Gracias por los reviews son lindos y me ayudan a… continuar esta rara historia y yo… espero que les guste.


Neutro y apagado, como si fuera a morir, como si ya lo estuviera. Un pálido más notorio que el de su piel se hizo presente en su rostro, más bien en todo su cuerpo. El sólo hecho de verlo allí, enfrente suyo con aquella espectral mirada e intenso azul junto a esa sonrisa ladeada, sensual, lo estremecía.

¿Estremecer? ¿Por qué? ¿Rabia quizás? Se sentía inestable, perturbado. La quietud que tenía hace unas semanas atrás se vio completamente rota por aquel chico, destrozada.

—¿Sucede algo…Arthur? —sonrió con exquisitez típica de la aristocracia, una sonrisa un tanto diferente a la del cementerio pero no menos inquietante, sólo algo más "humana" se podría decir.

Los sirvientes, tanto los de su mansión como los que tenía la familia Crowley le miraban extrañados ante el comportamiento cohibido, inesperado e intrigante del poderoso inglés quien nunca se doblegaba, lo notó, todas aquellas miradas sobre él, tenía que actuar de manera correcta nuevamente, costara lo que costara.

Cerró los ojos con delicadeza por apenas dos segundos tratando de estabilizar el incesante bombeo de sangre que hacía ir a mil su corazón.

—El gusto es mío, es un verdadero placer tenerlo y hospedarlo en mi mansión, Alfred Crowley…—dijo abriendo un poco los ojos con una sonrisa fina recorriéndole los labios, el contrario no apartaba su vista, él tampoco lo haría.

Pero aún así, Alfred detuvo su sonrisa mientras sus parpados se abrían sutilmente con curiosidad, no se esperaba tal reacción por parte del británico, o quizás sí, o quizás no, la mente del estadounidense era un caos, pero la diferencia es que a él hace años que dejó de importarle aquello, en esa sonrisa, en aquel gesto del británico veía al viejo Arthur, del que se acordaba, del que le había dejado hace décadas.

Sintió un incontrolable deseo de acercarse, agachó un poco la cabeza mientras trataba de reprimir sus impulsos, aún era inexperto en aquello. Si es que no pasaba algo que destruyera esa paz simplemente no sabría si pudiera actuar tan "formal", "linda" y asquerosamente "humana" forma que llevaba.

Un canto no muy armonioso interrumpió el intercambio de miradas entre ambos jóvenes junto al ambiente espectral y casi demoníaco que había, pero a simple vista no se percibía del todo, dejó de parecer aterrador, sin vida.

—¡HERMANITO! —gritó una chica en voz de canto.

Hermosa como ninguna, sus ojos eran de un intenso verde similar al del británico pero menos claro. Cejas delgadas y fina cara de angelical sonrisa, su pelo era rojizo escarlata algo largo más abajo del hombro donde en las puntas de éste se curvaba tan sólo un poco el perfecto liso de su cabellera. Portaba un vestido largo de hermosos encajes de color blanco algo azulado, era un atuendo muy simple para alguien de aquella familia pero se notaba finura en cada costura de éste.

La chica sencillamente pasó del inglés abrazando con fuerza a Alfred, su supuesto "hermanito".

El aristócrata inglés vio con ingenuidad la escena ¿Por qué su prometida, Kathleen, trataba a aquel hermanastro con tanta familiaridad? ¿Realmente se conocían? Aunque tampoco pensaba que todo aquello era una especie de complot, sólo el hecho de haber conocido a ese americano de esa inusual manera le hacía desconfiar de todo, aunque ahora parecía casi como si se estuviera comportando de manera perfecta, aquella sutil sonrisa mientras acariciaba juguetonamente la cabeza de su hermana.

—Señorita Kathleen—decía tratando de pasar desapercibido el infantil y poco educado comportamiento de la muchacha el mayordomo austriaco.

