Ch 2 Recorriendo los lugares de mi infancia

A la mañana siguiente, los movimientos de Gale me despiertan cerca de las siete de la mañana. Él se está vistiendo porque tiene que presentarse en la Delegación de Agentes de Paz a las ocho en punto. Durante estas dos semanas, él tiene que presentarse todos los días en la delegación para escuchar el parte diario y familiarizarse con los problemas antes de hacer efectivo el traspaso. Yo, en cambio, tengo que presentarme a mi nuevo puesto en dos semanas.

- ¿Qué vas a hacer hoy?

- Pensaba escaparme al bosque, quería recorrer un poco los lugares a dónde iba con mi padre.

- ¿Vas a buscar flores?

- No son flores; son especímenes. Y fuiste tú quien sugirió que me dedicara a la botánica. Para ocupar mi mente.

-Es cierto- asintió de buen humor- Pero también te sirve para completar ese hermoso libro que te dejaron tus padres.

- Tienes razón.

El libro del que habla Gale es una de las pocas cosas que decidí quedarme cuando murieron mis padres. Es una cosa vieja, hecha de pergamino y cuero. Algún herborista de la parte de mi madre lo empezó hace mucho tiempo. El libro está compuesto de página tras página de dibujos de tinta con descripciones de sus usos médicos. Mi padre añadió una sección de plantas comestibles que fue mi guía para conseguir comida extra cuando me fui a vivir con mi tía Ripper. Y, fue una inspiración a la hora de decidir mi vocación. Mi madre era hija del boticario del pueblo, entrenada como sanadora y conocía del poder curativo de las plantas. Mi padre, un joven minero de La Veta, le proveía de los especímenes que ella le describía. Así se conocieron y, contra todos los obstáculos, se casaron. Durante mucho tiempo, he querido grabar mis propios conocimientos en él. Recolectar nuevas hierbas y agregarlas a la colección, plantas secas minuciosamente pegadas y descriptas.

- ¿Sabes que está prohibido salir fuera de la alambrada?- me pregunta Gale.

- Sí, lo sé. Pero eso no nos impedía a mi padre y a mí pasar al otro lado. Quizá busque en los viejos escondites a ver si todavía están sus arcos.

- Está bien, no diré nada, pero recuerda volver temprano para ir a la fiesta.

- ¿Qué fiesta?

- ¡Oh!, me olvidé de contarte. El señor Bainbridge me contó anoche que hoy habrá una fiesta en la plaza principal. Es una de las fiestas de los Viejos Días.

- ¿Viejos Días?

- Las fiestas antiguas. Hogmanay, que es Año Nuevo, el día de San Juan, Beltane, que se celebra el uno de mayo. Falta poco para Beltane... cerca del equinoccio de primavera.

- ¿Y cuál de todas es?- pregunto confundida.

- Beltane, la que celebra la primavera.

- ¿Y cómo debería ir?- le pregunto meneando un poco las caderas.

- Con un bonito vestido y con ganas de bailar- me dice.

- Perfecto, nos vemos entonces.

Gale se acerca y me da un beso casto en la boca antes de salir por la puerta al trabajo. Inmediatamente vuelvo a la cama. No es común para mí que me pueda quedar un rato más, remoloneando, ya que siempre tengo que salir a entrenar o a trabajar en el hospital. Media hora después de la partida de Gale, comienzo a sentir los ruidos del otro lado de la puerta de mi dormitorio. Entonces, decido salir de la cama, buscar mi ropa, e ir a tomar un baño.

Son las ocho cuando aparezco por la cocina de mi tía, hipnotizada por el olor de las tostadas y el café con leche, lujos que antes no nos podíamos dar. Por suerte, gracias a mi trabajo como Agente de Paz y médica, he podido enviarle dinero todos los meses a mi tía. Sin embargo, ella no ha dejado de producir licor y venderlo en El Quemador. Ahora, comparado con los años en que vivía aquí, es una potentada.

-Buen día- me dice Ripper- ¿Cómo dormiste?

- Bastante bien, gracias.

- Gale volvió tarde anoche.

- Si, pero por suerte, antes de que empezara la tormenta.

- ¿Tuvieron goteras?

- No, no, ¿y ustedes?

- No. Por suerte funcionaron los arreglos que le hice al techo.

Aunque la casa no había sido pintada, mi tía había logrado acondicionarla bien gracias al dinero que le envió.

