Detrás del silencio
Historias dentro de la Historia
Angie Jb / Angelina Velare
Capitulo 2
El Clan
Apenas estuve en condiciones de viajar, partimos hacia los Highland en Escocia, en el primero de un sinnúmero de viajes que nos llevaron por casi todas las capitales importantes del mundo, pero, sobre todo a dos: Chicago que era la sede de los negocios Andrew en la pujante América, e ineludiblemente Abeerdeen, en Escocia que además de ser su país de origen, era su hogar.
Según el capitán del crucero, el viaje trascurriría sin novedad. Cuestión de opinión: hasta la más simple brisa del mar del norte era un suceso extraordinario para mí. Recuerdo que no podía hacer más nada que mirar y mirar ese paisaje que solo había conocido en sueños. Perdí la noción del tiempo que pasé en cubierta aferrado a la barandilla, saboreando la salobre brisa marina sobre mi cara. El buque cortaba el agua con suavidad. En ese escenario me descubrí sonriéndole a la inmensidad, emocionado como un niño. Todavía me costaba creer cuán lejos estaba de todo lo que había conocido, no solo geográficamente hablando.
- Es magnífico ¿no es así George?
La voz aún modulada de William logró sorprenderme, tan ensimismado estaba en mis pensamientos.
- Lo es señor Andrew – respondí por fin – el océano es magnífico, aunque admito que también me provoca algo de miedo…
- Solo respétalo y hazlo parte de ti… tal como has hecho todo el día en este barco, - luego añadió sin quitar la mirada del mar, como hablando para sí mismo -, cuando los años pesen demasiado me retiraré para vivir con mi familia a orillas del mar…
- No tiene porque esperar… - dije de pronto
¿Con quién creía yo que estaba hablando, como para decirle lo que tiene que hacer?… ¡Diantre! ¡Otra vez mi excesiva sinceridad salió a la luz sin ser requerida! Ya me había advertido Jean Pierre que me controlara, que cerrara la boca y no tendría problemas. Como sea era demasiado tarde para arrepentirse.
William me miró fijamente sin una expresión clara en el rostro, y me quedé en blanco, imaginando incluso que me despediría por entrometido. Después de unos segundos, me dijo algo que marcó la pauta de nuestra relación en los años venideros.
- George,… no detengas tu opinión por más perjudicado que pudiera salir yo. Una observación a tiempo es lo que hace un eficiente asistente personal,… pero sobre todo un amigo.
Una sonrisa paternal se dibujó otra vez en su rostro y dando un leve golpe con su mano en el barandal se retiró a su camarote, cerrándose el abrigo sobre el pecho.
- Un amigo… - murmuré al fin
El ocaso se acercaba al horizonte matizando el cielo con trazos naranja y magenta sobre los girones de nubes dispersos aquí y allá. El cristalino panorama se extendía más allá de dónde yo podía ver. Igual que mi futuro con Andrew.
Desembarcamos al filo del amanecer del siguiente día, y nos dispusimos a continuar el viaje por tierra. El cómodo carruaje estaba a punto esperando nuestra llegada, y partimos sin demora según las instrucciones precisas que William había girado desde París. La campiña iluminada por los primeros rayos de sol, se fue coloreando de un verde supremo mientras se disolvía la bruma del amanecer.
Momentos después aparecieron las primeras aldeas apretadas al pie de las colinas. Conforme recorríamos cada sitio, William refería los detalles más importantes de las comarcas con interesantes referencias a su infancia y su juventud. Pasamos un rato de amena conversación. Entendí cuanto amaba a su patria, pero sobre todo entendí que el origen de su entusiasmo se debía a que reconocía en cada piedra y hierba insignificante, el camino a casa.
Conforme nos acercamos al final de nuestro viaje, ambos guardamos silencio. El estaba visiblemente emocionado y yo, tengo que admitirlo, sentía como los nervios retorcían mi estómago, ante el encuentro ineludible con el resto de la familia Andrew.
