01
«Mamá», rezó la pantalla de su teléfono móvil completamente brilloso y repulsivo.
Ignoró la llamada poniendo los ojos en blanco y continuó su caminata hacia el Frederick Douglass Blvd. Sonrió complacida en cuanto llegó al final de la calle y el techo galería —con aire retro— en colores rojo y negro con letras en blanco y carteles luminosos, que indicaba el nombre del lugar y los servicios ofrecidos, le saludaban desde uno de los laterales. No había muchas personas fuera del lugar —¿Quién estaría a las 00.14 am fuera de su casa con el frio calándose en sus huesos?—, lo que le garantizaba que podría tomarse su café en el exterior del lugar sin que nadie le molestase. Además, gracias al techo galería, estaría reguardo de la ligera llovizna que la meteoróloga del Fox News anunció esa misma mañana.
«Mamá», volvió a rezar la pantalla de su móvil cuando entraba al café-bar.
—Buenos noches —saludó ignorando una vez más la llamada de teléfono. Una rubia bajita con tatuajes en los antebrazos y el distintivo «Dani» sobre su pecho le sonrió desde el otro lado de la barra—. Un Dark Roast, por favor.
—Por supuesto. Ya te lo llevo.
Le sonrió a la camarera —más por obligación que por otra cosa— y se retiró hacia una de las mesas que daban hacia la ventana de la calle. Perdió su mirada hacia el exterior varios minutos antes de sacar de su bolso el libro que había comenzado leer la noche anterior. No importaba cuantas veces leyera la historia, siempre encontraba un nuevo rumbo en los pensamientos de Charlie. La camarera bajita regresó poco después con su café negro y volvió a dejarla sola, no sin antes haberle regalado una nueva sonrisa.
«Mamá», volvió a saltar en la pantalla de su teléfono móvil. Y esta vez ya no pudo seguir ignorándola por mucho tiempo más.
—Disculpa, Charlie —soltó mirando hacia el libro. Como si el personaje literario pudiera soltarle un «No te preocupes»—. Mamá está algo… insistente esta noche. —Deslizó el pulgar sobre la marca verde hacia la derecha y pegó el teléfono a su oreja—. Buenas noches, mamá. ¿Qué haces llamando tan tarde?
—Al parecer este es el único horario en el que puedo hablar con mi hija —espetó la mujer del otro lado del teléfono. Puso los ojos en blanco mientras le daba un trago a su café. Auch. Demasiado caliente—. ¿Por qué no contestabas mis llamadas?
«Porque no quería»
—Lo siento, mamá. Estaba en un lugar donde no podía contestar —mintió—. Pero ahora que contesté tu billonésima llamada en el día, dime… ¿Para qué me llamabas?
— ¿Dónde estabas que no podías contestarle el teléfono a tu madre?
«Oh, por Dios. No vayas por ese lado», pidió mentalmente.
No estaba teniendo el mejor día de todos y no quería descargar el enojo con su madre. Así que le convenía a la mujer no ir por lado controladora compulsiva porque si lo hacía, la conversación terminaría muy mal.
Ya había empezado mal el día con la primera llamada de teléfono. El idiota de su ex novio le llamó para preguntarle si en su departamento no había quedado su chalina. Tendría que haber sospechado, desde la primera vez que lo vio, que esa chalina sería la tercera en discordia en la relación. ¿Quién le mandó a salir con un maldito hípster? Nadie. Ella solita se metió en toda esa locura.
A la llamada de teléfono le siguió un ruido desde la cocina. En cuanto se acercó a la habitación, supo que había sido una mala idea ir hasta allí. Su compañera de piso estaba teniendo sexo sobre la mesada con el chico número cuatro de esa semana. ¿O era el número cinco? No estaba segura. Había perdido la cuenta de los amantes de su roommate. De más está decir que la idea de buscar nuevo departamento apareció en su cabeza más fuerte que nunca.
Ingenuamente pensó que pasar tiempo en el trabajo mejoraría el día, pero no. Una de las modelos publicitarias de la empresa había llegado con sus aires de diva muy por encima de lo establecido en su paciencia y armó un berrinche por unas supuestas fotografías mal sacadas. Fotografías hechas por el fotógrafo de la empresa que era su amigo. Era su deber defender el trabajo y el arte del joven. Así que estaba sorprendida de no haber recibido aún una citación para ir a la comisaria por lesiones físicas. En su defensa, la modelito de quinta se merecía que le quitaran esa horrible cortina de extensiones que le hacían parecer un perro caniche mal peinado.
A toda esa mierda de día se le sumaban las llamadas de su madre. No es que no la quisiera o tuvieran mala relación, era simplemente que se había ido de su antiguo pueblo para tener un poco de libertad y no sentirse tan ahogada y reprimida en su presencia. Que Judy —así se llamaba su madre— la llamara cada media hora le hacía sentir que había salido de ese pueblucho para nada, que en el fondo seguía siendo la misma adolescente dominada y sumisa que era cuando vivía con su madre.
Judy tampoco era una represora. La cuestión estaba en que ella jamás había tenido el valor para enfrentarse a su madre. Al resto del mundo sí pero… ¿A su madre? No, gracias. No quería terminar siendo igual o más odiada que su padre. Maldito infeliz, bueno para nada. Maldito sea él y la loca tatuada que tenía como amante. Por suerte las abandonó, tanto a su madre como a ella, porque para tener un padre como él… No, gracias.
Apretó el teléfono fuerte con la mano hasta que sintió cierta molestia en la cara interna de los dedos. Por suerte no tenía fuerza sobrehumana porque con el apretón que ejerció sobre el aparato seguramente lo rompería. Y no tenía dinero para comprarse uno nuevo. Así que respiró profundo alejando a su idiota padre de su mente y se concentró en la controladora de su madre, que en ese momento hablaba de algo que ella no se esperaba en absoluto: Judy tenía novio.