La chica miró de reojo a su mayordomo y luego al inglés dedicándole una suave sonrisa. —¿Arthur Kirkland? —dijo bajando un poco la voz soltando a su hermano para caminar lentamente hacia el británico.

—Sí, ese es mi nombre señorita… encantado—iba a hacer un gesto para saludarla educadamente pero la chica ya estaba entre sus brazos, se había arrojado prácticamente a su cuello, el inglés dio un paso hacia atrás para no tropezarse por el peso de la muchacha.

En tanto, el norteamericano hizo su sonrisa más notoria mientras se mordía el labio inferior con algo de angustia, el sentimiento de celos en su interior lo consumía, aunque no esperaba que aquella chica de nombre "Kathleen" fuera una real amenaza entre él y su gran amor, aquel británico, nada cambiaba por llevar esa mascara al hablar normalmente entre seres mortales, nada, su único objetivo era encantar al inglés, costara lo que costara.

Por eso mantener la elegancia.

La compostura.

Una sutil sonrisa.

Una actitud normal.

Acciones normales.

Lo llevarían a pasar desapercibido. Además tenía mucho en que pensar. Aquellos italianos, Lovino y Feliciano vendrían dentro de poco y Francis rodeaba la mansión inglesa inquietantemente. No dejaría que nadie arruinara su destino al precio que tuviera que pagar, pero por lo menos aquel día no tendría que lidiar con aquello.

Todo normal y de acuerdo a reglas establecidas, la comida que tuvieron, las presentaciones, hasta las vagas conversaciones de sus vidas personales, todo aquello casi le recordaba su niñez. Si, aquel chico que soñaba con salvar a todo el mundo, pero la verdad es que Arthur se había convertido en su mundo.

—¡Rode! ¡Ven a jugar conmigo! ¡Ven! ¡Es un honor el que tú juegues conmigo!—exigía el pequeño de ojos rojos.

El mayordomo suspiró. No recordaba que aquel chico tuviera esa actitud, tan arrogante, tan ególatra incluso. Lo sabía, era su mayordomo pero el menor de los Crowley era más calmado, más sumiso, pero no recordaba del todo su estancia con aquella familia a pesar de que ya eran cinco los años que llevaba sirviéndolos.

—¡Oye! ¡Tú!

—Soy tu hermana mayor pequeño mocoso, algo más de respeto ¿Bien? —inquirió la hermana dejando de lado toda su cortesía, aunque no tenía demasiada.

—Me voy a jugar con Rode…

—No le hagas nada…—miró desafiante la muchacha apretándole los cachetes, era un poco tarde para salir pero aquella parte de Londres era tranquila.

El chico le sacó la lengua a la joven mientras se retiraba, Kathleen tuvo que contener el impulso de darle los nudillos de su vida a ese crío, aunque tan crío no era.

En tanto, su hermano por así decirlo miraba cada rincón de aquel hermoso y antiguo salón.

—¿Es un piano? —dijo sorprendido Alfred.

—Sí, eso es…—la voz del inglés aún no demostraba seguridad a pesar del buen comportamiento que llevaba hasta ahora aquel chico que por desgracia era a quien hospedaría en su mansión.

El menor, según la edad que dio a Arthur claro está acaricio con sus dedos la fina madera barnizada, se sentía sólo al tacto, al ver el detalle que era un piano de calidad, no le cabía duda alguna de ello al estadounidense.

—¿Arthur? ¿Molestaría si te toco una canción?

—¿A mí? —ya, todo cambió allí, se volvió a poner a la defensiva de un momento a otro con una divagante sonrisa tomando asiento en uno de los tapizados sillones.

—Claro, también Roderich me enseñó a tocar violín, puedo hacerlo todo por y para ti… quiero dedicarte una melodía, espero y sea de tu agrado…—sonrió con sutileza acariciando nuevamente el piano con una coqueta mirada al inglés.

