Disclaimer: Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer. La trama se la debo a mi cabecita loca :D
Capítulo 1
Un día como cualquier otro.
El sol apareció por el este del reino de Gardenia, colándose entre las cortinas de las diferentes alcobas en el palacio, iluminando así los aposentos de los príncipes y los reyes y llevándose con su luz el sueño de todos los habitantes del castillo.
La princesa Isabella despertó lentamente, ante la luz y se incorporó en la cama tallándose los ojos y estirando los brazos. El príncipe Edward ya se hallaba en pie, como de costumbre.
Isabella sonrió a su marido y este le devolvió la sonrisa, complacido. Cuanto le agradaba ver a Bella despertarse cada mañana, con ese aspecto de dormida y confusa. La hacía ver muy inocente. Como cuando era una niña.
Pensar que parecía haber sido ayer cuando corrían por los jardines de los palacios, empujándose y riendo. Pensar que parecía ayer cuando era una niña que compartían su amistad y su amor por la vida.
¿Quién iba a imaginar que se enamoraría de ella? Nadie.
Había pasado una temporada de cinco años (desde que ella tenía doce y era su mejor amiga y cómplice) sin verse. Por diferentes razones, esas visitas al reino de Celosía, donde la princesa vivía, habían dejado de realizarse.
Cinco años después, se hizo una fiesta aristocrática, entre varios reinos para hacerse conocer a los diferentes príncipes y princesas en edad casadera, y cuál sería la sorpresa de Edward cuando al acercarse a la bellísima heredera de cabellos castaños, que se encontraría con quien fue su más cercana amiga de la infancia.
En ese momento ya no era la niña que correteaba con él por los jardines del palacio. Sino una mujer, una bella mujer, que además de su belleza, tenía un alma muy noble y un espíritu muy libre.
Y fue amor a primera vista. Fue como si nunca la hubiera visto, como si jamás la hubiera conocido. Porque en ese momento lo único que vio fue a la mujer con la que quería pasar el resto de sus días.
Y aunque tener a esa mujer tan bella y tan noble a su lado, era algo que él adoraba y no podía dejar de mirarla como su mujer y quedar prendado de su amor. Nunca iba a olvidar a esa niña que jugaba con él en su infancia.
Por eso le encantaba verla al despertarse. Por un momento tenía un atisbo de aquella niña que solía caerse de los manzanos al trepar y tropezarse hasta con sus propios pies al correr.
— Buenos días, esposa mía— le dijo cuando vio que ya se había desperezado lo suficiente y le prestaba atención. Ella sonrió y, tras levantarse de la cama, respondió:
— Buenos días, esposo—dijo ella con una sonrisa, dirigiéndose a una pequeña tina de porcelana en la que se encontraba el agua con la que se limpiaba el rostro cada mañana— ¿Has descansado bien?
— Si, amor mío, he descansado mejor que nunca— ni bien escuchó estas palabras, la princesa sintió unos brazos fuertes cerrándose en torno a su cintura con delicadeza y alzó la mirada para encontrarse con los ojos verdes de su amor—. ¿Y vos? ¿Has dormido bien?
— Si, he descansado excelentemente.
Era maravilloso que conforme pasaba el tiempo, su amor cada vez era más fuerte. Muchos pensarían que el tiempo debilitaba el amor. Pero para ellos, el amor era tan fuerte que el tiempo lo único que hacía era engrandecerlo.
Tras un beso, Edward salió de la alcoba viendo venir a Ángela, la doncella de su esposa por el pasillo.
— Buenos días Ángela, mi esposa ya esta despierta.
— Buenos días, Alteza—contestó ella respetuosamente—. Enseguida la asisto.
Y dicho esto, la doncella tocó la puerta de la habitación al tiempo que Edward se retiraba al comedor.
— Adelante— se escuchó la voz de la princesa.
Ángela entro en la habitación y cerró la puerta.
— Buenos días, Alteza—saludo Ángela con una inclinación.
— Vamos, Ángela, te he dicho que no me trates de Alteza.
— De acuerdo— la doncella sonrió— ¿Cómo has pasado la noche, Bella?
— De maravilla— sonrió la princesa.
— Que bueno.
Ángela era dos años menor que Bella. Desde siempre, Bella y ella fueron muy unidas. Tanto en los momentos alegres como en los de crisis. Bella y Ángela compartieron casi toda una vida juntas, lo que las hizo amigas muy intimas. A pesar de la diferencia social y de edad.
