¡Hola!.

La verdad no esperaba que 5 personas se tomaran el tiempo para dejar un review de esta cortísima historia que nació de una noche de inspiración. Pero, en parte por una necia que adoro y en parte ustedes que apartaron esos minutos me anime a cortar más tela. Está bien, admito que adoro a este par juntas a morir, que le prendería velas a RITO si decide que siempre sí, y que a lo mejor me da algo si llega a pasar… el punto es que GRACIAS a todos ustedes, más gracias a la necia y pues espero que les guste.

Ah, si… ¿Pueden creer que leí pésimo las instrucciones de lanzamiento y no tengo 1350 RP, pero mejor porque ahora solo tendré que sobrevivir de alguna forma dos semanas hasta que salgan por 975 RP?. No estoy siendo dramática, ya estoy mayor y debo ser capaz de resistir la compra compulsiva… Gracias RITO, tu sabes cómo hacer que te quiera todavía más.


II.

A esa hora el corredor estaba siempre vacío, los acólitos se encontraban realizando la última oración del día justo cuando el sol empezaba a ocultarse. Era el momento perfecto para escabullirse hasta los archivos, con todos ocupados no tenía que preocuparse por ser descubierta una vez más descuidando sus obligaciones y aunque no era del todo mentira ya no le importaba mucho. Llegó a la conclusión que la única manera de estudiar los pergaminos antiguos era aprendiendo la lengua antigua, no era sencillo de hacer sin una instrucción formal pero tampoco podía pedirle a alguno de los mentores que le enseñara pues ese tipo de instrucción estaba limitada para los rangos más altos. Diana siempre encontró ese detalle curioso y con el paso del tiempo sospechoso, su instinto le hacía dudar de las razones que tenían los miembros del consejo para prohibir a los aprendices y acólitos menores aprender las runas antiguas. Por eso, procuraba acabar sus deberes tan rápido como le era posible, incluso cuando le asignaban más trabajo que a los demás con la esperanza que al final del jornal solo tuviera energía para llegar a su pequeña habitación.

Diana aferró las dos largas velas a su pecho y aceleró el paso, en tanto pensaba de repente en todo lo que había sacrificado poco a poco en su deseo de probar que tenía razón. No por necedad, se lo recodaba a menudo, su interés era casi inexplicable, desde que por accidente leyó esa historia sobre un pueblo que adoraba a la luna y no al sol. Desde ese día había pasado incontables noches en vela buscando entre los miles de libros y pergaminos, pero encontró no más que un puñado de referencias muy vagas. Parecía que aquel misterioso pueblo no más que fantasía, solo un elemento más del mundo fantástico de los cuentos.

Una noche sin embargo, estando por rendirse, tomó un pergamino bastante gastado y empezó a leer, pero apenas y podía descifrar una o dos palabras pues las runas antiguas no era algo en lo que le instruyeran los acólitos mayores. Lo poco que ella aprendió fue por su padre, un ferviente acólito mayor que era parte del consejo y quien delegó en ella la responsabilidad de continuar con el legado familiar. Consideraba él que Diana debía aprender de momento lo básico del idioma antiguo y a medida que fuera progresando su educación le enseñaría con más detalle, pero a pesar de que el aprendizaje la entusiasmaba cada vez le costaba más centrarse en las largas lecciones sin divagar. Su padre había tomado de muy mala manera sus preguntas, por lo que las lecciones cesaron pero Diana tenía confianza en sí misma, por lo que con el ánimo renovado dedicó horas y horas al aprendizaje en solitario de una lengua muerta.