La chica, en tanto, sólo miraba y guardaba un pequeño silencio ante aquella controversial escena entre su prometido y su hermano, casi como si no le importara aquella insinuación a la que acudía el americano a través de la música. Era claro que no era simple respeto al británico pero la chica con la misma mirada de siempre lo dejaba pasar absolutamente todo, como si sólo fuera un espectador.

El inglés terminó accediendo mientras le pedía algunos bocadillos a Antonio, el español a diferencia del resto notaba que su maestro estaba peor que molesto, así que evitaba mucho diálogo con él o temas que fueran de temas empresariales en aquellos momentos a pesar de que era urgente la respuesta del caballero inglés en los próximos tratados con su principal empresa amiga.

Alfred tomó asiento corriendo y puso ambas manos cercana a los costados del piano y empezó a tocar cada tecla con sutileza hasta comenzar la canción, el sonido poco a poco envolvió el ambiente y el británico sentía un leve estremecimiento en todo su cuerpo.

Angustiante, triste, desgarradora, sin esperanzas, una canción que a cada sonido hacia eco en su mente de manera retorcida, parecía casi compuesta por un demonio con un triste final, por un ángel de alas rotas, por un pequeño niño que jamás conoció el amor. El sonido, la forma en que Alfred se movía armoniosamente con el sonido del piano hacia que el corazón del joven inglés comenzara a agitarse más rápido.

No podía dejar de mirar con deleite al menor, aquella melodía, tan cautivante, tan estremecedora ¿Dónde la había escuchado?

El chico toca las ultimas notas lento, dando a inferir que se acercaba el fin. Y con un acallado suspiro relaja las manos terminado de interpretar aquella pieza.

—¿Te gustó, Arthur?

El británico no se movía desde su sillón, nervioso, alterado. Jamás se sintió de esa manera. No dijo absolutamente nada pero el estadounidense sonrió dulcemente entendiendo su reacción, le había encantado, a su nueva manera quizá pero el Arthur que él conocía jamás se podría resistir a esa melodía.

—¡A mí me encantó! ¡Me casaría contigo si no fueras mi hermano! —dijo animada la muchacha con una gustosa sonrisa ante tal interpretación.

—¿Enserio? —rió con gracia— Yo teniendo un prometido como el tuyo querida hermana, no podría simplemente mirar a nadie más excepto a él…—una suave sonrisa fue lo que le dedicó aquel chico al británico al terminar con gentileza su frase.

Arthur por desgracia había captado la indirecta, la chica no decía nada, sólo ponía una cara media molesta. Los ojos azules del chico parecían querer devorarlo. No tenía duda alguna, el chico del cementerio y ese joven que acababa de interpretar una hermosa pero triste melodía en piano eran la misma persona, y por eso ambos…

Estaban obsesionados con él.

Ese chico era un enfermo, un maniático, pero de alguna manera se le había familiar, incluso, aunque la palabra le parecía repugnante en ese momento sentía como si muy en el fondo le era "querido".

Aquella enfermiza atracción que tenía el estadounidense hacia él por pocos segundos, cuando susurraba su nombre, "Arthur", o al haber escuchado aquella hermosa melodía ese sentimiento se hacía reciproco.

Casi sentía como si…como si quisiera estar entre sus brazos y abrazarlo con fuerza, sus ojos lo cautivaban, lo atraían al tiempo que tenía una extraña sensación y estremecimiento al observar su cuello, se relamía los labios sin poder evitarlo. ¡No entendía qué le sucedía! ¿Qué demonios pasaba?

Sus mejillas se tornaron de un suave color rojo al estar pensando todo aquello mientras los hermanos hablaban casualmente, le enfermaba, todo, realmente todo lo que tuviera que ver con Alfred Crowley ¡Alfred F. Jones! ¡Como se llamara! Todo, definitivamente todo acerca de él le enfermaba. No podía ser otra cosa.

No podía ser amor.

No podía ser deseo.

—Me…Me retiro…—dijo casi tragándose las palabras. Sin respirar, sin pausa.

