Disclaimer: La gran mayoría de personajes y lugares le pertenecen a Akira Toriyama, creador de este increíble anime. Los nuevos personajes que aparecen son de mi autoría. Las frases en cursiva representan el pensamiento de los personajes.


PRIMOGÉNITO

Infancia de cuartel

La temporada seca comenzaba en el sector norte de Plant. Durante tres semanas, los fuertes vientos habían bloqueado el comercio con la frontera Norte/Sur, obligando al último pueblo a cazar los pocos animales que encontraban en el desértico paraje que los rodeaba. Nada del otro mundo, para seres fríos y salvajes provistos de un instinto asesino por excelencia.

Decenas de machos saiyajin regresaban a las aldeas, trayendo consigo un contingente de animales muertos… que a sus ojos sólo era basura, comparado al enorme banquete que solían consumir. Los más débiles recogían las sobras de aquella cacería y a menudo peleaban entre ellos para guardarse, aunque sea, el muslo de un reptil pequeño y desabrido.

No había nada peor para los Saiyajin, fuera de una vida sin peleas, que el hambre. Y conforme veían las cosas, aquel mal prometía extenderse por más tiempo.

—¡Dame eso! —una niña gritó furiosa, resistiéndose a dejar que otro le quitara un jugoso pedazo de carne.

—¡Suéltalo! —la empujó con gran violencia, haciéndola rebotar contra una roca— Sólo hay carne para los más fuertes…

El infante ganador mascó un gran trozo de su trofeo y le dio la espalda con un gesto de seguridad. Mientras tanto, algunos guerreros lo vieron marcharse sin atender los quejidos de la niña hambrienta.

—Es demasiado fuerte.

—¿Qué esperabas? —se burló un anciano robusto— En algo debió salir a su padre, si es que logran reconocerlo. Vamos o se llevarán todo —desestimó la pelea, retornando con su compañero a la provisión de carne.

Así resultaba ser. Con apenas cinco años, Daiko era considerado el niño más fuerte entre los semejantes de su edad. Uno muy astuto… y solitario. Poca distancia había entre el gentío y su casa. Sin mostrar la agitación por su última pelea, el hijo de Vegeta ingresó por un gran hoyo que daba a la rústica sala de su hogar.

—¡Lo conseguí! —anunció, enseñando la carne arrebatada.

—Bien hecho, Daiko —lo felicitó su abuela Kendo—. Ponlo en ese pilar, donde dejé los rastreadores.

—Está bien.

—Pero lejos de la ventana —su madre Shida entró al lugar, luciendo un aspecto más maduro—. No quiero que nos vuelvan a quitar la comida como ayer.

—Eso es porque tu marido no reforzó los laterales —trató de defender a su nieto—. Supongo que debo arreglarlo de nuevo.

—Basta, madre —la miró de reojo, molesta—. Sabes cómo es él.

—¿Qué harás esta vez, abuela? —se acercó el niño, ignorando la discusión.

—Lo de siempre —habló Kendo—. Cocinar la carne, a ver si sale algo decente.

—No hay nada decente en este planeta —bufó la joven saiyajin, echándose en un mueble maltratado con los brazos cruzados bajo su cuello—. ¿Hay noticias de la frontera?

—Los Tsufur no nos venderán alimentos, hasta que acabe la tormenta —respondió Daiko.

—¡Malditos! —Kendo cortó una rebanada de un solo tiro— Nada les cuesta venir: tienen esas máquinas voladoras, ni siquiera les pedimos quedarse.

—¿Quieres razonar con idiotas? —Shida cuestionó a su madre.

—Esos idiotas nos superan en tecnología.

—De nada les vale, sin la fuerza.

—Hablas demasiado —la ignoró—. ¿Por qué no sales a la cacería?

—Vegeta no quiere. Dice que basta con lo que gana en esas purgas.

—Hmm… —fue la única respuesta de la anciana.

—¿Qué hay de mi padre? —dijo Daiko, sentándose a una distancia prudente de su madre— ¿Vendrá hoy?

—Yo qué sé, niño —se encogió de hombros—. Deja de perder el tiempo y entrena, antes de que te reproche por ocioso.

—Tengo hambre.

—¿Ves que está listo? —señaló con irónica obviedad.

Daiko volteó hacia su abuela, entendiendo por su expresión que debía guardar silencio. Era de esas ocasiones en las que su madre estaba de mal humor, sólo no entendía por qué él era el blanco de su molestia. Resignado, el niño saiyajin dejó la sala, rumbo al campo aledaño a la gran calle de la aldea.

—No seas tan dura con el chico —Kendo intervino.

—Hace preguntas tontas. Siempre está pendiente de lo que hago, sólo consigue fastidiarme…

—Es tu hijo, Shida —la encaró—. Ya tiene suficiente con el rechazo de Vegeta, para soportar el tuyo.

La saiyajin frunció el ceño y abandonó la sala. Detestaba tocar aquel incómodo tema.

