Disclaimer: Los personajes de Frozen no me pertenecen.
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Los príncipes de las Islas del Sur
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— ¿Puedes verlo, Hermano menor? Allá en el horizonte. Es el palacio de hielo de la Bruja de las Nieves.
Hans corrió hacia la claraboya y se sujetó al marco con ambas manos, mirando de inmediato en la dirección que su hermano mayor señalaba.
—Yo no veo nada, Halden— protestó mientras inflaba las mejillas.
—Tal vez necesitas acercarte más— comentó su otro hermano, sonriendo de manera afable, cosa que no le agradó a Hans. Ya era demasiado extraño que los príncipes gemelos, Halden y Hilden, estuvieran hablándole; aquella sonrisa no podía significar nada bueno para él— ¡Oh, mira! ¡Es ella!
— ¡¿Dónde?!— se aventuró el pequeño príncipe, dejando que la curiosidad le ganara a la desconfianza; se asomó mucho más a la ventanilla, sacando casi la mitad de su cuerpo fuera. Los gemelos se miraron, cómplices, y antes de que el más pequeño de la familia pudiera replicar nuevamente sintió el empujón en su espalda y su cuerpo cayendo al vacío.
— ¡Hans!
Alguien sujetó su mano justo a tiempo, aunque eso no impidió que se golpeara contra el casco del barco por el efecto péndulo, aturdiéndose levemente.
— ¡Kristoff!— exclamó con alivio al alzar la vista y ver a su salvador sujetándolo.
— ¡Sostente fuerte! ¡Te ayudaré a sub…! ¡Ah!— Hans sintió como caía otra vez, llevándose consigo al otro niño; los dos golpearon de inmediato contra el agua, saliendo a flote rápidamente mientras daban una profunda y desesperada bocanada de aire— ¡Hilden! ¡Se lo diré al Rey y la Reina!— exclamó el pequeño Kristoff, dando una palmada a la superficie helada mientras arriba del barco los gemelos reían a carcajadas. Miró a Hans y lo ayudó a flotar hasta una de las cuerdas que caía de la Embarcación Real— ¿Estás bien?
—El agua está helada— declaró el niño, temblando de pies a cabeza— ¿Siempre es así por aquí?
Kristoff sonrió y asintió; el cabello rubio se le pegaba a la frente y varias gotas caían por su cara rechoncha y sonrosada.
—Pronto vendrán a rescatarnos.
—Sí; gracias, hermano— Hans le regresó la sonrisa y procuró sostenerse con firmeza de las cuerdas.
Kristoff Björman no era su hermano de sangre, pero también era un príncipe de las Islas del Sur. Hans sabía que él era un huérfano cuando el Rey y la Reina lo adoptaron luego de que lo salvara de morir ahogado.
Comenzó cuando una de sus embarcaciones había tenido que anclar de emergencia cerca del puerto del Reino de Arendelle casi dos años atrás, un lugar al que nadie tenía acceso; allí vivía Kristoff, solo, trabajando como vendedor de hielo en un reino congelado. Cuando Franz y Helmet, noveno y décimo príncipe respectivamente, habían engañado a Hans para que caminara sobre hielo delgado no contaban con que ninguno sabía nadar, y fue allí cuando Kristoff lo salvó por primera vez, sin saber que ellos eran forasteros ni mucho menos miembros de la Realeza. El Rey y la Reina, conmovidos por su nobleza, habían decidido acogerlo como uno más, rescatándolo del Reino maldito de Arendelle y de la vida de huérfano, dándole el título de Décimo Cuarto Príncipe de las Islas del Sur, aunque nunca podría aspirar a la Corona por su falta de Sangre Real, motivo por el cual los otros doce hermanos mayores que se había ganado no se metían con él, pero sí con el pequeño Hans, el único que no actuaba como si fuera invisible, su mejor amigo al que quería como a un verdadero hermano mayor, a pesar de que no llevaban la misma sangre.
—Esos dos pagarán por esto— siseó, temblando ligeramente mientras todos en el barco comenzaban a gritar y a moverse para rescatarlos.
—Haremos que se arrepientan— corroboró Hans Westergard, apretando los dientes para no temblar; de pronto, abrió los ojos con verdadera sorpresa, señalando sobre la cabeza de Kristoff— ¡Kristoff, mira! ¡Es el palacio de hielo!
