Disclaimer: Nada me pertenece.
Agradecimientos: A todos los que leen esta historia, a los que la han agragado a sus favoritos y a quienes se toman la molestia de dejar un comentario.
Capítulo 2: El punto de partida
o
Un día soleado
Harry se levanta temprano, antes que todos. El cielo aún está oscuro y la casa parece moverse al mismo ritmo de las respiraciones dormidas. Se ducha rápidamente y no toma desayuno. Deja una nota sobre la mesa.
Nos vemos luego.
Harry.
Ginny no puede evitar sentirse muy decepcionada cuando tiene esa brevísima nota entre sus manos. Con el cabello algo húmedo y las piernas acalambradas, se sienta en un rincón de la cocina, sin saber muy bien qué esperar. Su madre se mueve lentamente por la casa, con una pila de ropa sucia y de sábanas viejas, tiene los ojos rojos e hinchados y su padre, sentado en su sofá y con la mirada perdida en el jardín, mantiene los labios estirados y blancos de tensión, Ginny se imagina que debe ser la mueca de dolor que contiene en sus músculos.
Ella termina de desayunar sola. Está El Profeta que Hermione dejó sobre la mesa, pero no tiene ganas de leerlo. Desde el jardín emergen los suaves arrullos de las aves y el aleteo débil de las flores abriéndose, lentamente, muy lentamente, el sol parece entibiar el jardín.
George llega a la cocina con el pelo mojado. Aún está esa marca oscura y redonda en donde antes estuvo su oreja. A Ginny le parece que es como la marca de un anillo oxidado enterrado bajo la piel muchos años atrás. Le dedica una breve sonrisa lánguida a modo de saludo. Se sienta con ella en silencio, mientras unta una rebanada de pan con mermelada.
- ¿Y cuál es el plan para hoy? –Le pregunta Ginny a su hermano.
Una parte de ella cree que de eso se trata, de hacer planes, hacer cosas, tal como su madre que lleva ropa limpia y sucia para lavarla nuevamente y ocuparse en algo.
- No tengo planes. –Contesta George, escuetamente. –Me sentiré satisfecho si no me muero de aburrimiento cuando llegue la noche. –Ginny le mira directamente a los ojos. Quiere que se esconda la tristeza que pueda haber en los propios, no quiere aumentar la de George ni que él piense que está inspirando lástima, aunque sea verdad. No quiere ahogarlo. -¿Y tú, tienes planes?
- Nop. –Dice mientras hace bolitas con las migas de pan que hay sobre la mesa.
- ¿Y Harry? –Ginny por respuesta extiende el pequeño trozo de pergamino que estaba junto al periódico, ese donde bailan las molestas letras "Nos vemos luego". Cuando lo ve por segunda séptima vez, Ginny se pregunta a sí misma qué es "luego" según Harry. La última vez que desapareció, que no fue tanto tiempo atrás, fue durante meses. En ese momento se da cuenta que hace una semana atrás no tenía idea de dónde y cómo estaba Harry y ella su hermano tenían a Fred. Le parecen los recuerdos de otra vida, tan lejanos y tan sutiles como los jirones de nubes blancas que cruzan el cielo que se ve desde las estrechas ventanas de la cocina.
- ¿Y Ron y Hermione? –Pregunta George con poco interés.
- Salieron hace un momento atrás. Están organizando los últimos detalles para el viaje.
- ¿Cuál viaje?
- El viaje en donde van a buscar a los padres de Hermione.
- Ah...Cierto. Lo había olvidado. –Dice meditabundo. –O sea, que somos tú y yo. –Concluye George, sonando decepcionado. Ginny sabe que no lo dice porque ella sea su única compañía, sabe que lo dice porque aún cuesta convencerse que los días serán así desde ahora en adelante.
- Quizás debería ir al callejón Diagon, ver qué tal la tienda. Si es que aún queda algo de ella…
Ese tipo de detalles relevantes Ginny parece olvidar a ratos. George y Fred tenían una tienda de bromas, tenían un pequeño laboratorio de investigación, tenían empleados. Todas esas cosas las dejaron atrás con los ojos cerrados cuando Bill les dijo que debían hacerlo, que todos estaban en peligro porque ya sabían que Ron viajaba con Harry y Hermione. Ese día cuando murió Dobby.
Todo parecía estar cubierto de una película negra y pegajosa. Cada detalle que miraba estaba rodeado de tragedia, tristeza y muerte.
- Si quieres te puedo ayudar. No tengo nada más que hacer que sacudir el polvo de los muebles que nuestra madre ya limpió tres veces antes.
George, un poco más animado contesta. –Genial. Quizás Lee también quiera ir y ayudarnos, le mandaré una lechuza…
Ginny abre la poca apresuradamente. -¿George…? ¿Crees que puedes hablar con mamá?
- Sí, mamá está fuera, en el patio, y yo perdí una oreja, no mi boca. –Contesta con una sonrisa. –Así que pienso que puedo hacerlo.
- No seas tonto. Quiero que le digas que puedo ir contigo. Ya sabes, últimamente está mucho más sobreprotectora…
- Está bien. Hablaré con ella, pero lo anotaré en la lista de favores que me debes.
George sale de la cocina con una suave curva en las comisuras de sus labios. Hay una luz que sube hasta sus ojos cuando él sonríe. Ginny le dice a gritos, cuando lo escucha subir la desvencijada escalera. – Algún día te presentaré a una chica muy, pero muy guapa.
(recuerdos)
La última vez que la vio tenía un bebe en sus brazos. Vestía de negro, sencilla como siempre, el pelo suelto al aire. El bebe tenía saliva alrededor de la boca y ponía sus manos pequeñas y húmedas alrededor de las mejillas de ella, cubriendo las pecas chispeantes que salpicaban su cara.