— ¿Se puede saber de dónde lo sacaste? —preguntó pasándose una mano por el rostro en señal de cansancio.
—Lo conocí en una reunión de solos y solas. Ya sabes, citas online.
«Jódeme»
Una de las tantas cosas que no extrañaba de vivir con su madre, eran las locuras en las que Judy se podía meter. Un día era una madre controladora, al otro una madre liberal con «Vete, haz tu vida» incluido. A la semana siguiente le daban ganas de hacer un curso de jardinería y a los dos días lo cambiaba por otro de tejido a crochet. El peor que tuvo que soportar fue cuando hizo el curso de repostería y ella tuvo que ser el «conejillo de indias» de su madre. Aumentó varios kilos durante esa semana. Y si algo le faltaba en esa larga lista de locuras, eso era salir con alguien de internet.
—Tiene que ser una broma, mamá. No puedes salir con alguien que conoces en internet. ¿Qué tal que es un loco demente? ¿O un violador de ancianas? Ok, lo siento —se disculpó cuando Judy protestó por esto último. Resopló antes de continuar—. ¿Cuánto tiempo llevan… conociéndose?
—Cinco meses, casi seis —respondió su madre—. Pero es un buen hombre, Quinnie. Nada que ver con tu padre. —«Ya…», soltó irónicamente en su cabeza poniendo los ojos en blanco—. Cielo, no he salido con nadie en años y esta vez he encontrado a alguien que me hace bien, que me hace sentir especial y, por sobre todas las cosas, no me engaña con locas tatuadas —«Eso no lo sabes», pensó auto regañándose a los pocos segundos. —Tu hermana vendrá a conocerlo este fin de semana y pensé que sería lindo que tú también estuvieras aquí.
«Perfecto», pensó con ironía.
Frannie estaría en Lima. No eran celos de hermana menor lo que causaba esa aversión hacia su hermana, era el hecho de no tener nada en común con ella más allá del odio hacia su padre. Que las hayan comparado entre sí desde que tenía uso de razón, tampoco ayudaba crear una buena relación entre ambas. Frannie había sacado diez desde primaria. Ella sacó diez hasta que entró en la secundaria. Luego sus notas bajaron; Frannie había llevado un solo novio a casa. El mismo con el que se casó tiempo después; ella había llevado a cuatro. Uno tonto, uno inocente, un cristiano que para besarle le pedía permiso. Y por último, el típico chico malo que hay en todos los pueblos de mala muerte; Frannie se había graduado de Yale con honores. Ella dejó tercer año de Artes Audiovisuales en Columbia.
Así que no, no le apetecía ir a su antiguo pueblo de regreso y ver a su «perfecta» hermana. Ya era un desastre bastante lindo —insertar ironía aquí— como para encontrarse con Frannie y que ésta le refregara en la cara lo perfecta que era su vida mientras que ella era un puto desastre sin remedio. Y también la oveja negra de la familia.
—Mamá, no sé si pueda ir este fin de semana. Debo… —no supo que mentira inventar. Así que cerró los ojos y suspiró—: Dudo mucho que pueda ir este fin de semana a Lima.
—Quinnie, te necesito aquí conmigo porque es un momento especial que quiero compartir con mis dos hijas —replicó Judy con firmeza haciéndole suspirar una vez más—. Ya sé que tú también tienes tu vida, y créeme que me interesa que todo te salga bien y seas tan responsable con tu trabajo pero, ¿Podrías al menos hacer el intento de venir este fin de semana?
—Está bien, veré que puedo hacer pero… no te prometo nada, ¿Ok? —fue su resignada respuesta. Alejó un poco el teléfono móvil de su oreja cuando su madre se puso demasiado eufórica para su gusto—. Ahora debo colgar, mamá. Debo llegar a mi departamento y continuar con unos papeles que el jefe necesita mañana temprano y créeme, voy con retraso.
—Está bien, Quinnie. Llámame si necesitas algo, ¿Ok? Te amo, hija.
—Te amo también, mamá.
Para cuando cortó lo llamada, su café no estaba frio, ¡Estaba helado! Y como lo de los papeles para su jefe era mentira, levantó la mano y chasqueó los dedos llamando a la camarera rubia con tatuajes. Un nuevo café caliente, una pequeña llovizna golpeando en la ventana y el libro entre sus manos una vez más, le hicieron olvidar la llamada telefónica de Judy. No quería pensar en eso en ese preciso instante, ya pensaría al otro día en la oficina mientras fingía prestar atención a todo lo que su odioso jefe decía.
Al cambiar la página del libro, levantó la vista encontrandose con que había dos o tres personas más de las que había cuando ella entró a Spotlight. El reloj retro —como todos los objetos que había en el lugar— marcaba las 01:23 am desde una de las paredes laterales. A pesar de ser algo tarde no le apetecía volver al departamento aún. Además, tenía la leve sospecha de las actividades que su compañera de piso estaría haciendo. Así que no, nada de escuchar orgasmos ajenos esa noche.
—Veo que la mala relación entre tú y el paraguas no ha cambiado —escuchó decir a la camarera rubia.
¿Cómo se llamaba? ¿Dani? ¿Así era? Sí. Una rápida mirada al distintivo sobre el pecho de la rubia confirmaba que, efectivamente, ese era el nombre de la camarera. Quizás era hora de que se lo aprendiera.