A lo lejos, detrás de unas colinas nevadas, podían ver la punta de una torre de hielo, brillando bajo los últimos rayos de la tarde. Kristoff giró la vista hacia allí y observó la misma imagen, abstraído.
— ¿Crees que ella esté allí?— volvió a hablar Hans, sin poder evitar el temblor en sus labios, producto del agua helada.
— ¿Quién?
—La Bruja de la Nieves, la que vive en el Palacio de Hielo y puede congelarlo todo a su paso. Tú viviste en Arendelle antes de que se congelara, debes conocer a la bruja…
Kristoff se quedó callado, sopesando su respuesta; en ese momento sintieron como alguien tiraba de la cuerda para subirlos nuevamente a bordo, y los dos se olvidaron de la charla mientras los sirvientes se apresuraban a cubrirlos y calentar sus cuerpos.
Acusar a sus hermanos mayores con el Rey y la Reina y ver como eran castigados fue lo más divertido de todo el viaje.
—Mañana al fin llegaremos a Rausdall— comentó Kristoff mientras le tendía una zanahoria a su reno Sven para luego darle un mordisco, haciendo que Hans frunciera el ceño.
—Eso es asqueroso— se quejó, terminando de cepillar el lomo de su potrillo Sitron— Oye, ¿no tienes miedo?
— ¿Por qué?— Kristoff compartió otra zanahoria con Sven y miró a su hermano adoptivo con intriga— Él se refiere a que Rausdall está muy cerca de Arendelle, Kristoff— dijo, torciendo los labios y cambiando de voz— Oh, tienes razón, Sven— se contestó a si mismo, haciendo reír a Hans— No, no tengo miedo. Todos mis amigos viven cerca de Arendelle, así que será bueno poder volver a verlos.
—Ah, esos misteriosos amigos tuyos que jamás le presentaste a la familia; los cuales creo que sólo existen en tu cabeza— bufó el otro niño, recargando los codos sobre el lomo de su potrillo para mirar a Kristoff— ¿Sabías que dicen que el bosque que rodea Arendelle está atestado de criaturas mágicas? Como la Bruja de las Nieves.
—Ella no es una bruja.
— ¿Y cómo lo sabes? ¿Acaso la has visto?
—Pues claro que…no— contestó tras vacilar durante un segundo— Jamás la he visto en mi vida.
—Jurgen dice que la bruja congeló a los reyes y a las princesas, y que después convirtió todo el castillo en hielo; por eso cerraron las puertas de Arendelle, para que nunca pueda escapar, y para que nadie intente hacerle daño. Porque dicen que es tan malvada y poderosa que podría conquistar al mundo entero si escapa de su castillo.
—Jurgen tiene veintitrés años y sigue inventando historias. Ella no es mala.
— ¿Ella?— el príncipe dejó de acariciar a su potrillo y miró a su hermano adoptivo fijamente— ¿Conoces a la bruja? ¡Habla, Kristoff!
El niño de cabello rubio balbuceó, frunciendo el ceño.
—N-No...— murmuró el más joven con algo de temor— Yo solo sé que es alguien que hecho algo muy malo… Y buscó la ayuda de mis amigos porque había congelado el corazón del Rey, pero nadie podía ayudarlo ya… Y escuché a Harold, Haines y Jurgen hablar sobre la posibilidad de que las Islas del Sur se apoderara del Reino; ellos saben que el Rey ha muerto.
— ¿Tercero, Cuarto y Quinto dijeron eso?— inquirió Hans, refiriéndose a sus hermanos por su lugar en la línea sucesoria; Kristoff asintió.
—Creo que visitar a la familia de Rausdall es sólo una excusa para buscar la forma de atacar Arendelle.
El pequeño príncipe torció los labios y se recargó sobre Sitron, mirando a Kristoff.
— ¿Padre y Madre lo saben?
—Lo dudo. El Rey le teme a los poderes de la princesa.
— ¿Y quién no?— bufó el niño de cabellera pelirroja, volviendo a concentrarse en cepillar el lomo de su potrillo— Kristoff... Mejor no le digamos a nadie lo que sabes, ¿está bien?
— ¿Por qué?
—Esa es información muy valiosa, y si los demás la descubren pueden usarla a su favor, ¿no crees?
Kristoff entrecerró los brillantes ojos color miel y le lanzó una mirada suspicaz.