El bebe tenía el pelo azul y movía mucho las manos.
Ella tenía una sonrisa en la cara pero los ojos brillantes de lágrimas.
Harry estaba a su lado. "Por supuesto", pensó. Harry también vestía una chaqueta negra, tenía los ojos aguados y los brazos le colgaban rígidos con ambas manos cerradas en un puño, pero a pesar de eso, como usualmente sucedía, estaba sumamente contenido.
Hubo alguna vez en que quiso ser como Harry.
Sentado en una banca, acompañado por otros alumnos de Hogwarts despiden a uno de los profesores más queridos del colegio. A ese que lo hizo enfrentarse a sus miedos, descubrirlos y superarlos. Paso a paso, hizo que su abuela se transformara en Snape y ahora, años después, le parece que los boggarts y su abuela enfadada con ese sombrero de buitre fueran cosas de niños.
"Era un niño", pensó mientras veía cómo Andromeda Black, esa mujer tan parecida a la loca que desquició a sus padres, sollozaba disimuladamente tras un pañuelo de encaje.
"Aún lo soy", pensó cuando desvió la mirada y sintió esa sensación que parecía dormida por meses zigzagueantes. Recuerda perfectamente bien cuando comenzó. Cuando se hacía más intensa. Cuando buscaba algo más que el calor de la chimenea en la sala común de Gryffindor.
Mucho tiempo pensó que era confianza. Quizás era la confianza que no encontraba en otro lugar, o la alegría que lo embargaba cada vez que estaba ahí, con ella. A veces creía que sólo era por la belleza que podía admirar cuando le miraba fijamente a los ojos, y le decía, con esa voz un poco nasal
–Neville, ¿a quién quieres más? ¿A Luna o a mi?
Neville sabía que no es necesario responder, pero aún así lo hacía.
- A Luna, por supuesto.
Ginny le sacaba la lengua y entonces Neville lo veía. Una tormenta de pecas, como arena en el desierto, que se arremolinan alrededor de su nariz, los ojos muy cerrados y las pestañas alzándose, rebeldes, hacia el cielo. Ginny después seguía garabateando cosas en el borde del pergamino. A veces le pegaba un puntapié al tiempo que lo regañaba diciéndole "Tonto, no te das cuenta que yo te quiero más que Luna" y esos eran los momentos en los que Neville se sentía confiado y alegre.
Rogaba todas las noches para ser valiente. Ser valiente y atreverse a ir un poquito más allá, sentarse un poco más cerca del calor. Y todas las noches, cuando no era capaz de hacerlo, terminaba preguntándose si el sombrero no se había equivocado con él.
Sentado en una banca, en el funeral de Remus y Tonks, Neville recordó esa época de su vida que quería ser como Harry.
Ahora, días después tendido en su cama, con un libro en las manos en el que no se puede concentrar, se da cuenta que no había nada de malo en querer ser como Harry. Porque Harry siempre fue valiente. Se da cuenta que quizás su error fue querer ser Harry.
Algún día, piensa, mientras retoma su libro titulado "Hierbas exóticas de África para la sanación de heridas hechas con artefactos malditos" será capaz de dejar de sentirse así. –Algún día –Dice mientras cierra los ojos. –Algún día…
(fotografías)
–Ron no tienes que hacerlo si no quieres. No pasa nada. Puedo entender que quieras quedarte con tu familia.
Rueda sus ojos en señal de desesperación. –Deja de decirme que no quiero ir, porque sí quiero ir. Y voy a ir.
Hermione le mira con los ojos vibrantes. –Puede ser un viaje largo y algo incomodo. No tengo mucho dinero.
Ron deja escapar el aire de un golpe, suena casi como un bufido, mientras abre el refrigerador y se sorprende por la luz que aparece en el fondo. Parece complacido y Hermione no puede suprimir una sonrisa. –No sé si te has enterado, Hermione, pero he vivido varios meses incómodamente. Creo que ya me acostumbré. Y nunca he tenido mucho dinero, así que creo que a eso también me acostumbré. ¿Por qué no hay nada para comer?
Hermione frunce el ceño y contesta –Ron. Acá no ha vivido nadie durante meses, ¿por qué habría de haber comida?
–No sé. –Dice mientras se encoge de hombros. –En casa siempre hay comida.
–En tu casa siempre hay gente.
–Y acá no ha vivido nadie en mucho tiempo. Ya lo sé. –Dice mientras cierra el refrigerador, decepcionado.
Hermione abre y cierra cajones y gavetas. Encuentra un tarro de verduras en conserva. Se lo muestra triunfante a Ron, quien luego de tomarlo y mirar bien la imagen de la etiqueta saca la lengua, como si le diera mucho asco. –Me gustan cuando están cocidos y con carne acompañándolos, Hermione.
-Me doy por vencida, entonces. –Dice mientras retoma sus apuntes en un trozo de pergamino.
Ron se sienta sobre un mueble de la cocina y se pone a mirar el horno de microondas que está junto a él. Hermione lo mira fugazmente y le parece una imagen rarísima. El, con sus piernas tan largas colgando de sus muebles de cocina, la luz clara de la ventana colándose por las cortinas e iluminando su pelo rojo, con esa mirada inquieta y tan azul, apretando botones y luciendo molesto porque nada ocurre.
-Este cacharro no sirve para nada. –Se yergue y se da cuenta que Hermione le estaba mirando. Algo dentro de él se siente inquieto y líquido. Los ojos de Hermione le dedican la misma atención encendida que cuando examina un libro interesante. Se rasca la nariz, incomodo. -¿Qué ocurre?
