenado tomarse unos días de descanso. El médico no tardó en decirle que fue a causa del sobreesfuerzo de su día a día y al estrés, Oliver sabía muy bien qué era lo que lo mantenía estresado últimamente, pero eso no tenía que mencionarlo a nadie. Su vida privada era suya, aunque guardarse todo aquello implicara un efecto negativo en él.

Pero después de haber pasado dos días lejos de su estadio, lejos del fútbol y siendo tratado como a un mueble más del departamento por parte de Katie; sentía que la ansiedad lo consumía. Por lo que ese día había decidido presentarse con la esperanza de convencerlos de dejarlo entrenar.

Claramente, no dio resultado. La entrenadora Hooch es una mujer estricta y sabe que intentar persuadirla no está dentro de sus posibilidades.

Cabizbajo, se aleja del estadio. Oliver no quiere irse a casa, sabe que se volverá loco ahí metido. Por otro lado, si sale a las calles de Londres para distraerse, será comido por la prensa. Odiaría ser cuestionado de porqué no está acudiendo a los entrenamientos como todos sus compañeros. Hasta el momento, se había manejado su ausencia bajo estricta confidencialidad, y espera que se mantenga así.

Conduce de vuelta hasta su departamento. No tiene nada más que hacer que regresar e intentar no perder la cordura.

••••

Oliver en verdad intenta descansar, pero su esposa no ayuda mucho con eso. Justo esa tarde, Katie ha comenzado a pedirle que aproveche estos días de descanso para ir con el nuevo médico de fertilidad que ha encontrado, asegura que éste será el bueno e insiste en que vaya.

—No quiero ir con otro doctor, Katie —le dice por enésima vez—, estoy agotado y necesito descansar para que me permitan regresar a entrenar.

Se encuentra sentado en el sofá, justo frente al televisor. Si había planeado descansar y no estresarse, su esposa se había encargado de llevar sus planes al carajo. Katie está de pie frente a él dedicándole una mirada de súplica que solo lo hace sentir incómodo consigo mismo. Ella tenía una prioridad, y la de Oliver no era la misma.

—Sólo es una cita, solo una hora. Aún no te quedarías a los estudios de rutina —le explica mientras recoge su cabello en un molote—. Sería bueno que en verdad aprovecharas estos días de descanso, por el bebé.

"Ni siquiera hay un bebé", se abstiene en decir. Mejor deja que Katie se encierre en la habitación antes de decir cosas que logren empeorar todo.

No ha transcurrido ni un día de su descanso obligatorio, y ya siente que su departamento lo asfixia y la sola presencia de su esposa no hace más que estresarlo con su insistencia en ésta nueva consulta. Intenta recordar cuándo fue la última vez que su esposa se tomó la molestia de preocuparse por él y sus necesidades, de reconfortarlo en momentos difíciles, o simplemente en preguntar cómo se encontraba.

¿En qué momento se volvió todo tan miserable?

Y todo esto lo hacen sentir ansioso, la impotencia de saber que, aunque él se esfuerce en cumplir cada que la alarma de ovulación suena, en acudir con cada maldito doctor, es su esperma el que no es productivo. Si tan solo pudiera descargar esta ansiedad, esta ira que siente debido a la impotencia de no poder hacer nada: no puede entrenar y no puede embarazar a su esposa.

Siente los latidos de su corazón desbordarle el pecho, como aquel día en la caminadora. Estos episodios parecen ir en aumento. No sabe cuánto tiempo dura sentado en ese sillón tratando de nivelar su ritmo cardiaco, pero no lo logra.

—Tranquilízate Wood —se dice, pero lo único que logra es asustarse, ya que nunca se había hablado a si mismo sintiendo que es alguién mas el que le habla. Es una locura.

Decide salir a correr al parque que hay justo enfrente de su edificio, siente la necesidad de huir, de dejar a un lado la desesperación; pero no importa cuán rápido corra, la desesperación lo sigue de cerca.

Sigue corriendo, hay mucha gente en el lugar, muchos ojos que lo reconozcan. Fue tanta su desesperación por huir del departamento, que no pensó en ponerse unas gafas y un gorra para evitar que lo reconocieran.

—¡Miren, es Oliver Wood! —el castaño mira alarmado hacia la voz que exclama su nombre, un niño lo señala, llamando la atención de todos a su alrededor. Oliver no deja de correr, pero de a poco se ve rodeado por un par de personas deseosas de él.

Normalmente Oliver atiende muy bien a sus fans, en especial si son niños, sabe que por su profesión atrae la admiración de ellos. Pero hoy es un mal día, él no se encuentra bien.

—¡Oliver regálame una foto! ¡dame un autografo! ¡te amo Oliver! —había miles de gritos a su alrededor; y el jugador, por primera vez, quería huir de todos ellos. No quería defraudarlos huyendo, pero tampoco podía ser el simpático Oliver Wood que adora a sus fanáticos.

Todo comenzó a ir en cámara lenta, se queda quieto, reconoce esa misma sensación que experimentó el día que se desmayó. Un jalón en la parte baja de su playera lo hace voltear, un niño le sonríe radiante. Pero Oliver ni siquiera puede devolver esa sonrisa.

¿Qué le sucedía? Se siente fatigado, aterrado de no saber cómo responder.

Oliver ya no es Oliver.