Y hubiera hecho ya grandes progresos si lograra pasar una o dos noches investigando los pergaminos en lugar de escaparse para admirar el hermoso cielo estrellado con cierta persona. Aunque a menudo se quejaba, no hacía mucho para resistir la invitación cada que ella aparecía para proponerle una noche más de desvelo contemplativo a su lado. Bueno, así lo fue en un principio, siendo recién llegada y de la manera como todos los demás le trataban Diana entendía que se sintiera aislada e incómoda. También ella lo estaba, por lo que fue casi natural que las dos trabaran amistad al poco tiempo de haberse conocido y consideraba mejor que su cercanía fuera un asunto privado. Quizá su padre lo viera con buenos ojos, pero únicamente porque vería en ello la oportunidad de elevar el estatus familiar, pueda que obligar su ascenso moviendo con gran maestría su influencia. No es que fuera un mal hombre, ó del todo un mal padre, simplemente era un acólito con grandes ambiciones y posiblemente estaría más que dispuesto a aprovechar la situación. Diana disfrutaba pasar el tiempo con ella, no hablaban mucho, a menudo le parecía que Leona estaba muy centrada en sus pensamientos por lo que prefería callar y centrarse en sus propios asuntos.

En fin, había pasado tanto tiempo estudiando la lengua antigua que tenía ya un buen nivel de comprensión, eran pocos los pasajes que no lograba descifrar con relativa facilidad. Sin embargo, últimamente había menguado su ánimo, aún estaba decidida a descubrir cuando pudiera sobre esa misteriosa gente que no veneraba al sol como su guía pero cada pero la información que había descubierto en los textos normales no daba más que una mención aquí ó allá sin jamás referirlos directamente. Pensó que al estudiar textos de mayor antigüedad avanzaría, más era en verdad poca la nueva información que obtenía, sabía que si lograba acceder a textos más antiguos existía la posibilidad de encontrar pergaminos con menos alteraciones. Pero pocos tenían acceso a ellos, solo los altos acólitos, los miembros del consejo o los acólitos que gozaban del beneplácito de los maestros, por tanto, parecía imposible. Sin embargo, no todo parecía tan perdido, en una de las tantas noches de desvelo encontró un par de pergaminos antiquísimos, en ellos a pesar del polvo y que parecían a punto de desmoronarse leyó con gran dificultad como el autor se refería a un pueblo desaparecido, a uno que sus superiores le hubieron prohibido investigar y que él como buen Solari accedió dejar de lado, más lo escribía para dejar constancia de su obediencia. Independiente de la razón, el acólito mencionaba que este grupo estaba asentado en algún lugar cercano al monte Targon, infería que en la parte baja ya que su economía se basaba en la agricultura, rara vez cazaban y preferían la pesca o la recolección. El pergamino contenía además una muy breve mención a su culto lunar pero el autor desconocía detalles sobre el mismo, a decir verdad, el acólito estaba más interesado en los aspectos generales que en su inclinación religiosa y aquello, no podía negarlo, le deprimía.

Diana había estado absorta en la lectura, tanto que había fallado por completo en notar la presencia de Leona a unas sillas de ella. El avatar del sol, que había llegado hacía un bien rato, traía en sus manos dos tazones de fécula preparada y aunque estaba ya el que trajo para Diana frío no tuvo corazón para interrumpir su concentración. No fue hasta que la joven acólito se desplomó sobre el pergamino que Leona optó por anunciar su presencia.

-Tienes que comer.

Sin molestarse en levantar la cabeza del antiquísimo pergamino Diana gruñó, pero se levantó con gran diligencia al escuchar el golpecito seco de la taza al Leona posarla a su derecha. Miró con cierto desdén el contenido, pero agarró la cuchara y comenzó a comer sin prestar mucha atención. Había peores cosas que comer fécula preparada, el placer de experimentarlo de primera mano era una de las cosas que no quería repetir. Tampoco recordar.

-… che?… ¿Diana? – intentó Leona.

-¿Ah?. ¿Qué pasa?.

Pero la elegida del sol solo le miró reprobatoriamente.

-Pregunto si también hoy piensas quedarte despierta toda la noche.

-Hay… un par de libros que quiero leer y no puedo hacerlo durante el día… - contestó dando otro bocado a su tazón de fécula -. Además, hace dos días dormir casi toda la noche…

Suspirando Leona se acercó por un costado y agachándose hasta que sus ojos se encontraran a la misma altura continuó.