-Nada, sólo no funciona porque está desconectado.
Se siente tonto. Pero como es una sensación usual cuando está con ella, puede manejarlo. Sonríe. Y ella le sonríe de vuelta, y se dibujan dos círculos rosados similares a manzanas en sus mejillas. Hermione vuelve a su pergamino unos segundos después, y Ron no sabe qué más hacer con esa burbuja que queda en su pecho.
- ¿Sabes qué? Me parece extraño que los mortífagos no hayan encontrado tu casa. Ayer oí a mi papá contarle a mi mamá que incendiaron la casa de varios estudiantes de familias muggles que se habían dado a la fuga.
- A mi no me parece tan extraño. –Responde Hermione sin levantar mi cabeza. –Tome ciertos resguardos.
- Por supuesto. –Dice Ron, con una sonrisa.
- Creo que eso es todo. –Hermione toma su varita y bajo los ojos atentos de Ron, la agita con un movimiento elástico. Ahora hay dos pergaminos idénticos y le pasa uno a Ron. Creo que empacando estas cosas estamos listos, es decir, si es que aún quieres ir conmigo.
Ron rueda los ojos y se levanta del mueble de la cocina. Toma su copia del pergamino y comienza a leer. –Bloqueador solar, crema dental, hilo dental, enjuague bucal, toallas húmedas, repelente para los insectos… –Luce consternado. –Hermione, ¿qué es todo esto?
- Cosas básicas para el viaje, si nos llevamos las que hay aquí podremos ahorrar un poco de dinero. Están en el segundo piso, ¿puedes ir a buscarlas mientras yo busco estas otras?
Ron sube las escaleras empolvadas con la vista fija en el pergamino. Cuando llega al segundo piso de la casa de Hermione ve muchas habitaciones. Todo perfectamente ordenado. -¿En qué parte exactamente están estas cosas?
- En mi baño. En el mueble blanco. –Grita Hermione de vuelta.
Ron mira alrededor y empuja una puerta tras otra buscando el baño de Hermione. Hay uno pequeño, pero no hay mueble blanco en ese. Abre otra puerta y descubre una habitación oscura, las cortinas están completamente cerradas y hay una cama perfectamente estirada. No hay fotografías, ni afiches de grupos de música ni de equipos de Quidditch. Atrás, en la pared del fondo hay una puerta, y al lado una repisa repleta con libros.
-Un galeón a que este es el dormitorio de Hermione.
Hay un leve olor a encierro, y Ron, para ver mejor, corre las cortinas. En la repisa hay libros que no conoce, ni uno solo. Escoge uno al azar, uno verde. El libro se abre justo donde hay dos fotografías guardadas. En una de ellas aparece Harry, Hermione y Ron. El tiene la pierna vendada y todos tienen las facciones más redondas, más infantiles.
-Es de final del año, cuando estábamos en tercero. Sirius te había mordido la pierna.
Ron se sobresalta un poquito con el sonido de su voz. No escuchó cuando subió las escaleras, ni cuando llegó hasta él. Sin embargo, no levanta la mirada de la fotografía y trata de reconocerse entre esos niños que saludan felices a la cámara de Colin Creeve.
-Lo recuerdo. –Dice Ron. –Acá todavía no aprendías a peinarte.
Hermione lo mira ceñuda. –Y tú todavía no aprendes a ser…agradable.
Ron le sonríe en respuesta. –Hermione, podría ser peor. Harry todavía no aprende a peinarse. Mira.
Ella se ríe y la otra fotografía resbala del libro y cae al suelo.
Ron la recoge y cuando da vuelta la fotografía, ve a Hermione con el cabello sedoso y una túnica vaporosa y en su cintura está enganchada la mano de Victor Krum quien intenta darle vuelta en sus brazos enormes. Ambos sonríen.
Ron siente las orejas arder. Y traga en silencio, como si quisiera deglutir sus celos.
Hermione intenta parecer tranquila. Toma la dos fotos y las guarda dentro del libro verde, que vuelve a dejar en su lugar, en la repisa.
-Yo…Yo debería haberte invitado a esa fiesta. –Dice Ron furtivamente.
-Pero no lo hiciste. –Contesta Hermione intentando que su voz no suene a una recriminación.
-Lo sé. Pero yo debería haberte invitado. Y yo…yo debería haberte besado. No él.
Hermione lo mira con una expresión de incredulidad. –Ron, no creo que esta conversación tenga mucho sentido. Y siento mucho que te moleste tanto que Víctor y yo hayamos ido a esa fiesta juntos, pero tú tuviste a Lavander y a mi no me parece (tan) importante.
-Lo sé, pero…Hermione, yo no soy como tú. Tú piensas todo cinco veces, le das muchas vueltas y siempre eres muy racional y conciliadora. En cambio cuando yo veo a este tipo lo único que pienso es que te puso las manos encima y que probablemente metió su cochina lengua de jugador estrella de quidditch en tu boca y no puedo evitar sentirme muy enojado con eso. –Hermione no puede suprimir una sonrisa. –Y más encima te parece gracioso.
-Ahora me parece gracioso. –Aclara Hermione. –Dime una cosa, Ron. ¿Desde cuándo te gusto?
Ron siente un calor sofocante en el cuello. -¿Qué cosa?
-Eso que oíste. ¿Cuándo te diste cuenta que yo te gustaba? –Le pregunta ella, con los ojos chispeantes.
