Capítulo I: El Hogar…

Como cada mañana soleada, la habitación estaba perfumada por las copas de los árboles frutales que alcanzaban casi los dos metros de alto, daban con sus floreadas y tupidas copas en la amplia ventana, mientras alguna de las ramas traviesas, pretendía colarse dentro de la habitación, los pájaros cantaban en sus nidos. Por aquella época, ya era tiempo que hicieran sus casas en los frutales, y que estuvieran esperando a qué las crías rompieran los cascarones. La lechuza parda estaba sobre el alfeizar ululando tranquilamente. Mientras en la cama, el revoltijo de sabanas y edredones se mecía de un lugar a otro, lo que parecía ser una batalla perdida acabo siendo, una espesa melena que decidió emerger desde el fondo de la cama.

- ¡A desayunar!

La voz llegó desde la planta baja, como el despertador matutino. Aún dolía la cabeza de la borrachera que ganara la noche anterior. Decidí que era mejor seguir en la cama, por lo que me revolví un poco más. Cuando fue imposible conciliar el sueño, pensé que ya era hora de bajar. La varita dormía en la mesa de luz, dónde el gran velador iluminaba la tapa del reciente libro que había llegado a mis manos, casi por contrabando. El ejemplar de Orgullo y Prejuicio de Jane Austen, sin duda se había convertido en uno de mis favoritos en un corto lapso de tiempo. Sobre la placard empotrado, el calendario marcaba con rojo y un círculo, la fecha que normalmente cambiaba nuestros años.

El día de hoy es primero de Septiembre, y comenzaré mi séptimo curso en Howgarts, una escuela simplemente de gentes como yo, es decir, brujos y brujas. Magos y magas. Hechiceros y hechiceras. Conserjes, profesores, directivos, compañeros, fantasmas, armaduras encantadas y polstegirts completan el decorado superficial del colegio. Ya de pie, la gran foto sobre el espejo me devuelve el saludo. Somos todos y ninguno a la vez. Un grupo de adolescentes, los cuales ataviados con las túnicas escolares, sostenemos cada uno un juego de llaves. Suspiro, esa foto, fue el inicio de una era. Una era distinta a las demás, porque todos éramos necesarios para cambiar los rumbos, para no darnos por vencidos y hacer honor a nosotros mismos. Realicé dos pasos y choqué contra algo pesado, como siempre, mi dedo pequeño fue el que resulto más lastimado. ¿Contra qué me había golpeado? ¡Libros! Los había dejado separados anoche para acomodarlos cuando me despertase, maldición, tendría que haberlos ordenado ayer. Gruñí, moví la varita y se fueron apilando, para empequeñecerlos y que entrasen en el baúl. Lo bueno de tener más diecisiete años, aunque sean un par de horas, es que el Ministerio, no te puede perseguir, por hacer magia fuera de la escuela. ¡Ojala la resaca se pasase de igual manera, con movimientos de la varita!

Acabe de colocar ya todos los malditos libros que nos piden. Por Merlín qué son una gran cantidad de libros para el año escolar. Igualmente, solamente los libros, sin hablar de pergaminos y tinteros, ocupaban normalmente un baúl completo. La ropa tenía que entrar en otros dos. Siempre había agradecido al mago que había inventado el hechizo reductor, ya que nunca había sido lo suficientemente fuerte como para cargar con tantos bultos, y sin dudas que nadie los cargaría por mí.

El baño y el vestidor ocupaban otro tercio completo de la habitación, pero gustosa, esa mañana los encontré reconfortantes. Nadie molestaba. Estábamos, solas, mi borrachera y yo. Ya nada quedaba de mi ropa, porque todo estaba empacado, pero como cada año, un cofresito de madera oscura, quedaba al desamparo del tiempo. Contenía, los recuerdos que prefería olvidar. Casi impulsada hipnóticamente, lo tomé y lo abrí. Allí se apiñaban las cartas, las fotografías en sepias y los recuerdos más desastrosos de mi vida.

