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Rukia era una joven intrépida y rebelde. Todo lo contrario a lo que su padre quiso inculcarle desde que nació. Hisana la consentía en todo lo que ella quería hacer, incluso oponiéndose a los mandatos del endurecido rey.
Desde que cumplió los tres años y se anunció su compromiso con el heredero más joven de la familia Kira, un niño estirado, teñido y aburrido, según Rukia; jamás se había detenido. Toda su infancia la vivió en entrenamientos rigurosos y estudios forzados. Hisana sólo podía verla sufrir a la hora de tener que sentarse en la biblioteca con su padre a leer, y se divertía con ella cuando torturaba a sus compañeros en las prácticas deportivas, desde la arquería o la esgrima, hasta juegos de pelota.
Byakuya había optado por ignorar la advertencia recibida el día del festejo del nacimiento de la princesa y dedicar su vida a preparar a su hija para la adultez. Pero jamás se imaginó lo terca e inmadura que podría llegar a ser su princesa. Bufó antes de entrar por enésima vez al patio trasero del gimnasio que había hecho instalar especialmente para la princesa. Eran tiempos distintos los que corrían y no podía dejar que su hija se quedase atrás. Después de todo era SU hija.
Se recargó en el marco de una de las puertas laterales y la observó durante algún tiempo. Se había vuelto una joven hermosa, a pesar de su pequeña estatura. Era ágil y rápida, fuerte y tan segura de sí misma que asustaba. Pasó por su cabeza el joven Izuru, al que había prometido a su hija y suspiró cansado. No estaba seguro de lo que hizo en esa oportunidad, pero la familia Kira era una de las más respetadas en todo el reino, además de la de mejor reputación de todas las que habían presentado un candidato en aquella oportunidad.
− Papá – dijo Rukia sin sorprenderse dejando a un lado el shinai destrozado que acababa de romper en su práctica. − ¿Y ahora cuál es el problema?
− Volviste a romper el shinai – observó cansado. − ¿Será momento de cambiar de deporte? – se preguntó a sí mismo, provocando que una pequeña vena se hinchara en la frente de su hija.
− El único deporte que me interesa es el kendo – afirmó con severidad, a lo que Byakuya sólo respondió volviendo su vista al interior del gimnasio, donde el contrincante de Rukia intentaba levantarse del suelo, ayudado por otro hombre.
− Por la tarde irás con tu madre a visitar a la modista – sentenció. Rukia sabía que aquello había sido una orden y no una sugerencia, pero algo dentro de ella hizo un clic, que hubiera jurado que hasta su padre lo escuchó.
− Está bien – el rey se sorprendió por la respuesta de la princesa, que en todas las oportunidades en las que le decía que debía hacer algo, tenía alguna objeción. − ¿A qué hora? – dijo mientras se secaba el sudor de la frente con una toalla blanca.
− A las cinco – la serenidad en la voz de Byakuya denotaba la sorpresa. Rukia sonrió para sus adentros, esa era su oportunidad. Si salían su madre y ella solas, podría, tranquilamente, hacer alguna que otra parada o algún que otro desvío en el camino.
A las cinco en punto el carruaje estaba listo en el portón del palacio. Tiraban de él dos caballos negros, como era la costumbre de su madre. Bufó sabiendo el motivo de la visita a la modista, pero su sonrisa insistió en mostrarse al recordar que estarían solas, su madre y ella, y tendrían mucho tiempo libre. Subió y se sentó frente a Hisana, que la miraba con extrañeza.
− Parece que tienes muchas ganas de ir a ver a Rangiku – inició la conversación Hisana, tras notar el rostro alegre de su hija.
− No es eso – miró fijamente a su madre. − ¿Podremos salir a dar un paseo después de visitar a Rangiku?
− Byakuya dijo que regresemos cuanto antes, teme por nuestra seguridad fuera de palacio
− ¡Al diablo! Iremos a pasear – sonrió. Hisana suspiró, no podía negarse ante semejante muestra de rebeldía. Después de todo ella también odiaba estar encerrada todo el día.
Las pruebas de los vestidos fueron tediosas y largas como siempre. Rangiku y Hisana hablaron cosas sin sentido alguno y tomaron té con algunos pasteles al terminar. Más tarde, Hisana ordenó al cochero que las llevara a la plaza principal, a sabiendas de que ese lugar, por alguna razón, era el preferido de su hija. Más no le cupo ninguna duda cuando llegaron a la plaza, ella había ido allí porque frente a esta se encontraba el Consejo.
El Consejo era frecuentado por cientos de personas todos los días, ya que allí se realizaban todo tipo de trámites, desde la inscripción de los niños recién nacidos, los matrimonios, hasta las decisiones más importantes. Los senadores y consejeros pasaban largas jornadas debatiendo acerca de lo que era mejor para su reino, para luego informarle al rey su opinión y que este pudiera decidir partiendo de la base. Los Consejeros y los Senadores eran elegidos por el pueblo.
Y uno de los Consejeros más populares era Kaien Shiba. Y Hisana lo sabía, sabía que a Rukia le atraía ese hombre, a pesar de ser varios años mayor que ella y a pesar de estar comprometido, al igual que ella. Dos palabras habían sido suficientes para que su renegada hija quedara prendada por los ojos de Kaien, sólo dos, "Oi, Kuchiki". Hisana soltó una pequeña risita y su hija la miró de reojo.
− ¿Qué sucede? – soltó. − ¿Acaso tengo algo raro?
− No, es que te ves sospechosa queriendo vislumbrar algo a través de la ventana del carruaje. Si tanto quieres verlo, baja y ve – los ojos de Rukia se abrieron como platos. ¿Su madre la estaba autorizando a bajar y entrar al consejo sin que ella tuviera que hacer ninguna escenita? Definitivamente había algo raro. A pesar de su mal presentimiento, bajó.
Cubrió su cabeza con un manto negro de encaje, que le daba aire de una persona más adulta. Pensó que lo mejor era que nadie la reconociera y si él no la veía, mejor. Pero nada salió como lo esperaba. Al cruzar el marco de la puerta, chocó contra algo, o alguien.
− ¡Perdón! ¡Lo siento mucho! – Rukia se sobaba la frente, destapando sin querer parte de su rostro. − ¿Eh? ¿Kuchiki? – preguntó sorprendido el damnificado. Inmediatamente Rukia cubrió su rostro, enrojecido de vergüenza. − ¿Qué estás haciendo acá? – el hombre bajó su tono de voz. – Será mejor que nos vayamos – la tomó por el brazo y caminó hacia dentro del Consejo.