— ¿Sigues con la idea de quitarle la corona a tus doce hermanos?
—No se quita lo que por derecho te pertenece— Hans se encogió de hombros y luego frunció el ceño— ¿Acaso olvidaste lo que me dijiste la primer noche que pasaste en el castillo?— inquirió, escéptico. El otro niño bajó la cabeza y susurró entre dientes— ¿Cómo dices?
Kristoff suspiró, abatido, y volvió a alzar la vista hacia su hermano.
—Que yo siempre te apoyaría cada vez que me necesitaras, sin importar dónde, cómo ni cuándo— le dijo, resignado.
— ¿Porque...?
—Eso es lo que hacen los hermanos— suspiró una vez más— Está bien, cuenta conmigo para tu plan. Sea lo que sea.
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—Será divertido— le sonrió Halden, terminando de hacer el nudo.
—Sí; no tienes de qué preocuparte, Hans— secundó Hilden, sentando a su hermano menor sobre las tablas del trineo— Verás que vas a divertirte.
—Oigan, no estoy muy seguro de que esto sea…
— ¡Tú cállate, falso príncipe!— Kristoff frunció el ceño, pero calló.
Hans miró a sus hermanos y frunció el ceño también.
— ¿Si es tan divertido por qué no lo hacen ustedes?— cuestionó mientras Hilden ataba su muñeca al resto de la cuerda.
—Porque será más divertido verte a ti— declaró Halden; Hans abrió los labios para protestar, entonces su hermano se quitó un guante y alzó una mano, golpeando al caballo con fuerza; el animal relinchó con brío, comenzando a correr arrastrando el trineo de Hans con él arriba a toda velocidad hacia el bosque mientras sus hermanos reían a carcajadas, hasta que de pronto ya no pudo oírlos.
Hans se aferró al trineo con fuerza, cerrando los ojos y bajando la cabeza. Nerón era el caballo preferido de su hermano Henrick, el segundo al trono y Almirante en Jefe de la marina de las Islas del Sur, por tanto era un caballo de guerra entrenado para correr por el campo de batalla, rápido como el viento, sin detenerse más que con una palabra clave, una palabra que Hans no recordaba; por eso en sólo cuestión de minutos se había alejado demasiado de los límites de Rausdall. La nieve se había vuelto más intensa, al igual que el frío, pero el caballo de Hendrick seguía corriendo sin que él pudiera hacer nada.
De repente abrió los ojos con terror, dándose cuenta de que había atravesado los límites del Bosque Prohibido.
— ¡No! ¡Caballo tonto, detente! ¡Ayuda! ¡Ayuda!— comenzó a gritar con desesperación— ¡Kristoff!— Nerón siguió corriendo tan rápido como una centella. Aterrado, Hans volvió a cerrar los ojos; entonces recordó la navaja que siempre llevaba en su bota desde que sus hermanos habían comenzado meterlo en aprietos como ese solo por diversión. Juntó coraje y soltó una mano para buscar dentro de la pantorrilla de cuero; sacó la pequeña navaja y apretando los dientes se infundió el valor necesario para cortar la soga que ataba su brazo. Nerón cambió de trayectoria y Hans sintió que su cuerpo se elevaba en el aire; cerró los ojos y esperó el golpe del impacto, pero en vez de eso sintió un colchón de fría nieve suavizar su aterrizaje.
— ¡Aaahhh!— gritó antes de que su cara se hundiera en la helada masa blanca y su cabeza golpeara el tronco de un árbol, causando que otra capa de nieve le cayera encima— ¡Maldita sea!— gritó, intentando levantarse, pero al hacerlo otra carga de nieve le cayó en la cabeza, hundiendo su cuerpo hasta que solo las puntas de sus botas quedaron en la superficie— ¡Ah! ¡Madre y Padre se enterarán de esto!— refunfuñó solo, quitándose la nieve de encima a manotazos— ¡Estúpidos hermanos, estúpido Nerón y estúpida nieve! ¡Ah!— su pie se hundió en el suelo congelado, haciéndole caer y golpearse el rostro con una rama.
Hans se reincorporó como pudo e intentó seguir avanzando, hasta que el sonido de una vara quebrándose lo detuvo. Volteó y le pareció ver a alguien escondiéndose tras un tronco congelado, cosa que le hizo dar un respingo y retroceder, temeroso.