-No lo sé. –Dice frunciendo el ceño. –Esto es muy confuso. Quizás…quizás desde que saliste con Krum. Sí, al finalizar el cuarto año y durante las vacaciones en Grimmauld Place, tal vez desde el quinto año. Pero de una cosa estoy seguro. Cuando estábamos en sexto estaba que reventaba de celos.
-Tercero. –Dice Hermione. –Yo me di cuenta en tercero. Eso significa que he tenido que esperar bastante más que tú para llegar acá. Y honestamente, no me importa mucho como llegamos. Lo que me importa es que estamos aquí. Juntos.
Ron siente las pequeñas manos de Hermione arremolinarse sobre su pecho, le tironea la ropa y lo obliga a inclinarse hacia ella, como una flor se gira hacia el sol. Luego es eso, el sol que roza su nariz, sus labios y que le hace tragar antes de humedecerse la comisura de la boca para luego llenársela con su lengua. El sol dentro de él, mientras sus manos siguen en su pecho y él siente que toda la sangre ya no está en sus orejas ni en su cuello, sino que baja a raudales vertiginosos y se deposita bajo su vientre. Que vibra, punza y sacude cada rincón de él. Que calienta y hace arder la punta de sus dedos rígidos. Pone sus manos en la espalda de Hermione y la aprieta contra él con fuerza, ella deja escapar un quejido mientras la fuerza de sus brazos se hace cada más excesiva. Igual que la sensación de verano que adivina tras los párpados cerrados. Ron le besa en los labios, porque esa parte tensa que domina su ser, quiere entrar ahí y borrar cada detalle que no sea de él con su lengua y su saliva. Le besa en la comisura, en la línea de su mandíbula, en el cuello, mientras Hermione se vuelve lánguida entre los grandes manos de Ron.
Y de pronto, ella se aleja sonrojada. Se acomoda el cabello y le mira cuidadosamente.
-Deberíamos seguir buscando las cosas de la lista.
Ron está aturdido. Asiente, sin haber comprendido una palabra. Si Hermione le hubiese dicho "Ron, ahora debes tirarte de un puente y dejar de existir" él hubiese dicho que sí, porque no está escuchando. Hablan otras cosas más alto que Hermione; habla su sangre hirviente, la sensación de asfixia y sus pulmones. Habla más alto los latidos apresurados de su corazón, habla más alto la incomodidad y el dolor que siente entre medio de las piernas. Tras el pantalón.
-¿Hermione, me das esa foto?
Ella le mira directamente a los ojos, un poco alarmada. -¿Cuál?
-Esa que te tomaste con Víctor.
Ella lo piensa un segundo. Un breve segundo que a Ron le deja la respiración en suspenso. –Sí. Supongo que no es importante.
Ron vuelve a tomar ese libro verde. Con cuidado toma su varita y la mueve sobre la foto, concentradamente. Luego, repite un movimiento elástico que vio esa mañana. Sonríe. –Mucho mejor. –Dice.
Hermione mira la fotografía y se da cuenta que ahora hay dos iguales, pero en una de ellas está sola, girando en medio de un salón lleno de gente bailando, pero ella está sin compañía. –Está es para mi. –Agrega Ron, quien alza la mirada enturbiada hasta ella. –Creo que nunca te lo dije, pero esa noche te veías muy, muy bonita.
(cosas que todavía funcionan)
Muchos de los escaparates están vacíos, pero hay personas que los limpian dirigiendo chorros de agua que salen de sus varitas. Es como presenciar el nacimiento de algo. Todos parecen moverse rápidamente de un lugar a otro, limpiar, lavar, barrer, levantar cortinas y persianas y dejar que el sol de Mayo ilumine cada rincón.
Ve a Harry en muchos afiches que están pegados en las paredes. Había olvidado ese detalle del Callejón Diagon. El rostro le mira siniestramente, tanto que le cuesta reconocerlo. Debajo de cada afiche reza "El indeseable Nº1".
George suprime una carcajada cuando piensa en sacar uno de esos afiches y ponerlo en la habitación de Ginny. O mejor aún, en la puerta de la habitación de Ginny. Mira hacia el lado y se da cuenta que no tiene con quién compartir el chiste.
Cuando llega a Gringotts, se da cuenta que están reparando todos los daños que causó el dragón. En realidad, que causó Harry, Ron y Hermione con ayuda de un dragón. Levanta la mirada y nota que la cúpula de la edificación está siendo reparada. Ginny se apega más a él, como si temiera que de un momento a otro se produjera un ataque sorpresa.
-Debiste haberle dicho a Bill que intentara conseguir dinero con los duendes.
-Tranquila, quizás piensen que eres una pariente lejana y nos hagan más fácil el trámite.
Ginny le pega en el brazo. George sonríe.
George cuando sale del banco, sale mucho más aliviado que cuando entró. Tiene dinero para lo que sea necesario reparar o reponer. Para comprar insumos, para comenzar a fabricar nuevamente sus productos. Tiene la energía para trabajar. Se da cuenta que la tienda es un buen lugar para enfocar toda esa frustración que siente cada vez que mira para al lado y ve a Ginny y no a Fred.
La cortina de la tienda está abajo, pero los seguros están rotos. No se asombra, no podía esperar nada menos después que supieran que todos los Weasleys estaban apoyando a Harry Potter. Levantó la persiana metálica y ve las vitrinas, los cristales rotos, los carteles rasgados, los productos destruidos. Sigue sin asombrarse, pero eso no impide a que se sienta furioso.
