2.- Mariam y Max.
Mariam escuchaba a Hilary hablar entretenidamente con otras chicas de su mismo salón, hablaban acerca de las temáticas de los últimos dos bailes de fin de cursos y se preguntaban qué organizarían ése año, cosa que le molesto, dado que estaban a medio curso a penas.
–De todos modos. –Siguió Hilary. –No sabría ni qué usar, y espero que ésta vez las chicas elijan.
–Tú todavía tienes la fantasía de invitar a Kai al baile.
–Nunca sabes cuándo te va a decir que sí.
–No lo sé, de todos modos escuché que le llama la atención Emily… y que Tyson te quiere invitar a ti.
Hilary se sonrojó ligeramente. –A Tyson no le interesa otra cosa que la comida.
–Te paso al costo la info.
Mariam suspiró tomando su lápiz para jugar con él en lo que llegaba el maestro, pero Hilary la ignoró y siguió hablando. –Bueno, de todos modos, ¿A quien invitarías tú?
–A Max, por supuesto. Está en el mismo salón que Kai.
–Es amigo suyo y de Tyson.
Mariam cerró el puño y el lápiz se partió por la mitad, asustando a Hilary y compañía. Pero sin hacer ningún otro aspaviento violento, miró el reloj y exclamó. –Se acabaron los quince minutos de tolerancia. –En seguida se levantó y se fue.
– ¿Lo diría por nosotras? –Preguntó Hilary con los ojos abiertos como platos.
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Iba caminando por los salones en construcción cuando lo vio, caminaba a toda prisa hacia las vigas y andamios como siguiendo algo en el suelo, y tras ver un brillo verde se dio cuenta de que perseguía a Draciel. Suspiró frustrada al verlo pero no pudo evitar caminar hacia donde estaba, dándose cuenta de que ahora subía por unas vigas para alcanzar su Blade. – ¡Max! –Exclamó ella, el chico volteó la cabeza con cuidado y abrazándose del andamio a su lado. – ¿Qué haces?
–Pregúntaselo a Draciel. –Mariam dio otro paso abriendo la boca para seguir hablando pero terminó soltando un grito al derrumbarse el suelo bajo sus pies. – ¡No, Mariam!
Max bajó a toda prisa del travesaño sobre el que estaba y bajó a ayudar a Mariam, que estaba sentada casi un piso abajo con la ropa llena de tierra. –No vengas, es peligroso.
–Tonterías. –Exclamó buscando la manera de bajar por los escombros que había dejado la chica a su paso. –No me voy a quedar de brazos cruzados, eres mi amiga.
–Te vas a lastimar.
Max llegó a su lado y trató de ayudarla a ponerse de pie, sin embargo, Mariam sintió una punzada de dolor y se dio cuenta de que se había torcido el tobillo. – ¿Estás bien?
–No creo, duele.
–Ya veo…
–Voy a llamar a Julia. –Dijo sacando el teléfono (milagrosamente intacto) de su bolsillo y confirmando la señal. –Pediré ayuda.
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Julia, a media clase de matemáticas vio el teléfono brillar en su mochila y sonrió. Tenía la extraña buena suerte de que siempre en clase de matemáticas solían llegarle mensajes, entrarle llamadas o ir a buscarla por cosas "Urgentes", ahora su suerte solo se confirmaba con la llamada de Mariam.
– ¿Profesor?
– ¿Ahora quién es?
–Mariam, nunca me llama.
–Si en los primeros cinco minutos no es algo importante cuelgue.
–Sí. –Julia tomó el teléfono y salió de su salón a la puerta. – ¿Diga?
–Juls, ¿Recuerdas la zona vieja de la escuela?
– ¿Donde decían que había un sótano? Por supuesto, ¿Qué pasa?
–Me caí. Y Max conmigo.
–O por dios, ¿están bien?
–Sí, me torcí el tobillo. Es todo.
–Bien, buscaré ayuda e iré por ustedes.