Siguió la línea de la visión de la joven encontrandose con una morena, también bajita —poco más de un metro y medio—, que parecía sacudirse como si se tratara de un perro al cual recién acaban de bañar. Arrugó la nariz frente a esa imagen. Conocía a esa joven. Era la camarera del turno noche, la misma que le hacía compañía a Dani. Tenía que señalar que la llovizna de afuera no favorecía para nada al flequillo de la camarera recién llegada. Por lo general, cuando era noche despejada, el flequillo se mantenía completamente recto, sin moverse apenas. No es que le hubiese prestado atención a ese pequinés devenido en mujer tamaño bolsillo pero era una persona observadora, así que notar su presencia era algo inevitable.
Su nombre no lo sabía. A diferencia de Dani, la morena con tamaño de chihuahua, jamás se había acercado a ella. Ni ella se había acercado a la morena. No necesitaba hacerlo. No quería hacerlo. Además, ¿Para qué? No tenía ningún interés en esa joven. Así que, como cada noche, simplemente desvió la mirada y volvió a su lectura.
—Oh, el pequeño Charlie. Tan solitario como ingenuo e inocente —comentó alguien detrás de su oreja un cuarto de hora más tarde.
Demasiado cerca de su oreja.
Quiso darse vuelta pero un aroma frutal y dulce, no empalagoso, penetró en sus fosas nasales dejándola ligeramente atontada. O quizás fue el hecho de sentir el aliento caliente de la persona detrás de ella sobre su oreja. Caliente y con aroma a mentol. Similar a dentífrico pero al mismo tiempo con un toque único. Una melena marrón, un poco más claro en las puntas, cayó sobre su hombro llamando completamente su atención. Y causándole cosquillas en la mejilla cuando movió la cabeza para saber de quién se trataba.
—Lo siento, ¿Te conozco? —preguntó con un deje de frialdad en la voz.
—No —respondió su interlocutor con una sonrisa de oreja a oreja—. Pero sí conozco a Charlie.
—Todo aquel que haya leído el libro conoce a Charlie —observó con una ceja en alto—. Incluso apostaría a que hay personas que se identifican con el personaje.
—Y yo apostaría a que no es la primera vez que lees ese libro. Rachel Berry, mucho gusto —se presentó la camarera sin borrar la sonrisa de sus labios.
Como así tampoco ella borró su ceja en alto. Sobre todo cuando la joven frente a ella le ofreció su mano a modo de saludo. Se tomó su tiempo antes de estrechársela. No conocía de nada a esa morena de tamaño bolsillo, salvo de saber que trabajaba allí cada noche. Tampoco es que, durante esa casi semana que llevaba yendo al café-bar, la chica se hubiese acercado a ella. Por ende, no entendía por qué de repente estaban hablando de un personaje literario tan precioso como desastroso.
—Hola —fue lo único que dijo soltando la mano de la camarera. Nada de nombres. Ni siquiera un «mucho gusto» o «el gusto es mío». Jamás había sido buena para mentir.
— ¡Rachel! —Llamó Dani desde la barra—. Clientes en la mesa cinco, ¿Puedes atenderlos?
—Ya voy —respondió la morena chihuahua sin quitarle la mirada de encima. —Nada de nombres, ¿Eh?
No era una persona de incomodarse fácil pero tener dos faroles marrones clavados en ella y una sonrisa que poco a poco se iba asemejando a la del Joker era algo con lo que nunca se había enfrentado. Lo más incómoda que llegó a sentirse alguna vez fue cuando su madre habló por horas y horas acerca del nuevo empleo soñado obtenido por la hija pródiga de la familia Fabray. O sea, Frannie. Obviamente no podía ser ella porque: uno, no había terminado su carrera. Y dos, su madre había perdido las esperanzas con ella apenas terminó el instituto.
— ¿Quieres más café antes de que me vaya? —escuchó preguntar a la camarera.
Negó con la cabeza y apartó la mirada de la joven porque repentinamente estaba molesta. Siempre sucedía eso cuando recordaba los laureles que sus padres tiraban acerca de Frannie. Para ella solo había espinas. Cuando eran la mentira esa de familia perfecta, Russel siempre sacaba a relucir lo «excelente y astuta» que había estado Frannie cuando solicitó empleo por primera vez, lo hermosa que había estado en el baile de graduación donde salió reina y lo inteligente que fue al «atrapar» a su esposo. Su padre jamás usaba el término «enamorado» o «enamorada», para él las personas en parejas estaban «atrapadas». Se preguntó si seguiría diciendo lo mismo ahora que la loca tatuada lo tenía «atrapado» a él.
Demasiado molesta como para seguir en el mismo lugar, guardó su libro en el bolso y le hizo señas a Dani de que le dejaba el dinero sobre la mesa. Cerró los ojos una vez que estuvo afuera del Spotlight. Ya no llovía pero si comenzaba a hacer frio. Lo más sensato hubiera sido que se tomara un taxi hasta su departamento pero la idea de caminar hasta allí la sedujo mucho más. Necesitaba que el viento golpeara en su rostro para volver a sentirse libre.
Para volver a sentirse ella misma.
«No, este no. Demasiado caro», pensó escribiendo una cruz sobre la nota que había escrito en su libreta.
— ¿Más café?
—Sí, Dani, gracias —sonrió mirando a la camarera rubia del Spotlight. La rubia bajita le devolvió la sonrisa antes de irse.
Ella volvió la vista a la laptop sobre la mesa del café y a las anotaciones en su libreta. Había estado yendo las últimas dos noches al café-bar con el aparato electrónico porque había descubierto que el lugar tenia WiFi gratis. Lo que le permitía pasarse horas buscando departamentos en internet sin necesidad de preocuparse por la conexión.
Había tomado la decisión de mudarse de una vez por todas cuando al llegar a su departamento, dos noches atrás después de caminar bajo el frío, se encontró con su compañera de piso tirada en el suelo sobre un colchón improvisado de cojines completamente desnuda. Dos tipos más estaban con ella pero al menos uno tuvo la decencia de ponerse su bóxer antes de dormir. No juzgaba a su roommate pero eso era algo que sobrepasaba su límite de tolerancia. No podía vivir mucho tiempo más en ese ámbito. Por el bien de su salud mental y por la salud física de su compañera de piso.
