Creo que debería advertirla, señorita White; en este momento mi hermano se está comportando como un patán arrogante.
Debía de ser cosa de familia, pensó Candice irónicamente mientras miraba a William A. Grandchester Andrew, que estaba sentado detrás de su escritorio en la oficina londinense de la Corporación Grandchester Andrew. Alto, rubio y con un atractivo aristocrático, con un aire de lejanía que rozaba la frialdad, no le parecía patán en absoluto; pero aquel hombre debía de ser la epítome de la arrogancia. El hecho de que no mostrase ningún interés en ella como mujer debía de tener algo que ver con los pensamientos poco amables de Candice; pero una chica siempre podía soñar que la perseguía un hombre guapo, alto y rico, ¿verdad? Que Willian Grandchester tuviera más dinero que algunos países pequeños, y que saliese sólo con morenas de piernas interminables, completamente opuestas a ella, con su altura media y su melena rubia, probablemente tuviese que ver con su falta de interés. Además, si no hubiera ya suficientes cosas en su contra, ella era simplemente la fisioterapeuta que aquel hombre pensaba contratar, con suerte, para ayudar a la recuperación de su hermano pequeño.
Ella le devolvió la oscuridad penetrante de su mirada.
–Casi todas las personas con dolores tienden a volverse… un poco agresivas en su comportamiento, señor St Grandchester.
Él sonrió secamente.
–Creo que descubrirá que Terrence es muy agresivo.
Candice repasó mentalmente los hechos relevantes que ya tenía sobre el hombre que iba a ser su próximo paciente. En el terreno personal, sabía que Terrence Grandchester tenía treinta y cuatro años, y que era el menor de tres hermanos. En el terreno médico, sabía que Terrence había estado implicado en algún tipo de accidente seis meses atrás, que había resultado en la rotura de casi todos los huesos del lado derecho de su cuerpo. Numerosas operaciones más tarde, su movilidad aún era reducida y él se había retirado del mundo a su casa de campo en Inglaterra, sin duda con la intención de lamer sus heridas en privado. Hasta el momento, Candy no veía nada raro en su comportamiento.
–Estoy segura de que no será nada que no haya visto en otros pacientes, señor Grandchester –dijo ella con determinación.
William Grandchester apoyó los codos en su escritorio y la miró por encima de sus dedos entrecruzados.
–Lo que trato de explicarle es que posiblemente Terrence no se muestre muy… entusiasta, por así decirlo, ante la idea de que otra fisioterapeuta más trabaje con él.
Dado que Stephanie nunca se había considerado «otra fisioterapeuta más», el comentario no le resultó muy halagador. Estaba orgullosa del éxito que había logrado en su clínica privada durante los últimos tres años. Hasta el punto de que la mayoría de sus clientes acudían por recomendación de sus médicos o de otros pacientes satisfechos. Por lo que Candy había leído en el informe médico que estaba sobre el escritorio de William Grandchester, un informe confidencial al que probablemente no debería tener acceso, los cirujanos habían hecho su trabajo y ahora dependía de Terrence Grandchester hacer el resto. Algo que no parecía muy dispuesto a hacer…
Candy entornó los ojos mientras observaba el rostro altivo que tenía delante.
–¿Qué es lo que me está ocultando, señor Grandchester? –preguntó finalmente.
Él le dedicó una breve sonrisa. –Veo que su reputación de profesional directa hace honor a la verdad.
Candy era muy consciente de que su actitud era brusca y su apariencia, seria. Aquel día llevaba el pelo recogido en una trenza y llevaba sólo un poco de rímel en las pestañas, que rodeaban unos ojos verdes y fríos. Sabía que esa apariencia daba siempre la impresión de que no se implicaba emocionalmente, lo cual no era cierto, por supuesto, pero empatizar con sus pacientes era una cosa y permitirles ver esa empatía era otra bien distinta. En cuanto a su reputación como profesional… Gracias a Dios, William Grandchester no dio muestras de haber oído los rumores en relación con la reciente acusación de Susana Marlow; según decía, Candy había tenido una aventura con su marido, Neal, mientras era su fisioterapeuta. De haber oído los rumores, era improbable que quisiera contratarla.
–Nunca le he encontrado el sentido a no ser sincera –contestó ella–. Sobre todo en lo referente a mis pacientes.
William asintió convencido.
–Terrence no aceptaría nada menos –se recostó en su asiento de cuero negro.
–¿Y…? –Candy lo atravesó con su mirada verde. Si iba a trabajar con el hermano de aquel hombre, tenía que saber todo lo que hubiese que saber sobre él; no sólo su historial médico.
–Y Terrence no sabe nada sobre mi intención de contratarla a usted –contestó él con un suspiro.
Candy ya sospechaba que ése podía ser el caso. Resultaba una complicación para su trabajo que el paciente se mostrase hostil hacia ella incluso antes de haber empezado a trabajar con él, pero ya había trabajado antes con pacientes difíciles. De hecho casi todos sus pacientes eran difíciles; su reputación de ser capaz de tratar con pacientes poco colaboradores era la razón por la que no le había faltado trabajo desde que abriese la clínica.
–¿Debo interpretar por su comentario que tiene intención de presentárselo como un hecho consumado?
–En cualquier caso, es probable que le diga que se vaya, y de manera poco amable.
Stephanie apretó los labios. –Si me contratara, tendríamos que conseguir que fuera imposible que pudiera decirme que me marchara, amablemente o no. Según creo, ha dicho que la casa en la que está alojado en Gloucestershire es suya, ¿verdad?
William la miró con desconfianza.
–Es parte de una finca propiedad de la Corporación Grandchester Andrew, sí.
–Entonces, como director de la corporación, usted tiene derecho a decidir quién se queda y quién se va.
–¿No le importaría presentarse allí sin más y enfrentarse a las consecuencias?
–Si mi paciente no me deja otra opción, no. No me importaría –le aseguró ella.
–Tengo la impresión de que Terrence encontrará en usted la horma de su zapato.
–¿Entonces ha decidido elegirme para trabajar con su hermano?
–Trabajar con Terrence puede ser una exageración –explicó William–. Terrence ha dejado muy claro que no quiere que la gente lo trate y lo mire como si fuera un insecto en un frasco.
–Yo nunca hago eso, señor Grandchester –contestó Candy secamente. Su interés por el caso aumentaba mientras pensaba en el duro trabajo que tenía por delante–. Puedo empezar la semana que viene, si le parece bien –no tenía intención de dejarle ver a aquel hombre lo aliviada que se sentía ante la posibilidad de poder abandonar Londres durante un tiempo. Y alejarse de las falsas acusaciones de Rosalind Newman sobre la supuesta aventura con su marido.
–Me parece perfecto –contestó él. Parecía aliviado de ver que nada de lo que le había dicho sobre su hermano hubiese logrado disuadirla.
Candy comprendía ese alivio demasiado bien; sabía que a menudo la incapacidad de los pacientes de afrontar su enfermedad afectaba a la familia casi tanto como a ellos. A veces más. Y por mucho que William Grandchester fuese conocido por su frialdad y su arrogancia, obviamente quería mucho a su hermano.
–Necesitaré una llave de la casa donde se aloja, e indicaciones para llegar hasta allí – dijo–. Lo que ocurra después déjemelo a mí.
