Disclaimer: Rowan y Arah son personajes nacidos para el universo de los Juegos del Hambre y nos pertenecen a Cora y a mí.

Regalo de cumpleaños para Coraline T. La portada es de Camille Carstairs.


Capítulo 2


Arah


Sujeto el tallo de la copa que hay sobre la mesa y, por un segundo, valoro la posibilidad de lanzársela a la cara con todo y su contenido.

Sé que mi rostro debe ser un poema en este momento y, más aún, veo la diversión brillando en aquellos ojos azules por mi reacción, pero por más que lo intento, no logro que mi cerebro consiga controlar los músculos de mi rostro.

No ayuda el hecho de que, vestido así, luzca aún más atractivo de lo que lo hacía la última, o más bien la única, ocasión en que lo vi. Es alto, mucho más que yo, evidentemente; tiene el cabello castaño salpicado de mechones con un matiz entre dorado y rojizo y lo trae peinado con descuido, como si no le importara. Tiene el labio inferior mucho más grueso que el superior y largas pestañas enmarcando sus ojos azules. Viene bien rasurado, dejando a la vista mejillas suaves y pómulos altos y su barbilla tiene una suave hendidura en la punta.

Me quedo viéndolo, como embobada hasta que, finalmente, es el sonido de su risa, suave y contenida, el que me saca de mi mutismo.

—Lady Arah, nos volvemos a ver.

Empalidezco. Evidentemente, era demasiado pedir que él dejara pasar mi reacción inicial.

Él se sienta, con la espalda muy recta, pero, aun así, luciendo despreocupado.

—Asumo que se han encargado de alimentarla en el transcurso de la tarde, pero espero que, de todas maneras, podamos disfrutar juntos de la cena.

Aprieto los puños y decido que el hecho de que no sea un completo desconocido no cambia, en lo absoluto, las cosas.

—En realidad, su Señoría, esperaba que pudiéramos hablar antes de cenar.

Él enarca una ceja, toma su copa y bebe con lentitud, sin apartar sus ojos de mí y, de repente, me siento como si me estuviera viendo desnuda, así de penetrante resultan sus ojos azules.

—Hablar— repite él—. ¿Sobre qué?

—Verá, considero que todo esto— digo alzando una mano y señalándonos a ambos— es un gran y terrible error. Es decir, ambos éramos demasiado pequeños cuando nuestros padres decidieron comprometernos y estoy segura de que, desde entonces, habrá conocido usted a alguna mujer que le interese.

Él me mira, sin responder y yo continúo hablando:

—Además, si cree que esta unión resulta provechosa, tendré que ser portadora de terribles noticias: mi familia está a punto de declararse en bancarrota, hemos perdido prácticamente todo: tierras, plantaciones, ganado, joyas… — como no da muestras de ir a responderme nada, mi lengua se precipita y continúa hablando—. Además, estoy convencida de que no soy físicamente lo que usted esperaba y tengo caderas demasiado estrechas como para engendrar hijos sanos y…

Hay una ligera crispación en su mandíbula. Esa es toda la reacción que me da. Me callo.

—Entonces, en resumidas cuentas, dice que usted es pobre, fea y, al parecer, estéril. ¿Estoy en lo correcto?

Dicho así, suena fatal, pero luego me recuerdo a mí misma que eso es justamente lo que espero. Que me encuentre tan poco atractiva como para que nazca de él el deshacer el estúpido contrato, ya que en casa quedó patente que yo no tengo la potestad de hacerlo.

—Pues… supongo que sí.

—¿Hay alguna cuestión que hayas dejado por fuera en la lista? ¿Alguna deformidad o algo por el estilo? —no dejo pasar el hecho de que me está hablando con demasiada confianza.

—¿Se está usted burlando de mí? —digo, hablándole con propiedad en un intento de marcar la pauta.

Él bebe de nuevo. Agua, no vino, descubro con cierta sorpresa.

Él ladea la cabeza, mirándome con atención y, de nuevo, sin decir nada.