Llevaba dos días buscando departamentos pero la mayoría escapaba del acceso de su billetera. Quizás debería empezar a buscar otro empleo aparte del que ya tenía. Aunque si eso pasaba, ¿En qué momento descansaría? Ya de por si pasaba doce horas en la empresa siendo la secretaria de alguien tan temido como insoportable, cosa que le agotaba tanto mental como físicamente, un nuevo empleo no sería fácil de llevar. Y el único momento en el que podía trabajar sería de noche, el tiempo que usaba para dormir y reponer energías.
Dejó de buscar departamentos y colocó en la barra de búsqueda de Google «¿Cuánto tiempo puede estar una persona sin dormir?», seguido de otra pestaña con «¿Cuánto tiempo puede beber café una persona antes de perder la cabeza completamente?». Estaba en plena búsqueda cuando una masa marrón con rojo y blanco pasó frente a sus ojos.
01:30 am. Puntual.
No lo había notado en toda la semana que llevaba yendo al lugar hasta que la joven se acercó a ella, pero la morena con flequillo recto, que se había presentado frente a ella como Rachel como se llame, llegaba cada noche puntual a las una treinta de la madrugada. Como siempre, saludó a Dani, bromeó con la rubia sobre algo —a juzgar por las risitas que ambas soltaban por lo bajo—, se colocó el delantal —blanco, como la mayoría de las cosas del lugar— y se acercó a los clientes que iban llegando. Al ser una noche despejada, libre de lluvias o nubes, había más clientes que de costumbre. Quizás seis o siete personas más.
Después de ese primer contacto, dos noches atrás, la morena no había vuelto a acercarse a ella. No es que esperase que lo hiciera pero le parecía raro que la camarera fuera mesa por mesa ofreciendo café y tortitas al resto de los clientes y pasara por alto su mesa. No había hecho algo que molestase a la joven, ¿O sí? Bah, daba igual, ¿Qué le importaba a ella lo que pasaba con esa morena con el tamaño de un perro pequinés?
Había vuelto a su búsqueda en Google cuando se sintió repentinamente observada, ¿Como cuando la víctima de una película de terror siente que lo van a asesinar? Bueno, así. Incluso levantó su vista y miró a su alrededor pero nada. Nadie estaba mirándola. El señor mayor con gafas estaba a su lado leyendo un libro casi tan antiguo como él; la pareja de hippies de dos mesas más adelante estaban riéndose de manera estúpida, quizás demasiados fumados como para diferenciar realidad de delirio; Dani estaba en la barra colocando rosquillas en una bandeja; así que no comprendía porque razón se sentía observada si nadie le prestaba atención a ella.
Volvió otra vez a su búsqueda hasta que de nuevo se sintió observada. Una rápida mirada hacia el exterior a través de la ventana le aseguró que el peligro no venía de afuera. No, su asesino estaba ahí adentro pero, ¿Dónde? Volvió a pasar su mirada por todo el restaurante y encontró, una vez más, la nada misma. Hasta que sus ojos notaron una masa marrón con rojo y blanco.
La camarera morena con tamaño bolsillo la miraba casi sin pestañear desde el piso de arriba, apoyada en uno de los barandales con una mirada completamente aterradora como indescriptible. Le sostuvo la mirada todo el tiempo que pudo antes de sentir las ganas de ponerse de pie e ir a preguntarle a la joven qué problema tenía con ella. Por suerte Dani intervino llamando a la morena.
De repente, ya no tenía tantas ganas de estar allí. Así que cerró su laptop, guardó su libreta y, como venía haciendo desde hacía una semana, chasqueó los dedos indicándole a Dani que dejaba el dinero en la mesa. Una vez afuera del Spotlight respiró profundo y comenzó a caminar lento pero sin pausa para poner la máxima distancia posible entre ella y la morena.
No entendía por qué de repente se sintió pequeña frente a ese mar chocolate clavado en ella, pero tampoco tenía tiempo para averiguarlo. Tenía millones cosas que hacer. Buscar departamento, dormir, llamar al día siguiente a la agencia de viajes para reservar el vuelo hasta Lima, prepararse mentalmente para enfrentarse al control de su madre y a la perfección de su hermana, alejar de su mente la mirada de la camarera. Pero ni siquiera todos esos pensamientos lograron eclipsar la sensación de sentirse observada que la persiguió hasta perderse de vista del Spotlight Diner.
Como si la camarera la hubiese seguido con la mirada, incluso una vez fuera del lugar.
Una semana, siete días, ciento sesenta y ocho horas con sus respectivos minutos y segundos.
Hubiese vuelto mucho antes al Spotlight Diner pero cada vez que intentaba ir, recordaba la mirada de la camarera sobre ella y retrocedía en su decisión.
El único momento en que pudo tener un poco de paz, aunque sonara algo irónico, había sido cuando estuvo en Lima el fin de semana. Y no, no fue gracias a su madre o su hermana. Fue gracias a sus sobrinos. Alex de siete años y Alyson de diez. Alyson era físicamente igual a su madre. En términos de personalidad era muchísimo mejor que Frannie. Y más inteligente también. Por lo menos con la niña se podía hablar horas sin que sacara a relucir constantemente lo perfecta que era. Alex, por otro lado, era más parecido a ella cuando tenía su misma edad. Tímido, dejando hablar a su hermana todo el tiempo, mirándola con admiración. Era inevitable no verse reflejada en él.