- ¿Qué vas a hacer hoy?- me pregunta.

- Voy a ir a bosque.

- ¿Al bosque? ¿No es peligroso para ti?

- ¡Tía! Fui toda mi vida al bosque, además, ahora yo soy la ley, ¿quién me va a arrestar?

- Tienes razón. ¿Vuelves a almorzar?

- No, ¿me puedes preparar una vianda?

- Si.

Cuando salgo a la calle, cerca de las ocho y media de la mañana, todavía puedo ver algunos restos de la lluvia de anoche sobre las coloridas flores de los ranúnculos que adornan el pequeño jardín en el frente de la casa. Por la calle principal de La veta, el barrio minero del Distrito 12, camino unos cien metros hasta llegar a la casa de mis padres. Se me retuerce un poco el corazón al verla y recordar lo feliz que fui ahí. No es que no haya estado bien con mi tía Ripper, pero no tenía a mis padres. Desade ahí, sólo tengo que dejar atrás unas cuantas puertas para llegar al campo desastrado al que llaman la Pradera. Lo que separa la Pradera de los bosques y, de hecho, lo que rodea todo el Distrito 12, es una alta alambrada metálica rematada con bucles de alambre de púas. En teoría, se supone que está electrificada las veinticuatro horas para disuadir a los depredadores que viven en los bosques y antes recorrían nuestras calles (jaurías de perros salvajes, pumas solitarios y osos). En realidad, como, con suerte, sólo tenemos dos o tres horas de electricidad por la noche, no suele ser peligroso tocarla. Pero en Panem hay requerimientos energéticos mucho más importantes que la alambrada del Distrito 12.

Como cuando lo hacía con mi padre, me tomo un momento para escuchar a la alambrada, ese zumbido que hace cuando corre la electricidad por ella. Encuentro un conjunto de arbustos y, recordando las viejas tácticas que me enseñó mi papá, me tiro al piso y paso arrastrándome al otro lado.

Es increíble cómo cambia el paisaje al otro lado de la alambrada. Me siento sobrecogida por el tupido verde de los árboles y el canto incesante de los pájaros. Lo que más me agrada, es la falta de sonidos producidos por la civilización. Comienzo a caminar por el bosque tratando de recordar en dónde guardaba los arcos que había fabricado mi padre. Desde antes que el muriera, están guardados en los troncos huecos de algunos árboles, envueltos cuidadosamente en fundas impermeables. Luego de media hora de búsqueda, recupero un arco y un carcaj de flechas en uno de los troncos hueco que hay. Pero me limito a acariciar la madera, como si fuera una extensión del cuerpo de mi padre.

Soy consciente de los peligros que conlleva adentrarse en el bosque. Los animales deambulan a sus anchas y existen otros peligros, como las serpientes venenosas, los animales rabiosos y la falta de senderos que seguir. Sin embargo, no me sentía tan bien desde que me fui del Distrito 12. Había viajado por casi todos los distritos de Panem, había conocido el mar, pero nada igualaba la sensación de paz y libertad que siento en mis bosque.

A pesar de la lluvia de anoche, ha salido el sol y es un día hermoso, aunque debajo de los frondosos árboles, muy poco luz llega al suelo. Alrededor de los pinos, hay grandes helechales. Sigo caminando hasta llagar a un claro, y subo por unas colinas hasta llegar a un saliente rocoso que mira sobre un valle. Aprovecho la saliente para recostarme y dejar que el sol me bañe. Llevo puesto un bermudas de jean que me había hecho con un viejo pantalón mío, de los que formaban parte de mi equipaje cuando llegué al Distrito 2, una remera musculosa blanca y una camisa por encima para que me proteja del frío matinal.

Me saco la camisa, hago una pequeña almohada, la apoyo sobre la piedra y me recuesto sobre ella. Unos minutos después, me quedo dormida.

Me despierto con el sol en lo alto, sospecho que es el mediodía y una tenue brisa despeina los pocos pelos que se han escapado de mi trenza. Pero me doy cuenta que es algo más lo que me ha despertado: mi estómago está crujiendo de hambre. Busco en mi mochila el sándwich de queso que me preparó mi tía y el termo con té. De postre, voy a intentar buscar algunas bayas.