— Y ¿estás feliz? —preguntó Ángela, acercándose su ama que ya estaba sentada en el tocador.
— ¿Qué? —pregunto Bella confundida.
— ¿Cómo por qué? Pues hoy llegan Alice y su esposo, el príncipe Jasper.
— ¡Oh! Es cierto, se me había olvidado que día era— rió Bella. —. Por supuesto que estoy feliz, extraño mucho a mi hermanita.
Alice era la hermana de Bella. La princesa Alice, tenía un cuerpo menudo y unas facciones muy finas, enmarcadas por su cabello negro como la noche. A diferencia de su hermana, que tenía un cabello castaño, y un cuerpo bien proporcionado. Sin embargo se parecían en la piel blanca y en los ojos color café. Sólo con una pequeña diferencia de tono, ya que la piel de Alice era más clara que la de Bella. Los ojos de la princesa Isabella eran de color café chocolate y los Alice eran más cercanos al negro que al café.
Bella al recordar que su hermana iba a llegar de visita ese día, sonrió aun más. Ya extrañaba a la hiperactiva Alice.
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En el lejano reino de Geranio, una princesita estaba despertando entre los fuertes brazos de su esposo, que se veía muy sonriente. Alice abrió los ojos un tanto adormilada y con un bostezo se intentó incorporar, pero los brazos de su marido la aprisionaron y le impidieron moverse un milímetro de donde se encontraba.
Ella sonrió ante esto y volteó para mirarle. Sus ojos oscuros, se encontraron con los azules del príncipe que sonreía con picardía. La princesa se mordió el labio sonriendo. Intentó soltarse de su abrazo pero no lo logró.
— Buenos días, amor mío—dijo el príncipe tras los fallidos intentos de su esposa de soltarse.
— Buenos días—contestó ella con su voz soprano— ¿Por qué presiento que tramas algo, esposo mío?
— No lo sé, yo no tramo nada— contestó él con una fingida inocencia.
— Por supuesto— respondió en tono sarcástico—. ¿Me soltarías?
— No quisiera, pero tendré que hacerlo. No quiero que lleguemos tarde.
— ¿Llegar tarde? ¿A dónde? —preguntó completamente confusa.
— Aun no te lo diré— dijo él y tras plantar un beso en la coronilla de su mujer, se levantó del lecho. Fue entonces cuando ella vio que ya estaba vestido. Hizo un puchero y se cruzó de brazos. — Es una sorpresa— dijo él antes de salir.
Vaya, con lo que le gustaban las sorpresas. Pero cuando él hacia algo así, no había forma de hacerle decir lo que era antes de que pasara. Eso era algo que a Alice le molestaba mucho, pero no había manera de adelantarlo.
Así que se levanto de la cama y fue a lavarse la cara.
Unos momentos más tarde. Alice bajo al desayuno. Se sentó a la mesa, en la que, extrañamente, sólo se encontraba Jasper.
Seguía más que intrigada, puesto que, además de la sorpresa de Jasper, su doncella, Jessica, le dio un vestido de viaje. Esto era demasiado extraño.
Se sentó a la mesa y sonrío a su marido.
Desayunaron completamente en silencio. Alice le lanzaba miradas acusadoras de repente a Jasper. Hasta que este se levantó con la misma mirada pícara y se acercó a ella. Le tendió la mano y ella la tomó y se levantó de la mesa.
Siguió a su esposo hasta la entrada del palacio, totalmente confusa. Cuando vio el carruaje enfrente de la puerta, la confusión aumentó, y más aun cuando vio las maletas y todo lo que parecía indicar un viaje largo.
Su marido la subió al carruaje y se sentó a su lado sin decir una palabra. Después de que el carruaje arrancara, su paciencia llego al límite.
— De acuerdo, ¿A dónde me llevas?
— A ningún lado en especial—dijo inocentemente
— No te creo, dime
— No
Alice se enfurruño a su lado y no pronunció palabra. A Jasper ese gesto le hacía tremenda gracia, porque realmente parecía una niña.
Pero no iba a dar su brazo a torcer. Alice misma averiguaría a donde iban, así que ¿Para qué arruinar la sorpresa?
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Más tarde, en el reino de Gardenia. Rosalie se despertó y se encontró con que estaba sola en su alcoba. Su esposo se había ido.
Sonrió al ver el sol. Siempre entraba por su habitación directo a su lecho. Bañándola en luz y calor. Eso le gustaba.
Se levantó llena de energía -la luz solar siempre le causaba ese efecto- y camino directamente a la tina de agua para lavarse la cara.