También conoció al novio de su madre. Un tipo algo enigmático, ojos azules, mirada firme, sonrisa entre idiota y relajada, calvo. Sobre todo calvo. Parecía un poco inteligente e incluso mantuvo una interesante conversación sobre arte, música y, muy a su pesar, política. Pero eso lo habló el tipo con Frannie que, como siempre, sacó a relucir lo altamente capacitada que estaba para ese tipo de conversación.
—Me alegro que hayas venido —le dijo su madre cuando se quedaron a solas en la cocina.
No dijo nada, simplemente suspiró y abrazó a Judy como hacía tiempo había dejado de hacerlo. Debía admitir que su madre se veía muchísimo mejor que la última vez que ella la estuvo visitando. Sobre todo ahora que tenía a un calvo novio a su lado. A pesar de cuidar las formas y de no demostrarse demasiado cariñosa con el tipo, había descubierto a la mujer varias veces mirándolo atontada. Y se sintió bien por su madre. Había estado tensa y reservada durante toda la cena pero ver a Judy sonriente todo el tiempo, le hizo ver que quizás el calvo no sería tan mal tipo. Aun así lo mantendría vigilado. Y por vigilado se refería a visitar más de seguido Lima, muy a su pesar. Pero todo sea por cuidar a su enamorada e atolondrada madre.
—Buenas noches —saludó acercándose a la barra. Como siempre, Dani la recibió del otro lado con una sonrisa—. Un café, por favor.
— ¿Un Dark Roast? —Asintió a modo de respuesta—. Perfecto. Ya te lo llevo. ¿La mesa de siempre?
—La misma.
Tal y como le había dicho a la camarera rubia, se sentó en su mesa habitual. Perdió su mirada en el exterior unos minutos antes de sacar su laptop y continuar con su búsqueda de departamentos. Dani se acercó a ella cinco minutos después con el café y tortitas que, según había dicho la rubia, invitaba la casa. Le sonrió soltando un «muchas gracias» antes de volver a quedarse sola en su mesa.
La búsqueda de departamentos no estaba yendo por buen camino, más que nada porque todos los que le gustaban sobrepasaba el límite de su economía y no podía permitirse un costo tan elevado. Llevaba casi una hora en el lugar cuando sintió una brisa fresca arrastrarse hasta donde ella estaba. La reacción automática sería levantar la vista en busca del origen de tal cosa pero ni levantó la vista, ni quiso conocer al causante de dicha acción. O en ese caso, la causante.
Sabía que eran las una y media de la madrugada. No es que haya estado mirando su reloj pulsera constantemente, sino que simplemente le había estado echando una mirada cada tanto para no pasarse de su horario. Después de todo, en la mañana debía ir a trabajar. Por ende, no podía desvelarse tanto tiempo. Carraspeó antes de volver su vista a la laptop y posteriormente a su libreta donde había estado anotando los posibles departamentos que estaban casi al alcance de su bolsillo.
—Hola —escuchó detrás de ella. Se puso repentina y absurdamente tensa pero no lo demostró—. ¿Le diste un descanso al pequeño Charlie?
Después de poco más de una semana la camarera con flequillo recto se acercaba nuevamente a ella y le dirigía la palabra. Tragó saliva varias veces sin saber exactamente el porqué de su ya mencionada reacción. Quizás porque no podía quitarse de la cabeza la manera en la cual los ojos de la morena, que en ese preciso instante estaba parada a su lado, la taladraron hasta mucho después de haber abandonado el Spotlight. Porque, podían llamarla loca o exagerada pero nadie iba a quitarle de la cabeza la idea de que esa noche la morena no le había quitado ojo en ningún momento durante el tiempo que estuvo en el café-bar ni hasta cuando se fue del mismo.
—Mmm… sí —respondió finalmente. Internamente se preguntó por qué le daba conversación a la chica frente a ella y no salía corriendo aun al notar como esos dos océanos chocolates se clavaban en su rostro—. Aunque no del todo. Está en mi bolso esperando que lo saque de allí.
—Creo que tendrá que esperar un poco más —observó la morena con una media sonrisa mientras señalaba con la cabeza hacia la laptop que descansaba en la mesa—. Parece una búsqueda… necesaria.
Quiso cerrar el ordenador rápidamente tras escuchar eso por parte de la camarera pero si lo hacía quedaría como que quería ocultar algo. Y no era así. Tampoco es que estuviera buscando cosas indebidas, sino que estaba buscando una nueva vivienda en la cual solamente fueran ella y su silencio, sin orgasmos ajenos de por medio. Por otro lado, el hecho de que la morena haya «husmeado», por llamarlo de alguna forma, en sus actividades lejos de molestarle, le pareció algo normal. Como si ella y la joven hablaran sobre libros y búsquedas en internet a diario.
Pero no era así.
Ella y la morena no se conocían de nada, más que de ser cliente-camarera. Esa era toda la relación que mantenían. Entonces, ¿Por qué permitía que esa morena con flequillo recto —que se descontrolaba los días de lluvia dándole aspecto de cachorro recién bañado— se metiera en sus asuntos? Esa chica no tenía voz ni voto en nada de lo que ella hiciera. Punto. A lo mejor debería recordar eso de ahora en adelante y olvidar esa sensación de normalidad que estaba sintiendo.
—Si estás buscando un nuevo hogar, tengo una amiga que trabaja de agente inmobiliario —escuchó decir a la camarera. —Quizás, si quieres, ella…
—Estoy bien así, gracias —interrumpió desviando la mirada y apretando la mandíbula.