Recuerdo la primera vez que me acerqué al psicólogo para hablar de ese tema. Se había hecho muy difícil, porque en la escuela muggle no estaba teniendo buenos resultados en mis clases, los niños no me molestaban por ser rara, ya que cierta vez, ante las burlas había tenido un estallido de magia accidental y desde allí todos me habían temido. No sacaba buenas notas, porque no dormía lo suficiente, y eso se debía a las visitas nocturnas que recibía cada noche en mi cuarto. Recuerdo que llegué al consultorio de la psicóloga, y sin más me presente: "Buenos días, soy Alina Spellman, y soy la hija de un pedófilo". Ahora en retrospectiva, no comprendo porque la muggle no me echó a patadas, con esa actitud de niña superada, pero no lo hizo y trabajamos mucho desde ahí.

Había una carta, estaba fechada hacía seis años atrás, por ese entonces tenía once años. Acababa de comenzar mi recorrido por Hogwarts. La tomé entre mis manos. Me parecía paradójico encontrarla, justo aquél día, dónde con el correr de las horas partiría a comenzar el que sería mi último año. La letra esmeralda era esmerada. Todavía se notan los trazos de niña, que poco tenían que ver con la letra de médico muggle que tenía ahora.

"1ro de Septiembre 1971.

Mamá y papá, anoche ha sido la selección, orgullosamente he quedado para la casa de Gryffindor, como James. Se nos ha sumado Sirius Black, ese niño que les conté del Callejón Diagon. Parece que hasta él mismo se sorprendió de la decisión del sombrero, puesto que repetía una y otra vez, que todos los Black, acababan en Slytherin y él había sido la excepción. Confieso, que por un momento me sentí como él, ustedes son los dos Ravenclaws, espero que no estén decepcionados de mí.

Ya he tenido las primeras clases, están muy bien. La profesora Mcgonagall, la jefa de la casa, enseña Transformaciones, es una materia de lo más entretenida, y James es un prodigio. Ha conseguido en una sola clase más de veinte puntos para nuestra casa, estoy segura que brillará, aunque ya ha estado cerca que le castiguen por ser bromista. No te preocupes mamá, no le seguiré los juegos, así que no tendrás cartas del director avisándote de nada, lo prometo.

Por otro lado, tendrán que saber que Encantamientos, la clase del profesor Flitwick, jefe de las águilas es la clase que mejor se me da. Quizás sea un compensatorio por no haber ido a parar con Rowena o la Dama Gris. Sé que sabrán comprender. Pociones no está nada mal, y el profesor Slughorn mamá te manda sus saludos, ya me dijo que eras parte de su club de Eminencias, y qué espera que yo sea tan distinguida como tú, algún día. No creo que esté en todos sus cabales, pero qué más podía responderle que un escueto "sí profesor".

Aquí los cuartos son adoselados, parecen que la tapicería no ha sido remodelada desde tiempos de los fundadores. Comparto la habitación con personas muy interesantes y de lo más divertidas. Algunas son hijas de muggles, como es el caso de Lily, una pelirroja ojiverde que estoy segura encantará a los muchachos cuando crezca. Es bastante regordeta, como yo mamá, así que nos llevamos bastante bien. Quién ha caído como un grano de maíz entre toneladas de soja, es la hija de Marius Black, Cassiopeia Black. ¿Por qué todos se han emocionado al escuchar el nombre de su papá, mamita? ¿Hay algo de especial en él? De cualquier forma, es una niña muy lista y sensata. Aunque por lo que parece bastante parecida a su primo. Fay Eaten, es la cuarta compañera de habitación, algo taciturna, y no muy dada a la conversación, aunque hace pocas horas que estamos dentro del castillo.

¿Cómo está Nessa mamá? Dile que la extraño, que quisiera que este aquí conmigo y no allí sola en la gran casa. ¿La has sacado de casa mamá? Te rogaría que así lo hicieras, no quisiera que a ella también le hagan visitas nocturnas. Ya bastante conmigo, cómo para qué ella también las tenga que sufrir. Por favor mamá, no dejes que la toque. Prometo estudiar mucho, y hacer las cosas bien para que papá no esté enojado, y no se desquite con ella. Llévala a lo de la abuela, allí todos la cuidarán. La gran campiña francesa le hará bien.