—Así que creo,, en conclusión, que existen razones más que suficientes para decir que podemos evitar un terrible error al deshacer esto en este momento.

Me felicité a mí misma por haber logrado exponer mi caso antes de que llegara el primer plato. Sin embargo, mi recién descubierta confianza se va al traste en el momento en que él abre la boca:

—En primer lugar, su dinero, o la ausencia de este, no podría importarme menos. Asumo que ha hecho su tarea, Lady Arah, o al menos su madre se ha encargado de comunicarle que en este momento solo existe una familia con más dinero que la mía y ellos se sientan en tronos en lugar de en sillas. Siguiendo con su segunda "prueba" — me molesta profundamente el tono con el que lo dice— sobre que el hecho de que no es usted físicamente lo que yo esperaba, tendría más cuidado al hacer ese tipo de suposiciones, yo sé mucho sobre usted, pero usted no sabe prácticamente nada sobre mí y, definitivamente, no sabe nada sobre mis gustos— su voz resulta dura y cortante, como el acero—. En cuanto al último punto en su lista— continúa, mucho más tranquilo—, los hijos vendrán cuando tengan que hacerlo y, mientras eso sucede, puedo garantizarle que tendremos un montón de práctica que, eventualmente, se encargará de desmitificar su objeción.

Estaba segura de que, una vez que el duque concluyó su respuesta, mi cara se había puesto de color bermellón.

—Entonces ¿no deshará usted nuestro compromiso?

El duque sonríe.

—Lady Ranghild— dice él con engañosa suavidad—, si hay algo que debe tener usted muy claro es que, desde el momento en que se firmó el primer acuerdo entre nuestros padres, usted pasó a ser mía y yo adquirí un compromiso. Un compromiso que, dicho sea de paso, estoy dispuesto a cumplir.

—Sin importar si yo estoy dispuesta a hacerlo o no.

—Definitivamente las cosas resultarán mucho más sencillas y placenteras si usted decide cooperar, pero, no es algo que esté en sus manos.

Echo mi silla hacia atrás, haciéndola chirriar contra el piso, más furiosa que nunca.

—En ese caso no tenemos nada más de qué hablar, pero quiero dejarle algo muy en claro: no pienso casarme con usted.

El muy imbécil me sonríe, como si le hubiese recitado un poema de amor eterno.

—Eso solo hará más satisfactorio el momento en que seas mía. Y déjame ser claro a mí también: eventualmente, lo serás.

Ni siquiera consigo articular las palabras para responderle eso. Arrojo mi servilleta sobre mi plato y me voy, con un revoloteo de faltas, hacia la puerta. Mi salida se arruina un poco porque el guardia que cuida de la puerta le pide permiso, con la mirada, al duque antes de abrir la puerta para mí. Le lanzo una mirada fulminante:

—Lady Arah— dice el duque, haciendo que me congele en la puerta—, a la próxima, le sugiero que no oculte sus pecas.

Suelto un bufido y doy dos pasos más, cuando estoy razonablemente segura de que estoy fuera de su vista, echo a correr por el pasillo. Más furiosa de lo que he estado alguna vez en mi vida.


Rowan


Bueno, eso salió mejor de lo que esperaba.

Sabía que ella tenía carácter, lo había demostrado la primera vez que nos vimos, pero, al parecer, el tiempo se había encargado de afilar aún más su genio.

Me gustaba, tenía que admitirlo. Me gustaba mucho. Había pasado demasiado tiempo desde la última vez que alguien me había plantado cara de esa manera y no recordaba ninguna ocasión en que lo hubiese hecho una mujer. Mi madre y mi hermana eran mucho más sutiles, más dedicadas a los mimos y los halagos cuando querían conseguir algo. Arah resultaba, en ese sentido, refrescante.