Esperaba que la morena entendiera la indirecta. Una cosa era compartir un par de palabras cordiales, y otra muy diferente era permitir que la camarera le ayudara a solucionar su vida. No quería eso. Ella no era así. Lo fue en un momento pero ya no más. No quería volver a sus años de dependencia en los cuales su madre le solucionaba todo y ella simplemente se quedaba quieta viendo como su vida tomaba un rumbo que no sentía que era el correcto pero, ¿Qué podía hacer? Era un puto desastre dependiente y sumiso. No tenía peso mayoritario en sus decisiones y cada vez que expresaba en voz alta que algo no le gustaba, llevándole la contraria a su madre, podía sentir que estaba decepcionando a la única persona que soportaba su asquerosa personalidad. Así que, para ahorrarse esa sensación de «soy una mala hija», simplemente asentía a todo que sí aunque sintiera que no era lo correcto.
Que la camarera quisiera darle una solución, o la encaminase hacia una, le recordó a sus años pasados. Y no quería volver a eso. Sabía que su interrupción había sonado completamente brusca y maleducada pero en ese momento era lo que menos le importaba. Esa joven no tenía peso en su vida, por lo tanto no tenía por qué disculparse y arreglar las cosas.
—Lo siento —escuchó en susurros.
Automáticamente su cuello se giró hacia la morena dejando un débil, pero no menos doloroso, «crack» en el camino. Seguramente más tarde lamentaría haber girado el cuello rápidamente, jodiéndolo en el proceso. Todavía tenía ese gel muscular con aroma a mentol en la casa, ¿Cierto? Si su roommate no lo había usado como lubricante, seguramente podría aplicárselo en el cuello al llegar a casa y así evitar un mal a futuro.
—Lo siento —repitió la camarera mordiéndose el labio—. No solo por… por entrometerme ahora en tus… asuntos —señaló con la cabeza hacia la laptop—. Sino también por haberte hecho sentir incómoda la semana pasada. Por lo general no soy así de… perturbadora. Es solo que… —la morena se detuvo sonriendo de manera extraña. No iba a admitirlo pero ese gesto picó su curiosidad—. Como sea… nuevamente lo siento.
—No me sentí incomoda —mintió volviendo su vista hacia su laptop—. Me fui porque… Hmm… Tenía cosas que hacer. Solo… eso.
No quería que la morena pensara que tenía algún tipo de poder sobre ella. Incluso ni siquiera ella quería pensarlo. Su reacción de la semana anterior no entraba en su término de lógica. Básicamente, porque jamás se había sentido tan incómoda y observada como en ese momento bajo el escrutinio de la morena. Antes de que pudiera decir algo más, la camarera le dedicó la misma sonrisa extraña de antes y se alejó de ella.
Esta vez fue su turno de mirar a la joven.
Podía haber vuelto su vista a la laptop pero no estaba prestándole demasiada atención a eso. En su lugar estaba mirando de soslayo a la morena que les ofrecía café a los cuatro o cinco clientes que había dentro del café-bar. Había notado que la sonrisa que le dedicaba a ella era la misma que le dedicaba al resto de las personas. Quizás un poco más radiante, pero seguía siendo la misma sonrisa. De vez en cuando, y cuando el cliente de la mesa era gracioso, soltaba una pequeña risita que a ella le sonaba que era más por compromiso que por ser verídica.
La alarma de su Smartphone sonó anunciándole que era hora de que volviera a casa. Así que recogió sus cosas y le hizo señas a Dani dejándole el dinero en la mesa. La morena bajita no volteó a mirarla en ningún momento y casi que se sintió mal porque sabía que si su interrupción abrupta no había sentado bien a la camarera. Pero, ¿Qué podía hacer? Ella no era ese tipo de persona que se disculpaba con facilidad. Además, no había hecho ni dicho nada malo. ¿O sí?
Sacudió la cabeza y abandonó el Spotlight. El frio nocturno la recibió fuera del lugar, lo que la llevó a abrazarse a sí misma para darse calor. Se acomodó el bolso sobre su hombro y le lanzó una última mirada al café-bar antes de comenzar a caminar, pero esta vez no había un par de ojos marrones mirándola. En su lugar había una extraña sensación de abandono.
«Buenas noches, Rachel», se despidió mentalmente sin saber exactamente por qué lo hacía.
Varias horas más tarde, y tras haber despertado de un mal sueño, cayó en la cuenta que, por primera vez a lo largo de las dos semanas que llevaba yendo al Spotlight, había llamado a la camarera por su nombre: Rachel.
A la estúpida y absurda sonrisa que invadió sus labios después de eso, prefirió ignorarla.
01:27 am marcaba su reloj pulsera. Esa noche estaba haciendo mucho más frío que en las anteriores y ella no había tenido mejor idea que agarrar el sweater más propenso al frío que tenía en su armario. Así que ahí estaba, congelándose en la puerta del Spotlight. No tenía bien en claro qué era lo que hacía allí pero sí tenía en claro a quien estaba esperando.
La búsqueda de departamentos seguía siendo un completo desastre. No encontraba ninguno acorde a su presupuesto y su última visita al café-bar, tres noches atrás, había estado presente en su mente a lo largo de todo el fin de semana. Reacomodó su bolso sobre el hombro y se llevó ambas manos a la boca exhalando aire caliente en un vago intento de brindarles calor. Maldita sea la hora en la que se olvidó sus guantes.
Y hablando de hora.
01:29 am.
«Puntual, como siempre», pensó al ver una melena marrón aparecer por la esquina.
Frunció el entrecejo ligeramente confundida y miró hacia atrás cuando la camarera del Spotlight tamaño bolsillo sonrió hacia su dirección. Detrás de ella no había nadie, entonces ¿A quién le sonreía la morena? Se vio tentada de apuntarse a sí misma con sus dedos temblorosos de frío pero supo que sería absurdo. ¿Quién en su sano juicio pensaría que la morena estaría sonriéndole a ella? ¡Nadie! Así que apartó esos pensamientos de su mente y se enfocó en la joven que, en ese momento, estaba parada frente a sus ojos.