–Genial, gracias.
Julia colgó entrando al salón y tomó sus cosas. – ¿Qué pasa señorita?
–Mariam encontró por accidente los viejos sótanos de la escuela.
– ¿Y eso en qué amerita que usted salga de clase?
–Que cayó casi de un piso de altura junto con otro amigo, tengo que ayudar. Kai, Ray, Tyson, vengan.
–Sí. –Exclamaron los tres levantándose.
–Profesor, alerte al director.
–Sí. –Dijo atarantado por la noticia y viendo cómo sus estudiantes se alejaban. De camino al lugar pasaron por el salón en el que estudiaba Mariah, que al verlos se levantó a toda prisa y comenzó a correr a la par de Ray.
– ¿Qué pasa Byakko?
–Son Mariam y Max, están en apuros.
–Vamos.
– ¿No pierdes clase?
–No, para nada.
Llegaron al lugar de los hechos y encontraron a Mariam sentada al lado de Max, ambos mirando a lados contrarios.
– ¡Max ¿Estás bien?! –Gritó Tyson llegando al borde del agujero.
–Sí. Todo bien.
–Voy a bajar. –Advirtió Ray. –Retrocede un poco. –Max se puso de pie y retrocedió unos pasos, dejándole espacio a Ray para el grácil aterrizaje que logró. –Con permiso –Dijo Ray levantando a Mariam en brazos. –solo espero que no peses tanto. –Dicho esto tomó vuelo unos pasos y saltó hacia afuera. Por otro lado Kai se acostó boca abajo con la cadera en el borde del hueco para poder bajar su torso.
–Tyson, Mariah, sosténganme las piernas. ¡Max! Salta y agarra mis manos.
–Pero.
– ¡Que saltes, te digo!
Max asintió tomando vuelo y trató varias veces de alcanzar a Kai, en vano. –Espera. Yo puedo ayudarlo. –Dijo Ray bajando de nuevo. –Me voy a poner aquí. –Dijo arrodillándose en una rodilla justo debajo de Kai. –Cuando llegues aquí usa mi pierna para saltar.
–Te voy a lastimar.
–No te preocupes. Practico kung fu, peores golpes me he dado.
– ¿Seguro?
–Completamente, ve.
Max asintió tomando espacio para saltar y ésta vez alcanzó la mano de Kai, que lo ayudó a subir con esfuerzo. Ray salió del sótano lleno de tierra pero intacto (casi).
Max miró a Mariam y luego de inspeccionar la herida, la tomó en brazos y comenzó a caminar. – ¡Espera! ¿Qué crees que haces?
–Te llevo a la enfermería. Chicos, nos vemos luego.
–Sí. Hasta luego. –Dijo Tyson viendo a Max alejarse, algo golpeó contra su zapato y descubrió a Draciel dando vueltas a su alrededor, por lo que lo levantó y lo guardó para dárselo a su amigo en otro momento.
La enfermera atendió a Mariam vendándole el tobillo tras aplicarle una pomada que se calentó conforme restregaba el talón de la chica. Al terminar les pidió que esperaran en la recepción para poder tomarles los datos y excusarlos de las clases del día. –Te llevaré a tu casa. –Dijo Max en tono caballeroso cuando les permitieron irse. Pero Mariam hizo una mueca y miró a Max.
–No quiero irme a casa aún. No quiero llegar y que mis padres vean que me lastimé.
–Bueno… –Dijo Max contrariado. – ¿Entonces qué quieres hacer?
–No sé, lo que sea.
–Te invito un helado.
– ¿Un helado?... bueno, suena bien. Un helado entonces.
–Ven, conozco una heladería que te va a gustar.
Caminaron un par de calles lejos de la escuela donde encontraron una heladería preciosa, con algunas mesas de sombrilla afuera y otras más adentro, a esa hora solo había unas cuantas personas y ellos ocuparon una mesita afuera. Max le entregó un menú con los sabores de helados. –Mi papá solía traerme cuando era niño, venden unos helados riquísimos y son como… tradicionales o algo así, los hacen con fruta natural y lo muelen en una máquina.