Voy terminando porque Lily quiere que comencemos a hacer nuestras tareas, así podemos tener el fin de semana libre, les escribiré en cuánto pueda, dile a Nessa que la extraño y que la veré para navidad.

Saludos, te quiere,

Alina."

Una lágrima traviesa comenzó a bajar por mi mejilla. Prometía ser niña buena y sacar buenas notas, como creyendo que con eso, no tocarían a mi hermana menor. Patrañas, sucias mentiras. Pero tengo que agradecer, que a Nessa no la tocó nunca nadie. Misteriosamente, mi padre, murió una fría noche de invierno. Un ataque masivo al corazón, dijeron los medimagos, nada se pudo hacer. Esa fue la noche más feliz de mi vida.

- ¿No piensas bajar a desayunar?

Alcé la vista, Nessa me devolvía la mirada y me atravesaba con sus ojos verdes. Los ángeles realmente no tienen espalda, pensé, porque mi hermana era lo más hermoso e importante que tenía en la vida, mi pequeño ángel guardián.

- Resaca, necesito tomar litros y litros de agua…

Una sonrisa se asomó en su rostro. Me gustaba verla reír, con aquella inocencia, que todavía conservaba, esa misma que a mí me habían robado a muy temprana edad. Volvía a dar gracias a Merlín que ella nunca había tenido que sufrir los horrores que yo había soportado por ella. La amaba, era mi pequeña hermana. Nunca nada iba a pasarle mientras yo pudiera cuidarla. Al final, acabé por ponerme de pie y acompañarla hasta el piso inferior dónde estaba la cocina.

El amplio comedor, daba cobijo a las siete personas que normalmente vivíamos allí, y las que se sumaban implacables en el tiempo. Era un casa de dos plantas muggle, en plena ciudad de Londres muggle. Aquella casa funcionaba casi como un orfanato moderno. Solo que, todos los adolescentes que ahí vivíamos, disponíamos del dinero suficiente para mantenerlo, puesto que nuestras bóvedas en Gringotts, no aminoraban en oro.

- Sus borracheras, son infernales, escuché a Sirius vomitar desde bien entrada la mañana hasta recién…

Sirius Black, dormitaba, cabeza contra la enorme mesa de madera maciza negra del comedor. Al sentirse nombrado, solo había levantado su dedo índice, para indicar que conservaba la conciencia, aunque fuera por momentos efímeros. Su largo cabello negro azulado, caía graciosamente sobre la madera, contrastando de manera escandalosa contra lo blanco de su piel. Por encima de la chaqueta de cuero, sobresalía una camisa fina, blanca. Alzó lentamente la cabeza, y por un momento cuando nuestros ojos se cruzaron, supe que sería un infierno viajar con él en el tren. Las ojeras rojizas debajo de los párpados, denotaba el estado corporal que traía. Nulo, cero. Respiraba por inercia, y viajar con él sería una pesadilla, ya que aunque no tuviera contenidos en su estómago para devolver o regurgitar, se encargaría seguramente, de encontrar algún blanco, lo suficientemente predispuesto para la pelea.