Con el estómago lleno, me pongo de pie y comienzo a caminar un poco más hacia un costado, hasta encontrar un matorral lleno de bayas. Algunas todavía están verdes, pero las que están más expuestas al sol saben bien. Vuelvo la vista hacia el suelo y encuentro una planta interesante, cerca de la base de una roca. ¿Será una miosota? No recuerdo haberla visto en el libro de plantas, tiene el centro naranja y los pétalos de un color azul oscuro. Tomo un par y la guardo dentro de un pañuelo en la mochila. Cuando llegue a la casa de mi tía, la pondré a secar en una prensa así la agrego a mi libro de plantas. Al otro lado, los arbustos de retama llenos de capullos comienzan a perfumar el aire. En una semana, estarán todos florecidos.

Cuando el sol ha pasado un poco el zenit, decido volver a La Veta. En el camino, aprovecho para juntar diente de león, una flor amarilla con tallo verde oscuro comestible, que quedará muy bien en una ensalada. Mientras guardo el arco y el carcaj de flechas de mi padre, me arrepiento no haber cazado, pero tengo varios días por delante.

Ya en lo de mi tía, dejo las hierbas en la cocina y voy al baño a darme una ducha rápida. Me cambio, con uno de los vestidos que le gustan a Gale y salgo para buscarlo a la delegación. No sé si es porque fui al bosque, pero el aire ahora tiene el fresco olor a pino, mezclado con hierba, salvia y retama, condimentado aquí y allá con el humo de chimeneas. Sin embargo, las cabañas de La Veta están todas teñidas por el polvo de carbón que viene de las minas.

Tomo una calle paralela a la principal y camino las tres cuadras que terminan en la Delegación. Es un edificio pintado de blanco, cuadrado, muy similar al que hay en los distritos 11,9, 8 y 7. No se preocuparon por diseñar nada nuevo. Un guardia de seguridad me abre la puerta y me pide la identificación, para luego informarme que Gale está en la oficina del Jefe. Camino por un corredor largo, angosto y oscuro, decorado con fotos de los diferentes Jefes de Agentes de Paz que habían estado a cargo de la seguridad del distrito, finalizando por la foto de nuestro presidente, Coriolanus Snow.

A diferencia del pasillo, la oficina del Jefe de los Agentes de Paz es muy luminosa, gracias a enormes ventanales que cubrían una pared desde el techo hasta el suelo. Gale y el señor Raymond, el saliente jefe, un hombre bajo y rubicundo, están absortos sobre un montón de papeles en el escritorio que había al fondo, junto a la pared. Gale apenas levanta la vista a modo de saludo, pero Raymond, muy atento, deja sus explicaciones y se apresura a estrecharme la mano.

-¡Señora Hawthorne! -exclama mientras me sacude mi mano con entusiasmo- ¡Llega justo a tiempo para escuchar la noticia!

-¿Qué noticia?- pregunto asombrada de que Gale le haya revelado nuestro estado civil.

Me acerco más al escritorio y noto que los papeles están todos sucios y amarillentos. Evidentemente, son tan viejos que no harán que en el Capitolio se detengan los canales de chimentos. Sin embargo, hago cara de interesada.

- Hemos estado rastreando al ancestro de su marido, Jack Hawthorne, en los despachos del ejército de la época. Entre las cajas viejas en el archivo, descubrimos esto.

Haciéndome la interesada, busco una silla para sentarme al lado del escritorio. Gale comienza a hablar antes de que pueda apoyar mi trasero en la dura silla de metal.

-Hemos tenido mucha suerte, Katniss – me dice entusiasmado mientras revuelve los viejos papeles – El jefe ha encontrado una serie de despachos militares que mencionan a Cato Hawthorne.

-Bueno, parece ser que el capitán Hawthorne era alguien importante – señala Raymond - Estuvo al mando del regimiento de la Delegación de Roanocke durante unos cuatro años, pero pasó bastante tiempo hostigando a los rebeldes del Distrito 13 al otro lado de la frontera en nombre de Panem. Este montón - añade y separa un grupo de papeles que deposita en el escritorio- Son informes de quejas contra el capitán realizadas por distintas familias y terratenientes, que van desde interferencia con los sirvientes por parte de los Agentes de Paz hasta robos de caballos, sin mencionar «insultos» no especificados.

Nunca hubiera imaginado al abuelo de Gale como un malhechor.

-¿Así que tienes el proverbial ladrón de caballos en tu árbol genealógico, Gale?