– ¿Cómo?
–Te pondré un ejemplo. Puedes hacer mezclas de sabores. Yo siempre pido de galleta oreo con durazno, tienen todo congelado y usan una máquina especial para molerlo todo junto y sale como helado. –Ante la cara de asco que puso Mariam, Max sonrió. –Sí, yo también pensé algo así. Pero se convirtió en mi heladería favorita. Incluso una vez mi mamá vino conmigo y a ella le encantó el de zarzamora con durazno.
–Bien… ¿Alguna recomendación? –Dijo mirando todos los sabores que habían.
–Pues no, puedes pedir lo que quieras, aunque suene raro.
–Bueno… pídeme uno de… fresa… ¿Cuántos sabores se puede?
Max soltó unas risitas. –Tú pide.
–Fresa, con durazno y galleta.
–Bien, te lo traigo en seguida. –Max entró a la heladería y pidió los helados, enseguida Mariam escuchó un ruido metálico y supuso que era la máquina de la que hablaba Max, quien salió sonriendo. –Se me olvidó preguntarte. ¿Azúcar normal o de dieta?
–Normal, mucha.
Al cabo de cinco minutos, Max salió con los dos helados servidos en vasos de plástico y depositó una cuchara en cada uno. –Provecho.
– ¿Cuánto te voy a deber de…?
–Nada, yo quiero invitarte el helado. Yo te metí en problemas, te saqué de la escuela y ahora te traje a mi heladería favorita, déjame pagar el helado también. Como recompensa a cambio de que por mi culpa te torciste el tobillo.
– ¿Por qué me trajiste a tu heladería favorita? No creo que sea la más cercana al instituto, ni la más barata. –Recalcó mirando el tamaño del helado de cada uno. El de ella con chocolate extra arriba. – ¿Y esto? –Dijo raspando la punta con su cuchara.
– ¿No te gusta el chocolate? –Preguntó apenado haciendo ademán de levantarse.
–No es eso, me encanta. Solo digo… ¿Por qué aquí?
–Ah… –Dijo sentándose y meditando aquello. –Pues… No lo sé. Quería que conocieras mi heladería favorita.
– ¿Ah sí? ¿Pero por qué?
–No lo sé… Supongo que… –Se sonrojó un poco. –Quería que conocieras este lugar, porque es algo que me gusta y me gusta compartir contigo éste tipo de cosas.
– ¿Vienes a menudo aquí?
–A veces, cuando quiero pensar o alejarme de las cosas que me estresan.
– ¿Con tus amigos?
–No, usualmente vengo solo o con mi papá. Cuando mi mamá está de vacaciones aquí, vengo con ella.
–Ya veo.
Ambos se concentraron en sus helados, que comenzaban a derretirse por el calor de la tarde, no se les ocurría ningún tema sobre el que pudieran charlar sin sonar comprometedoramente, como si temieran arruinar la perfección del momento en compañía del otro. Fue entonces que a Max se le ocurrió que podía tantear el terreno con indirectas. –Escuché que el baile de fin de cursos será de disfraces.
–No sé, no le presto atención a las trivialidades en clases.
Max rio. –Es cierto. Escuché a Ale decirlo mientras charlaba con Julia.
– ¿Con Julia Ale?
–Sí. En la cafetería.
–Eso tiene más sentido.
–Sí… creo que las chicas eligen entonces…
–Ale quiere invitarte. –Dijo Mariam molesta por lo que Max se sonrojó.
–Sí, pero yo no quiero ir con ella.
–Supongo que iras con tus amigos, como cada vez.
–No lo sé… estoy esperando que una chica en específico me invite.
–No lo hará. Al menos hasta que hagan oficial que las chicas eligen.
–Ah.