Enseguida salió al balcón, para seguir llenándose de la maravillosa luz solar.
Escuchó el sonido de unos puños tocando a la puerta, y como reflejo dijo:
— Adelante
— Buenos días, Alteza.
— Buenos días Kate— sonrió a su doncella.
— Como ha amanecido el día de hoy.
— Estupendamente—dijo Rosalie encaminándose al tocador—, el sol llego directo a mi lecho.
— Que gusto.
— ¿Aproximadamente a qué hora llegara mi hermano? —preguntó Rosalie, sentándose para que le cepillaran el cabello.
— Según sé, arribaran casi al atardecer. Han emprendido el viaje a primera hora de la mañana.
— Sí— suspiró la princesa.
Rosalie era la hermana de Jasper, y ahora que vivía en el reino de Gardenia, tenía al menos dos meses sin ver a su hermano. Desde su ceremonia de matrimonio con la princesa Alice.
Pero de cualquier modo era muy feliz, al lado de Emmett.
Ellos se habían conocido en el mismo baile en el que Edward y Bella se reencontraron. Pero el asunto de ella y Emmett había sido diferente.
Rosalie rememoró con la mente perdida mientras su doncella le cepillaba el cabello y la maquillaba.
—Señorita, me concede este baile— se había acercado Emmett.
— Por supuesto— respondió ella tomando su mano y levantándose. Para dirigirse al centro de la pista de baile.
Comenzaron por las inclinaciones típicas del minué, y tomaron sus manos para dar un giro. Y en una de las inclinaciones, algo falló en el calzado de ella, que el tacón se rompió y ella perdió el equilibrio. De no ser por los brazos del robusto príncipe habría caído de golpe al suelo.
Él le acompañó hasta los asientos y ella se encontraba roja de vergüenza.
Se sentó sin decir una palabra, y el heredero se sentó a su lado. Con una sonrisa enorme en el rostro. Ella se sentía la mujer más ridícula del mundo, cuando el comentó:
— ¿Cómo le hacen las mujeres para no matarse con eso? —refiriéndose a los tacones.
Ella rió ante el comentario. Y le mostró una sonrisa radiante de la que el príncipe quedo prendado.
Los siguientes meses fueron de continuas visitas e invitaciones por parte del heredero de Gardenia a la princesa de Geranio.
Más tarde se reunió en el comedor con su marido, su cuñado, su concuña y sus suegros. Los hombres estaban completamente entretenidos en una plática de la economía entre los reinos, y si se hallaba en mayor auge o el siglo anterior había sido mayor.
Rosalie, Isabella y la reina Esme por su parte se sumergieron en una animada charla sobre colores y telas de los vestidos, además de bordados.
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— ¿Gardenia? —dijo Alice al reconocer el paisaje del reino al que iban llegando. Inconfundible por el perfume a flores de gardenia que había en el aire, ya que el cultivo de dicha planta era muy simbólico en el reino. — ¿Venimos a Gardenia?
— Sí— contestó Jasper con una sonrisa en el rostro.
— ¿Voy a ver a Bella? — preguntó entusiasmada la muchachita.
— Si— contestó el rubio príncipe.
— Ay, gracias, gracias, gracias— dijo ella sonriendo. Contuvo las ganas de lanzarse a sus brazos y plantarle un beso en la mejilla, dado lo estrecho del carruaje y lo poco apropiado que se habría visto—. Que gusto, hace mucho que no la veo— sonrió Alice para sí.
— Hace dos meses, Alice— dijo el príncipe.
— Pues me parece mucho— retrucó ella. Jasper rió y ella se unió a sus risas.
El sol se estaba poniendo por el poniente, pintando de rosas y anaranjados el cielo, cuando el carruaje arribó al palacio. El príncipe Jasper y la princesa Alice bajaron del carruaje y fueron conducidos hasta el salón principal, donde aguardaban las princesas Isabella y Rosalie, los príncipes Emmett y Edward y los reyes Carlisle y Esme.
— Sus Majestades, he aquí el Príncipe Jasper del honorable reino de Geranio, y su esposa la Princesa Alice del reino de Celosía— anunció el mensajero real.
En el salón entró la princesa del brazo del príncipe, y saludaron ambos a la vez con una reverencia.
— Sus Majestades— dijeron al unísono.