El cómo Sirius había terminado en aquella casa, merecía toda una historia aparte. Hacía un año, que cansado del trato que le daban en su casa, había decidido que lo mejor era huir. ¿A dónde había terminado? En la casa de James. El matrimonio Potter, le había dado cobijo, ¿cómo no hacerlo? Si aquel muchacho era solo un pobre chico que se había atrevido a forzar las tradiciones familiares. Sirius provenía de una gran y distinguida casa de magos sangre pura. La más antigua de toda Inglaterra, que por muchos años no había tenido descendencia, y parecía que habían decidido parir chicos todos a la misma vez y con escasa diferencia de edad entre unos y otros. Cualquier mago puro, que quería re categorizar su nombre y por demás su apellido, buscaba emparejarse con algún Black. Sirius y Regulus, los varones, encargados de mantener el apellido, eran las presas de todas las damas de sociedad. Todas las familias querían que sus hijas, acabasen casadas con alguno de los dos, por lo que desde niños, los varones habían sido entrenados para mantener la cortesía, ser pequeños adultos pero por sobre todas las cosas ser encantadoramente mortales. Al ingresar a Howgarts, fue todo un golpea a la moral de la Walburga Black que su primogénito, el mayor, la esperanza depositada en él, se hubiera ido al traste. Así que comenzó a tratarlo mal, y a comunicarle a quién quisiera escuchar, que su hijo mayor era la escoria de la familia. Cansado de todo aquello, a los dieciséis años, decidió que aquello era demasiado y se fue de su casa, renegando de ella, pero no del apellido. Porque en el fondo, a Sirius le gustaba que le llamasen el La Estrella Negra, el Black que arremetía contra todo y todos para lograr lo que quería.

- ¿Han acabado de preparar sus baúles?

Devuelta a la realidad, la voz de Ted nos trajo a la cocina de la casa. Tenía entre sus brazos un amasijo de cobijas en puro movimiento. Sonreí, la cuestión de ser padre a Ted todavía le volvía loco.

- Espero, anoche les dije que dejasen todo preparado

La madre de todos, quién con apenas veinte años se había hecho cargo de todos. Andrómeda Black.

La historia de Ted y Andy, se remonta antes que ingresasen a Hogwarts. Una mañana lluviosa, de esas que Londres nos tiene bien acostumbrados. Según ellos Druella Black, estaba decidiendo con sus hijas, que túnicas serían apropiadas para ellas durante el año escolar. De primera mano, bordadas con hilos de oro y plata. Mucha plata y pequeñas esmeraldas, para cumplir con los colores de la casa a la que pertenecían todos los Black, desde el antaño, Slytherin, de quienes se creían herederos por una antiquísima línea materna. Antes de Phineas Black, antes del primer Black en el tapiz, ellos suponían de la existencia de un casamiento de una Slytherin con uno de los suyos, y que de ellos devendrían como herederos, únicos, de la casa, del fundador y de todo el prestigio que constituía pertenecer a la antiquísima casa. Las túnicas de las hermanas Black, tenían que ser distinguidas, hermosas, etéreas. Hacerlas como hadas y veelas, una cruza maravillosa a los ojos de la gente de belleza, astucia, singularidad, poder e imaginación. Porque las señoritas Black, habían sido criadas de esa forma y de ninguna otra. Andrómeda, era la hija mediana de Cygnus y Druella, la que podía pasar desapercibida entre la gente, por el solo gusto de observar. Por eso aquel día, mientras su madre y sus hermanas le elegían túnicas, ella se había retirado a la parte de las túnicas de segunda mano, solo para observar. Allí lo había visto, un niño pequeño, larguirucho, de la misma estatura que ella, con los ojos ávidos de devorar todo el paisaje con la mirada. Ese era Ted Tonks, el mago que se había llevado el corazón de Andy en el momento en que le vio. Cruzaron miradas, intercambiaron apenas algunas palabras, coincidieron en ser el primer año de los dos en el castillo y se prometieron en palabras sin sonidos continuar desarrollando su amistad a lo largo del período escolar. Ella terminó en Slytherin y él en Hufflepuff. Lo que parecían ser brechas incansables, no habían sido más que fuego en sus interiores, que se consolidó con el paso de los años, conjunto con la relación. Y de su amor, había nacido Nymphadora, Dora para todos nosotros, aquella hermosa cosita que ahora se removía entre los brazos de Ted. Una historia de amor, que había podido atravesar todas y cada una de las barreras.

- Hemos realizado todo cuánto era necesario

Todavía con la voz áspera, a causa de la borrachera y ahora la nueva instalada resaca. Intenté comunicar todo cuánto era posible en palabras claras y concisas. Andy sonrió mientras alimentaba a Dora, quién estaba sentada en su sillita de comer. Apenas había cumplido un largo y a la vez tan corto año de edad, por lo qué era muy pequeña para que se le presentase algún rasgo mágico. Pero todos sabíamos que más tarde o más temprano llegaría. Estábamos seguros. Sonó el timbre, Nessa, quién era la que más cercana estaba de la puerta se aprontó a ponerse de pie y acercarse hasta la puerta.