-No leas… -Al ver el ceño fruncido y la mueca que empezaba a cobrar vida se apresuró a añadir -. Salgamos… quiero pasar tiempo contigo, sé que durante el día es difícil y aunque en general me hace muy feliz el solo estar en la misma habitación… al menos por hoy, por esta noche te quiero para mí.

De inmediato las pálidas mejillas de Diana se llenaron de color, de un brillantes y muy visible carmesí que le escocía hasta la punta de las orejas. Y es que no era fácil para ella tampoco: Diana pasaba los días repitiendo sin el menor sentimiento los canticos al sol que los acólitos mayores decían indispensables, arrastrándose por los pasillos cumpliendo las tareas menos interesantes que sus maestros podían encontrar para ella y anhelando que la noche cayera para tener un respiro de libertad. Leona en cambio, se levantaba desde muy temprano a entrenar, a medio día alguien (jamás Diana) era asignado para llevarle algo de comer y asistirla en su baño, aunque eso último la guerrera insistía en poder hacer muy bien sin ayuda, después pasaba la tarde haciendo un esfuerzo enorme por no quedarse dormida en las aburridísimas charlas que le daban los acólitos y ancianos. Después de la última comida del día, todos en el templo partían con gran prisa a realizar los últimos ritos y despedir al sol por la jornada, menos Leona que siempre repetía una cortísima plegaria y desaparecía durante horas, tiempo que pasaba con Diana en algún rincón olvidado del templo hasta que se veía forzada a volver a su habitación el corazón enardecido de un amor tan cálido como el sol.

Había comenzado casi como un juego, como un acto de rebeldía pura en que Diana se enorgullecía de como Leona, El Brillante Amanecer, disfrutaba pasar tiempo con alguien de tan baja categoría. Si bien ella no pensaba mal de sí, todos en el templo se encargaban de recordarle el fracaso y la vergüenza que suponía su existencia no únicamente para su familia, sino para todos los Solari. Pero el cosquilleo en la base de su estómago, los nervios injustificados y el constante anhelo de tenerla cerca, no fue más que el resultado de ver en Leona más que solo el Avatar del Sol, pues con diecisiete años había en ella una fuerza innegable que la atraía cual polilla al calor. Quizá, lo que más le impactó fue el pensar de la joven, que contrario a los ancianos o miembros del consejo (ó en general a los Solari) no veía en todos un enemigo potencial. Poco a poco, diana fue dándose cuenta que aquellas horas de insomnio no eran simple admiración, había más, y como es natural tuvo miedo. Sin embargo, Leona a pesar de no tener ni un poco de experiencia en asunto alguno que no fuera la guerra no tuvo miedo, y una de las noches que pasaba contemplándola leer en absoluto silencio decidió arriesgarse, era todo ó nada. Se levantó, apartó con un movimiento firme el pergamino que Diana leía y cuando esta levantó el rostro para protestar con manos firmes tomó ambas mejillas y descendió lo suficiente para besarla, fue torpe pero el primer recuerdo más bello que congelarían en su memoria.

Como es normal, Diana relegó entonces su sacra lectura a un segundo plano durante un tiempo. En lugar de pasar noche en vela releyendo pergaminos viejos ahora dormía poco por pasar tiempo con Leona. No podían hacer mucho, salvo pasar horas de horas hablando. En realidad, Leona disfrutaba contarle a Diana aquellas historias que su madre le repetía cuando era niña, y después los relatos de los más fuertes y destacados Rakkor que vivieron en tiempos antiguos. La acólito encontró extraño como un pueblo que apreciaba por encima de todas las cualidades de la fuerza se dejaba controlar por un consejo de debiluchos Solari, cuya máxima aspiración era pasar la jornada entera alabando al sol. En los relatos Solari, siempre se hablaba de los iluminados y del elegido, del todo poderoso Avatar del sol, el mismo que algún día regresaría para llevarlos sin la menor duda a una nueva era de esplendor. Pero estaba claro que Leona, el avatar, no concordaba con las descripciones regulares de aquel mítico ser: Era fuerte, por supuesto, pero porque su tribu de nacimiento la había forjado así. Tenía un aire de grandeza que no se podía ignorar, más no había en ella rastro alguno de falsa superioridad. Y, quizá, aquello de mayor interés para Diana radicaba en el simple hecho que el tan anhelado Avatar no nació entre los Solari, cada vez que recordaba ese detalle una sonrisa enorme se pintaba en sus facciones.

