Chapter 2: Chapter 2
Advertencias: Los personajes de Twilight no me pertenecen.
Un saludo. Estoy de vuelta, tal como os prometí a algunas de vosotras. Mis otras historias han acabado o están a punto de acabar, así que puedo centrarme en ésta.
Ante todo, daros las gracias por las muchas visitas y reviews que ha obtenido esta historia. Guau, no estoy acostumbrada. Sólo espero no desilusionaros con el resto de capítulos.
Espero vuestras opiniones y consejos que, como siempre, son bienvenidos.
-Alice, sal de ahí.
-No.
-Alice, no seas tonta.
Volví a llamar a la puerta de su habitación, esta vez más fuerte, pero Alice ni siquiera respondió.
-No insistas –dijo Edward-. No va a salir.
-Saldré cuando me prometáis que vais a casaros.
-Alice, no vamos a prometer eso -dije.
-Entonces no hay nada de qué hablar.
Forcejeé otra vez con el picaporte, pero Alice se había encerrado con llave.
-¿Cuánto tiempo le duran estos ataques? –le pregunté a Edward.
-Depende –dijo él-. Desde unas horas hasta varios días.
-Últimamente se ha serenado bastante –dijo Jasper-. Quizás mañana ya se le haya pasado.
-¿Por qué no la convences tú, Jasper?
-Vamos a ver ¿Por qué no quiero dormir en el pasillo?
-Claro, entiendo.
Edward apoyado en la pared, junto a la puerta, era el menos preocupado de todos.
-La dejamos y nos vamos a cenar. Yo tengo hambre.
-No seas tan desconsiderado, Edward.
-No lo soy. Simplemente, la conozco mejor que cualquiera de vosotros. Si queréis, le compramos un bocadillo para tranquilizar vuestras conciencias.
-No es una mala idea –dijo Rosalie.
-Entonces, adelante, yo también tengo hambre –concluyó Emmett.
Regresamos al cabo de dos horas y volvimos a llamar a Alice.
-¿Alice? Soy yo, Bella.
-¿Está mi hermano?
-Sí.
-Prometedme ahora mismo que os vais a casar el próximo domingo.
-¡Alice!
-Si no hay promesa, no salgo.
-Jasper, di algo, por favor.
-Vamos Alice, tienes que comer –dijo Jasper.
-No tengo hambre.
-Al menos, déjame pasar. Tendré que acostarme, ¿no?
Se hizo el silencio durante cinco segundos. Luego se oyeron unos pasitos y la puerta se abrió, pero permaneció echada la cadena. Alice se aseguró de que era Jasper quién estaba ahí y la quitó. Me echó una mirada asesina a mí y otra a Edward, mientras Jasper se colaba por el escaso hueco que le había dejado.
-Si es más gordo, no entra, Alice –dijo Emmett.
Alice no respondió y cerró la puerta con aire de dignidad ofendida.
Escuchamos un cuchicheo al otro lado de la puerta y permanecimos pegados a ella, por si acaso.
-Largaos, sé que estáis allí –dijo Alice.
No le hicimos caso. Los susurros continuaron. Luego oímos cómo las puertas del armario se abrían y cerraban. Unos segundos después, Jasper salió con una bolsa de aseo, el pijama y una almohada.
-Os dije que, si hablaba con ella, acabaría en el sofá.
-No es necesario que vayas al sofá –escuchamos al otro lado-. Hay habitaciones de sobra.
-Eso es cierto –dijo Edward.
Nos miramos los dos y Edward sonrió. Ambos estábamos pensando en lo mismo.
-Creo que Bella y yo nos vamos a dormir, Alice –dijo Edward en voz alta-. Ya puedes salir a cenar y a perdonar a Jasper por pensar en ti.
-Pecadores –dijo Alice-. Ni se os ocurra compartir la habitación sin pasar por la vicaría.
-Ah, y ¿por qué tú la compartes con Jasper si no has pasado por ella?
-No es lo mismo. A mí no me falta una semana para casarme. Por siete días, podríais esperar.