Empuja la puerta principal, sin decir, ni él ni Ginny, palabra alguna. El dejaría soltar unas cuantas groserías pero se queda callado porque a sus pies está repleto de productos y mercancías de Sortilegios Weasleys destrozados. Como si hubiese pasado un huracán por la mitad de la tienda. George pisa los restos que están tirados en el suelo, se para en la mitad del local y da una vuelta lentamente. Mirando cada detalle destruido, cada esfuerzo pisoteado, cada idea incendiada. Componer eso significaría mucho tiempo y mucho dinero.
Qué bueno que tengo de las dos cosas. Piensa
- Hola Georg…¡Por las barbas de Merlín! –Dice Lee Jordan.
- ¿Qué pasó aquí? –Pregunta Alicia Spinnet.
Lee Jordan intenta abrirse paso por los juguetes, cohetes, botellas y cajitas llenas de cosas brillantes y que aún emiten débiles zumbidos.
-Creo que por acá pasó lo mismo que por el resto del país. El hijo de puta de Voldemort y sus amiguitos. Hola, Angelina y Alicia. No esperaba verlas aquí.
- No estaba en mis planes venir. –Contesta Angelina, aún asombrada con el caos que la rodea.
- Pero tampoco teníamos mejores planes. –Señala Alicia, mientras recoge un trozo de goma derretida, que parece haber sido una varita.
- Me las encontré por casualidad en el callejón y las invité. ¿No te molesta, cierto?
- Por supuesto que no. Mientras más manos, mejor.
George mira a Angelina y ella le mira de vuelta y levanta las cejas. Como si quisiera decir algo con ese sencillo gesto. Lee Jordan pisa, casualmente, un cohete zumbante que choca contra la espalda de Ginny y revienta ahí mismo, emitiendo ruidos roncos y serpentina de muchos colores que cuando caen al suelo se vuelve humo.
- Creo que hay cosas que todavía funcionan, George.
- A mi parece lo mismo. –Dice Ginny, mientras se soba la espalda.
George conjura dos cajas enormes. En una de esas envían todo lo que es basura, y en la otra las cosas que aún podrían funcionar, como los trucos muggles. Todos agitan sus varitas y lo que alguna vez fueron juguetes, ahora sólo parece un montón de basura colorida. George va a la trastienda, para comprobar el estado de las cosas ahí, pero tan pronto como corre la cortina se encuentra con un montón de cosas que le restriegan en la cara que Fred ya no está. Están las túnicas magentas, parcialmente chamuscadas, y en el pecho de cada una hay letras bordadas. Una tiene una "F". George la toma y no puede evitar sentir los ojos calientes de lágrimas apretadas. En ocasiones ha pensado que la vida es injusta, que quizás debió haberse muerto otras personas, pero no su hermano. Incluso ha pensando que no debería haber muerto ese hermano, pero cada vez que esa clase de sentimientos le invaden, recuerda la cara de Bill, Charly, Percy, Ron y Ginny y no sabría decir cuál prefiere cambiar por Fred. Siempre la respuesta es ninguno, porque son todos irremplazables, al igual que su gemelo, entonces llega a esa conclusión amarga, que le paraliza de rabia; quien debía haber muerto soy yo, piensa. Que a Fred le iría mejor vivir sin él, que a él le está costando demasiado, que no sabe si será capaz de seguir…
Apoya la espalda en la pared, y se sienta entre papeles, timbres, cajas, experimentos, polvos y restos quemados de cosas que no puede identificar. Todo huele un poco a carbón, a un olor picante y un poco también a Fred. La boca se le llena de un sabor ácido, piensa en todas las cosas que dejaron pendientes, todas las cosas que querían hacer después que todo acabara, pero nunca, ninguno de los dos pensó que todo podía terminar así. George se siente estúpido; nunca fueron conscientes de los verdaderos peligros de una guerra, de una batalla, de todo lo que estaba pasando. Eran jóvenes, perfectos y creían que indestructibles. Recuerda el letrero con la cara de Voldemort que tenían el año pasado en las vitrinas, y una sonrisa triste se dibuja en su rostro. Nunca, ninguno de los dos supo, hasta ahora, a qué estaban jugando, ni siquiera lo imaginó él después de perder su oreja.
En ese momento casi puede escuchar a Fred decirle –No, no, no. Te estás poniendo como Percy.
Mira hacia todos lados y George, más convencido que nunca, cierra los ojos y se da cuenta que ese lugar, esa tienda en el callejón Diagon está llena de la presencia de Fred. Piensa que quizás si vuelve a vivir ahí, si deja todo tal cual como estaba antes de la guerra, su hermano, su mejor amigo, siempre estará junto a él.
Unos instantes después, cuando apoya las manos en el suelo para pararse, toca una pequeña caja. Le hace un pequeño corte en la palma los restos de vidrios que estaban sobre ella, George maldice mientras chupa la gota de sangre que aflora de su mano. Y entonces mira nuevamente y la ve. Una caja pequeña, que tiene un ligero color tostado a causa de los restos calientes que debieron haber caído sobre ella. Es un juego de cartas.
Es un juego de cartas muggles.
Es el juego de cartas de Fred.
Algo salta en su pecho, es casi como si su gemelo lo hubiese puesto ahí, para él. Lo toma y lo guarda en su bolsillo y sonríe en medio de la soledad, luego sale de la trastienda sintiéndose bastante más aliviado que en otodo el día y un poquito más estúpida; lleva la túnica de Fred que deja en la caja de las cosas útiles. Esa que está casi vacía, mientras la caja con basura está completamente llena. Lee Jordan está sentado en el suelo con los ojos cerrados, y Ginny con Angelina siguen recogiendo basuras que amontonan en un rincón.
- Lee, nunca me pidas trabajo.
- George, si me haces trabajar así, nunca te pediré.