La calzada amplia y limpia rodeada por jardines y bosquecillos era la antesala perfecta que precedía a la enorme y antigua mansión Andrew. Subimos una última loma de escasa altura y al doblar por el camino, apareció la construcción íntegra frente a nosotros. William cerró los ojos y se recargó en su asiento con una evidente expresión de satisfacción. Luego volvió a mirar su casa con impaciencia. Me parecía que en cualquier momento podría haber saltado del carruaje para terminar el trayecto corriendo. No lo hizo, aunque posó su mano sobre el picaporte de la puerta a su costado, presto para salir del carruaje en cuanto este se detuviera.
Cuando paramos frente a la entrada principal de la mansión, me apuré a descender por la puerta opuesta de carruaje, por elemental regla de cortesía y rango. Pero mi previsión quedó en una buena intención nada más.
Me quedé anclado al piso con un temblor ligero en mis rodillas. Levanté la vista y me encontré observando todo a mi alrededor, por segundos interminables.
No. No estaba especialmente asombrado por la opulencia del lugar. Después de todo, tenía una idea más o menos clara de la fortuna Andrew por las cuentas que manejaba del consorcio. Era algo más, algo intangible. Como si el aroma del bosque o el soplo de la brisa del lugar me estuvieran recibiendo después de una larga ausencia, de una forma exquisita y especial. Como si mi espíritu reconociera el terreno de alguna extraña manera.
Supongo que a todos nos ha ocurrido alguna vez. Algunos le llaman dejavú, yo le llamé predisposición y nerviosismo… la verdad dicha es que me reconocí en lo profundo, encajando justo ahí. Y no es que crea que existe un destino pre establecido para cada uno de nosotros, sino al contrario. Creo que nuestro camino se elige diariamente a través de las decisiones que tomamos. En este sentido, el destino no existe, pero la intuición profunda sí. Y con una certeza que no provenía de mi cabeza, sino de mi corazón y de mi piel erizada, supe en aquel momento que mis decisiones me estaban llevando a un lugar al que sentí pertenecer, sin ninguna explicación coherente, sin ninguna razón congruente.
William Andrew ajeno a toda esa ensoñación que revoloteaba por mi mente, se precipitó hacia la puerta de la mansión sin esperar más nada, y yo me obligué despertar para seguirlo de cerca. No tenía intenciones de alejarme de la única persona conocida en aquel lugar. Alcancé a William casi al entrar, quien sin más protocolo pasó casi encima del mayordomo que lo recibió con la mayor solemnidad.
William escudriño rápidamente el recibidor con una expresión de anhelo. Nada. Un poco desesperado, lanzó su sombrero con un movimiento lateral hacia el primer taburete que encontró. Aceleró el paso hacia las escaleras que caracoleaban al segundo nivel de la casa, y entonces una voz femenina y pausada lo detuvo en el segundo escalón acariciando su nombre...
- William...
La dueña de la voz apareció serena, envuelta en un amplio vestido de seda de un tenue azul cielo. La luz difusa del sol otoñal que llegaba a través de los ventanales resaltaba su piel pálida, su intensa mirada. Tan solo una sonrisa de la señora de la casa lo iluminó cual si fuera una bendición. Sus miradas se decían todo con la velocidad del pensamiento. William respondió al llamado acercándose a ella con rapidez para atraparla en un abrazo y depositar en sus labios un beso que no parecía terminar. Su mundo entrañable estaba de pronto lejos muy lejos de la mansión, de Escocia, y claro, de mí.
Nunca había visto eso, ni en mis pudorosos padres que ni siquiera se tomaban de la mano cuando estaba yo presente. Pero en esta familia ese amor, era una celebración de puertas abiertas, ajeno a las conveniencias de sus círculos sociales. Simplemente, él la amaba con locura y ella lo adoraba.
El hogar de William Andrew tenía piel de mujer.
Sin dejar de besarla, acercó su mano al incipiente vientre de su esposa y lo acarició con ternura. Completamente turbado desvié la mirada hacia el ventanal, ¡ni siquiera nos habían presentado y yo estaba ahí en calidad de fisgón! Me sentí como un invasor, inoportuno e imprudente. Quizás William pensaba que me había quedado fuera en el recibidor junto al mayordomo. ¡Eso era lo que debí haber hecho, en lugar de perseguir a William como un perrito faldero!