Edward movió la cabeza y soltó una risita.
-¿Te vienes, Bella?
Me ofreció su mano y yo le seguí.
-Hey –dijo Emmett- que se van, Alice. ¿No vas a hacer nada? Sal corriendo.
Cogidos de la mano, desaparecimos de su vista sin que Alice hubiera dado señales de vida. Corrimos por las escaleras, riéndonos. Nos detuvimos a mitad de ellas y Edward me cogió de la cintura, me empujó suavemente contra la pared y me besó. Cuando nos detuvimos para respirar, lo miré a los ojos, abiertos, asombrados, profundamente verdes. Su mirada era embrujadora y en un instante desmanteló por completo todas mis redes neuronales de pensamiento racional. No sé cómo conseguí enhebrar a continuación una frase con sentido.
-Creo que hay un jardín precioso en la casa -dije. Tropecé esta mañana con él de casualidad. ¿Quieres que le echemos un vistazo? –sugerí.
-Hum. Yo creía que querías ir a dormir.
Edward volvió a besarme. Buscó mi barbilla, depositó un beso y ascendió con sus labios despacio hasta detrás de la oreja. Despacio, muy, muy despacio.
-Edward, caramba.
-Esto es solo un adelanto de lo que te espera esta noche.
Sonreí, me liberé de su abrazo y lo cogí de la mano.
-Ven al jardín. No te arrepentirás.
El patio de la casa era inmenso e intrincado. Las pequeñas sendas formaban un laberinto entre rosales, cipreses y arbustos de diversas clases. Una brisa suave trajo olor a jazmín. Busqué el origen del perfume y comencé a caminar entre unos setos de baja altura hacia lo que parecía una glorieta. Edward se dejó guiar, aunque me hacía detenerme de vez en cuando para rodearme con sus brazos y besarme. Al fin, encontré el lugar que buscaba. Había una fuente con esculturas de patos en la cima, en la cual borboteaba el agua sin cesar.
Recorrí con la mirada la glorieta y vi un banco de piedra donde sentarnos al abrigo de un jazmín gigantesco, de esos que quizás tienen veinte o veinticinco años.
-Ven –dije. Me zafé de sus besos y escapé, riéndome. El me siguió y me atrapó otra vez entre sus brazos al llegar al banco. Me besó con intensidad.
-Siéntate junto a mí –dije.
Edward se sentó a horcajadas sobre el banco, me cogió de la cintura y mi espalda quedó pegada a su pecho. Me estrechó contra él hasta que nuestros cuerpos parecieron uno solo y comenzó a depositar besos en mi cuello. Cerré los ojos. ¿Cómo había podido vivir sin él hasta ahora? Aunque, en realidad, no había vivido del todo sin mi "amigo". Pero me habían faltado sus besos ¿cómo había podido sobrevivir durante tantos años sin experimentarlos en mi piel?
-Tenías razón. Este lugar merece la pena –dijo, en un susurro. Besó mi sien y luego apoyó su frente sobre mi hombro. Estuvimos así varios minutos, sin hablar.
-Te quiero –dije. –Sólo ahora me doy cuenta de cuánta falta me hacías.
-Verás cuando vengas a Nueva York a vivir conmigo, porque ¿vivirás conmigo? ¿O ahora que somos algo más que amigos has cambiado de opinión?
-No –Mi voz temblaba.
-Y ¿te irás cuando encuentres casa?
Tenía un agujero en el estómago. No podía creer tanta felicidad. Respondí.
- Cuando llegue el momento, tal vez quieras que me vaya.
Él me abrazó más fuerte y me besó con pasión, incluso con violencia.
-Eso, supongo, es un no –dije, cuando pude volver a respirar.
Edward tenía mi rostro aprisionado entre sus manos y apoyó su frente en la mía.