No soportaba estar allí, necesita alejarse de ese chico, sus labios a medida que caminaba hasta su cuarto se fueron curvando hacia arriba en una demente sonrisa al tiempo que se sujetaba la cabeza con fuerza, volvía a dolerle, pero ahora todo su cuerpo sufría de un extraño resentimiento. Como si su propio ser estuviera rechazando su alma.

El tiempo pasó, estaba recostado en su cama tratando de tranquilizarse, mas no podía.

—A-Alfred…—dijo en un agónico gemido placentero retorciéndose bestialmente en la cama.

Se retorcía, suaves jadeos salían de su boca mientras su mano se dirigía a su pecho para oprimir su corazón que aún latía con fuerza, con intensidad. Pobre Arthur, estaba tan… ¿Vivo?

Sus ojos se abrieron y cerraron mientras escuchaba una y otra vez aquella triste melodía perforarle la cabeza, era una tortura y a pesar de esto comenzaba a reír sutilmente, a cada paso sentía como a su cuerpo le gustaba eso. Aquel dolor… ¿Se estaba volviendo loco? Él, Arthur Kirkland había perdido su sano juicio ¿En serio había pasado?

—No… ¡Nooo! —gritó en un desgarro realmente doloroso.

Su mayordomo, Antonio fue inmediatamente al escuchar el gritó de Arthur. Lo vio en su pieza pero ya estaba completamente normal mirando vagamente el techo con la ropa algo desarreglada para un caballero como era él.

Arthur decidió avisar con su mayordomo que no iba a bajar para comer. Todo el mundo lo hizo sin él y evitaron preguntarse. Horas después, cuando el norteamericano y su hermana estuvieron a solas en el gran salón se dedicaron a seguir conversando aparentando tranquilidad, pero no le resultaba al americano, era fatal en su ahora interpretación.

—¿Qué pasa hermano?

—Siento que me llama…mi señor…—abrió los ojos sorprendido.

Con vivacidad, excitado, ya habían pasado más de setenta años en que no escuchaba aquella agónica y suplicante llamada, tenía que atender, tenía que ir. No podía darse el lujo de defraudar a su ex-amante de esa manera.

—¿Le tocarás otra canción, Alfred? —rió con sutileza.

—Mejor que eso, pero iré más entrada la noche...sus suaves gemidos serán todos míos, tú sólo cuida de que Nathaniel no moleste tanto a Roderich… ni a otro humano de esta mansión.

Fue un susurro, bajó su voz en un acento poco tangible si se trataba de entender inglés. Era diferente al británico y al estadounidense también. La chiquilla en tanto rodó los ojos, se suponía que originalmente los verdaderos "Crowley" eran todos y cada uno de ellos de ojos verdes, pero aquel chico no pudo, no…no es que no pudiera, simplemente no quiso cambiar la originalidad de su mirada. Un rojo carmesí, pero su cuerpo y su pelo por obligación sí.

—Ah, por cierto, Francis está cerca de este lugar.

—No me incumbe hablar con él ahora… luego quizá, tengo algo que preguntarle acerca de mi querido vampiro…—rió el americano. —Sólo no quiero verlo tan cerca de Arthur por el momento.

La conversación terminó como si nunca hubiera existido, desapareciendo como el azúcar en el té del inglés, aquel que tenía sobre su velador.

Sin embargo...

Entrada la noche, cuando las estrellas brillaban con intensidad había un solo ser que no dormía. Sus pasos apenas se escucharon al entrar al elegante cuarto donde reposaba calmadamente el británico. No podía resistirse, simplemente no podía.

Necesitaba sentirlo, tocarlo, acariciarlo. Aquella piel, aquella voz, a pesar de estar distinto a como lo conocía el menor seguía obsesionado con él, completamente obsesionado. No podía detenerse.

Y simplemente, esa noche no lo haría.


Próximo capítulo: Your bed.


He aquí otro capítulo, espero les gustara ;D