- ¡Pero qué sorpresa!

La risa que continuo a esa frase, hizo que sonriéramos entre todos. Eran Remus y Lily, quienes normalmente estaban acostumbrados a venir el primero de Septiembre por la mañana así nos íbamos todos juntos al andén.

Lily provenía de una familia muggle muy interesante y abierta hacia la magia y Remus si bien era hijo de magos, cargaba con un oscuro secreto, que lo tenía muchas veces postrado en la cama, la licantropía, o el pequeño problema peludo, como James le había denominado. Aún con todos los contratiempos, nunca tuvo un episodio en el cual hubiese herido a algún estudiante, la única rareza que tenía, era que normalmente comía la carne casi cruda, pero nada más.

- Están por demás desarmados, eh muchachos-

Saludó estrechando las manos de los muchachos y con besos en las mejillas a las mujeres. Para cuando se acercó a la silla de la pequeña Dora, como siempre, le hizo caras a lo que la niña rio con fuerzas mientras golpeaba las pequeñas manitas contra la silla. Andy le indicó que estaba bien que la alzase que no ocurría ningún problema. El muchacho suavemente la tomó en brazos, mientras la niña sonreía. Le hizo jugar, dieron vueltas ante la mirada atónita de todos los que estábamos ahí presentes, Remus por lo general no se llevaba muy bien con los niños, porque le temían por la cantidad de cicatrices que tenía en su cuerpo, pero parecía que con Dora, la cosa era distinta. Cuando quiso volver a colocarla en la sillita, la pequeña se tomó con fuerza de su cuello, indicándole que no quería que la dejara ahí. Remus intentó calmarla pero no consiguió el más mínimo cambio de actitud en la niña. Cuando consiguió que la niña se volviese a sentar en su silla, con un mohín a punto de salirle, sucedió lo impensado. Grito desde lo más profundo de su morrudos pulmones, y su cabello que normalmente era negro azabache como todos los Black, cambió a rosado chillón. ¡Magia espontanea! Dora había tenido su primer arranque de magia espontanea, y se lo debíamos a Remus. Andrómeda, soltó un río de lágrimas, su hija apenas había cumplido un año pero ya había mostrado que sería una gran bruja y muy pronto quedó claro, que era una metamorfomaga. Algo que adjudicaron al lado de Ted, porque que Andrómeda recordase no había metamorfomagas en la familia Black, puesto que eran considerados como fenómenos aún en el mundo mágico.

- ¡Mi niña! Mi pequeña niña…-decía Andy mientras lloraba desconsoladamente como la madraza que era- ¡Magia espontánea Ted! Al año de edad ¡Oh Ted esto es maravilloso!

Su esposo había levantado a la bebe y ahora le hacía dar vueltas tal y como Remus lo había hecho. Estaba tan orgulloso, aquel era el tercer día más feliz de su vida. El primero había sido cuando su hija había nacido, el segundo cuando había conseguido que Andy se deslizara vestida de encaje blanco, herencia de la abuela Black, en la pequeña capilla dónde se habían casado y ahora el día en qué su hija había mostrado que era una bruja de toda sepa. No escondió las lágrimas e hinchó el pecho hasta que aire ya no tuvo lugar, para demostrar cuan orgulloso estaba de ella. Observó a Remus, parecía ser el único que se había percatado el papel que había jugado el muchacho en aquella explosión, no dijo nada, observó la paternal ternura con qué observaba a Dora.

- ¡Celebremos por Dora!