-¿Cómo he podido vivir sin ti? – me has gustado muchísimo Bella, desde que te vi por primera vez, pero creía que tú sólo me considerabas un amigo y, para mí, lo más importante era tu amistad: tenerte cerca era más vital que hacerte el amor por más que lo deseara. –Su voz resultaba tan familiar, tan seductora, entrenada durante años en el arte de "cómo conseguir todo lo que quieras de Bella, desde apuntes de literatura a una hora al teléfono hablando de sus problemas con el jefe o con la novia"-. Ahora, lo quiero todo –añadió. Sin verle la boca, sabía que estaba torciendo los labios y sonriendo.
-Yo también me pregunto por qué nunca me di cuenta de que las cosas no iban bien con otros chicos porque tú siempre estabas primero que cualquiera de ellos.
-Creo que quiero recuperar el tiempo perdido –dijo Edward, y volvió a besarme humedeciendo mis labios con los suyos. Desabotoné los primeros botones de su camisa, y acaricié su pecho. El deslizó sus manos por debajo de mi camiseta. Gemí.
-Bella, ¿estás segura de que no quieres casarte? –me preguntó, con la respiración agitada. Su voz se había vuelto más grave, pero seguía teniendo ese tono aterciopelado, acariciador, que me hacía desear decirle que sí. Pensé en nosotros viviendo en NY, en el apartamento de Edward, como marido y mujer, y mi corazón comenzó a latir más fuerte. Traidor. Todas mis neuronas tuvieron que trabajar juntas para evitar el desastre. Lo consiguieron a duras penas. Ordenaron a mis labios que dejaran de besarle y que no pronunciaran la palabra que estaban a punto de pronunciar; y a mis manos que dejaran de acariciarle el pecho. Se negaron durante cierto tiempo a obedecer, pero al fin, cedieron.
Me detuve y lo miré.
-¿Hablas en serio?
-No sé. A las chicas os gustan tanto las bodas, sobre todo la vuestra que… Bueno, quiero que sepas que yo te quiero y que, si deseas de verdad casarte, a mí me parece bien. Tus deseos son lo más importante.
-Edward ¿no serás tú el que quiere casarse?
-No exactamente, pero si tú quieres, has de saber que haría eso por ti.
-¿Y si yo no quiero?
-Me conformo con que vengas a vivir conmigo, y más adelante, cuando nos sintamos los dos preparados, sí, me gustaría casarme contigo.
Esta vez, fui yo la que apoyé me frente sobre la suya y lo rodeé con mis brazos. Intenté serenarme: "razona, Bella, razona. Oficialmente, sólo sales con él desde hace unas horas. Pero ¿qué diablos? Ni siquiera habéis tenido sexo".
Por otro lado, ¿Y qué si me casaba con él aquella misma semana? Lo amaba. Él me amaba. Nos conocíamos bien. Y estaba segura en un 99'9% de que el sexo sería perfecto. Además, lo podía comprobar aquella misma noche.
Sin embargo, siete días eran una locura. No, impensable. El matrimonio era algo muy serio.
-Creo que mañana deberíamos ir a ver al padre Aro y decirle que suspendemos la boda –susurré.
Edward suspiró.
-Tienes razón –respondió-. Es mejor hacer las cosas bien. Somos adultos, seres sensatos, no unos adolescentes.
-Claro, un médico y una profesora de literatura. Trabajadores, ciudadanos, votantes. Gente que hace las cosas como deben hacerse. No como Alice.
-Exacto.
Me sonrió con aquella sonrisa deslumbrante suya.
-Hum, ¿crees que es compatible la sensatez con que me traslade a tu habitación con mis cosas durante los próximos siete días, a partir de hoy?
Reí.
-Sí, supongo que sí.
-Pues creo que estoy deseando comenzar el traslado.
Recorrimos los pasillos de vuelta hacia las habitaciones, pero, cuando llegamos a mi puerta, allí estaba Alice.
-Bella, mañana te tienes que levantar pronto. Tenemos un día muy ajetreado.
-Estamos de vacaciones, Alice.
-Pero te casas dentro de siete días. ¿No estás nerviosa?
-Al parecer, no tanto como tú.