—Hola, chica sin nombre —saludó la morena sin borrar la sonrisa—. ¿Qué haces aquí? Podrías congelarte. Adentro tenemos calefacción, ¿Por qué no entras?
—Hoy no… no vengo por café —respondió. Al parecer eso picó la curiosidad de la morena que frunció el entrecejo—. Venía a hablar contigo.
— ¿Conmigo?
—Hmm… sí. La semana pasada hablaste sobre…
No sabía cómo abordar el tema sin sentir que estaba volviendo a ser nuevamente esa persona dependiente que necesitaba que le solucionaran la vida. No estaba pidiendo eso tampoco. No quería que volver a ese tiempo. Simplemente, una parte de ella, pensaba que no estaría mal recibir un poco de ayuda por parte de una desconocida. Además, que consultara algo con esa morena tamaño bolsillo no significaba que esa consulta llegara a buen puerto. Quizás esa búsqueda obtendría la nada misma como recompensa. Así que, no había nada de qué preocuparse. La camarera no iba a pensar que era una idiota dependiente solo por una consulta. ¿O sí?
—La oferta sobre… —puso los ojos en blanco aparentando indiferencia—. Ya sabes, dijiste que tu amiga trabajaba en…
—Oh —cortó la morena abrazándose a sí misma. —Sí, lo recuerdo. ¿Quieres…? ¿Quieres pasar y mientras tomas un café, y combates ese frío, yo llamo a mi amiga?
—Espera… ¿A…? ¿A esta hora piensas llamarla?
—Kitty no duerme hasta que llego a casa. Descuida —afirmó la morena con una sonrisa que no se contagió para nada en ella. No le apetecía para nada saber con quién demonios vivía la morena. Lo único que le interesaba era saber si le ayudaría a conseguir un nuevo hogar para ella o no. —Es odioso vivir con alguien que se autodefine tu hermana o tu madre todo el tiempo —esta vez, sí sonrió. Muy a su pesar. —En fin… ¿Entramos?
Lanzó una mirada hacia el interior del café-bar y, resoplido de por medio, asintió con la cabeza. No entraba porque la morena se lo hubiera pedido, lo hacía porque el frio en el exterior comenzaba a hacerse más insoportable y una taza de café bien caliente no parecía mala idea en ese momento. Así que, acomodó nuevamente su bolso sobre el hombro y con una seña de mano, le indicó a la morena que la seguiría.
En el interior del Spotlight, y detrás de la barra, Dani las miraba a ambas con una sonrisa que la puso estúpidamente nerviosa e incluso frunció el entrecejo cuando vio algo pareció a un sonrojo en la mejilla de la morena. Saludó a la camarera rubia con tatuajes en los antebrazos y luego se dirigió a su mesa a esperar que la morena se acercase nuevamente a ella.
No había vuelto a llamar a la camarera por su nombre después de esa despedida mental. Ni siquiera en su cabeza lo había hecho. Y se sentía algo idiota por no volver a hacerlo. Ni que fuera Lord Voldemort. Podía decir su nombre, repetir miles de veces Rac… Rac… Ra… Bueno, su nombre. Podía repetirlo hasta el hartazgo. La cuestión estaba en, ¿Por qué demonios no lo hacía? ¿Por qué su lengua se trababa cuando quería decir el nombre de la morena? Ni que fuera un nombre maldito o especial. Era un nombre común y corriente. Podía decirlo.
Podía y lo haría.
—Sí, la chica de la que te hablé —escuchó que decía Rac… la camarera acercándose a ella con una cafetera en una mano y en la otra el teléfono móvil pegado a su oreja. —Hmm… No lo sé, Kitty. ¿Mañana? Debería preguntárselo… Si, lo sé...
Le hubiese gustado recriminarle a la morena que no se sentara en su misma mesa si ella no le daba permiso de hacer tal cosa, pero la camarera parecía tan entretenida en su conversación, que también la absorbió a ella por completo. Se descubrió deseando no perder ningún detalle de lo que la joven decía. Incluso se preguntó que significaba ese «Sí, la chica de la que te hablé». ¿La morena había hablado de ella con su amiga? No, no. Esa no era la pregunta. La interrogante era, ¿Qué demonios hacía la morena hablándole de ella a su amiga?
—Ok, yo le pregunto. Espera… chica sin nombre —llamó la camarera clavando sus ojos marrones en ella—. Mi amiga pregunta si te parece bien reunirte con ella mañana a primera hora.
—Hmm… ¿Puede ser a la hora del almuerzo? Por la mañana trabajo.
— ¿Trabajas? ¿De qué? —indagó la morena con interés.
—Soy secretaria en una agencia de modelos.
— ¿En serio? Supongo que veras a muchas mujeres semidesnudas todo el tiempo, ¿O no? —no respondió. Entrecerró los ojos con un deje de desconfianza y con el dedo índice señaló al teléfono móvil de la morena. No era educado dejar esperando a la amiga de la joven. —Ah, sí. Lo siento, Kitty… Sí, creo que la chica sin nombre piensa lo mismo que tú.
¿«La chica sin nombre»? ¡Cierto! No le había dicho a la morena como se llamaba. Y no pensaba hacerlo tampoco. Ese «La chica sin nombre» no sonaba tan mal después de todo. Además, que le pidiera ayuda no significaba que fuera merecedora de saber cómo se llamaba. No se lo diría y ya. Fin de la historia.
—Ok, yo hablo con ella y te lo digo todo al llegar a casa —continuó la morena dibujando garabatos sobre la mesa con su dedo índice—. Sí, ya sé… anoto todo lo que me diga en un papel así no me olvido de nada —le pareció gracioso la forma en que la camarera puso los ojos en blanco pero no lo demostró. En su lugar prefirió esconder su sonrisa detrás de la taza de café—. Ok, te veo al llegar a casa. Buenas noches, Wilde.