Pero él sigue inmutable.

-Era lo que era y no puedo hacer nada al respecto. Sólo quiero investigarlo. Las quejas no son nada extrañas si tenemos en cuenta la época. Los Agentes de Paz venidos del Capitolio eran muy poco populares en el Distrito 12 y, sobre todo, en el Distrito 13. No, lo curioso es que no se haya hecho nada con respecto a las quejas, ni siquiera en el caso de las más serias.

-Es verdad- agrega el viejo jefe- En aquel entonces, los Agentes de Paz no estaban sujetos a las normas modernas; podían hacer lo que quisieran en asuntos menores. Sin embargo, resulta extraño. No se trata de que las denuncias se investigaran y se desestimaran, sino que, además, jamás volvieran a mencionarse. ¿Sabe lo que creo, Hawthorne? Su abuelo debía de tener un protector. Alguien que podía protegerlo de la censura de sus superiores.

-Tal vez tenga razón. Pero tendría que ser alguien bastante poderoso, alguien perteneciente a la alta jerarquía militar o quizás, incluso, a la elite del Capitolio.

-Sí, o posiblemente...

-¿Sí? – digo fingiendo interés mi mientras toco los sucios trozos de papel- Seneca Crane, ¿verdad? –pregunto.

-Sí, así es –responde Raymond.

Después de intercambio de opiniones, Gale me cuenta que su antepasado, Cato Hawthorne el Negro, no había sido sólo un gallardo soldado de Panem, sino un agente secreto y de confianza de Seneca Crane padre, el conocido ministro y consultor del padre de nuestro actual presidente.

-Casi un espía, ¿no le parece, Hawthorne?

-Sí, desde luego. El lenguaje que utilizan es muy reservado, por supuesto. -Volvió las hojas con el dedo.

-¿En serio? .

- Si, pero parece que a Cato Hawthorne le han pedido que avivara los sentimientos rebeldes, si es que existían, entre las familias distinguidas del Distrito 12 y 13. El objetivo era ponerlos al descubierto. Pero es muy curioso. ¿Acaso no se sospechaba que Crane era también rebelde?

Gale mira a Raymond con el ceño fruncido.

- Eso es lo que yo sabía- contesta Gale- estaba seguro que en uno de los libros que leí en la academia cobre los Días Oscuros se menciona a Seneca Crane padre.

Ahora el debate se traslada a la figura del célebre consultor de la familia Snow. Luego de media hora, ambos coinciden en que sí, era parte de la fuerza rebelde. Para cuando por fin logramos dejar la delegación, son cerca de las seis de la tarde. El jefe Raymond nos despacha recordándonos que ésta noche es el baile de primavera y que debemos prepararnos si no queremos perdernos el evento. En el camino de vuelta a la casa de tía Ripper, Gale se la pasa hablando sobre espías y rebeldes. Casi llegando al porche de la casa, nota mi prolongado silencio.

- Katniss, ¿te sientes bien?- me preguntas preocupado Gale.

- Si, solo . . . .

- ¿Qué pasa?

- Me quedé pensando en lo que pasó añoche, tus dudas.

- ¿Katniss!, perdón. Yo no quiero que te sientas mal, por nada. Eres lo más importante del mundo para mí. Deseo que seas feliz, pero quiero... bueno, quiero tenerte para mí. Katniss, te quiero.

La voz de Gale denotaba ternura y cariño, algo que no era muy común en él, ya que es muy poco expresivo. Me detengo a su lado, le tomo la mano y lo acerco a mí, para poder apoyar mi cabeza en su hombro.

-Yo también te quiero- le contesto, aunque nunca me he detenido a analizar mis sentimientos por Gale.

Nos quedamos abrazados en la puerta de la casa de mi tía durante un momento. A pesar de los años que hemos estado juntos, Gale era un extraño para mí. De los siete años que habíamos estado casados, habíamos pasado juntos sólo días. Yo, todavía, me pregunto cuáles son las tareas que él realizaba en la fuerza de gentes de Paz.

Media hora después estamos cambiados y listos para volver al pueblo. Mientras caminamos por la calle principal de La Veta hacia el pueblo junto a mi tía, Roger va y viene entusiasmado de que va a asistir a su primer baile. A mí todavía me sorprende que en el distrito sigan manteniendo los rituales de las antiguas festividades del sol.