Pero de regreso a la realidad Leona la observaba con detenimiento, como si intentara descifrar que pasaba por su cabeza en aquel momento.

-Bueno…

La sonrisa de victoria en el rostro del Radiante Amanecer podía bien rivalizar con el alba, pero tuvo que esperar hasta que su amada guardara bajo sus ropas el pergamino viejísimo que parecía llevar consigo a todas partes. Y apenas el mencionado desapareció bajo su ropa se lanzó asiéndola en sus brazos y dándole tiernos besos que entre torpes pasos hacia la salida Diana respondía.

Escabullirse del templo en las noches no era complicado. Los Solari de hierro, los guardianes del templo, no habían sido víctimas de un ataque en cientos de años y ciertamente no esperaban serlo jamás, por lo que apenas apostaban un par de perezosos guardias en la entrada principal del templo. Y todos los habitantes del mismo, salvo por Diana, parecían temer la Proción del día en que la luz del sol se encontraba por completo ausente, bueno, es justo decir que Leona tampoco se contaba entre los primeros. Una vez fuera, subieron por uno de los riscos hasta una meseta flanqueada por vegetación y se dejaron caer sobre el césped con Diana riendo de alguno de sus habituales malos chistes, esos que Leona no entendía jamás.

-Ha pasado tiempo desde la última vez que estuvimos aquí – comentó Leona acariciando con su mano diestra el rostro de su compañera -. Deberíamos venir más a menudo…

Diana rió, recordando bien lo ocurrido en esa ocasión y con sus suaves ojos celeste miró divertida al Avatar del Sol, quien como si de un vínculo mental se tratase cerro los ojos pellizcando apenas las pálidas mejillas.

-No lo decía por eso. Solo me gusta estar aquí, es tranquilo, no tenemos que vigilar si alguien viene… - eso último dicho con cierto malestar.

-Lo lamento, pero los ancianos no aprobarían. Eres la elegida, el Avatar del Sol… yo solo soy una desgracia para el templo…

Por respuesta Leona se levantó lo suficiente para acomodarse y lograr darle un largo beso, tierno, amable y, por sobre todo, lleno de sentimiento.

-No eres una desgracia… - dijo pausando sus caricias -. Para mí, eres la única razón por la cual las noches han cambiado su significado en mi vida: Con los Rakkor era el único momento en que podía dejar de pensar porque me sentía siempre fuera de lugar, y con los Solari solo quería que el sol se ocultara para escapar de las miradas de todos.

-Leona…

-Eres todo para mí Diana. Eres quién me ha devuelto mi propio ser, contigo no me siento El Radiante Amanecer, a tu lado no soy más que Leona y no menos que quien te ama.

Entonces Diana sonríe. Puede confiar ciegamente en esas palabras, no hay la menor duda en su corazón que es Leona quién a pesar de sus enormes diferencias ha llegado a amar casí tanto como admira la luna, quizá un poco más.

Durante un largo rato se dedican a contemplar el tranquilo cielo nocturno. Diana habla con tal propiedad de las estrellas, las constelaciones y todo aquello que puede o no estar más allá que Leona apenas atina a absorber pequeñas porciones de información. Es cerca de medianoche cuando por fin Diana cede ante los besos apasionados y las caricias ya expertas de Leona, y faltan apenas un par de horas para el amanecer cuando despierta para con prisa acomodarse la túnica en tanto intenta despertar a su amante que duerme profundamente a su lado.

