Disclaimer: Nada me pertenece, excepto ideas.
Pasó largo rato, mirando como el auto se quemaba. Tomó el crucifijo con mucha calma y lo miró. ¿Fallas técnicas o humanas? No quiso saberlo en ese momento. Caminó hasta el auto y escuchó la terrible explosión que hizo, el de la mujer. Se dio la vuelta. De no haber salido un minuto antes, seguramente habría muerto.
Habría muerto desde que se había volcado, desde el principio del accidente. Miró hacia adentro, en el auto. Ella seguía inconsciente y se temía, que no despertara más. Se subió al auto y verificó que todo estuviera en orden.
Mientras conducía, miraba por el retrovisor. Ella seguía con los ojos cerrados y parecía tan frágil. Miró a un lado, una fracción de segundo. El crucifijo seguía en la cajuela y se preguntaba, qué significaba todo eso que acababa de ver...
El trayecto a su hogar, no fue complicado. Se bajó rápidamente y abrió a puerta trasera. La tomó entre sus brazos y sintió que era una especie de peso muerto.
Lo siguiente que hizo, fue dejarla en el sofá del salón. La miró, inclinándose levemente, para mirar las marcas de golpes y arañazos. Apartó un mechón de cabello y observó un feo moretón. Pensó muchas teorías. Pudiendo haberse golpeado con uno de los vidrios que estaban en el suelo, al rodar. O simplemente, arañarse con la carretera.
Se apartó de ella y la cubrió con su saco. Tenía que esperar por ella, por la versión de la historia. Se sentó, exhausto, en la silla a un lado de ella. La tela raída de color vinotinto, ya comenzaba a decolorarse. Las paredes a su alrededor, eran de algo similar a la cal, revestidas con un empapelado victoriano. También estaba llena de libros y las ventanas, ligeramente sucias. La escalera hacia la habitación superior y el baño. Abajo, la cocina, el comedor que también solía ser la sala y una habitación de huéspedes. Una casa, muy antigua.
Su cabeza ardía lo suficiente, como para fomentarle una jaqueca. Se quedó allí sentado, mirándola y preguntándose por todos los acontecimientos, acaecidos.
La noche aún no terminaba. A dos minutos para el siguiente día. Miró su reloj de bolsillo y simplemente dejó descansar su cabeza, en el respaldar de la silla.
No supo cuando, pero intuyó que el golpe y el estrés físico, lo habían cansado. Se quedó dormido en la silla, mientras pensaba.
Al poco tiempo, escuchó un ruidillo, una especie de movimiento y lentamente comenzó a abrir sus oj0s. No era el único que abría sus ojos. La mujer, joven, quizá unos treinta años, abría sus ojos también. Despertó violentamente y luego, se llevó una mano al costado. Había gritado con fuerza y se cubrió el rostro con sus manos. El hombre a un lado, se levantó de la silla, mientras ella lloraba con mucha fuerza.
- Tranquilícese- dijo, pero ella no escuchó- Está bien, está sana y salva...Todo está bien.
Negó con la cabeza y él, suspiró. No podía entender qué había pasado. Pero por como se veía, parecía que llevaba consigo, mucho dolor. Suspiró, inclinándose hasta estar a su altura. La mujer simplemente, comenzó a apartar sus manos heridas de su rostro. Ladeó la cabeza hacia él, que la miraba atentamente.
- Está bien...No se preocupe- la miró, mientras sus tristes y nerviosos ojos caramelo, lo miraban- ¿Tiene familia? ¿Tiene amigos? ¿Quiere que llame a alguien?
Ella negó lentamente con la cabeza. Su boca estaba rota, asumió que por el impacto contra el suelo. Con mucha calma, asintió y se levantó de donde estaba inclinado. Antes de irse, luego de haberse dado la vuelta, ella murmuró algo.
- Tenía...Una hija.
Escuchó su voz. Sonaba débil, como si hubiese estado gritando por largo rato, como antes. Ladeó la cabeza hacia ella.
- ¿Y dónde está?
- No estoy segura...Por eso, escapaba. ¡Pero, señor!- dijo, una vez más, su tono de voz se alzaba con fuerza- ¡Esa cosa me persigue! ¡Eso que tiene a mi hija! ¡No quería que pidiera ayuda...No quería que...!
