"Con el tiempo te darás cuenta que todo el mundo tiene cicatrices. Algunos en el cuerpo, otros en el alma o corazón." — Anónimo.
Emma miraba sus cicatrices. O al menos la mayoría.
La de sus manos, su oreja y su torso. No podía decir que estaba orgullosa de ellas. Pero, bien sabía el significado de ellas.
Porque había leído alguna vez, en un libro, que todos tenemos cicatrices. Ya sea en el cuerpo, corazón o alma.
Eso la llevó a pensar, qué tal vez, ella no era la única con cicatrices. Tal vez Mamá tuvo, la hermana Krone... Yuugo, Lucas, los demás niños... Inclusive Norman y Ray.
Pero entre Norman y Ray, quien más tenía, a su parecer, era Ray. Después de todo, su inocencia había desaparecido cuando descubrió la verdad tras Grace Field, además de saber que su propia madre— sí, él le había contado— sólo lo había tenido para poder sobrevivir.
Tal vez, de entre todos los de su familia, había sido Ray el que con más cicatrices había quedado. Las de ella, no eran nada comparado a las de él; tocó donde antes estaba su oreja.
Pero del dolor y la pérdida, estaba la enseñanza. No podía arrepentirse de sus cicatrices.
Después de todo, estás tenían enseñanzas.
Y eso, siempre se lo hacía recordar a Ray, cuando se deprimía al ver sus cicatrices.
Y sin importar el tiempo que tomara, le diría en claro, que todas estas heridas, habían tenido un propósito.
Sonrió, terminando de cambiarse. Dirigiéndose a donde los demás estaban.
Porque aun así, Emma siempre lo daría todo por su familia.