Pese a que han trabajado toda la tarde, George, cuando se sienta al lado de Lee Jordan se da cuenta que faltan muchas cosas aún por hacer. Se alegra de tener a Lee y a sus compañeras, porque, demonios, siempre podría ser peor. El agujero oscuro que ocupa el espacio donde antes estaba su oreja se lo recuerda siempre.
- Tengo sed. –Dice Ginny.
- Y yo no siento mi espalda. –Dice Angelina.
- ¡Miren mis manos! –Responde Alicia.
George se levanta y va a revisar nuevamente el segundo piso del local, ese lugar que antes era su hogar y el de su hermano. No hay absolutamente nada, salvo muros de ladrillos con llamas dibujadas y un montón de cenizas. Hasta puede ver el cielo porque el techo también se quemó. Por un momento creía que podría haber quedado algo al menos, algo como una cerveza de mantequilla.
Baja rápidamente y les dice a los chicos, que tienen la cara manchada con polvo y cenizas. -¿Qué tal el Caldero Chorreante?
- No tengo dinero. –Dice Angelina.
- Yo tampoco. –Agrega Ginny.
- Yo sí. –Dice Alicia, –Pero no puedo quedarme hasta tan tarde.
George le sonríe a Alice, y pasándole un brazo por los hombros, le dice. –Sólo serán unos pocos momentos, además no sé de que te preocupas. ¿Acaso no sabes lo que hizo Lee en la batalla de Hogwarts? ¡Aturdió a tres gigantes! Se ve pequeñito pero este chico es bastante empeñoso. –Dice George mientras Lee baja las cortinas y las cierra mágicamente. Los cinco caminan por el callejón. El sol está empezando a descender por el horizonte y las sombras largas de los edificios oscurecen un poco la calle.
Ginny es quien va a la barra y pide cervezas de mantequilla para todos. Tan pronto como se sienta en la mesa, prueba su vaso y le queda un bigote de espuma que la hace ver como un duende. Lee se da vuelta y le pregunta.
- ¿Y dónde está Harry? –Los ojos de Ginny mutan un segundo, volviéndose más cansados. Pero no es ella quien responde, sino George.
- Parece que aún tiene cosas pendientes.
- Ron y Hermione también. –Dice Ginny, encogiéndose de hombros.
- En todo caso nosotros también. –Señala Lee Jordan, despeinándose sus delgadas trenzas. –Tenemos que ayudar a George a reconstruir Sortilegios Weasley.
- Es cierto. –Angelina tiene la piel morena perlada con pequeñas motas de cenizas. –Hoy día en la mañana leí que ya comenzaron a reconstruir Hogwarts. Creen que lo tendrán listo antes de dos meses. Tendrás que tener lista la tienda en menos que eso, George.
- ¿Tres meses en reparar Hogwarts? –Pregunta Alice. –Pensé que le tomaría unos días, tienen a Flitwick.
- Y a Mc Gonagall. –Señala Lee.
- Creo que se están demorando tanto porque están instaurando los hechizos originales, esos de los fundadores. Y dudo que sea tan fácil como ir a buscarlos en la sección prohibida de la biblioteca.
- Ya, pero…¿viste a Mg Gonagall, Angelina? ¿Viste como esa mujer movía la varita? Parecía que no tenía manos, o que tenía muchas. ¡Es mi ídola! Seguro que Flitwick es el que no hace nada.
Alicia Spinnet rueda los ojos. Y le pregunta a Ginny. -¿Vas a volver cierto?
-¿A Hogwarts? –Pregunta Ginny. –Dudo que mi mamá no me deje hacerlo.
¿y qué harán ustedes ahora, chicas?
- Yo espero poder ingresar este año a la academia de medimagia. –Dice Alicia.
- Perfecto. –Salta George. Ya tengo a quien me ayude a conseguir ciertos ingredientes que necesitaré.
- George, si ingreso a la academia no voy a robarme las cosas.
- ¿En serio? ¿Acaso no viste cómo está mi tienda? ¿Te niegas a ayudar a un pobre hombre arruinado con unos pocos ingredientes? Con estas amigas no necesito enemigas…
¿Y qué vas a hacer tú, Angelina? –Le pregunta Ginny, ignorando el melodrama fingido de George.
Angelina tuerce el gesto, y parece insegura de si hablar. Luego, con una señal de relajo, lo suelta. –Quiero presentarme a las pruebas para jugar por los Tornados.
-¡Quidditch...qué genial! –Dice Ginny emocionada.
-¿Los tornados? –Dice George, confundido. ¿Es en serio? Pensé que ese intento de equipo ya no existía. Insisto, con estas amigas…
-Gracias por el apoyo. –Contesta Angelina.
-Es que…no me lo tomes a mal, pero George tiene razón. –Interviene Lee. –Tú fuiste capitana del equipo de Gryffindor, y creo que podrías postular a un equipo mejor que Los Tornados.
-¿Qué tiene de malo ese equipo? –Pregunta Alicia. –A mi no me molestaría jugar para ellos. ¿Qué piensas tú, Ginny?
- Eh…Es la opción de Angelina, pero…si fuese yo me presentaría a las pruebas de las Arpías.
- ¡Ves, Angelina! Ahí tienes a alguien que piensa.
Luego todo se convierte en una discusión casi a gritos. Tom rellena los vasos varias veces y los cinco siguen hablando de Quidditch, de equipos, de escobas, de jugadores, de estadios, de entrenadores. Es completamente de noche y a George se le olvida que prometió regresar temprano. A Alicia también se le olvida que sus padres la esperan. Y todo eso es porque durante mucho tiempo es la primera vez que pueden salir, juntarse en algún lugar y discutir por esas estupideces, sin el temor que haya de un momento a otro un ataque de Voldemort, ni que el Ministerio los tome detenidos. Después de muchos meses vuelven a ser jóvenes y libres.