— ¡¿Quién está ahí?!— demandó saber, tomando otra vara para protegerse— ¡Sé que está ahí! ¡Salga!
Vio que algo se movía y retrocedió, resbalándose y cayendo una vez más mientras soltaba otro alarido de dolor.
— ¿Estás bien?
Hans abrió los ojos y levantó la cabeza con curiosidad y algo de desconfianza, pero no vio nada más que el bosque blanco.
— ¿Quién eres? ¡Sal adónde pueda verte!— gritó, parándose torpemente sobre la nieve; escuchó un suspiro ahogado y el sonido de otra ramita quebrándose, girando rápidamente la cabeza hacia un lado, donde la vio. La niña estaba apenas asomada tras el tronco de un pino; desde su posición Hans sólo pudo notar el largo cabello rubio, casi blanco, trenzado sobre uno de sus hombros, su pálida piel y los enormes y curiosos ojos claros que lo miraban con sorpresa; la chiquilla era pequeña, tal vez más joven que él, y pálida como la nieve; vestía un extraño vestido que parecía hecho con miles de diminutos cristales, y apenas la vio Hans se sintió hipnotizado por sus bellos ojos azules, pero a su vez sintió un miedo instintivo recorrerle la espina— ¿E-Eres la Bruja de las Nieves?— le soltó, haciéndose hacia atrás hasta que su espalda chocó contra el tronco de otro árbol.
— ¡Yo no soy una bruja!— replicó ella, dando un furiso paso hacia adelante y haciendo que Hans volviera a caer hacia atrás por la impresión; casi de inmediato, la niña regresó a su escondite— ¡L-Lo siento!— exclamó, horrorizada y al borde de las lágrimas.
El príncipe de las Islas del Sur se levantó de un salto y sacudió la nieve de sus ropas con aires de autosuficiencia.
—No te preocupes, niña. Solo fue un acto reflejo por mi entrenamiento de príncipe— aclaró, inflando el pecho.
— ¿Entonces no te hice daño?— preguntó, temerosa. Hans frunció las cejas pelirrojas de forma inquisitiva y la miró.
— ¡Claro que no! Soy un príncipe. Los príncipes somos muy fuertes— contestó, dándose importancia— Por cierto, ¿quién eres tú, plebeya?
— ¿Yo? Tú eres el que irrumpió en mi bosque. Tú debes presentarte primero.
— ¿Tu bosque? Eso no es cierto, niña tonta. ¡Yo soy el Príncipe Hans, Décimo Tercer heredero a la Corona de las Islas del Sur, y puedo estar donde me plazca!
— ¡Yo no soy tonta!— protestó la pequeña— ¡Tú eres el tonto!
— ¡Los príncipes no son tontos, son valientes!— refutó, enfurruñado.
La niña volvió a cubrirse tras su árbol de inmediato, mostrándose tan renuente como al principio, mientras Hans la observaba con renovada curiosidad.
—De... ¿De verdad eres un príncipe?— preguntó al cabo de unos segundos, algo indecisa.
—Pues claro— respondió Hans, orgulloso.
Ella asintió bajando la mirada y cerró las palmas sobre el tronco congelado.
—No sientas... No sientas...— murmuró con voz apenas audible, logrando que Hans volviera a mirarla con curiosidad.
— ¿Que no sienta qué?— quiso saber, intrigado, mientras daba un paso hacia ella. La niña se alejó y lo miró, sorprendida.
— ¿No me tienes miedo?— preguntó en un hilo de voz. Hans parpadeó, anonadado.
— ¿Por qué te tendría miedo?— inquirió, curioso— No pareces peligrosa. Y si no eres la bruja...
—No soy una bruja— reiteró con rapidez, inflando las mejillas.
El príncipe torció los labios y entornó la mirada, receloso.
— ¿Y cómo te llamas, niña?— exigió saber, dejando toda cortesía de lado.
—Eh... Elsa— contestó tras unos segundos de vacilación, jugando nerviosamente con su trenza.
— ¿Elsa? Pues es un...