— Que dicha nos ocasiona su visita, se les ha echado de menos—dijo la reina Esme. Siempre le agradaba recibir visitas en su palacio, pero ahora la hacían más feliz, puesto que ambas visitas representaban dicha para sus nueras, a quienes veía como hijas.
— Muchas gracias, Majestad. También se les echa de menos en Geranio— afirmó Jasper. Alice sonreía y tenía un brillo travieso en los ojos. Miraba a su hermana, que se hallaba a unos metros de ella.
— Bien, supongo que han de estar cansados por el viaje— dijo la reina Esme. Alice tuvo que contenerse para no sacar un puchero. Si había algo que no sentía en ese momento, era cansancio, ella deseaba quedarse para poder hablar con su hermana. ¡Tenían tantas cosas que platicar! Esme buscó con la mirada a la doncella que se encontraba unos metros atrás —. Tanya, por favor, guía a nuestros huéspedes a su alcoba. Nos reuniremos para cenar en hora y media, si están de acuerdo.
Los invitados asintieron con respeto. Alice le dirigió una significativa mirada a su hermana. Una mirada que decía "Te voy a buscar en un momento más" Bella lo captó al vuelo y comprendió que debería ir a su alcoba y pronto.
— Por aquí, Altezas, por favor— indicó Tanya y Alice la siguió aferrada al brazo de su esposo, mientras la mirada que le dedicó a Bella abandonaba su rostro.
Bella volvió a sentarse, al tiempo que el resto de los que estaban en el gran salón. En sus delicadas manos tomó nuevamente su libro y siguió leyendo.
Por los pasillos del castillo, Jasper y Alice seguían a Tanya. Una joven de cabello rubio rojizo, muy respetada y querida en el palacio.
— ¿Cómo has estado Tanya? —pregunto Alice, tratando de romper el silencio. Como la molestaba que no hubiera un solo ruido.
— Muy bien, Alteza. Gracias por la pregunta— afirmó la doncella con una sonrisa. Mas esa solo era la fachada, la realidad es que la doncella no se encontraba muy bien. Unas semanas atrás había fallecido su hermana Irina, y eso la había afectado. Aunque lo disimulaba perfectamente, ya que no había repercutido en sus tareas, ella estaba destrozada por dentro. Irina había fallecido de una extraña enfermedad que le dio al picarse con unas pinzas oxidadas mientras ayudaba a podar el jardín.
— ¿Confío en que tú, o Irina me asistirán durante mi estancia en Gardenia?— preguntó Alice, que no sabía del acontecimiento. Para Tanya, el escuchar nombrarse a su hermana como si aun estuviese viva fue como si la perdida fuera reciente.
La muchacha hizo un enorme esfuerzo por contener las lágrimas que se formaban en sus ojos. Y tras tragar para deshacer el nudo en su garganta, contestó:
— Si su Alteza lo desea, la asistiré. No puede ser Irina, ya que lamentablemente ella ya no se encuentra en esta tierra— afirmó Tanya conteniendo la amargura.
— Lo siento mucho, Tanya— dijo Alice preocupada.
— No tiene de que, Alteza. No es correcto que le comente esto— respondió con respeto la pelirroja. No era correcto agobiar con sus problemas a la princesa.
En eso llegaron a una puerta, que Tanya abrió:
— He aquí sus aposentos, sus Altezas— dijo inclinando la cabeza para dejarles paso.
— Muchas gracias Tanya—dijo la pequeña princesa pasando a su lado—. ¿Cuál es la recamara de Isabella? — preguntó bajito.
— Es la que esta contigua a la suya, Alteza, la de la derecha — dijo Tanya también bajito.
— Gracias Tanya— susurró Alice.
Tanya cerró la puerta y se retiró.
— ¿Ya vas a ir a molestar a Bella? —preguntó el muchacho en cuanto Alice se volvió para mirarlo.
— ¡Gracias! — estalló Alice, dejando salir toda la emoción que contenía desde que se dio cuenta de a dónde iban. Corrió hasta el lecho, donde se hallaba sentado el muchacho y se abalanzó sobre él, ya sin importarle lo apropiado o inapropiado. Al final de cuentas, estaban en privado.
— De nada hermosa— dijo el acariciando el negro cabello, largo hasta la cintura y completamente liso—. No dejabas de decir que querías verla. Además también quería ver a mi hermana.
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Bella cerró su libro al pasar media hora de que se retiraran su hermana y su cuñado. Se levantó y dijo:
— Me retirare a mis aposentos para prepararme para cenar.