La plaza principal está decorada de la misma forma en que lo ha estado desde que vine por primera vez, un año antes de que murieran mis padres. Desde entonces, me había resistido al evento, porque me recordaba que mis padres ya no estaban. Luego, me mudé al Distrito 2. Hoy, se ve todo como antes: lámparas coloridas adornan el aire de la plaza formando como un techo, hay puestos coloridos alrededor de la plaza en dónde se vende comida y todo tipo de artesanías y hay un escenario con orquesta al final de la plaza frente a una gran pista de baile. Entre el gentío, reconozco algunas caras: la señora Buchanan, la encargada del correo, con el cabello rubio recién peinado, la señora Graham, encargada de que todo se mantuviera en orden en el Edificio de Justicia y a la señorita Grant, la regordeta y pequeña mujer que atendía la taberna del pueblo. Todos están con sus parejas bailando en la pista de baile al son de la guitarra y el violín, se sacuden y retuercen mientras forman un gran círculo. Por suerte, a Gale no le gusta bailar, lo cual me libera de tener que acompañarlo.

Casi tres cuartos de hora después de arribar, Gale me pide permiso para ir a tomar unas cervezas con otros Agentes de Paz. Entonces aprovecho para recorrer un poco los puestos que hay armados alrededor de la plaza. Al final de la calle principal, un poco escondida por el escenario, encuentro una tienda color roja. Abro la cortina para entrar y encuentro una señora de mediana edad vestida con una túnica y un turbante con plumas. Es llamativo encontrar un personaje así en el Distrito 12 y no puedo reconocer su cara, ya que el lugar está iluminado por velas.

- Pasa, toma asiento- me dice tranquila.

Un poco temerosa, doy un paso hacia adentro, cierro la cortina detrás de mí, y toma asiento frente a la mesita.

- ¿Vienes a que te diga tu futuro?

- ¿Mi futuro?- pregunto sorprendida.

- Déjame ver tu mano- comanda y sin pensarlo, se la doy.

La desconocida toma mi mano derecha entre las suyas, de dedos largos y huesudos, e inclina su mirada sobre la palma de mi mano. Luego de observarla durante un buen y deslizar un dedo por acá o allá por las líneas, comienza a hablar para sí.

- Bueno, ¿qué hay? -pregunto tratando de mantener un tono alegre-. ¿O es que mi destino es tan espantoso que no puede revelarse?

Ella me mira un poco sorprendida y, sin soltar mi mano, menea la cabeza.

- No, querida. No es el destino lo que está en la mano. Sólo su semilla. Las líneas de la mano cambian. En otro momento de su vida pueden ser muy distintas de como son ahora.

- No lo sabía. Pensé que uno nacía con las líneas y listo ¿Para qué sirve leer las manos, entonces?

No quiero parecer antipática, pero la forma en que me mira me está incomodando y tengo el impulso de retirar mi mano, ponerme de pie e irme lo más rápido de aquí.

- Las líneas de la mano indican cómo es usted. Por eso cambian o, por lo menos, deberían cambiar. En algunos casos no lo hacen. Son las personas que no tienen la suerte de cambiar, pero son muy pocas.

Sinn saberlo, sus palabras me tranquilizan.

- Su mano ya señala muchos cambios para alguien tan joven.

Ahora sí despierta mi curiosidad.

- ¿Cómo soy, según mi mano?

- No sé. Es curioso, porque la mayoría de las manos tienen algo en común. Con esto no quiero decir que "ver una es verlas todas" pero a menudo es así... Hay patrones, ¿sabe? Es la primera vez que veo este patrón. La línea del pulgar- explica y se mueve hacia adelante para mostrarme- No debería cambiar mucho. Significa que tiene usted carácter y una voluntad difícil de torcer. Y esta otra también – me muestra el montículo debajo de la base del pulgar.

-¿Qué quiere decir?

-Lo llaman el Monte de Venus. En un hombre, significa que le gustan las damas. En el caso de una mujer, es diferente. Para decirlo con delicadeza, le haré una predicción: quien se case con usted no se alejará mucho de su cama – me confiesa con una sonora carcajada, mientras yo me ruborizo.

La adivina vuelve a mirar fijamente la palma de mi mano, clavando su índice aquí y allá.

- La línea de la vida está bien marcada. Tiene usted buena salud y lo más probable es que la conserve. La línea se interrumpe, lo cual quiere decir que su vida ha cambiado mucho En su caso es más cortada de lo usual. Y la línea del matrimonio... Está dividida. Es corriente. Significa dos matrimonios...