También la encontraba atractiva, contrario a la opinión que parecía tener de sí misma. No tenía el tipo de belleza convencional y, definitivamente, no me había hecho mucha gracia el verla cubierta de maquillaje, pero tenía un rostro interesante y unos ojos cargados de inteligencia. En cuanto a lo que decía de que sus caderas no resultaban adecuadas para la maternidad, no podía importarme menos. Estaba seguro de que, juntos, engendraríamos a un montón de niños que se encargarían de traer vida a los silenciosos pasillos del castillo.

Sin embargo, dejando de lado las críticas que había hecho de sí misma como persona, lo que más me había llamado la atención fue la franqueza con la que habló sobre la situación económica de su familia. Cyrelle había sido relativamente cauto al exponer las peripecias que había tenido que hacer para mantenerse a flote y era asquerosamente optimista sobre sus posibilidades de recuperación. Emma, que se había entendido con madre para coordinar la llegada de Arah a nuestro castillo, había hablado de joyas valiosas que mantenía ocultas y sobre terrenos que habían adquirido a precios muy bajos y que convertirían en viñedos prometedores.

Estaba seguro de que ambas cosas eran mentiras y sabía que, económicamente, desposar a Arah Ranghild no iba a suponer ningún beneficio. Mi interés en ella se resumía, únicamente, en lo que podía ofrecer de sí misma. La emoción que me calentaba las mejillas, el desafío de saber que ella no quería casarse conmigo a pesar de lo cómodo que le resultaría y de lo que podía obtener a cambio. Inclusive la ligera incomodidad con la que me había dejado al irse, con la sangre circulando aceleradamente por mis venas y el deseo de ir a buscarla para continuar discutiendo con ella.

Era nuevo y resultaba excitante.

Sonrío. Definitivamente no me había equivocado al reafirmar mi derecho sobre ella como mi futura esposa. Sería muy divertido ir desarmando sus defensas, una a una, hasta que, finalmente, ella fuera mía en cada sentido de la palabra. Quería su cuerpo, eso era evidente, pero también quería otras cosas. Quería su mente, quería su pasión y, con cierta sorpresa, descubrí que también quería su afecto.

Empezaron a servir la comida y nadie se atrevió a decir nada por el hecho de que no habían pasado ni quince minutos y la cantidad de comensales se había reducido a la mitad.

Mientras cenaba, empecé a elucubrar las miles de formas en las que me aseguraría de que ella, Arah Ranghild, se convertiría en mi mujer.


Arah


Luché, durante largos minutos, con los odiosos listones en la parte trasera de mi vestido. Emma siempre se decantaba por lo bonito en lugar de por lo práctico y como no tenía ni fuerzas ni ganas de llamar a alguien que me ayudara, terminé contorsionada sobre la cama, con el rostro cubierto de lágrimas de rabia y el deseo de regresar sobre mis pasos para estampar mi mano contra la cara del duque y dejarle bonitos moretones a juego en ambas mejillas.

Cuando por fin pude desembarazarme del vestido, me arranqué el corsé y me quedé solo con la combinación, aferrando una de las mullidas almohadas de la cama y apretándola contra mi rostro, sin importarme si la manchaba con el maquillaje que, tan solo hace una hora, había sido una obra de arte creada por Jessabeth.

El duque se había comportado como el tirano idiota que esperaba, pero las cosas no se iban a quedar así. La única forma en la que iba a casarme con él era si me obligaba a hacerlo, cosa que, según había dicho, estaba más que dispuesto a hacer.

Me sequé las lágrimas y me acerqué a la fuente con agua y a la toalla caliente que habían dejado en el tocador. Me froté la cara con fuerza, arrancando los restos del maquillaje y me pasé la toalla con tanto ímpetu que la piel me quedó enrojecida por todas partes.

Había esperado que, realmente, el duque aceptara la lógica en mi raciocinio y tardé un buen rato en darme cuenta de que, si ya estaba aquí, era porque él había tomado una decisión. Yo solo lo había empeorado al retarlo de esa manera porque, estaba segura, lo había hecho una especie de cacería para él.