— ¡N-No te acerques!— le gritó, poniendo las manos delante de su cuerpo, con gesto suplicante, al verlo extender su mano hacia ella— Por favor, Príncipe Hans. No se acerque más. No quiero lastimarlo…
—No vas a lastimarme— dijo él, fingiendo el valor que no tenía; siguió avanzando lentamente hacia ella, y cuando estuvo lo suficientemente cerca estiró una mano y tocó la punta de su trenza con los dedos. Elsa tragó duro y cerró los ojos, haciendo que Hans se envalentonara todavía más— Tu cabello es extraño... Se siente muy frío. Me gusta.
La niña se sonrojó y dio un paso hacia atrás, nerviosa. Hans soltó su cabello y alzó la vista al cielo, frunciendo el ceño.
—Diablos... Está nevando— gruñó, torciendo la nariz.
—D-Debes irte— dijo Elsa, de nuevo en un hilo de voz, como si no tuviera más aire en sus pulmones.
—Sí, creo que tienes razón— concordó Hans— Debo ir a Rausdall. Pero no sé bien dónde estoy.
—Estás en las afueras de Arendelle.
— ¿Arendelle? ¿El Reino Embrujado?— preguntó, ligeramente temeroso— ¿Y tú por qué estás aquí? ¿Vives en el bosque?
Elsa separó los labios para decir algo, pero se vio interrumpida de pronto por unos gritos inesperados:
— ¡Elsa, Elsa! ¡Ya encontré mi nariz!
—Están buscándote— dijo Hans, alzando la mirada hacia el bosque.
Elsa pasó su peso de un pie a otro con nerviosismo.
— ¡Elsa, Elsa! ¡Están cayendo bebés copos de nieve!
— ¡Tienes que irte!— exclamó la niña, empujándolo por la espalda a través de los árboles— Sigue derecho y encontrarás la salida del bosque. Y ya no regreses— ordenó, temerosa.
—Pero, ¿qué pasará contigo?— cueationó Hans, dejándose guiar— Ha comenzado a nevar. ¡La bruja debe estar cerca!
— ¡Estaré bien!— se apresuró a aclarar la niña— Ella no es mala...
— ¡¿La conoces?!
— ¡Sí! Digo, ¡no! ¡Váyase, por favor!
— ¡Elsa! ¡¿Estamos jugando a las escondidas otra vez?! ¡Elsaaa!
—Oye, no puedes quedarte sola aquí. ¡Este lugar es peligroso!
—Estaré bien. Tienes que irte.
—Pero...
— ¡Vete!
Hans sintió como era empujado con fuerza por la espalda, y luego su rostro golpeó contra la tierra seca. Cuando Hans levantó el rostro y miró hacia atrás notó que solo había nieve al otro lado del bosque, y que Elsa no había salido del bosque nevado.
—Esta bien, me voy— murmuró, sacudiéndose la ropa— Pero volveré para buscar a la bruja.
No esperó que ella respondiera. Recogiendo todos los retazos de su dignidad se dio la vuelta y siguió el sendero con paso solemne, intentando disimular el hecho de que no sabía hacia dónde debía ir.
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El pequeño Hans suspiró y desvió la vista más allá de los terrenos del Palacio de Rausdall, perdiéndola en las colinas nevadas que se erguían detrás del Bosque Prohibido, detrás de las cuales se encontraba Arendelle.
— ¿Sabían que nunca deja de nevar al otro lado de la montaña?— comentó Helmet, el décimo príncipe, encargado de cuidarlos ése día, mientras se recargaba contra una de las columnas y observaba un viejo libro con aires indiferentes; Kristoff no le prestó atención, dedicándose a compartir una zanahoria con su pequeño reno Sven, pero Hans se giró a verlo con intriga— Dicen que la bruja lo congela todo a su paso sólo con sus manos— el príncipe adolescente rió de lado— Casi mata a nuestros hermanos.
— ¿Ellos la vieron?— preguntó Hans. Helmet negó con la cabeza, soltando una carcajada.
—Caleb dijo que unos hombres de nieve gigantes los atacaron antes de que pudieran llegar al palacio de hielo.
—Los hombres de nieve gigantes no existen— argumentó Kristoff con serenidad, moviendo las fauces de Sven con su mano libre— Kristoff tiene razón— añadió, imitando la supuesta voz de su mascota. El Décimo Príncipe sólo lo miró como si fuera algo de muy poco valor, pasando de él rápidamente para darse la vuelta.
—Como sea; Wesselton y las Islas del Sur han puesto precio a la cabeza de la bruja, así que no tardarán en cazarla como a un animal. Aunque espero que no lo hagan hasta que yo sea mayor; si logro matar a la bruja y romper el hechizo entonces podría gobernar al fin en Arendelle.
