Draco Malfoy y el corazón de Slytherin

Capítulo 2 – ¡Cómo lo detesto!

Draco Malfoy detestaba a Harry Potter.

Detestaba que lo trataran como héroe a pesar de que se negaba desfachatadamente a cumplir las reglas. Detestaba que toda la atención estuviera siempre centrada en El Niño Que Sobrevivió. Detestaba que Potter lo superara en encantamientos y en hechizos, algo que era innegable según pudo comprobarlo en los días siguientes. Detestaba que usara esas remeras inmensas que había heredado del cerdo de su primo y que no tuviera ni siquiera un par de zapatillas que le quedaran bien. También detestaba que los Dursleys y Harry lo ignoraran por completo sin que importara lo que dijera o hiciera; hacían de cuenta que no existía.

Pero lo que más detestaba era que Harry estaba empezando a caerle simpático.

Harry no había mentido cuando le había dicho que prácticamente no dormía. La mayoría de las noches se la pasaba leyendo o practicando hechizos en el patio. El resto de las noches volaba persiguiendo una snitch luminosa, desmintiendo la creencia general de que los buscadores deben de ser menudos para ser buenos jugadores. La pubertad no era la única razón que justificaba el físico de Harry. El Gryffindor hacía cien abdominales y cien lagartijas todos los días. Draco se agotaba de sólo mirarlo.

Durante el día se dedicaba a cumplir con las tareas que le asignaban los Dursleys e ignoraba por completo las crueles provocaciones constantes del cerdo de Dudley. Y también ignoraba las provocaciones de Draco, lo cual resultaba particularmente fastidioso. Harry nunca se enojaba, tampoco sonreía. Hacía todo con confianza y con indiferente calma.

Draco detestaba que se comportara de esa forma. Quería que Harry se enojara, quería pelear con él con varitas o a puñetazos. Quería que dejara de tratarlo como si no existiera.

En ese momento lo observó girar hacia uno y otro lado sobre el césped del patio. Era la cuarta vez que pasaba. De repente se desplomaba y dormía durante varias horas seguidas antes de que empezaran las pesadillas. Draco no sabía qué era lo que soñaba, ni tampoco se lo había preguntado, pero cuando Harry finalmente se despertaba se llevaba la mano a la cicatriz y luchaba durante largos minutos para poder controlar los jadeos que lo dominaban. Luego iba a su habitación y escribía una carta que enviaba con Hedwig. La lechuza volvía días después trayendo una respuesta, Harry la leía, la destruía y a continuación se obligaba a intensificar el entrenamiento.

Draco no estaba dispuesto a permitir que se repitiera algo así. Le iba a exigir a Harry que le contara sobre los sueños y les iba a poner freno. Sabía algunos encantamientos que podían controlar las pesadillas y podía también preparar una poción para dormir sin sueños, tenía todo lo necesario en su baúl. Si lograba su propósito no sólo les pondría fin a los sueños, quizá también podría ponerle fin a sus sentimientos de simpatía por Harry.

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Draco estaba terminando ya la última de las tareas de vacaciones asignadas —tener tanto tiempo libre ignorado por todos tenía sus ventajas— cuando Harry entró y se dirigió al escritorio para escribir la carta de rigor. Draco guardó sus libros, fue hasta el escritorio y se sentó encima de un salto. —¿De qué fue el sueño esta vez? —preguntó sin preámbulos.

Harry interrumpió la escritura y alzó los ojos para mirarlo. —¿Por qué preguntás?

—Porque quiero saber.

—¿Por qué querés saber?

—Porque puedo ayudarte para que dejes de tenerlos. —replicó Draco.

—¿Y por qué harías algo así?

Draco lo miró hosco. —Digamos que me siento altruísta. Es una oferta por tiempo limitado. O la aceptás o la perdés.

Harry lo estudió con ojos intensos, Draco se sintió como si estuvieran estudiándolo bajo una lupa, pero se esforzó para no dejar transparentar su incomodidad por el escrutinio.

Harry pareció conforme tras el sondeo, puesto que dejó la pluma a un costado y se reclinó sobre el respaldo de la silla. —Mis sueños no son sueños, son visiones de las cosas que ocurren donde sea que esté Voldemort en ese momento.

—¿Premoniciones?

Harry negó con la cabeza. —No, los sueños muestran el presente... no las cosas por venir. —se llevó la mano a la cicatriz— La cicatriz me conecta con él y si Voldemort está haciendo algo particularmente malvado cuando estoy durmiendo, lo veo en mis sueños. Dejé de dormir después de ver a la undécima familia muggle asesinada por Voldemort y los mortífagos.

—Pero son sólo muggles. —señaló Draco.

—Y vos sos un pelotudo, pero no por eso voy a torturarte hasta matarte.

—Entiendo tu punto de vista. —concedió Draco, aunque los muggles no le inspiraban ninguna compasión. Los muggles eran los responsables de todos los problemas del mundo mágico. Por culpa de ellos los magos se veían obligados a ocultarse, como si la magia fuera una enfermedad y no una cualidad excepcional.

—Mirá, yo sé que vos estás de acuerdo con Voldemort en que los muggles son los culpables de todos nuestros problemas. —dijo Harry como si le hubiese leído la mente— Pero matarlos no es la solución. Hacer algo así es ponernos al mismo nivel de los salvajes y quiero creer que yo soy al menos un poco mejor que las bestias.

—¿Qué es entonces lo que te proponés hacer?

—Destruir a Voldemort de una vez y para siempre.

—Una empresa muy ambiciosa, pero qué otra cosa podría esperarse del gran Harry Potter.

Harry rió con amargura. —El famoso Harry Potter, de quien se espera que llegue a ser el mago más poderoso que jamás haya existido. Nadie lo ve como un chico que juega bien al quidditch y que viste ropas heredadas que le quedan pésimo.

Alzó la pluma y retornó a escribir. Se produjo un silencio cargado de tensión sólo interrumpido por el rasguño de la pluma corriendo sobre el pergamino. Draco sintió crecer su simpatía por Harry, él sabía lo que significaba tener que vivir para estar a la altura de las expectativas que un nombre demandaba. Quizá ésa había sido la intención de Dumbledore al haberlo puesto con Harry. Seguía odiando a Harry, sin embargo, eso no había cambiado. Y así y todo…

—Puedo prepararte una poción para dormir que te bloquee los sueños y las visiones. —ofreció.

Harry hizo una pausa en la escritura. —¿A cambio de…?

Draco frunció el ceño. No había pensado pedir nada a cambio. Lo cual era muy raro… ahora que se ponía a considerarlo. Él nunca hacía nada que no le reportara algún tipo de ventaja.

—Hum… podrías enseñarme algunos hechizos y encantamientos.

—Ya me parecía que ibas terminar pidiéndomelo. —dijo levantando la vista— ¿Cómo fue que demoraste tanto?

Draco le devolvió una mirada hostil. —La altanería no te cuadra, Potter.

Harry volvió a concentrar la atención en la carta. —Empezamos mañana, a las ocho.

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