Lo peor era que ni siquiera había una fecha programada para que yo volviera a casa y sospechaba que Emma esperaba que esto, más que una especie de reunión para conocernos, era la antesala a una ceremonia en toda regla. Nadie esperaba que me fuera de este lugar como Arah Ranghild, sino que sería, Dios no lo quisiera, Arah Greyfox.

Me iba a volver loca.

Me puse un camisón de pijama y me lancé sobre la cama. El colchón se sentía firme pero suave y era, sin lugar a dudas, nuevo. La habitación entera era una prueba fiel de la riqueza de los Greyfox y el simple hecho de tener que tumbarme en este lugar, a sabiendas de que la otra opción era dormir a la intemperie, se sentía como una derrota.

Apagué la vela y me puse boca arriba en la cama. La luz de la luna se filtraba por la ventana y me permitía ver parte del dosel que cubría la cama. Era de terciopelo azul oscuro, con pequeños bordados en plateado que simulaban estrellas. Resultó la peor imagen posible, porque solo sirvió para recordarme la primera ocasión en la que había visto a Rowan Greyfox.

Ese era uno de los motivos por los cuales ahora, más que nunca, estaba convencida de que no había fuerza en este mundo capaz de convencerme de que era una buena idea el casarme con este sujeto. ¿Cómo era posible que un noble, como se suponía que era él, pudiese usar ese tipo de estratagemas? Más aún, como era posible que yo…

Me cubro el rostro con las manos, mortificada.

Nunca se lo perdonaré.


Rowan


—¿Me puedes decir que le hiciste?

—Buenos días a ti también. ¿Qué haces levantada tan temprano? ¿No se supone que no sirves para nada antes de medio día?

—Lo digo en serio, hermano.

Levanto la mirada y le sonrío.

—¿A quién?

—Deja de jugar, Wan-Wan. ¡No es gracioso! Está claro que te comportaste fatal con ella y es por eso por lo que amaneció así de molesta.

—¿Te ha dicho algo malo? ¿Te ha contado algo?

Jess alza la barbilla, sosteniendo mi mirada.

—No ha necesitado hacerlo. Además, te conozco, Rowan.

Mi sonrisa se vuelve más amplia.

—¿Puedes quitar esa sonrisa de idiota de tu cara? ¡Se suponía que ella iba a ser como mi hermana!

Ruedo los ojos.

—No seas dramática, Jessie. Simplemente hemos tenido una diferencia de opiniones.

—¿Con respecto a qué?

—A nuestro matrimonio.

—¿Puedes elaborar un poco más eso?

—Ella tiene la tonta idea de que no deberíamos casarnos.

Jessabeth empalidece.

—¿Qué?

Me encojo de hombros.

—¡Pues tienes que convencerla!

—Gracias, Señorita Evidente.

—¿Quieres algo de ayuda? —pregunta, melosa, recargándose en mi escritorio.

—No, gracias.

—Pero…

—Lo digo en serio, Jess, no te metas en esto.

Ella hace un mohín, pero asiente.

—Todo será más divertido cuando vuelva mamá. Seguro que…

—Si eso es todo, ¿puedes retirarte?

Ella me ignora y se recuesta en el sillón. Es una costumbre que tiene desde que ambos éramos pequeños y nos escabullíamos en este despacho cuando le pertenecía a papá.

—Nop. Estoy cómoda aquí— dice desde su lugar—. ¿Te han llegado libros nuevos?

—Nada que te pueda interesar.

Se endereza y una sonrisa diabólica se forma en sus labios.

—Eres muy aburrido, hermano. Creo que iré a meterme con Arah un rato. ¿Quién sabe?, podría aprender una cosa o dos sobre mí y cómo manejarte— me guiñó un ojo y salió, canturreando algo, dejándome solo.

Aparté la correspondencia con una mueca.

Me aburría.

Había pocas cosas que me molestaran tanto como tener que responder la maldita correspondencia. Especialmente cuando sabía que Arah Ranghild andaba deambulando por el interior del castillo, lo cual daba pie a uno de esos enfrentamientos verbales que tan divertidos me parecían.