Gracias al cielo a ellos no les importaba quién los pudiera ver. Es más, técnicamente se olvidaron de mi presencia por completo, y tenía que aprovechar mi invisibilidad y salvar lo que quedara de mi reputación.
Empecé a alejarme con discreción, retrocediendo al lugar por donde habíamos entrado. Pero no pude avanzar mucho. Un bulto justo tras de mí detuvo mi escape digno de un ninja del oriente. El leve pero persistente tirón sacudió mi levita y al girarme me encontré frente a frente con la jovencita de la foto que Andrew tenía en el hotel de París. Su mano seguía aferrada sin intención de soltarse. La jovencita resultó ser una adorable copia niña-adolescente de la señora Priscilla, aunque con el cabello del mismo tono que su padre.
- (Siempre se están besando…) – murmuró, provocándome una sonrisa involuntaria.
- ¡Rosemary, modales! – la retó una señora entrada en años que apareció en escena.
Genial, el lugar se estaba llenando de gente y yo sin ninguna palabra por articular. Ahora tendría que explicar lo inexplicable. La señora de edad levantó sus impertinentes y enarcó una ceja despectivamente mientras me veía de arriba abajo con una actitud un tanto grosera, para luego añadir secamente:
- …Suelta el abrigo del joven niña…
- Lo siento tía Elroy… - dijo ella obedeciendo con la vista baja, y caminando hasta su lado.
La tía Elroy en cuestión, se desatendió de nosotros momentáneamente y se volvió hacia la pareja que continuaba abrazada justo en frente de todos. La señora se dirigió a mi jefe con la misma entonación cortante y sin emoción empleada para la chica un minuto antes, (después entendí que siempre habla así, pobre).
- Bienvenido William… -
Ni siquiera había terminado de hablar y ya había roto el encanto que rodeaba a la pareja
- Gracias Elroy… – contestó William resignado, girándose lentamente hacia su hermana. Pero antes de dedicarle una mirada a Elroy, reparó en su hija y su rostro volvió a iluminarse - ¡Rossie querida! - sus brazos se extendieron inmediatamente para recibir a la jovencita que corriendo llegó a refugiarse en su abrazo, hundiendo el rostro en el chaleco de su padre.
- ¡Papi te extrañé mucho! – exclamó ella sin soltar su cintura.
- ¡Yo también Rossie!... – contestó William, y luego separándose un poco de ella, la observó y dijo - ¡eres toda una señorita! No parece que tengas 10 años linda…
- Trece papá… ¡Cumplí 13 años recién!, ¿Lo olvidaste?
- ¡Jamás!,- contestó riendo William – solo quiero engañarme un rato con la idea de que no crecerás tan pronto…
Visiblemente fastidiada al no ser tomada en cuenta, la señora Elroy se volvió a mí, para mi poca fortuna, inspeccionándome detenidamente sin el menor disimulo. Yo ni la miré. Permanecí indiferente tratando de no ser irrespetuoso, o por lo menos eso intenté, aunque sin buenos resultados. William notó la tensión entre nosotros y nos miró detenidamente. Luego ofreció el brazo a su esposa y caminó hacia el sitio donde yo me encontraba, tomando la palabra.
- Querida, te presento a mi asistente personal, el joven George Johnson…
- ¡Muchísimo gusto Monsieur Johnson! – contestó sincera y jovial la señora Priscilla, bajando un poco su vista en señal de saludo.
Yo sentí que el aire me volvía al cuerpo tras la reacción de la señora de la casa, pero las palabras "asistente personal" sacudieron a la señora Elroy de inmediato. La versión escocesa de la reina Victoria estaba en plena representación. Fue como si diera por hecho apenas que yo era real y existía. Gracias al cielo, esa mujer no podía leer mi mente… Sus chillidos lastimaron mis oídos esa primera vez…
- ¡¿Asistente personal?! ¡William, no debiste tomar esta decisión sin consultar al Consejo! No es prudente, ni admisible, ni lógico. Habiendo tantos asesores altamente capacitados a tu disposición, sales con un muchachito inexperto venido de quién sabe dónde…
William, posó su mano en mi hombro y luego exclamó con la mayor naturalidad, y haciendo caso omiso del discurso de la "reina Victoria".