Además de Gale, mi ti y aparentemente el jefe Raymond, nadie sabe que estamos casados. Mis compañeras de barraca sabía que tenía algo con el jefe Hawthorne, como todos lo llaman, pero no que estoy casada con él. Trato de reprimir mi sorpresa, pero la adivina lo percibe y levanta su mirada.

-No, no, jovencita. No quiere decir que le vaya a pasar algo a su hombre. Es sólo que si algo le ocurriera ... usted no se quedaría llorando y guardándole luto. Significa que puede usted volver a enamorarse si el primer amor se pierde. Pero su línea se bifurca – me mira como tratando de adivinar mi expresión- Está segura de que no es bígama, ¿verdad?

- ¿Bígama?- pregunto.

- Que tiene dos hombre a la vez.

Un poco sorprendida, niego con la cabeza. ¿Sabrá algo que yo no sé?

-No. ¿En qué momento? Me contaron que las marcas a este lado indican el número de hijos que se van a tener- le digo mientras le muestro el canto de mi mano debajo del meñique.

-¡Bah! Después de haber tenido una o dos criaturas pueden aparecer arrugas allí. Pero lo más probable es que le aparezcan en el rostro. No prueba nada de antemano.

-¿No?

Con Gale sabíamos que no podríamos tener hijos hasta que terminaran nuestros días de servicio, y faltaba mucho para cumplir esos veinte años. Después que murieron mis padres y comencé a entrar en la cosecha para los Juegos del Hambre, me di cuenta que los hijos no eran prioridad para mí. Sin embargo, Gale me ha manifestado el deseo de ser padre alguna vez, a pesar del riesgo que tendría nuestro hijo de ser cosechado. De hecho, en casa de mi tía solíamos hablar de lo horroroso que son los Juegos del Hambre y más de una vez, despotriqué con fuerza en contra del Capitolio. Pero aprendía a callarme. Al final comprendí que aquello sólo podía causarnos más problemas, así que aprendí a morderme la lengua y ponerme una máscara de indiferencia para que nadie pudiese averiguar lo que estaba pensando. Aprendí a ser callada y diligente en la escuela, a hacer comentarios educados tanto en El Quemador como en la academia de Agentes de Paz. Evito siempre temas espinosos, como la cosecha, los racionamientos de comida o los Juegos del Hambre.

La adivina carraspea y me saca de mis pensamientos.

- Oh, gracias por sus consejos- le digo amablemente- ¿Cuánto le debo?

- Para tí, sólo protección y cuidados cuando asumas- me guiña un ojo.

Me levanto con una reverencia y salgo por la cortina al mundo exterior. Unos pasos más adelante, veo a Gale reír a carcajadas con otro Agente de Paz. Nunca lo he visto así. Cuando me acerco, me mira con los ojos rojos y me dice:

- Estoy dos cervezas por encima de mi límite, deberíamos ir a casa.

- Está bien- le digo palmeándole el hombro- Voy a avisarle a la tía que nos vamos y vengo a buscarte.

Caminamos a la casa de tía Ripper en silencio, tomados de la mano. El fresco de la noche ayuda a Gale a despabilarse. Apenas llegamos, Gale se retira al baño para hacer su rutina en el baño. Yo me saco el vestido, me pongo el camisón y aprovecho para sentarme un rato y buscar una planta en el libro de mis padres. Media hora después, Gale se me acerca por detrás, sigilosamente:

- ¿Qué estás haciendo?- pregunta mientras apoya sus manos en mis hombros y comienza a masajearlos.

- Ésta mañana vi una planta en el bosque que me llamó la atención y quería ver si la encontraba- le indico con el libro abierto- Podría ser una campanulácea o una gencianácea, una polemoniácea, una borraginácea... Esa me parece la más probable, una nomeolvides. Pero también podría ser una variante de ésta, la Anemone Patens. No creo que se trate de ningún tipo de genciana; los pétalos no eran del todo redondos pero...

-Bueno, ¿por qué no vuelves y la buscas? -sugiere- Yo estaré toda la mañana en la delegación….

- ¿Por qué estás tan interesado en esa planta?

- La planta no me interesa. Pero te veo tan entusiasmada.

