Bran.

Las gotas de agua caían sobre el bosque con un sonido suave y delicado. Bran sonrió ante el sonido, era la última tormenta de invierno al norte del muro.

Verano caminaba tranquilo, disfrutando de la llovizna que tocaba su cuerpo, Bran arriba de él miraba a su alrededor, familiarizándose con la nueva cara del bosque. Le sorprendía la variedad de verdes y sonidos que había ahora. El estaba acostumbrado al silencio muerto y al blanco helado que habían dominado al bosque durante todo el invierno.

Escucho una rama romperse y de repente la joven apareció a su lado.

Bran le sonrió. Meera no había cambiado en casi nada. Seguía alta y delgada como un junco y seguía sonriente y amable, pero sobre todo; a sus ojos, él seguía siendo un niño de nueve años.

-Encontramos personas en otra de las aldeas- le informo mientras comenzaba a caminar a su lado.

Bran sonrió.

Los del pueblo libre por fin comenzaban a asentarse otra vez en sus aldeas. Finalmente todo volvía a la normalidad, en unos pocos días el bosque dejaría de ser tan silencioso y la herida que la guerra había hecho por fin comenzaría a cerrarse. Jon también estaría feliz cuando sus exploradores le digieran lo que sucedía. Reconocería la necesidad de tenerlos ahí sin que nadie se lo digiera, tal como Bran lo había hecho antes.

Jojen se unió a ellos poco después de que Meera terminara de describir lo que había visto. Ambos se sorprendieron al verlo allí, parado frente a ellos. Hace días que no lo veían.

Él joven por fin se había acostumbrado a la presencia del bosque y desaparecía por días, observando y aprendiendo de los dominios de Bran y de los salvajes, a quienes había llegado a tomar cierto cariño.

-Me voy de viaje- les dijo- quiero ver el mar. Volveré en unas tres lunas. Me llevó un arco y un cuchillo.

Bran asintió, y siguió caminando por Verano, dejando a los hermanos solos. Los dos no se parecían casi en nada a los dos niños que había conocido, pero sabía que en el fondo lo seguían siendo y sabía que en el fondo, Jojen quería despedirse de Meera y no de él.

El joven verdevidente no pensaba volver.

La tranquila lluvia de primavera acompaño a Bran mientras iba a dejar su cuerpo humano a su casa. Quería estar a solas esa noche y correr con Verano. Necesitaba pensar.

La cueva donde ellos tres, Hodor y Verano vivían era un lugar escondido entre arboles, cercano a un lago y muy sombrío. Bran sentía la vida que corría en el lugar y siempre le parecía que dormía mejor ahí que como lo había hecho en Invernalia.

Dejo su cuerpo humano y se metió completamente en Verano. Salio corriendo de la cueva y en pocos momentos se lanzaba por el bosque como un demonio.

Bran no se sentía realmente como el rey más allá del muro hasta que estaba en Verano, recorriendo el bosque y sintiendo todo lo que estaba a su alrededor con sus sentidos despiertos y libres de la bruma humana.

Escucho un aullido a lo lejos. Un aullido de huargo. El aullido de su hermano. De Jon y de Fantasma.

El lobo no lo llamaba, y Bran supo, que como él, quería estar solo.

Siguio corriendo hasta que la necesidad de sangre en su boca lo obligo a matar a un animal.

Mientras saboreaba la carne fresca de su caza y veía el hilo de sangre mezclarse con agua recordó que lo hizo necesitar estar solo.

Los sueños de muerte lo habían vuelto a asaltar mientras dormía. Había visto los rostros de los caídos dentro de un lago brumoso y había corrido hacia ellos.

Su padre y su madre lo llamaban con sonrisas. Robb lo miraba con su hijo que no pudo ser y con el maestre Luwin a su lado. Vio a todo el mundo parado junto a una Invernalia fantasmal que lo llamaba con un canto dulce. Atrás de su familia vio a su tía Lyanna por tercera vez en sus sueños. Pero ella no lo llamaba a él.

De la bruma empezaron a surgir sus hermanos que todavía estaban vivos. Sansa, hecha una mujer hermosa caminaba mirando a su madre. Un Jon hecho hombre y guerrero, miraba a sus tíos con una sonrisa en el rostro, Arya, vestida como una mercenaria de las ciudades libres, casi corría hacia los guardias y personas de Invernalia. Rickon adolecente, por último, caminaba hacia el maestre con su típica sonrisa medio salvaje.

Bran era el único rezagado. El único que realmente no quería ir. Solo Bran notaba que eran un espejismo, un sueño roto que les impedía avanzar.

Se alejo del sueño, para caer en otra de las batallas contra los Otros.

La sangre manchaba la nieve recién caída, y el sonido de los pasos ligeros de los muertos vivientes le helaba la sangre. Pero estaba listo. El hombre frío y muerto le había enseñado todo, y por fin Bran había comprendido por que se había caído de la torre.

No porque el Matareyes lo empujara. La razón profunda de su desventaja.

El no era un guerrero entre miles en una batalla. Era Él guerrero en La batalla. Iba a liderar un ejército sin hombres hacia la salvación de los siente reinos.

Abrió su mente mientras sentía como los miembros de la guardia de la noche se preparaban para luchar bajo el mando de Jon.

-Lo hago por ellos- se recordó mientras se dejaba fluir.

Un segundo después, el infierno se desataba en el bosque congelado al pie del muro.

Todas las batallas habían sido así. En todas había tenido que luchar sin ayuda de nadie. En todas había triunfado. En todas había tenido que traicionar a Meera, Jojen, Hodor y a sí mismo.

Cuando había aparecido montando un huargo y con un cuervo de tres ojos al hombro, los hombres de la guardia de la Noche lo habían tomado por un demonio en forma de adolecente.

En una media noche sin luna se había colado acompañado de Meera y Jojen al castillo y había pedido una audiencia con los salvajes y con Jon.

Solo su hermano lo había reconocido. Supo quien era a pesar del brillo azul mortecino de sus ojos y de su aspecto de salvaje.

La audiencia había sido corta y exitosa. Los salvajes volvieron a sus pueblos más allá del muro, y unánimemente lo habían proclamado Rey más allá del muro. Pero no había sido porque creyeran en él.

Había sido por miedo.

Sabían lo que podía hacer y en que se podía convertir. Bran había visto el miedo en sus ojos cuando se posaban en él.

Un trueno resonó por todo el bosque recordándole que debía volver a su cuerpo si quería recorrer el lago con Meera la mañana siguiente. Volvió silencioso como un gatosombra a la cueva. Al llegar, vio algo que no había notado antes.

Meera dormía apoyada en él. Había perdido completamente el miedo, a diferencia de todo el resto del mundo. Lo había perdonado por perder su humanidad, y había aceptado quien era.

Bran sonrió mientras se acostaba como Verano junto a su cuerpo humano y a Meera.

La joven nunca dejaba de sorprenderlo.