Cáp. 1: El sueño
Estaba en medio de un bosque más que conocido. No había luz pero eso no era un impedimento para mí, podía ver todo perfectamente. Era el escenario de un antiguo sueño. Uno que había abierto mis ojos a la verdad más hermosa del mundo. A Edward.
Comencé a sentir que me faltaba el aire. Mi pecho se oprimía ansiando verlo aparecer por entre los mullidos helechos. Jacob Black estaba a mi lado, jalando de mí hacia la parte más oscura del bosque. A lo lejos podía oír la voz de Mike Newton llamándome pero, ninguno de ellos era el que yo esperaba. Era él. Aquel que en unos segundos aparecería brillando tenuemente, con largos y puntiagudos colmillos, me llamaría diciendo que no debía sentir miedo y yo le creería. Desearía con toda la fuerza de la que sea capáz creerle sin importar quién era, sin importar que mi vida acabara antes de darme cuenta de nada. Si mi vida acababa por él entonces valdría la pena.
Me acuclillé junto a un gran árbol cubierto de nieve desde la raíz a la copa con los brazos rodeando mi pecho como antaño. Aquel vacío había regresado multiplicado enloquecedoramente por mis nuevos sentidos de vampiro. Ya no solo era angustia y aquel sentimiento de soledad rasgando mi pecho, ahora también era furia y odio que no podían ser opacados por nada más, ni siquiera la venganza que había sido llevada a cabo hace décadas.
Ya no debería odiar a nadie porque ese alguien que lo arrancó de mi lado ya no existe. Emmett y yo lo destruimos hasta que no quedó ni el más leve rastro de su existencia. Pero eso no bastaba. No me había traído a Edward de vuelta. No había traído su voz mientras tarareaba mi nana, no me había traído el roce de sus manos sobre mi piel desnuda ni sus ojos rebosantes de amor y comprensión.
Grite a todo lo que daban mis pulmones para desahogar un poco la furia y la impotencia. No debía evocar esos momentos pero me era imposible alejarme de ellos. Cada día desde que él había partido era como el primero. Podía recordarlo vividamente cada vez que cerraba mis ojos, como ahora. Mis ojos picaban buscando liberar el dolor mediante las lágrimas. Pero hace años que eso no ocurría. El dolor iba y venía de mis ojos a mi pecho una y otra vez.
Ya no era quién solía ser. Era un ser destruido por dentro. Vacío. Sin otra motivación que mentir. Mentir por mi hija. Fue por ella que no le rogué a Emmett que me matará después de acabar con aquel vampiro rumano. Solo por ella. Pero, un día ella también morirá y ya no existirá nada que me ate a este mundo. Entonces podré seguirlo en la muerte.
Por ahora debía fingir para que mi familia no sufriera.
Estábamos pasando una temporada en casa de Eleazar en Denali. Sabía que pronto tendríamos que irnos ya que llamábamos la atención de uno que otro turista curioso aunque no podíamos estar totalmente seguros. Sólo Edward podría habernos dado una respuesta confiable.
Respire pesadamente ante su nombre repitiéndose en mi cabeza. Esta vez no había deseado ni podido encajonar su nombre en un rincón de mi mente para aislar el dolor. Sabía que no tenía sentido intentar olvidarlo sobretodo porque no lo deseaba.
Anhelaba el sueño más que nada. Para así, hundirme en el sentimiento de que él seguía aquí a mi lado. Sólo deseaba poder sentirlo junto a mí una vez más. Pero no tenía caso.
Me había alejado de los demás para cazar un poco, no estaba de ánimos para soportar las carcajadas despreocupadas de Emmett, ni la energía de Alice, mucho menos las miradas de Rosalie. En momentos como estos sólo disfrutaba de la compañía de Jasper.
A todos les había sorprendido la amistad que había nacido entre Jasper y yo después de lo ocurrido con Edward pero luego entendieron que era el único capáz de ayudarme a sobrellevar todos los acontecimientos. Él era el único que sentía mi dolor aflorar y me sumía en un sopor que, de haber sido humana, me hubiera hecho caer en profundos sueños.
Jasper también tuvo un momento crítico tras la muerte de mi Edward. El dolor que nos envolvió a todos terminó provocándole un colapso nervioso. Jamás lo vi tan alterado en mi existencia. Supongo que por eso nos llevábamos tan bien. Alice y yo nos encargamos de él y él se encargo de mí.
Respire una y otra vez hasta que me hube serenado. Ya estaba lista para volver junto a ellos pero primero debía asegurarme de que mis emociones no fueran tan evidentes. Conté hasta cien y emprendí el camino de regreso a la casa de Tanya.
Detestaba ese lugar tanto como la detestaba a ella. No podía evitarlo. Anhelaba los húmedos días de Forks. Su cielo encapotado a mitad del verano, sus lloviznas matutinas, sus bosques alienígenas… pero más que nada, anhelaba ver su prado, buscar en el su presencia. Hablarle, sentirlo…
─¡Al fin llegas! ─ canturreo Alice sacándome de mis ensoñaciones─. Creímos que te habías quedado a vivir en el bosque.