La puerta se abrió y yo levanté la mirada de la carta que tenía en las manos, más interesado en distraerme un poco que en enterarme de quién había entrado sin tocar. Ya lo sabía. Solo había otra persona que hacía ese tipo de cosas además de Jess.

—Evaki…

Ella dejó una bandeja sobre el escritorio, un brebaje de hierbas que olía fatal, pero, como siempre, se había adelantado a mis necesidades. La cabeza había empezado a dolerme desde hacía un rato y había considerado la posibilidad de pedirle a alguno de los guardias que custodiaban la puerta que fueran a conseguirme alguna de las tizanas que solo Evaki sabía elaborar, pero al final había decidido soportarlo.

—Sospecho que lo que dicen en la Corte es cierto— bromeé mientras tomaba el copón y me lo llevaba a los labios—. Debes ser, realmente, una bruja.

Ella rodó los ojos y meneó la cabeza, exasperada.

Me bebí el resto del contenido en un par de tragos largos y me llevé los dedos a las sienes. Pasarían unos cuantos minutos pero, eventualmente, el dolor remitiría. Ev me lanzó una mirada preocupada.

Me encogí de hombros.

—No pasa nada. Los soldados de Saint Claire han avanzado un poco más, pero eso era previsible. Mientras sigan teniendo el dominio del río, abastecer a los nuestros de agua va a suponer un gasto de energía adicional, pero ya se me ocurrirá algo, no te preocupes.

Ella no dijo nada. No podía. Durante los primeros años de su adolescencia había perdido la lengua, víctima de los imbéciles que creían que una mujer inteligente era sinónimo de una bruja.

La mayor parte de la gente no entendía cómo era posible que mantuviera a una mujer con la que no estaba emparentado y, para más señas, muda; como una de mis consejeras de confianza. Pero, de todas maneras, la mayor parte de la gente era estúpida.

Me quedaban aún unas cuantas cartas que leer y responder, pero lo cierto era que ninguna era realmente urgente. Y yo estaba distraído. Arah Ranghild tenía ese efecto en mí. Desde la primera vez en que la había visto había sido lo mismo, aun y cuando, en ese momento, ella no estuviera consciente de quién era yo ni, mucho menos, que estábamos destinados a estar juntos.

Me recliné en mi silla, meciéndome un poco mientras el brebaje hacía efecto.

—¿Ya conociste a Arah?

Ev asintió.

—¿Qué te ha parecido?

Me sonrió.

—Seguro que, si te habló, solo dijo cosas malas sobre mí— murmuré y ella rodó los ojos—. Aunque pensándolo bien, aún no ha entrado lo suficiente en confianza como para quejarse con mi servidumbre.

Ella se limitó a menear la cabeza.

—Entonces asumo que te enteraste por otros medios. Todos ustedes son un montón de cotillas— Ev me ignoró.

Alguien golpeó la puerta dos veces:

—Adelante— dije, casi demasiado bajo.

—Mi Señor— empezó el guardia—, Lady Arah desea saber si puede recibirla en este momento.

Sonreí. Si algo podía apartar el malestar que sentía en este momento, sería una visita de Arah.

—Hazla pasar. Ev ¿te importaría?

Ella salió, silenciosa como siempre y se cruzó con Arah en la puerta, quien la miró con curiosidad, pero no dijo nada.

La puerta se cerró detrás de ella, quien no se apartó demasiado de la superficie de madera. Hoy, traía un vestido de una tonalidad de gris casi blanca, con mangas abullonadas a la altura de los hombros y que se abrían en una ligera campana a la altura de los puños. Tenía unas vides bordadas en la parte frontal y las faldas eran tan amplias que casi parecía difícil que caminara con eso sin ir a tumbar algo por error.

—¿Dormiste bien? —el simple hecho de no haber empezado con alguna pulla pareció dejarla descolocada. Le sonreí, burlón.

—En realidad no— dijo, no con un tono de queja, sino como si simplemente quisiera ser honesta.

—Espero que tu cuarto sea de tu agrado.

—No es mi cuarto.