-Está bien. También quería ir hasta el lago a donde me llevaba mi padre, pero eso me va a llevar más tiempo- cierro el libro y lo apoyo en una mesita- ¿No te moleta que vuelva más tarde mañana?

Me pongo de pie y comienzo a caminar hacia él meneando las caderas. Estoy segura que podré seducirlo mientras mi tía no está en casa. Por suerte, el exceso de alcohol han bajado sus barreras y no se resiste, como hace siempre, a mi avance. Me recuesto en la cama a u lado tratando de alinear mi cuerpo con el suyo. Gale apoya su mano en mi brazo y comienza a acariciarme subiéndola hasta llegar a mi cuello. Usa la otra mano para envolverme en sus brazos, acariciando mi espalda. Con la palma abierta, me empuja hacia él, mientras sus dedos comienzan a descender. Al mismo tiempo, empieza un camino de besos por mis hombros y cuello, bajando un poco hasta la parte superior de mis senos. Con cuidado, me recuesta por completo sobre la cama, para luego inclinarse y besarme con ternura. La mano que me acaricia la espalda baja aún más y de pronto, se detiene con sorpresa. Gale me mira con una sonrisa en el rostro, luego desliza la mano por debajo de mi camisón de seda y sube por el muslo hasta llegar a la suave y desprotegida calidez entre mis piernas. Y así comienza el ritual, nublando mis pensamientos con un orgasmo.

Cuando me despierto, con un haz de luz entrando por la ventana, Gale ya se ha ido. Tomo un baño rápido antes de ir a desayunar con mi tía. Me cuenta que se quedó hasta tarde anoche en el baile y Roger no para de hablar sobre todos los bailes diferentes que había, y sobre las niñas del pueblo. Me preparo un vianda para llavar a mi caminata. Como sé que va a hacer calor, me pongo una camiseta sin mangas blanca y un short de jean, bastante corto según la opinión de mi tía, que me permitirá tomar sol al lado del lago. Busco mis viejas botas de caza, mi bolsa de presas y la vieja campera de cuero de mi padre, que me cubrirá un poco más las piernas hasta que haga más calor. Salgo y tomo mi camino habitual hacia el bosque. Primero voy al lugar e dónde vi la planta. Es fácil de encontrar, está en donde la recordaba, cerca de la base de la piedra que mira sobre el valle. Corto varios gajos y los guardo en un pañuelo con la intención de colocarlos luego en mi libro de plantas.

A medida que el sol sube en el cielo, comienza a aumentar la temperatura y tengo que sacarme la campera. Son casi las doce del mediodía cuando llego al lago. Cerca de la orilla, hay una casa vieja. Tal vez "casa" sea demasiado nombre para ella. Sólo es una habitación, de unos siete metros cuadrados. Mi padre pensaba que hace mucho tiempo aquí había muchos edificios, ya que aún puedes ver algunos de los cimientos, y la gente venía a jugar y pescar en el lago. Esta casa duro más que las otras porque está hecha de cemento. Suelo, techo, tejado. Sólo permanece una de las cuatro ventanas de vidrio, ondulada y amarilleada por el tiempo. No hay cañerías ni electricidad, pero la chimenea aun funciona. Estar acá me trae los recuerdos más felices de mi infancia. De cuando venía con mi padre en el verano a pescar y a juntar raíces de katniss. Luego, nadábamos en el lago. Realmente no recuerdo cuándo me enseñó, pero sí me recuerdo bucear, dando volteretas y chapoteando por allí. El fondo fangoso del lago bajo mis pies. El olor a flores y a verde. Flotar sobre la espalda, tal y como estoy haciendo ahora, mirando al cielo azul mientras el bosque quedaba silenciado por el agua.

Decidida a repetir la experiencia, decido dejar la casa y acercarme a la orilla. Me siento en la arena, pongo la campera de cuero a un lado, me saco las botas y las medias y pongo los pies en el agua. Tomo mi bolsa de caza y saco mi almuerzo. No me llama la atención el ruido que hace mi estómago mientras abro el repasador en donde está mi sándwich, siempre me caractericé por tener buen apetito. Mientras devoro mi almuerzo disfruto de la paz del lugar. Después, satisfecha, hago una almohada con mi campera, la coloco debajo de mi cabeza y me tiro a dormir la sienta al sol.