Le respondí con una tenue sonrisa a la que ella frunció el ceño.
─Has estado pensando en él, ¿cierto?
La mire sin entender a que quería llegar. Ella ya lo sabía, ¿que necesidad tenía de preguntarlo?
Asentí con la cabeza.
─Hermana ─me susurro bajo su aliento ─, no te pido que lo olvides porque se que eso es imposible tanto para ti como para todos nosotros, sólo te pido que te animes.
─No puedo, Alice ─respondí con la voz rota─.
─Por favor, Bella. No soy Jasper, pero puedo sentir tu dolor y tu desesperación. ¡Me parte el alma!
─Entonces no te fijes en mí ─respondí carente se emoción─. Todo acabará pronto…
─¡Eso no es cierto! ─gritó─. Tu futuro no es claro, aún no entiendo por qué, pero esta ahí. Puedo verlo.
─Yo también, Alice.
Me miró inquisitivamente para luego suspirar derrotada. En otras circunstancias habría disfrutado de este momento en el cuál vencía gradualmente a Alice Cullen. Pero ya no estaba en condiciones de disfrutar nada, excepto, aquel CD que él me obsequió hace ya tantos años.
Entre en la casa y me senté junto a Emmett que estaba viendo animadamente un programa sobre animales en el televisor. Fruncí el ceño. ¿Cómo un hombre como Emmett podía estar tan concentrado y animado viendo la "hibernación del oso Grizzly"? ¡Ah!, claro, eso lo explicaba todo. La obsesión de Emmett respecto a lo osos no parecía tener intención alguna de decaer con el paso del tiempo. Suspire sonriendo sinceramente lo que me sorprendió. Hacían más de 60 años que no sonreía así. Desde la noche anterior a su muerte.
Sacudí la cabeza y cerré los ojos para alejar esos recuerdos. Para cuando los abrí nuevamente Jasper estaba a mi lado sonriéndome con tranquilidad. Le permití inundarme de paz y cerré los ojos un momento.
De pronto todo se volvió oscuro y confuso. Pude percibir el aroma de la cicuta húmeda y el sonido siseante de las copas de los árboles. Todo parecía tan real.
Mire a mi alrededor pero no pude distinguir a ninguna persona de mi familia. No había ni el más tenue rastro de sus olores o presencias solo cientos de árboles pertenecientes a mi hogar. Pero había otro olor en el bosque que inmediatamente distinguí como el de Forks, un olor dulzón y delicioso: olor a humano.
Me puse rígida al instante preocupada por la posibilidad de perder el control en esa situación pero entonces lo vi. Era un muchacho de no más de 17 años que corría a todo lo que daban sus piernas directamente hacia mí.
─¡Cuidado! ─me gritó mientras tomaba mi mano sin importarle lo fría de esta─, corre, se acerca…
─¡Bella!, ¡Alice! ─escuche que gritaron desde algún lugar lejano─ ¡No puede ser! ¡Hagan algo!
Un fuerte zarandeo me sacó del estupor provocado por lo que había visto.
Justo frente a mí se encontraba Alice con la mirada perdida. Fruncí el ceño confusa. ¿Qué había ocurrido?
─¡Oh, por Dios! ¡Bella! ─gritó Esme sentándose junto a mí─ Temí que no reaccionaras. Hacía tanto que no te pasaba esto.
Ahí fue cuando entendí lo que me había pasado. Esme tenía razón hacia tiempo que no tenía una premonición.
Hace unas tres décadas descubrimos que poseía un don parecido al de Alice. En ese tiempo solo eran sensaciones parecidas a los presentimientos nada más, pero con el paso del tiempo se habían hecho más clara hasta transformarse en escenas como la que acababa de ver.
Según Carlisle, cuando era humana pude haber tenido este don sin haberlo notado yo, por supuesto, lo negué. Jamás había tenido una premonición. Pero luego recordé mis sueños de antes de transformarme, de antes de ser novia de Edward, de antes de embarazarme de Renesmee… y lo supe. Sí poseía ese Don, pero no tan desarrollado como el de Alice.
─¿Qué viste? ─demandó Rosalie─.
─Los bosques de Forks… ─musité tranquilamente─, un humano huyendo de algo…
─¿Algo? ─inquirió Carlisle─ ¿Algo como qué?
─No lo sé. Tal vez Alice lo haya visto mejor…
Todos lo presentes nos volteamos hacia Alice que se encontraba ensimismada en un rincón.
─Es hora, ¿verdad? ─preguntó a Carlisle─.
─Así es.
─¿Qué esta ocurriendo? ─exigió saber Emmett haciendo un puchero por sentirse excluido de la conversación.
Pero yo sabía de qué se trataba todo esto.
Volveríamos a Forks.