— ¡No pueden hacer eso! ¡Ella no quiere hacernos daño!— exclamó Kristoff con vehemencia; Helmet sólo le dirigió un gesto plagado de cinismo.
— ¿Y tú cómo sabes eso, mascota? ¿Conoces a la bruja acaso?
Las mejillas de Kristoff se encendieron y regresó toda su atención a su reno Sven, visiblemente nervioso.
—No; yo nunca la he visto— murmuró, mirando a Hans de soslayo. Helmet lanzó un bufido y se peinó el prolijo cabello pelirrojo hacia atrás, entornando su mirada castaña y sagaz.
—Pues bien por ti, porque estamos en guerra con Arendelle, y si sabes algo y no lo informas al Rey es alta traición; y todos sabemos cómo se paga eso, ¿o no, Hansy?
— ¡Déjanos solos, Helmet!— exclamó el pequeño príncipe, enfurruñado; su hermano mayor lo miró con fastidio y resolvió salir de la habitación, airoso.
—Espero que nunca lo consiga— bufó Hans, ganándose una mirada curiosa de parte de su hermano adoptivo.
— ¿Qué cosa?
—Atrapar a la Bruja de las Nieves y conquistar Arendelle.
— ¿Por qué?
—Porque yo quiero hacerlo— declaró el príncipe, parco; Kristoff sólo lo miró— No soy tonto, Kristoff; soy el décimo tercer príncipe, nadie me nota, mis padres ni se acuerdan de mi nombre y mis hermanos no dejan de mirarme como si fuera un fastidio al que deben quitar del medio— resopló— Sé que jamás reinaré en las Islas del Sur, y ellos no me notarán a menos que me convierta en un rey…
—Hans… Otra vez estás…
—Y tú me ayudarás a lograrlo.
— ¿Yo? Pero, ¿cómo?
—Me ayudarás a buscar a la princesa para asesinarla.
— ¡¿Asesinarla?!
— ¿No quieres que se acabe el invierno eterno?
—Sí, pero…
— ¿Y no promestiste que siempre serías mi amigo y me apoyarías?
Kristoff suspiró, derrotado.
—Sí.
—La Bruja de las Nieves tiene que salir del camino para que yo pueda ser el rey de Arendelle. Un rey justo y sabio.
— ¿Y cómo piensas lograrlo? Ya escuchaste a Helmet; nadie puede acercarse al palacio. ¿Cómo podrías acercarte a ella?
Hans pestañeó, dándose la vuelta para recargarse en la ventana, pensativo.
—Pues no sé…— murmuró, dubitativo— ¡Diablos! Si no fuéramos tan pequeños podríamos pensar en algo…
—Es cierto, aún somos niños. ¿Por qué mejor no te olvidas de ese asunto de ser rey y vamos a jugar? A mí me agradas aunque no lo seas, Hans.
—No quiero jugar— bufó Hans, recargando la nariz contra el cristal congelado— Quiero encontrar la forma de acercarme a la bruja...
Kristoff suspiró y rodó los ojos con impaciencia.
—No hay forma de acercarse a ella. Debes olvidar ese asunto. Fin. Se acabó. ¡Vayamos a jugar com Sven y Sitron!
Hans frunció el ceño, dubitativo, y se llevó una mano bajo el mentón.
—No te apresures, Kristoff— dijo, esbozando la misma mueca que sus hermanos mayores cuando maquinaban algo malo— Tal vez ya encontré la manera... Y ni siquiera tengo que esperar a ser mayor para lograrlo.
Kristoff también frunció el ceño y observó la espalda de Hans con desconfianza.
— ¿Qué piensas hacer?— preguntó con recaudo— Hans...
—Tengo que irme, Kristoff— dijo su hermano, apartándose de la ventana con una postura erguida.
—Está bien. Déjame...
—No— lo interrumpió, alzando una mano para detenerlo— Esto es algo que tengo que hacer solo. Luego te contaré.
—Hans, no hagas nada tonto— advirtió, ligeramente enfurruñado.
Hans sonrió y se dio la vuelta, saliendo del salón a paso veloz.
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—Me gustaría que fuera verano. No es que la nieve no me guste, pero todas esas pinturas del salón son muy bonitas y me gustaría ir a la playa, tomar el sol y un baño de agua caliente... ¿Elsa?