Perdió las fuerzas para continuar y su rostro empalideció. Miró hacia el frente y comenzó a gritar una vez más, cubriéndose el rostro con las manos y llorando desenfrenadamente. Se dio la vuelta hacia ella y simplemente colocó una mano sobre su hombro. Ella dio un brinco y la mano del hombre, permaneció allí, con más fuerza.
- Tranquilícese, todo estará bien...Si tan solo.
- ¡No! Usted no entiende...No lo entiende... ¡No lo entiende!
- Le pido que...
- Lo siento- dijo ella, abatida- discúlpeme. ¡Pero es que tengo tanto miedo! ¡Temo que le haya pasado algo malo a mi hija, algo peor de lo que ya ha ocurrido!- Lágrimas gruesas, resbalaron por sus mejillas y la sangre, cayó junto a ellas.
- Discúlpeme, no quería ponerla nerviosa. Le traeré un poco de agua, para que pueda calmarse. No se mueva de allí, hasta que la haya examinado un doctor.
Y eso hizo. Llamó a un doctor, uno de su confianza. Remus J Lupin, era un doctor muy reconocido, por sus investigaciones contra algunas enfermedades y anomalías degenerativas. Mientras él observaba, mantenía su estetoscopio, sobre el pecho de ella.
- No, todo está bien- dijo, mientras ella cubierta en vendas, miraba a su alrededor, nerviosa- No hay nada fuera de lo normal, excepto por las heridas.
- Gracias- dijo el segundo, con calma- lamento haberte despertado a estas horas.
- Descuida. Mi casa no está muy lejos de aquí y Tonks cuidando a los niños con sus padres, no es de mucho cuidado. Hasta pronto, señorita. Recuerde, tiene que relajarse y descansar un poco.
El primero asintió en silencio y le abrió la puerta, Lupin colocó en su mano, la prescripción médica y con una sonrisa se fue. Al cerrarse la puerta, él volvió a meditar los acontecimientos. Remus era una buena persona. Un poco soñador, pero muy bueno en lo que hacía.
- Todo está en orden- dijo, ya ella traía puesta su ropa una vez más. No había visto nada, solo Remus y bajo mucha presión, mucha insistencia, pudo pedirle que se desvistiera para vendar sus heridas- Necesita descansar. Por la mañana...
- No quisiera...Incomodarle- dijo, luego de unos segundos.
- No es gran cosa. Quédese allí o si quisiera, la habitación de huéspedes. Sí, estará mejor allí, la llevaré hasta ese lugar.
- Mi nombre es, Hermione Granger- dijo, con una vocecilla- Soy de Chelsea.
- Mi nombre, es Severus Snape. Nativo de Londres. Investigador.
- Lo sé, lo supuse. Lo vi en su auto, en los papeles que llevaba.
- Le enseñaré la habitación de huéspedes.
Asintió en silencio, mientras intentaba ponerse en pie. Le ayudó a caminar, hasta la habitación. No la usaba con asiduidad, pero estaba limpia y lista para usarse cuando lo necesitara. Con un suspiro suave, la tendió sobre la cama y corrió las cortinas. Ella miró el lugar. Solitario. Severus, acomodó las cobijas sobre su cuerpo y encendió la luz de la cómoda. Una luz amarillenta, que dibujaba sombras en las paredes adyacentes.
- Si necesita algo, use esto- dijo, señalando el teléfono a su lado. Tenía una especie de timbre cerca, que le servía para escuchar si alguien necesitaba ayuda. Podía serle útil alguna vez y parecía ser ese, el momento.
Ella asintió en silencio y él la contempló por unos segundos, antes de dirigirse a la puerta. Antes de irse, pensó en algo que deseaba saber.
- Señorita Granger. ¿Cuántos años tiene su hija? ¿Por qué la dejó sola y no reportó esto a las autoridades? ¿Está perdida?
- Tiene siete. Y no, no está perdida. Ella sabe lo que hace. Pero me temo que no es su culpa, es solo una niñita.
- ¿De qué me habla?
- No estoy muy segura.
Mientras pensaba, introdujo su mano en uno de sus bolsillos y sacó el largo crucifijo metálico. Lo miró, antes de darse la vuelta y mostrárselo.
- ¿Le es familiar?
- Sí. Lo llevaba puesto mientras conducía. Mientras escapaba.
- ¿Por qué huía?