-No… – gruñe Leona intentando aun somnolienta atrapar a Diana, que se aleja riendo.

-Amanecerá pronto, sería terrible si El Radiante Amanecer no está en su cama cuando el esclavo del día aparezca…

-Ah, Puede ser… pero sería peor si me encuentran en otra cama… - contestó Leona terminando de espabilar-. No niegues que te gustaría tanto como a mí ver la expresión en sus rostros…

-No lo hago, pero… seguro que me enviarían a el rincón más apartado del templo y ni siquiera tu pudieras evitarlo.

De repente, el tono ligero y jocoso desapareció.

-No permitiría que te hagan daño, jamás. ¿Lo sabes no?.

-Estoy segura … solo no tientes la suerte Leona. Quizá cuando haya… no importa. Regresemos.

La guerrera sintió la necesidad de añadir algo pero optó por seguir el menudo cuerpo de Diana de regreso al templo, como siempre primero fueron a la remota habitación de esta última y antes de dejarle ir por el día repitió una y cien veces con mudos besos ese "Te amo" que solo ellas entendían.

Asumió Leona que ya habría tiempo de sobra para pensar en los problemas presentes y futuros, creyó Diana que encontraría la forma de ser aceptada entre los suyos y derribar así el mayor obstáculo para sus vidas.

Ese verano cumplió Leona 23 años, para el invierno había aprendido al fin como leer y escribir apropiadamente, durante toda la primavera encontraba Diana trozos de pergamino, con una caligrafía que mejoraba de a poco, con fragmentos de poemas o con dos simples palabras que le devolvían la fuerza para intentar una vez más. El verano siguiente, sin embargo, Leona tomo el rito de iniciación y ascendió oficialmente como Solari, dos días después el consejo de ancianos decidió que era el momento de enviar un mensaje a todo Valoran y Leona tuvo que abandonar el monte Targon dejando su corazón atrás.

Por suerte, la Liga de Leyendas proveía ciertos beneficios a los campeones, entre ellos un ave bien entrenada para llevar cualquier tipo de mensaje a destino sin que nadie pudiera detectarla. Cada día escribía en un pergamino lo poco o mucho que le pasaba, pero siempre con letra clara redactaba tiernas palabras que a muchos kilómetros de distancia dibujaban una sonrisa triste pero esperanzadora en las cada día más pálidas facciones de Diana. Un día, en Otoño, Leona no encontró respuesta para su más reciente misiva, espero un par de días, pero nada llegó, quizá una semana más se convenció pero cuando al cabo de dos no hubo respuesta abandonó el Instituto sin que los reclamos de los invocadores surgieran efecto alguno. Gracias a la capitana de la guardia de Ionia viajó al lomo del caballo más rápido disponible, más era ya muy tarde cuando a la cima del monte llegó.

El templo, ya en reconstrucción, estaba vació y un nuevo consejo la recibió con trágicas profecías que según clamaban eran una realidad. La hereje, dijeron, asesino al consejo de ancianos sin razón, destruyó el templo y nos hubiera matado a todos si los Solari de hierro no hubieren podido repeler su vicioso ataque. Leona intentó entones entrar en las cámaras interiores, solo una persona ocupaba su mente, más el nuevo líder de los Solari se interpuso en su camino preguntando con desespero si no era acaso la situación actual de mayor gravedad. La elegida no contestó, pero entendió que no pasaría y bastó con que aquel nombre abandonara sus labios para que los restantes Solari se encogieran atemorizados.

En algún lugar de Valoran, el Avatar de la Luna sintió su pecho encogerse de dolor, un dolor que no le pertenecía, pero que a la vez, no podía ser más suyo.


Cuando salga una Skin, de preferencia bonita, para Diana… a lo mejor se llevan una sorpresa agradable.

;)