Ambos se quedaron callados otro rato comiéndose sus helados hasta que Mariam levantó la cabeza decidida. –Max necesito preguntarte algo. Principalmente porque no me queda claro el por qué me invitaste aquí. ¿Esto es una cita?
Max parpadeó varias veces sorprendido por la pregunta. –Pues…
–Porque si lo es dímelo.
–Te traje a mi heladería favorita. Porque quería compartirla contigo. Supongo que te dejo elegir si es una cita o no. –Mariam asintió asimilando aquellas palabras y comiendo lo que le quedaba de helado. –Aunque yo si querría que lo fuera.
–Sí, yo también. –Ambos sonrieron. –Aunque a decir verdad me aburriría mucho en una segunda cita contigo así sin más.
– ¿A qué te refieres? –Respondió Max claramente confundido.
–No se me dan las citas.
– ¿Ah no?
–No. –Mariam volteó la cabeza masticando la punta de su cuchara.
–Supongo que entonces no te debo pedir una segunda. –Max aún trataba de asimilar las palabras de Mariam sin entender en realidad su significado.
–Sí y no.
–No entiendo. ¿Me darías una pista?
Mariam abrió la boca para hablar pero en eso llegó corriendo Tyson agitando a Draciel en la mano. – ¡Max! Dejaste esto en la escuela.
–Tyson gracias. –Max se levantó y tomó el Blade.
– ¿Estoy interrumpiendo? De todos modos ya me voy, quiero ir a casa a comer.
Max miró en su teléfono la hora, sorprendido. –"Ya salimos" –Dijo para Mariam haciendo énfasis en las comillas.
–Será mejor que me valla a casa también. –Dijo la chica.
–Vamos, te acompaño, no quiero que te pase nada.
–Gracias Max, pero tengo que tomar un bus.
–No te preocupes. Tengo tiempo.
Tyson sonrió de oreja a oreja. –Bien muchachos, los dejo solos entonces. Hasta mañana Max. Adiós Mariam.
–Hasta luego Tyson.
Mariam y Max hicieron el camino hasta la casa de Mariam en silencio total, y al bajarse del camión y llegar a casa de la chica ella soltó. –Te invito a comer.
–Pero…
–Tú me invitaste la nieve, te invito a comer.
– ¿Segura? ¿No hay problema?
–No, ninguno.
Ambos entraron a la casa de Mariam, donde ella presentó a Max como su cita, cosa que hizo que Max se sonrojara hasta las orejas y se pusiera nervioso, pero todos parecieron tomárselo muy normal, por lo que se relajó.
– ¿No tienes que avisar a tu casa, ni nada? –Preguntó Joseph mirando a Max mientras acomodaba un plato extra en la mesa.
–Ah, pues…
–Ven. –Dijo jalándolo de la muñeca. –Te mostraré el teléfono.
–Gracias. –Max marcó a su casa. –Hola papá… todo bien. Oye, Mariam tuvo un accidente hoy y la acompañé a su casa… está bien papá. No te preocupes… Sí… El caso es que me invitó a comer y… Sí… Haré la tarea, lo prometo… Ray me está mandando un mensaje con los deberes de hoy… Te veré en la tarde papá… Gracias.
– ¿Todo en orden? –Quiso saber Mariam.
–Perfectamente.
–Espero te gusten las albóndigas.
– ¿Bromeas? Me encantan. –Dijo con una sonrisa enorme.
Durante la comida, Max charló alegremente con todos pero sin profundizar demasiado en las charlas, vagando de un tema a otro esporádicamente.
El Beyblade fue el tema principal de conversación hasta que terminaron de comer, donde Max se ofreció a lavar los platos evitando a toda cosa que se los quitaran de las manos para poder hacerlo sin problemas. Al final accedió a que Joseph enjuagara y Mariam secara, pero únicamente porque la chica podía estar sentada al secar los platos.
–Espero que no te hayan incomodado mucho. –Dijo Joseph sonriente.