Me despierto aproximadamente una hora después al oír un zumbido proveniente de un recodo del lago. Recuerdo como si fuera hoy lugares en dónde mi padre no me dejaba nadar. Decía que había partes que eran muy profundas, que casi no tenían fondo y, que a veces, se formaban remansos de los que era muy difícil salir. Me pongo las botas de cuero, las ato holgadamente, y comienzo a caminar por la orilla.

Luego de veinte minutos de caminata, descubro un sector a la sombra, escondido a la sombra de un sauce. Me acerco y me siento a la sombra. Acá la brisa es fresca y se siente muy bien sobre mi piel, un poco acalorada por el contacto con el sol. Dirigiendo mi mirada hacia el agua, puedo ver destellos de colores en la superficie. Parecería se producto de la luz que se cuela entre las ramas y las hojas del sauce, pero cuando lo observo con detenimiento, me doy cuenta que viene del fondo.

Me acerco un poco al borde del agua, apoyando una mano en la arena y la otra sumergiéndola un poco, para poder inclinarme. En ese momento, siento que sale un grito del fondo del agua. Asustada, me echo hacia atrás con rapidez, tanto que tropiezo y me caigo de bruces en la arena. Sudando, clavo la mirada en ese sector del agua. Jamás había escuchado un sonido semejante. No es posible describirlo. La ansiedad que me genera ese grito es indescriptible, siento que del fondo del lago comienzan a llegar sonidos como de una batalla, lamentos de hombres agonizantes y caballos destrozados. Sacudo la cabeza tratando de alejar esos sonidos y trato de ponerme de pie, pero no puedo. Una fuera indescriptible, como la de un imán, me lleva a acercarme al agua y, sin darme cuenta, comienzo a hundir un brazo en el agua, como queriendo alcanzar lo que hay dentro.

Recuerdo que unos de los primeros viajes que hice entre el Distrito 2 y mi primer destino, el Distrito 10, me había quedado dormida en el camión que nos transportaba, acunada por el ruido y el movimiento que me daban la ilusión de serena levedad. El conductor del vehículo entró en un puente a demasiada velocidad y perdió el control del coche. Me desperté de mi sueño con el resplandor de las luces y la sensación de caer a alta velocidad. Esa sensación de abrupta transición es lo que siento ahora mientras mi cuerpo se sumerge por completo en el agua, como tironeado por una fuerza desconocida, pero no alcanza ni remotamente a describirla en todo su espanto.

De repente, mi campo visual se reduce a una mancha oscura y luego desaparece por completo para dejar paso, no a la oscuridad total, sino a un vacío brillante. Tengo la sensación de girar y girar o que tiran de mí de afuera hacia adentro. Cuando mis pulmones comienzan a quemarme por la falta de aire, comienzo a mover los brazos y dirijo mi mirada hacia donde sospecho que es la superficie, porque sí puedo ver un rayo de luz arriba. Me muevo hacia allá hasta lograr sacar la cabeza del agua y tomar una bocanada de aire. Me sostengo con los brazos sobre la playa y me arrastro hasta salir por completo del agua. Estoy empapada, toda la ropa pegada a mi cuerpo.

Miro a mi alrededor, y creo que nada ha cambiado, que nada se ha movido. Al parecer, nada ocurrió y, sin embargo, acabo de experimentar un terror tan grande que he perdido la noción de quién o qué soy y dónde estoy. Siento como si estuviera en el corazón del caos y ninguna facultad, física o mental, me sirve para nada. Sospecho que durante un rato perdí la conciencia. Me siento mareada, aturdida.

Como puedo, me voy arrastrando hacia arriba, hacia donde debería estar el camino hacia la vieja cabaña. Lo que más me llama la atención, es que el día se ha vuelto repentinamente nublado y comienzo a sentir frío. Subo un poco más y me apoyo contra un árbol para tratar de reorganizar mis pensamientos. Oigo un griterío confuso en las cercanías, el mismo sonido que emanaba del agua. Se trataba del sonido acostumbrado de los conflictos humanos. Me parece extraño que haya gente en el bosque, hasta ahora había pensado que estaba sola. La curiosidad me gana. Entonces, me pongo de pie y comienzo a caminar en esa dirección.

Frases de Forastera, de Diana Gabaldon, Ediciones Salamandra, 1999, de Collins, Suzanne. "Los Juegos del Hambre", "Sinsajo". Editorial Del Nuevo Extremo en itálicaen itálica