-Pues deberías.-Hizo una pausa durante la cual me miró como si me perdonara la vida-. Veamos. Tenemos que ir a ver trajes de novia, a la floristería y a un montón de sitios más. Necesitamos levantarnos muy temprano y tú perdiéndote por la casa con el tarambana de mi hermano.
Edward se reía. Alice perdió la paciencia y me empujó lejos de la puerta de mi propia habitación.
-Vamos, Bella, dormirás conmigo. Está visto que si te dejo sola, mañana no habrá quién te levante.
La sonrisa de Edward se esfumó.
-Deja a mi chica en paz, hermanita.
-¿Ves? No comprendes la importancia de todo esto, Edward, así que Bella se viene a dormir conmigo, para evitar problemas.
-Alice, por favor.
Cuando se le metía una cosa en la cabeza a Alice, era más difícil luchar contra ella que contra un tornado.
-¿Me dejas al menos, despedirme de mi novio, Alice?
Escapé de ella como pude para ir a los brazos de Edward, que me recibieron ansiosos.
-No, Bella, no –dijo él-, no te dejes convencer por Alice y quédate conmigo. Recuerda que mañana por la mañana íbamos a ver a –interrumpió su frase porque yo le estaba besando y se dejó llevar.
No le hagas caso –susurré-. Si no vamos por la mañana a ver a Aro, iremos por la tarde-Sonreí y hablé en su oído-. Y en cuanto pueda, me escapo de Alice.
-No sabes lo peligrosa que es, Bella. Si le dejas…
Le volví a tapar la boca con un largo beso.
-No te preocupes, no se saldrá con la suya.
Y así fue cómo terminé durmiendo en la habitación de Alice. Al día siguiente, me despertó el sonido de mi móvil. Miré el reloj. ¿A quién se le ocurría llamar a las siete de la mañana? Me levanté de la cama y miré la pantalla.
-Oh, oh, mamá –susurré para mí misma. Descolgué el teléfono temiendo una avalancha de consejos y reproches contra el matrimonio. Al menos, Edward y yo tendríamos una aliada frente a Alice que fuera capaz de hablar en su mismo idioma.
-¿Bella? Oh, hija, ¡Cuántas ganas tenía de hablar contigo! Me acaba de llamar tu padre para decirme… ¿Es cierto?
-Mamá, por de pronto, aquí son las siete.
-¿Y qué?
-Las siete de la mañana, mamá.
-¿Ah, sí? Bueno, no importa. Supongo que tendrás muchas cosas que hacer, eso del matrimonio es muy ajetreado. ¡Ay, que emocionada estoy! Mi hija se casa. Por supuesto que voy a ir a verte, cariño. ¿Cómo puedes dudarlo? Charli me ha dicho que Alice le ha contado que tenías miedo de mi reacción. Pero, ¿por qué? Edward y tú gravitáis el uno hacia el otro de una forma tan clara, tan evidente… Todo el mundo lo ve. Me alegro tanto por ti, cariño.
Mi única aliada se acababa de pasar al bando contrario. Me encontraba tan noqueada que no sabía qué responder.
-Y ¿sabes? Me hace mucha ilusión verte vestida de novia. ¿Te has comprado ya el traje?
-No.
-Pues espera a que yo vaya. Quiero ver cómo te lo pruebas. ¿Me esperarás?
-Claro, no hay inconveniente.
No sabía cómo decirle a mi madre que no pensaba probarme ningún vestido de novia. ¿Quién lo hubiera dicho? Renée en modo boda. Esme sí, ¿pero Renée? Vivir para ver.
-Pues bien, te dejo. Phil me está esperando. Tengo ganas de abrazarte y darte la enhorabuena. Y de abrazar a Edward como yerno. Es maravilloso, maravilloso. Adiós, hija.
-Adiós, mamá.
Estuve un minuto sentada sobre la cama, mirando embobada la pantalla de mi móvil.
-¿Bella?
Perfecto. Alice se había despertado y, por tanto, comenzaba para mí un maratoniano día.
Bueno, ¿qué os ha parecido?