- Por que quiere hacerme daño. Quiere lastimarme y no tenía otra escapatoria.
- ¿Su accidente? ¿Se debió a...?
- No lo sé. Solo escuché una voz suave, me sentí mareada y cuando miré por el retrovisor, había alguien sentado atrás, en el auto. Perdí el control y simplemente, el auto dio muchas vueltas. Escapé antes de que se volcara y estallara en llamas.
- ¿Y el crucifijo? ¿Qué hacía atrás de usted?
- No lo sé...Eso fue lo último que vi. También a una persona que se acercaba a mí, luego, el sonido de un auto.
Pudo haber sido el suyo. No, ella ya estaba de pie cuando él la encontró.
- ¿Cómo despertó?
- No lo sé. Solo recuperé la consciencia y me encontré tirada en el suelo. Sola y con mi auto volcado. Me senté a rastras y caminé, buscando ayuda. Entonces, apareció usted.
Qué curioso hecho. Inspiró y asintió. Hacerle revivir, los peores momentos, no era su ideal de atención al huésped. Guardó silencio y comenzó a cerrar la puerta con mucha calma. Antes de cerrarla, la mujer dijo algo que le sorprendió.
- ¿Nadie culparía a mi hija, verdad? Ella es una niñita.
- Depende de lo que haga- le dijo, antes de cerrarla por completo.
Algo estaba mal y no concordaba con la situación. Negó con la cabeza y subió las escaleras hasta la habitación principal. Al cerrar la puerta, notó que la ventana abierta, traía mucho frío a su hogar. Suspirando, la cerró y corrió las cortinas. Se sentó en la cama y miró a su alrededor. Quería acción en su vida, pero eso era demasiado. Se retiró los zapatos y la camisa. Se tumbó sobre la cama y meditó.
Había sido una noche larga, se dijo, llevándose una mano a su frente herida. ¿Qué podría hacer una niña de siete años, que fuese tan peligroso? Dudó de que tuviera que ver y que en realidad, había otra cosa. Como titiriteros. Quizá era una banda de ladrones o traficantes.
Quizá.
Al poco tiempo, se quedó dormido. Pasaron las horas y sus sueños, no representaban nada. No solía soñar con nada en específico, aunque sí, con una mujer. Una mujer, que en el pasado, representó todo para él y que como un árbol, se marchitó con el tiempo. Estaba allí, mirándola morir, en aquel hospital. Y él, no podía hacer nada para salvarla.
Se iba para siempre.
En ese sueño, él rodeaba una habitación blanquecina. Ella siempre estuvo allí, durmiendo. Estaba ya acostumbrado a verla allí. Su cabello rojizo, caía con mucha naturalidad, sobre sus hombros. Miró a través de la cortina y se mantuvo allí por largo rato.
Extrañaba escucharla.
Mientras miraba, observó sus manos. Curiosamente, sus manos parecían escamadas y hasta tenía apariencia, de que su piel se caería. Alzó la cabeza y miró en dirección a su rostro. Pasaba lo mismo. Parecían heridas de lepra.
Estando allí, observó como un trozo de piel de su rostro, de una forma bastante nauseabunda, se desprendía. El olor que desprendía, no era agradable.
Y por supuesto, la piel parecía tan vieja, aunque ella no perdía su belleza.
Mirándola, escuchó un curioso ruido, como si se tratara de un cascabel, al fondo. Parpadeó, dándose la vuelta, pero no encontró nada. Volvió a mirar hacia la habitación y entonces...Se quedó paralizado.
Ella había abierto sus ojos y le sonreía. Sus ojos verdes e hinchados, lo miraban con fijeza. Sonreía y sus dientes estaban amarillentos. Antes de que pudiera decir algo, alguien lo tocó y... se dio la vuelta...
Despertó violentamente, con el grito de alguien. Sudaba frío y se llevó una mano al rostro, para limpiárselo. Miró a su alrededor. Alguien gritaba abajo e intuyó que se trataba de la mujer que había salvado. Buscó entre las cosas de la mesita de noche, su arma y tumbó la lámpara, que hizo un ruido sordo. Se levantó con violencia, poniéndose su camisa. Sin importar siquiera, cerrar los botones. Bajó con rapidez y miró la casa. Todo parecía estar en orden, pero la mujer seguía gritando. Intentó entrar en la habitación, pero la puerta estaba atorada.
¿Por qué?