- Deberíamos hacer un torneo. Cada uno de nosotros puede organizar un equipo y participar entre nosotros por nuestra propia copa. –Dice Ginny con la luz de las antorchas del Caldero Chorreante brillando en sus ojos.
- Yo no juego Quidditch. –Dice Lee. –Pero me gustaría comentar los partidos.
- Me gusta. –Dice inmediatamente George. –Pero tú no puedes usar el equipo de Gryffindor, Ginny.
- Vale. –Contesta ella a regañadientes.
- Y me pido a Harr… -Comienza George.
- No, no te atrevas. Harry y Ron son de mi equipo. –Dice Ginny rápidamente.
- ¡Oliver y Katie para mi! –Dice Alicia, y George y Angelina comienzan a maldecir.
- Esta es una muy buena idea. –Dice Alicia. –Pero dudo que ésta sea una época oportuna para organizar torneos de Quidditch.
- Pero podría ser más adelante. No necesariamente debe ser ahora.
- El primero de abril –Dice Ginny, pensativa. –Puede ser el primero de abril del próximo año
- ¿Y cómo se llamaría el torneo? –Pregunta Angelina. -¿Liga de Quidditch para los que no le gustan los Tornados?
- Y George y Ginny contestan al mismo tiempo – Fred Weasley.
(distancia)
Cuando llegan a casa, su madre está tan enojada con George que hasta le grita un poco. Ella cruza una mirada rápida con su hermano y ambos sonríen. Es un buen signo que ella ya vuelva a gritar, aunque sea un poco. Cuando su madre ve claramente sus caras, su gesto muta a uno de espanto. –Oh Dios mio, ¿qué les ha pasado? ¿Alguien los atacó? ¡Arthur! ¡Arthur!
- No es nada, mamá. Sólo un poco de cenizas y mugre. El negocio de George está completamente destruido.
- ¿Qué pasa, Molly? –Arthur tiene la respiración agitada y la misma cara de desesperación que Molly unos segundos atrás.
- Nada, sólo pensé que…
- Comprendo. –Dice Arthur y pone su mano suavemente en el hombro de Molly.
Harry llega inmediatamente tras el Sr. Weasley, alarmado por los gritos de la Sra. Weasley, cuando ve a Ginny sus ojos se dilatan con terror, pero ella le sonríe. Ginny avanza por la cocina y se pierde camino a la sala. Harry la sigue en silencio, dejando a Arthur, Molly y George conversando en la cocina.
Ginny se acerca muy suavemente y le da un beso en un punto diminuto y aromático, más cerca de su cuello que de su cara. –Me alegra que volvieras.
Harry no dice nada pero le sonríe de vuelta. -¿Qué te pasó? –pregunta instantáneamente y mira el resto de Ginny. Se relaja cuando se da cuenta que es sólo suciedad.
-Nada, deje que George me explotara y estuvimos toda la tarde recogimos la basura de Sortilegios Weasley.
- ¡Ginny! ¡Ginny! Ahí estás. –Dice Molly unos segundos después. –Ve y lávate la cara y las manos. La comida está lista desde hace dos horas atrás. –Su madre hace volar los cubiertos ordenadamente y en menos de seis segundos todo está listo y dispuesto para la cena.
Ella suspira y sube las escaleras rápidamente, antes que no se salve de una segunda vez de una ronda de gritos como les que le dio a George momentos antes.
Durante la cena Ron les dice que se marcha con Hermione a Australia en dos días más. Ginny nota como las mejillas de Hermione se llenan de color, como si le avergonzara llevarse a Ron lejos nuevamente. Su madre mira atentamente a Ron y luego a Hermione, pero no dice nada. No reclama. Y cuando Hermione levanta los ojos, Ginny ve cómo la Sra. Weasley trata de sonreírle a la chica que tiene los dedos apretados alrededor del tenedor. Ginny también se da cuenta de la mirada seria de Harry.
Durante la cena Ginny no puede contener sus bostezos; se siente cansada, tiene un dolor en la espalda, en aquel lugar donde un cohete le pegó y si se toca el pelo está segura que lo tiene tieso y enmarañado.
Toma una ducha antes de dormir, le gusta el olor del jabón en su piel y sentir su pelo suave bajo la espuma del shampoo. Se lava la nariz concienzudamente, y saca esa mancha de cenizas de su cara. Se pone pijama y quiere un poco de leche tibia para dormirse rápidamente, pero cuando baja, con su pijama lleno de pequeños agujeros semi transparentes y el pelo húmedo, envuelto en una toalla, se da cuenta que está Harry sentado en el sofá. Solo.
- ¿Y Ron y Hermione? –Pregunta Ginny mientras se saca la toalla del pelo, y se cepilla el pelo con los dedos intentando arreglarse un poco
- Están revisando su bolso.
- ¿De nuevo? –Pregunta Ginny. –Pensé que Hermione tendría todo listo hace días… -Ginny se da cuenta de la expresión de Harry, ese gesto que hace con la boca cuando miente, cuando no sabe qué decir. –Oh…¿Se estaban besando, Harry?. –Por toda respuesta obtiene la mirada de Harry asombrada y él encogiéndose de hombros mientras se sonríe. –Oh Dios mío, qué tan extraño es eso. Ron besando a Hermione. –Ginny hace una mueca de disgusto.