La niña soltó un leve respingo y miró a su amigo de nieve de reojo.
—Lo siento, Olaf. ¿Qué decías?— preguntó mientras desviaba la vista del bosque, sin dejar de caminar.
— ¿Por qué nos alejamos tanto del palacio? ¿Vamos a ir a buscar a mamá y a Anna?— prwguntó el muñeco con ilusión, haciendo que Elsa suspirara con tristeza.
—No, Olaf. Anna y mamá están mucho mejor sin nosotros...
— ¿Entonces? ¿Por qué caminamos tanto? ¿No podemos ir por mamá?— volvió a preguntar el hombrecillo de nieve, ladeando su larga cabeza con gesto curioso.
— ¡No!
—Oh... ¿Y adónde vamos?— insistió el muñeco— Si nos alejamos mucho puedo volver a perder mi nariz, y tengo miedo...
—No la vas a perder porque te vas a quedar aquí.
— ¡Sí!— celebró Olaf, chocando sus manos de rama antes de volver a inclinar la cabeza, confuso— ¿Por qué no puedo acompañarte?
—Porque nadie puede verte.
— ¿Tampoco tú? ¡Pero si ya me has visto muchas veces!
— ¡No yo!— exclamó Elsa, exasperada— Otras personas.
— ¡Pero si nadie más vive en el reino! ¿O sí?
—No.
—Uh... No entiendo. ¡Elsa, Elsa! ¡No corras!
— ¡Espérame aquí, Olaf!— pidió mientras aceleraba el paso, perdiéndose en la espesura del frío bosque.
Desde aquel día en que había expulsado a su familia de Arendelle no había vuelto a tener contacto con otros humanos. A pesar se solo ser una niña conocía muy bien los peligros de sus poderes, por eso no dejaba que nadie se acercara al reino.
No por su seguridad, sino por la de ellos.
Sin embargo, algo extraño había pasado cuando conoció al príncipe Hans, Elsa había sido capaz de controlar sus poderes sin hacerle daño a nadie, y no sabía porqué, pero creía que tal vez el niño pelirrojo tendría la respuesta.
Animada por esa idea, corrió por el bosque congelado, formando un camino de hielo en cada lugar que sus zapatos de nieve tocaban. Al divisar la cercanía de un claro amenizó el paso hasta convertirlo en un ligero trote, solo deteniéndose cuando alguien se interpuso en su camino, sobresaltándola.
—Hola.
Elsa se detuvo y se sujetó ambas manos contra el pecho como acto reflejo, ahogando un leve grito de sorpresa.
— ¡Me asustaste!— protestó, ceñuda; Hans soltó una pequeña carcajada— ¡No es gracioso!
—Sí lo es.
Elsa se sonrojó y bajó la vista, avergonzada.
—Regresaste...— murmuró, intentando esconder el leve rubor de sus mejillas,
—Te dije que lo haría— contestó Hans, encofiéndose de hombros— Y necesito de tu ayuda.
— ¿Mi ayuda?— se extrañó, dando un desconfiado paso hacia atrás— ¿Para qué?
Hans la miró, frunciendo el ceño ante su renuencia; sin embargo no tardó en suavizar sus facciones hasta esbozar una sonrisa tímida y encantadora.
—No, no es nada. Olvídalo— amplió su sonrisa y rodeó a Elsa hasta darle la espalda— Solo pensé que como voy a estar viviendo con mis tíos en el Reino de Rausdall, aquí cerca, podría venirme bien alguien con quien jugar...
Ella lo miró con ojos brillantes.
— ¿Quieres jugar conmigo?— preguntó, ilusionada.
—Sí; si a tus padres no les molesta— Hans se encogió de hombros y se paseó por el claro— Por cierto, ¿dónde están ellos?
La niña bajó la vista y jugó con su cabello.
—No tengo— contestó con una amargura que Hans, a pesar de sus escasos diez años, conocía a la perfección.
— ¿Quieres hacer un muñeco?— propuso sin pensar.
Elsa le dedicó la sonrisa más radiante que había visto en si vida.
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Continuará...
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Hola!
¿Qué les pareció? ¿Merezco un Review?
Gracias por leer, y esperaré sus reseñas.
Nos leeremos!
H.S.