- Elroy, te presento al joven que será mi mano derecha y quién además me ayudará a velar por los intereses de nuestra familia como nadie…
- Me honra con su confianza, Señor Andrew – le dije más tranquilo.
- Y a nosotros con tu presencia,… y quiero decir a todos… – dijo mientras veía a su hermana- nos honra tenerte aquí… - luego señalando al ama de llaves que se encontraba cerca añadió - Mildred te mostrará tus habitaciones George. Por ahora, descansa del viaje y nos vemos mañana después del desayuno.
- ¡¿Se hospedará aquí?!... – nuevamente chilló Elroy escandalizada, con un tono incluso más alto que la vez anterior, pero cerró la boca inmediatamente tras un solo gesto de William.
- Nueve en punto - recalcó William ignorando a su hermana.
- Ahí estaré – contesté deseando retirarme de tan incómoda situación.
Busqué a la señora Mildred con la mirada, ella asintió comprensiva y empezó a caminar hacia una de las puertas laterales. Me disponía a seguirla, cuando un saludo efusivo se escuchó fuerte y claro por toda la habitación:
- ¡Bienvenido George!
Todos nos quedamos callados mirándola. Sus ojos me sonreían alegremente. Yo la miré solo un momento y sabiéndome inspeccionado sigilosamente por su tía, mantuve un talante serio y me incliné levemente hacia la jovencita en señal de respeto antes de retirarme.
Apenas les di la espalda, no pude evitar sonreír agradeciendo mentalmente esa sencilla y alegre bienvenida…
Las cosas no me fueron tan fáciles con la tía Elroy. Desde mi arribo y bastante tiempo después, ella se convirtió en mi sombra. No cesaba de vigilar cada uno de mis movimientos de forma directa o a través de sus empleados de confianza; segura estaba que me atraparía pillándome una pluma fuente o algún candelero de plata. Podría apostar que ordenó un inventario de cada objeto en la Mansión, y que lo actualizaba puntualmente cada semana o cada mes.
Mi exasperación inicial fue cediendo finalmente porque al fin de cuentas no tenía caso molestarme con esa mujer. Incluso, llegué a divertirme descubriendo las nuevas estrategias de espionaje elucubradas por la creativa mente de la santa señora Elroy Andrew. Scotland Yard habría aprovechado gustoso los servicios de la tía en sus filas. Estuve a punto de hacer una propuesta anónima a la policía local para que descubrieran los talentos ocultos de esta dama. Las cosas habían llegado a tal punto, que el único lugar donde me creía libre de su insistente monitoreo era el baño de mi habitación. Aunque pensándolo bien, todavía tengo mis dudas.
Además, viéndolo fríamente no podía culpar a Elroy por su actitud. Mi origen generaba suspicacias per se, y aunque William había sido consistentemente discreto al respecto, su hermana se las había ingeniado para investigar todo por su cuenta. Su mirada inquisitiva y fría era parte de mis pesadillas. Varias veces intentó convencer a su hermano del error que cometía al elegir como asistente personal a un perfecto extraño, que por si fuera poco se empapaba cada día hasta del más mínimo detalle del manejo de sus empresas, de su familia, de su presente y futuro.
Yo sabía que tarde o temprano Elroy entendería que sus temores hacia mí, eran totalmente infundados. Y cuando yo pasara sus exigentes estándares de aceptación, porque lo haría, confiaría en mí plenamente. Era un hecho.
Mi lealtad hacia William Andrew fue y es real. Aprendí a su lado más de lo que cualquier libro me podría enseñar. El razonamiento y su tranquilidad para actuar aún en los momentos más tensos, fueron mi mejor escuela. Su apoyo incondicional, mi más profunda enseñanza.
Así pues, yo admiraba a ese hombre, realmente lo respetaba y me sentía honrado de haber sido favorecido por su llamado y acogido en su misma casa, aquel día a mediados de noviembre de 1886…
Continúa...