— Nosotros también deberíamos ir— dijo Carlisle y su esposa asintió. Edward levantó la vista del libro, dirigiéndole una mirada cargada de significado a su esposa, preguntándole con los ojos si la acompañaba. Ella negó sutilmente con la cabeza. Edward posó la mirada de vuelta en su libro.
— En un momento más, también yo me retiraré— dijo Edward.
Bella caminó por el castillo con un paso más veloz del acostumbrado. Tardó en notar que su concuña, Rosalie, la seguía.
— Bella— dijo la rubia princesa.
— ¿Si, Rose? — preguntó la de ojos chocolate.
— Que bueno tener a Alice aquí, ¿no crees? Hace falta.
— Lo sé—contestó Isabella con una sonrisa. Su hermana era su más intima confidente. Además era una chica muy extrovertida e independiente. Lo cual llevaba a Isabella a preguntarse, como le estaría sentando el matrimonio. Esa vivacidad la llevaba a cometer muchas locuras de pequeña, pero era tan sagaz que siempre salía bien librada. Preveía todo de una manera que hacían pensar, que podía ver el futuro. Por otra parte esa misma energía hacia que ella y Rosalie se llevaran de lo mejor. Pues Rosalie era una persona también muy libre e independiente.
Bella llegó a su alcoba y se despidió de Rosalie. Ni bien apenas hubo entrado, cinco minutos después se escuchó el sonido esperado en su puerta.
— Adelante— dijo Bella al oír los golpes en la madera.
— ¡Bella! — dijo Alice a manera de saludo.
— Alice— respondió ella. Su corazón dio un brinco.
Alice corrió por la recamara y se lanzó a los brazos de su hermana. Bella la abrazó con toda la fuerza que le fue posible.
— No has cambiado nada— se rió Isabella, tras ver esa acción tan familiar, muy típica en Alice. La princesa de cabello negro rio con ella.
— No—dijo la princesita sentándose en un sillón grande a la vez que su hermana. Sonrió.
— Que gusto que estés aquí. Te he extrañado mucho.
— Y yo a ti, y yo a ti—dijo Alice con un toque impaciente en su tono. Bella río. Alice era muy cariñosa, pero demasiadas demostraciones sentimentalistas la sacaban de quicio.
— Y cuéntame ¿Cómo te va? ¿Qué te parece el matrimonio? —preguntó Isabella—. Tu esposo se ve muy agradable. ¿Qué tal se llevan?
— Bella, basta. Me vas a liar con tantas preguntas—rió Alice. —. Me encanta. Mi matrimonio es maravilloso. Jasper es todo un caballero. Además me da mi libertad. Y siempre anda secundándome— Alice sonrió nuevamente. Su esposo era lo que ella siempre soñó.
— Entonces todo marcha bien, ¿no?
— Todo va viento en popa— afirmo Alice con una sonrisa.
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Una hora después, ambas princesas, bajaron al gran comedor para reunirse con el resto de la familia.
Fue una cena tranquila. Una cena de lo más normal en un reino que se hallaba inmerso una época de gran tranquilidad. Disfrutaron la deliciosa comida y el exquisito vino mientras hablaban de cosas de la vida cotidiana.
Al terminar todos se retiraron a sus aposentos a descansar.
Jasper envolvió en sus brazos a su amada Alice y ella se recostó en su pecho.
Edward leyó un libro recostado en su lecho, con su esposa escuchándolo atentamente. Cuando dejo de leer la encontró entregada al sueño profundo.
Rosalie y Emmett no durmieron hasta bien entrada la madrugada. ¿Por qué? Porque se amaban tan apasionadamente que no podían evitar, cada noche, entregarse el uno al otro. Amándose, con cada una de sus células. Hasta que el sueño los arrastraba.
Así cayó la noche en el palacio. Y todo se quedó sumido en la apacible oscuridad y el más profundo y pacífico silencio.
Pero muy lejos de ese palacio donde ahora reinaba la paz…
Una risa que helaba los huesos rasgó el aire. Una mujer despechada sonreía con malicia. Un plan perfecto e infalible se ponía en marcha.
Un huracán llegaría a sacudir la vida apacible de las princesas y los príncipes que en ese momento descansaban pacíficamente, sin sospechar nada. Una tormenta que cambiaría sus vidas para siempre.
Que cambiaría el sentido de la existencia hasta ahora.
¿Que les pareció?
todo parece marchar bien. :D
la que les espera a los pobres jejeje XD
Review?
Gracias :D
Klau.
Revisión y corrección. Fecha: 15/09/2013