La voz de Cassiopeia se había alzado por encima de las demás. Tomó a Remus de la cintura y besó la comisura de sus labios. Aquellos eran pareja desde hacía mucho tiempo. Eran el ying y el yang de la institución. No solo por sus extremistas personalidades, sino porque verlos además ya creaba una sensación de armonía. Cassiopeia era la mayor hija bruja que habían tenido Marius Black y su esposa una Longbottom. Ambas familias en el mundo mágico eran muy respetadas, los Black, por sobre todo y todos, por lo que cuando descubrieron que Marius era un squibb se habían deshecho de él. Lo habían abandonado en una noche de tormenta, en un orfanato muggle y nunca lo habían ido a buscar. Todo habría seguido su curso, si el destino, esa fuerza poderosa a la cual todos los mortales estamos atados, se tomó algunas cartas en el asunto. Con el tiempo, en unas clases de tarotismo, runas antiguas y terapias orientales de por medio, Marius y su esposa se habían conocido. Compararon sus historias tan similares y en poco tiempo, ya eran una pareja formal, se casaron y en el nacimiento de su primer hijo, al saber que era mujer, cedieron al deseo de Marius de ponerle el nombre de una constelación, de Cassiopeia, quién tenía las estrellas más hermosas del cielo nocturna y también en honor a una señorita muy hermosa, que solía acercarse a él mientras para cerciorarse que nada le faltase en el orfanato. Luego llegaron los gemelos y la niña pequeña, quién ahora estaba cumpliendo once años. Cuál fue la sorpresa de Marius y su esposa, cuando el mismo Dumblendore se acercó a ellos para contarles la verdad sobre sus familias y además el hecho que su primogénita, quién no solo era una Black, sino que además era bruja, porque de la unión de dos squibbs, ahí dónde el cromosoma mágico en ellos dos había fallado, en su hija había salido airoso. Y así sucesivamente, durante los próximos años, para seguir comunicándoles las noticias de la descendencia mágica que tenían. Todo fue color de rosas, durante los primeros años de Cassie, hasta que la tragedia tocó la puerta de los Black. En un robo, no solo desvalijaron la casa de todo lo que había adentro sino, que además, asesinaron a los padres y a uno de los gemelos, Cygnus. Más de mitad de su familia había sido asesinada, así que Cassie, su hermano Alioth y su hermana Antilia, la menor eran los únicos que habían sobrevivido, porque no se encontraban en la casa, sino en la casa de James, con su tía Dorea, hermana de menor de Marius, quién conoció de mayor. Desde ese entones, vivían los tres con la tía Cassiopeia, aquella mujer que hubiera cuidado a su padre cuando niño, se hizo cargo de la crianza de los tres sobrinos. Cassie, decidió irse a vivir con nosotros, entonces las tías Black, hermanas de Marius, Cassiopeia y Dorea decidieron buscarnos una casa amplia, para que cupiéramos todos, para vivir, todos los renegados de la familia. Así habíamos terminado todos viviendo juntos. Mi hermana y yo, éramos las coladas, pero también teníamos una historia bastante apegada a los Black, solo que más oculta, podríamos decirlo.

- Ya es tiempo de qué marchemos muchachos, miren la hora

Lily señalaba el reloj que colgada detrás de nosotros. Marcaba que ya casi eran las diez de la mañana lo que nos dejaba una hora para poder terminar con todas las cosas y dirigirnos hasta la plataforma 9 3/4. Todos nos pusimos de pie, cada uno a su propio tiempo y en su propia forma. Pero todos teníamos el mismo destino, buscar en nuestras habitaciones los baúles. Se sentía en el aire, que todo volvía a comenzar, que otro año, nos llamaba al castillo, dónde, muchas cosas se estaban gestando, pero que preferíamos desdeñar, el alza de Lord Voldemort, era una de ellas, y temíamos porque sabíamos que muchas cosas habían cambiado ese verano en la familia.


Buenas tardes! Cómo les va? En Argentina, por lo menos en mi provincia está bastante fresco, así que se puede disfrutar de escribir. Les dejo otro capítulo, esperando que les guste! Si alguien está leyendo por ahi, les agradecería queme dejarán una opinión por buena o mala que sea, del ff, para ver si sirve o en que puntos tengo que mejorar. Buen día para todos!

Saludos Tash!