–Para nada, son buenas personas… Ray me mandó un mensaje con la tarea. –Dijo mirando a Mariam.
–Podemos hacerlas en la sala, ¿No te importaría ayudarme?
–Para nada, lo haré con gusto. –Ambos sonrieron y Max se secó las manos, después le ofreció una a Joseph. –Ha sido genial conocerte.
–Igualmente, voy a hacer mis tareas para salir un rato.
Mariam y Max se apropiaron de la sala y terminaron la tarea más pronto de lo que pensaban, sin embargo se hizo tarde por estar platicando. Mariam miró el reloj por accidente y se dio cuenta de lo tarde que era.
– ¡Cielos! Será mejor que me valla.
– ¿Sí sabrás regresarte?
–Sí, hay una ruta que me deja en mi casa.
–Genial. Permíteme. –Dijo jalando el teléfono de Max de su mano. Grabó su número y más que pedir, ordenó. –Cuando llegues a tu casa me marcas para saber que estás bien, no quiero que me tengas preocupada por nada.
–Lo prometo. –En la puerta, Max ojeó las calles para grabárselas bien y luego encaró a Mariam. –Por cierto, no me explicaste lo de las citas.
–Bien, déjame dejártelo bien claro. Las citas son para los amigos que buscan conocerse mejor, y tú y yo nos conocemos bien.
–Aja. –Dijo sin entender aún, por lo que Mariam sonrió de tener la oportunidad de tomar acción respecto a algo que había querido hacer desde antes de llegar a la heladería.
Tomó el cuello de Max y lo jaló hacia ella para besarlo de una manera apasionada pero tierna, quedándose ambos sin aliento unos instantes después de separarse. –Me gustas mucho Max… y si estás esperando que te invite al baile olvídalo, invítame tú a mí.
Max sonrió abrazando la cintura de Mariam y la besó de nuevo. – ¿Irías conmigo?
–Sí. Pero no en una cita.
–Por supuesto que no. Irías como mi novia.
–Ahora entiendes mi punto.
–No me quedaba claro.
–Se notaba. –Mariam se abrazó de la espalda de Max y recargó su cabeza sobre el hombro del chico suspirando. No estando seguros de cuanto tiempo habían pasado así, Max levantó la cabeza y suspiró.
– ¿Quieres que te acompañe mañana a la escuela?
– ¿Qué?
–Ya sabes, no quiero dejar que cargues tu mochila con ése pie lastimado.
–Pero vas a venir hasta acá desde tu casa. Además de que te vas a tener que levantar más temprano y… –Max la besó esperando poder interrumpirla con eso y consiguiéndolo.
–No importa, lo hago. Solo si tú quieres.
–Claro, ¿Por qué no?
–Bien, entonces mañana paso por ti.
–Genial.
Max caminó hacia la parada del camión, a la vuelta de la casa de Mariam y una vez lejos de la vista de la chica comenzó a dar saltos y giros en el aire hasta llegar a la esquina en la que pasaba el camión, completamente contento de saber que sus sentimientos por Mariam eran correspondidos.
Por una parte era extraño dado que Mariam nunca mostraba mucho sus sentimientos, pero por otro lado estaba feliz y no iba a contradecir a su… – ¡Es mi novia, ella aceptó ser mi novia! –Gritó eufórico cuando pasó una camioneta grande para silenciar su grito.
–Una chica tan linda no debería andar sola. Nunca se sabe qué clase de peligros abundan en las frías noches de…
– ¿Verano? –Interrumpió Mathilda encarando a su amigo. Quien sonrió sarcástico.
–Ayer estaba haciendo frío. –Reclamó en tono bromista, pero luego observó a su amiga y sonriendo con ternura y embeleso, murmuró. –Te ves muy hermosa Mathilda.
–Tú te ves más guapo… digo muy, muy guapo. –Mathilda se sonrojó hasta las orejas y le dio la espalda a Miguel, quien se sonrojó un poco menos que ella.