[…]

Era una de esas pocas noches de luna llena. La última de la temporada, que no volvería a repetirse en ocho años. Dentro de su casa, en un agujero sucio que él llamaba cuarto, Daiko observaba el contraste de la oscuridad de las montañas con la luz que reflejaba la luna, sin atreverse a salir.

Ya se lo había dicho su abuela, en uno de esos cuentos extraños que solía relatarle: jamás debía mirarla de frente o invocaría a un ser terrible que ni él mismo podría controlar. Una mentira creada por la anciana para mantenerlo a resguardo de la transformación Ozaru, hasta que creciera. Le costaba creer aquella leyenda, no le tenía miedo a nada; pero al ver que su propia madre seguía la misma indicación, prefería recluirse en su soledad. Quizás, en su adultez, rompería con aquella creencia, para celebrar su logro con orgullo.

—Quedó algo —una voz llamó su atención.

—Madre… —la vio entrar a su cuarto, recibiendo un pedazo de carne de la tarde— gracias.

—Tienes suerte que no me la comí. Está horrenda.

—Lo sé —arqueó sus cejas, algo asqueado por su opinión—. ¿Cuánto más durará la luna?

—Hasta mañana.

—¿La has visto de frente?

—Pocas veces. ¿Por qué tanta pregunta?

—Nada en especial… —siguió tragando su alimento, hasta terminarlo.

El silencio invadió a madre e hijo en aquel agujero, oyendo el rumor de lejanos aullidos hacia el este. Shida los conocía muy bien: era el lamento de los infortunados saiyajin que lograron ver la luna, en su afán de manejar su furia. Todo parecía normal en ese sentido: después de todo, los Tsufur les habían prohibido usar aquellos monstruosos poderes en su civilización.

—Ojalá llegue mi padre. Me prometió un nuevo entrenamiento.

—Eso espero. Sólo rinde como te pida.

—Lo hago. Quizás se alegre esta vez…

Daiko miró a su madre, en busca de una explicación. ¿Por qué el famoso comandante Vegeta se había vuelto tan distante con él?

—Duerme, Daiko —Shida lo evadió, dejando su cuarto.

Solo. Como siempre. El primogénito de Vegeta bajó la mirada y abrazó sus rodillas con un suspiro, olvidando el claroscuro de las montañas.

[…]

Con la salida del sol, nuevas naves llegaban a Plant, impactando en la zona noreste del planeta, muy cerca de la ciudad más populosa de los saiyajin. Aquella que concentraba a la mayoría de guerreros con un buen nivel de pelea.

—Llegas tarde, Vegeta —habló un saiyajin robusto, de otra compañía que competía con su escuadrón durante las purgas.

—No veo la razón —espetó, indiferente a su presencia.

—Acaban de entregar nuevos materiales. Si quieres, puedes revisarlos, aunque no te aseguro que tengan buena calidad…

—Me importa muy poco, Paragus —lo arrinconó, tomándolo de su armadura—. Sabes que con o sin ellas, la ventaja será la misma.

—Siempre tan arrogante. ¿Conquistaste otro planeta?

—¿Para qué quieres saberlo? —sonrió mordaz, soltándolo.

Paragus se incorporó, sin dejar de reír. Fue durante su enrolamiento de niñez cuando lo conoció; y a pesar del leve compañerismo que habían formado, su rivalidad imperaba sobre cualquier cosa. Odiaba a Vegeta y a la vez no podía evitar aquella negada admiración por su poder. Disfrutaba hacerlo enojar, en espera de una pelea donde demostraría su nivel.

—Idiota… —sacudió la cabeza, frotándose el hombro derecho.

Por su parte, Vegeta bajaba las escaleras del hangar de naves, hasta cruzarse con Iruga, su camarada de escuadrón. Apenas cruzaron palabras durante su retorno a la aldea. El comandante saiyajin pudo comprobar el cambio de la zona, conforme se alejaban de la ciudad, tardando apenas media hora en llegar a su destino.

Sus semejantes los miraban con cierto respeto, por su rango militar. Les parecía una novedad contar con un nuevo sistema que los clasificara, según el poder de pelea. Estaban los inútiles de clase baja, la poderosa clase alta… y los indefinidos. Aquellos cuyo destino no estaba del todo marcado, hasta probar su valía en las batallas. Los integrantes de clase media: polémicos saiyajin, como su hijo Daiko.

Vegeta torció los labios ante la idea. ¿Acaso las 1500 unidades en su nacimiento, resultaron un engaño? Era su mala suerte, pero al menos trataría de corregir el error de sus genes, por medio del entrenamiento. Y hasta que el momento fuera el adecuado, ninguno conocería el parentesco entre ambos… excepto la gente de su aldea.

—Creo que no hemos pisado la aldea en meses —Iruga aterrizó con su comandante—. Tu hijo habrá crecido.

—De seguro… —respondió, con sarcasmo.