La morena cortó la llamada con esa sonrisa que siempre tenía en los labios y que parecía no querer abandonarla para nada. Sonrisa que se ensanchó cuando clavó sus ojos color chocolate en su rostro. Se removió inquieta en su asiento recordando la última vez que esos dos faroles se posaron sobre ella. No quería sentirse nuevamente como se sintió esa noche así que, para desviar la atención hacia otro lado, soltó un apremiante «¿Y? ¿Qué dijo?»
—Te verá mañana a la hora del almuerzo aquí, si te parece bien —consultó la camarera anotando algo en su bloc de notas que sacó del bolsillo delantero del delantal. Asintió a modo de respuesta mientras le daba un nuevo trago a su café. —Perfecto. La reconocerás fácil porque…
—Espera… ¿Tú no estarás conmigo mañana? —interrumpió con el entrecejo fruncido. Una cosa era no querer compartir tiempo con la morena, y otra muy diferente era que la dejara ir sola a ver departamentos con una desconocida—. No. Debes venir conmigo. No puedes dejarme sola con alguien a quien no conozco. Además, después de todo, esta fue tu idea.
Rachel la miró con los ojos entrecerrados y una sonrisa en los labios. Seguramente si conociera a la morena diría qué tipo de sonrisa era pero la realidad era que no lo hacía. No sabía cuándo sonreía con picardía, cuando con tristeza, cuando con malicia. No sabía nada de esa chica, salvo que parecía predispuesta a ayudar todo aquel que necesitara una mano amiga. Con ese pensamiento revoloteando en el interior de su cráneo, imitó a la morena y se recostó sobre su asiento —siempre con la taza de café en la mano— clavando sus ojos avellanas en los marrones de la joven frente a ella.
Esta vez fue completamente diferente el intercambio de mirada que la vez anterior. Ahora no se sentía tan pequeña ni expuesta, simplemente se sentía… bien, tranquila. Como si estuviera disfrutando de una tarde de verano recostada al borde de la piscina leyendo un libro. Ese tipo de tranquilidad era el que sentía estando bajo el escrutinio de los ojos penetrantes de Rachel frente a ella. Ni siquiera el hecho de haberla llamado por su nombre nuevamente logró eclipsar esa sensación.
— ¿Qué? —preguntó después de varios minutos en silencio. La morena en ningún momento le quitó la mirada de encima. Y no, no empezaba a inquietarse. Simplemente estaba… algo curiosa y confusa.
—Nada. Solamente me preguntó muchas cosas —respondió la camarera cruzándose de brazos.
— ¿Sobre mí?
—Hmm…
— ¡Rachel, clientes! —gritó Dani desde la barra. Respiró profundo y le lanzó una mirada asesina a la camarera tatuada. Le había dejado sin respuesta por parte de la morena.
—Ya voy, Dani —soltó la camarera abandonando el espacio frente a ella. Recolectó su bloc de notas y le dedicó una mirada que ella asoció con algo similar a una disculpa—. Lo siento, el deber me llama pero… ¿Te…? ¿Te veo mañana a la hora del… almuerzo? —asintió poniéndose de pie ella también. Sacó un par de billetes de su bolso y se los ofreció a la morena—. Oh, no, no. La casa invita el café, no te preocupes. Te veo mañana, chica sin nombre.
Vio a la morena alejarse de ella con una sonrisa en los labios y soltando un suspiro. Se vio tentada de saber qué significaba eso pero se dio cuenta de que a lo mejor era un suspiro de cansancio. De esos que se escapan cuando llevas tiempo descansando y luego retomas el trabajo de nuevo. Acomodó su bolso sobre el hombro y avanzó hacia la salida. A la mañana siguiente su búsqueda de departamento continuaría. Esta vez con ayuda de la morena y su amiga. Debía descansar algo si iban a recorrer la ciudad, seguramente, en busca de un nuevo hogar para ella.
No supo por qué, quizás porque hay un momento en la vida en la que los impulsos toman el control total de las acciones, pero antes de salir del todo de Spotlight giró sobre sus pies y le regaló una última mirada a la morena y, a pesar de saber que tenía mucho en que pensar respecto a esa joven, volvió a sentir esa sensación de bienestar que había sentido anteriormente.
—Quizás podrías dejar lo del café para mañana a la hora del almuerzo —gritó la morena desde el otro lado del café-bar.
Después de eso le dio la espalda nuevamente y ya no volvió a girarse, dejándola con la mente atolondrada sin saber qué hacer exactamente. O qué decir, o cómo sentirse. Simplemente no sabía cómo reaccionar frente a esa osadía por parte de la camarera a la que, si sus cálculos no fallaban, conocía desde hacía poco menos de tres semanas.
«Buenas noches, Rachel» fue su último pensamiento antes de llevarse las manos a la boca brindándoles calor mientras comenzaba la caminata de regreso a su departamento.
Bienvenidos y muchas gracias de antemano.
Las actualizaciones serán todos los días martes a partir de ahora, por una cuestión de que la historia aun no está terminada y eso me da tiempo a seguir escribiendo sin interrumpir las actualizaciones. Espero, sepan entender.
Como siempre, dedicado a mi Beta que lee todo de antemano y le da luz verde y su más sincera opinión a las historias. Gracias por seguir leyendo las locuras de este huracán americano, Beta :)
Nuevamente bienvenidos, espero que disfruten de la historia tanto como yo lo hago al escribirla.
Si tienen dudas, consultas o lo que sea me lo hacen saber en un comentario. Sino en la pagina de Fb y en twitter:
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Gracias de nuevo y a disfrutar :)