Mi sonrisa se volvió aún más pronunciada.

—Bueno, tendrás una mejor en cuanto nos casemos, aunque tampoco es como si esperara que la usaras mucho.

Ella picó el anzuelo:

—¿Por qué no?

—Porque la mayor parte de las noches las pasaremos en mi cama.

Ella se sonrojó y luego frunció el ceño:

—Parece muy seguro de si mismo.

—Lo estoy.

—Me refiero a la parte de la… del…

—¿Sexo?

Ella desvió la mirada, incómoda.

—¿Siempre tiene que ser tan directo?

—¿Te apena hablar sobre sexo? —pregunté, curioso.

—No es un tema de conversación nada apropiado.

—¿Por qué no? Dejando de lado a las damas o lo que sea que vayas a elegir, soy la única persona con la que resultará correcto hablar de eso. Si desde ahora tienes dudas, puedes preguntarme a mí.

Ella me miró furiosa y parecía a punto de darme alguna réplica divertida, pero en su lugar dijo:

—¿Has dicho damas?

Me encogí de hombros.

—Dile a Jess que te ayude. Seguro que se muere por elegir a algún grupo de mujeres gritonas que venga a pasar una temporada aquí para que te hagan compañía.

Ella seguía mirándome, como si no lo entendiera.

—Trabajo mucho— le dije—. Y eso no será un problema por las noches, pero, durante el día, lo más probable es que no te pueda dedicar demasiado tiempo. Es natural que tengas personas que te entretengan.

Ella soltó una risita desdeñosa:

—No se preocupe, su alteza, no estaré aquí el tiempo suficiente como para que necesite ser "entretenida".

Le sonreí.

—¿Quieres apostar, mi señora?

Ella frunció los labios.

—Además de deleitarte con mi presencia ¿hay algún otro motivo por el que estés aquí?

Casi pude ver como los engranajes en su cerebro luchaban por no dar una réplica a mi provocación.

—En realidad, quería su permiso para usar la biblioteca.

La observé con curiosidad, pero ella no dio muestras de ir a dar ninguna otra explicación.

—Naturalmente, por ahora eres una invitada en esta casa, es evidente que puedes usar las zonas comunes.

—Una prisionera, querrá decir. Si fuera una invitada, podría irme en cuanto quisiera.

—Semántica— repliqué—. Cuanto más pronto te reconcilies con tu destino, menos difícil resultará para ti el permanecer en donde debes estar.

—¿Y eso en dónde sería? —preguntó sin poder disimular que le interesaba lo que tuviera que decir al respecto.

—A mi lado, por supuesto.

Ella rodó los ojos.

—Entonces mi destino es discutible— replicó—. En cualquier caso, gracias por dejarme usar la biblioteca— dijo mientras golpeaba la puerta utilizando la aldaba. La puerta se abrió.

—Lady Arah— la llamé antes de que desapareciera.

—¿Si?

—Te prefiero cuando no cubres tus pecas.

Ella soltó un resoplido y se marchó sin responder, aunque apunté el sonrojo en sus mejillas como una victoria personal.


Hola, hola!

Como soy una firme creyente de que las cosas buenas merecen más cosas buenas, recompenso tu review, Cora (y el de Mildred GRACIAS POR LEER!) con actualización 24 horas después.

Me hace muy feliz que te esté gustando tu regalo y espero que con cada capítulo que vaya pasando puedas, como yo, fangirlear un poquito más.

Me encanta que hayas notado eso del cabello. Pensé en ponerle el cabello corto, pero como en este universo Arah vive bajo la sombra de Emma y no tiene control sobre muchas cosas, entonces decidí dejárselo más o menos largo (no tanto como a Jess, pero le cubre hasta la mitad de la espalda.

En fin, yo también estoy muy, muy feliz de ser amigas y consuegras (porque #ROWAHRULES #LEDUELAAQUIENLEDUELA) y esta historia en particular me tiene emocionadísima (duuuuh, como todas las de Rowah).

Un abrazo fuerte, E.