—Agradece que es clase media, Vegeta: tu problema tiene remedio.

—Tú lo has dicho, Iruga —lo amenazó—: ¡mi problema! Ahora, lárgate…

El camarada del saiyajin tragó saliva y decidió hacerse a un lado, consciente de su carácter testarudo. De todos modos, aprovecharía un instante para visitar al muchacho, pues veía en él mucho potencial. Con ese ánimo, Iruga dio media vuelta hacia su casa, mientras Vegeta entraba en la suya, sobre la colina.

—¡Vegeta! —Shida lo reconoció en la entrada.

—Shida —le contestó, parco.

—Lo predijo —apareció Kendo, cargando unas rocas para arreglar los laterales de la casa—. Daiko te ha mencionado toda la mañana.

—¿Dónde está? —se dirigió a Shida.

—En la explanada de siempre. No lo defraudes.

—Eso deberías pedirle a él —finalizó Vegeta, marchándose.

Kendo miró con desaprobación al comandante, mientras Shida callaba.

[…]

No es tan difícil

Una ráfaga de viento elevó la arena del lugar, como efecto de sus ataques. No eran los más potentes, pero tampoco los menospreciaba. Sentía haber mejorado en los últimos dos meses. Sólo esperaba que su padre lo viera igual.

¡Tengo que hacerlo!

Daiko practicaba frente a varias rocas erectas y filosas, que se desintegraban con sus patadas. El sonido de sus movimientos apenas se percibía: ahora intentaba materializarse de un lugar a otro, jugando con su propia velocidad.

Mamá dijo que no lo decepcionara

Una nueva combinación le permitió girar al mismo tiempo que lanzaba un rayo de energía al último pilar de rocas de su campo. No obstante, ni su vista aguda percibió el impacto de otro ataque que deshizo las piedras antes de que él lo lograra. Tampoco notó la presencia de Vegeta entre el polvo, recibiendo un fuerte puñetazo de su parte. Derrotado por el momento, Daiko se estrelló en la arena de su explanada personal, sintiendo un hilo de sangre derramarse por sus labios.

—Sigue así y te matarán en la primera purga.

—Debiste avisarme… —reconoció la voz de su padre.

—¡El enemigo no lo hace! —apretó sus puños— ¡Levántate!

El niño saiyajin limpió su boca sangrante con el reverso de su mano, obedeciendo al comandante. Porque en momentos como ése, Daiko representaba lo más cercano a un enemigo.

De lo más profundo de sus entrañas, el joven guerrero lanzó su mejor grito y entabló una de las tantas peleas brutales con su padre. Lances bloqueados, llaves estratégicas, ráfagas en el momento justo: Vegeta debía admitir que Daiko mejoró en su ausencia. ¡Un niño de clase media, con más habilidad de la que él tuvo en su niñez! No pudo evitar la mezcla de envidia y orgullo que se apoderaba de su corazón.

Los minutos pasaban. La adrenalina se disparaba. Las energías del pequeño disminuían por su sobreesfuerzo con aquel guerrero experimentado. Y en un desliz propio de su edad, Daiko nuevamente fue vencido, para esta vez no volver a luchar en aquella jornada.

Vegeta detuvo su ímpetu al verlo en el suelo: por alguna razón que le costaba entender, contemplaba a su hijo más tiempo del que veía. ¿Echarlo de menos? Eso no existía entre los saiyajin. Tampoco quiso averiguar aquella extraña sensación e hizo lo mismo que todas las veces que entrenaban: darle la espalda.

—Padre… —la voz del infante lo detuvo— dime si al menos estuvo bien.

El comandante lo miró de reojo, esbozando un ligero bufido.

—Para un niño de clase media… ¡pero quién sabe a futuro! —encogió sus hombros, marchándose del lugar.

Daiko se incorporó lentamente, con el cuerpo magullado. Ya oía las quejas de su abuela por el maltrato recibido, las discusiones entre ella y su madre; pero no se arrepentía. Por aquel momento, las palabras de Vegeta le parecieron sinceras.

Y eso le bastaba.


N.A.:

¡Buenos días! ¡Vuelvo con un nuevo capítulo para este fic! Me he retrasado un poco, por asuntos de mi trabajo y los estudios, pero me he propuesto actualizar varios long-fics, en tanto tenga la posibilidad.

¡Bien, bien! Aquí atestiguamos los primeros minutos de acción de Daiko en la historia: ¡un guerrero de clase media! Rayos, debe ser bien difícil vivir en un lugar donde te cataloguen por "x" razones… mucho más, si eres despreciado por tus padres. Esperemos a ver cómo nuestro protagonista enfrenta cada suceso con ese carácter saiyajin que ya está demostrando :D

Este capítulo se lo dedico a Schala S: tenía temor por este proyecto nuevo, pero gracias a ti, he encontrado el impulso para continuar. ¡Espero que les guste mucho este fragmento! ¡Cuídense mucho!