Se ríe cuando se imagina al troll de Ron intentando besar a Hermione y fallando estrepitosamente cuando deja caer su enorme pie sobre los zapatos de Hermione. En la mente de Ginny Ron es capaz de eso y mucho más. –Espero que no se comporte con ella como un estúpido. –Harry se vuelve a encoger de hombros. –¿Quieres una cerveza de mantequilla? –La leche tibia sigue siendo la opción de Ginny, ha bebido una cantidad considerable de cerveza de mantequilla en el Caldero Chorreante esa tarde.
–Está bien. –Asiente Harry.
Ginny se pierde en la cocina unos momentos y regresa con una botella y con un tazón humeante. Se sienta junto a Harry, en el mismo sofá, muy cerca de él que puede sentir su olor almizclado, trata de no dejarse llevar por las sensaciones que despierta ese aroma y regresa al punto anterior. –Espero que Ron esté a la altura de Hermione…me sentiría muy mal por ella, además…Hermione ha estado esperando a Ron por años.
- Sí. –Contesta Harry, con la mirada pegada a la etiqueta.
- ¿Qué?
- Nada.
- Harry… -
- Uhmmm.
- ¿Uhmmm qué?
- Es que…es que no puedo dejar de pensar qué pasará si ellos dos se llevan mal. Si las cosas entre ellos no funcionan y después de un tiempo se odian.
- Ya ha pasado eso antes. Y has podido ser amigo de los dos a la vez.
- Pero sería distinto. Las cosas serían mucho más incómodas.
- Entre ellos, pero no respecto a ti, Harry.
- ¿Y qué pasa si se vuelven un par de pegotes? Como Ron con Lavander, o peor, como Bill con Fleur.
- Harry, te aseguro que Hermione no será como Fleur…y menos aún como Lavander…que en paz descanse. –Dice en un susurro.
- Lo sé, pero…
- ¿Pero te da miedo que dejen de ser tus amigos y que te dejen a un lado?
- Uhm…algo así. –Dice él con la mirada pegada en la etiqueta de la botella que tiene entre sus manos.
Ginny pone su mano sobre las de Harry y le dice con la mirada puesta en esos grandes ojos verdes que brillan encendidamente tras los cristales. –Eso no va a pasar, ni Hermione ni Ron serían capaces de vivir sin ti. Ustedes tres han sido amigos desde siempre, y dudo que después de todas las cosas que han pasado juntos, eso vaya a cambiar. Además, si eso llegara a pasar, cosa que sinceramente dudo, siempre puedes recurrir a tus otros amigos.
-¿Cuáles otros amigos?
- Uhmmm… A ver, está Neville, Luna, Dean, Seamus, George, Lee, Angelina, Katie, Alicia, Oliver y todos los otros que fueron a ayudar a la batalla de Hogwarts…y también estoy yo.
- Tú no eres mi amiga.
- ¿No? Pensé que sí. –Dice Ginny, luego bebe un sorbo de su taza de leche.
- No, porque tú eres más que mi amiga.
- Por favor, Harry, no me digas que soy como tu hermana porque ewww…
- No, esa es Hermione.
Ginny le mira nuevamente y él le mira de vuelta. Permanecen así un par de segundos, quizás más, y como si fuesen dos metales unidos por un imán invisible, imperceptiblemente se acerca uno al otro. Cuando un escaso centímetro los distancia, Ginny cierra sus ojos y se aproxima un poquito más, tanto que casi su nariz pequeña puede tocar la de Harry. Es entonces cuando la voz de Ron, en forma de tos –Cof, cof, –les separa.
- Harry, oh…veo que están ocupados. Pensé que podías ayudarme con…
- ¿No estabas revisando tu bolso con Hermione? –Pregunta Ginny airadamente.
- ¿Eh…? –Pregunta Ron mientras su cuello se torna rojo.
- Urg. –Dice Ginny mientras levanta las cejas, molesta. –-¿Vas mañana con nosotros al callejón Diagon, Harry?–Dice Ginny, ignorando a su hermano.
- Sí, claro. –Contesta Harry.
- Buenas noches, Harry –Y luego Ginny le besa en los labios, no como ella hubiese querido, pero tampoco como Ron hubiese esperado. Ve como las mejillas de Harry se llenan de color, escucha la voz titubeante de Harry decirle –Buenas noches. –y ella sube las escaleras mirando ceñudamente a Ron.
Aunque para resto de la familia Weasley el viaje de Ron no es lo que más hubiesen querido o esperado en días como estos, Ginny está contenta. Por Hermione, por Harry y sobre todo por ella.
Nota final: Ok. Quizás much*s no estén de acuerdo con lo que hice con Neville. (Por cierto, Neville/Maite era una broma, nunca he hecho self insert, no voy a comenzar ahora). Tod*s sabemos que Neville termina con Hannah Abbott pero, pero…no se puede enamorar de ella de la noche a la mañana, y a diferencia de los guionistas de las películas yo siempre he pensado que Neville tenía un crush muy grande por Ginny. Tiene lógica, Ginny es una chica linda, simpática y extremadamente popular. Cualquier chico "plano" podría sentirse atraído por ella, sobre todo si pasan un montón de tiempo juntos. Además siempre he creído que Ginny lo hacía sentir valiente. El Neville/Luna nunca me ha convencido porque Luna es muy estratosférica para él, Neville no sería capaz de comprenderla.
¿Les cuento un secreto? Cuando pensé a escribir esta historia lo que menos me gustaba era tener que escribir sobre George con Angelina. Ahora, que le he dado vueltas y vueltas en mi cabeza, ellos dos me encantan. 3
Muchas gracias por leer. Y muchas muchas muchas gracias a quienes se toman la molestia de dejar un review.
Besos y hasta la próxima.
