Disclaimer: InuYasha y sus personajes no me pertenecen.

Nota de autor: Uno más ¡disfrútenlo!

To my secret friend.

Paragraphs

InuYasha bufó, mirando de reojo para Kagome. La chica estaba enfadada, muy enfadada. Y no sabía por qué. Bueno, sí, sabía el motivo principal: ayer se había escapado de nuevo para ir a ver a Kikyô. Pero no entendía a qué venía tanta ira contra él. Es decir, no es como si hubiera ido a ver a su amante… —Oye, InuYasha. —Volvió la cabeza a Miroku—. ¿Qué es lo que ha pasado entre Kagome y tú?

—Nada—contestó automáticamente. Miroku hizo una mueca. InuYasha suspiró—. Ayer fui… a ver a Kikyô ¡para nada raro! ¡Solo quería asegurarme de que estaba bien!—Miroku negó con la cabeza.

Al poco divisaron una aldea y decidieron parar a pernoctar en ella. Gracias a dios, habían conseguido suficiente dinero en su último "trabajo" como para poder permitirse un par de habitaciones. Aún quedaban unas horas hasta que anocheciera, y pocas veces tenían oportunidad de visitar una aldea en condición de viajeros normales y corrientes. Así que Miroku, Sango y Shippô no desaprovecharon la oportunidad—. ¿Seguro que no quieres venir, Kagome?

—No, gracias, prefiero descansar. —Sango asintió, la abrazó y acompañada de Miroku y Shippô salió de la posada. Kagome los vio irse para luego girarse a InuYasha, con el ceño fruncido—. Podrías haberte ido con ellos.

—Keh ¿y entonces quién te protegería?

—No necesito tu protección, puedo defenderme perfectamente yo solita.

—Sí, claro. —La furibunda mirada que le lanzó la muchacha lo hizo callarse. Gruñó. Vio de reojo como Kagome se acomodaba contra la pared de la habitación, con las piernas cruzadas y un libro en las manos. Gruñó de nuevo—. Oye, Kagome…

—Estoy leyendo, InuYasha. —Volvió a gruñir.

—Ya, pero…

—No me interrumpas. —Apretó la mandíbula. Estaba comenzando a enfadarse. No le gustaba que lo ignorasen, menos ella.

—Escúchame…

—¡No me interrumpas!—InuYasha estalló. Se plantó de un salto delante de ella y le arrebató el libro.

—¡Pues no me ignores! ¡Agh! ¡Eres una tonta!—Kagome enfureció.

—¡Pues si tan tonta soy no sé qué haces conmigo! ¡Lárgate de una vez con Kikyô!—¿Cuándo había entrado Kikyô en la conversación?

—¡No seas cría! ¡Ni siquiera sé por qué me molesto! ¡Eres una caprichosa!—Al instante, el olor salino de las lágrimas lo golpeó, e inmediatamente se arrepintió.

—Ka-Kagome…

—¡Idiota!—La arrancó el libro de las manos y se lo lanzó. Logró esquivarlo, pero cuando la buscó con la mirada, Kagome ya se alejaba—. ¡Ojalá fueras como Roran!—Alcanzó a oír que murmuraba. Parpadeó, confundido. ¿Roran? ¡¿Quién mierda era Roran?! ¡¿Un hombre por el que Kagome sentía algo?! ¡¿Algún pretendiente estúpido de su época?!

La sangre le hirvió y apretó los puños. Su vista se dirigió involuntariamente al libro tirado y abierto en el suelo. Tratando de calmarse y de dejar de pensar en el tal Roran (al cual no conocía pero que ya tenía unas ganas locas de matar) se agachó y tomó el libro entre sus manos. ¿Por qué Kagome lo ignoraría por un mísero libro? Lo puso frente a él y, con el ceño fruncido, comenzó a leer:

[…] También observaba a Katrina: se dio cuenta de que, mientras trabajaba, su buen humor inicial iba dando paso a una irritación cada vez mayor. Frotaba las manchas de la ropa una y otra vez, pero no conseguía gran cosa. Fruncía el ceño con gesto adusto y además frustrado. Al fin lanzó el trozo de tela con fuerza contra la tabla de lavar, salpicando todo de agua, y se apoyó en la tina con los labios apretados.

InuYasa acentuó su ceño fruncido. ¿Qué tenía de especial que una mujer lavase ropa? ¡Era algo completamente normal! Sacudió la cabeza y siguió leyendo, a ver si encontraba algo más interesante. Como Kagome lo hubiese ignorado por algo tan trivial…

Roran se levantó del tronco y se acercó a ella.

¡Un momento! ¿Roran? ¡¿Kagome lo había comparado con el personaje de un estúpido libro?! ¡¿Le parecía mejor alguien inventado que él?! Apretó el agarre en torno al libro y siguió leyendo, dispuesto a averiguar por qué Kagome prefería a un maldito personaje de un libro antes que a él:

Déjame a mí—le dijo.

No es apropiado—repuso ella.

Tonterías. Ve a sentarte. Yo terminaré… Vete.

Ella negó con la cabeza.

No. Eres tú quien debería descansar, no yo. Además, esto no es trabajo para un hombre.

Él soltó un bufido de burla.

¿Quién lo dice? El trabajo de un hombre, y el de una mujer consiste en hacer lo que haya que hacer. Ahora ve a sentarte; te sentirás mejor cuando descanses los pies.

¡Ja! ¡Sí, claro! El trabajo de un hombre era proteger y el de una mujer obedecer. Esa idiota ¿de verdad le gustaban los hombres así de debiluchos?—. Tal vez por eso prefiere a Roran, InuYasha, porque lo que tú llamas debilidad para ella es consideración. —Movió la cabeza para ahuyentar esos pensamientos. ¿Era un desconsiderado? ¿Kagome estaba enfadada con él porque creía que no la tomaba en cuenta? Siguió leyendo:

Roran, estoy bien.

No seas tonta.

El chico intentó apartarla con suavidad de la tina, pero ella se negó a moverse.

No está bien—protestó—. ¿Qué pensará la gente?—preguntó, haciendo un gesto en dirección a los hombres que se afanaban por el fangoso camino de delante de la tienda.

Que piensen lo que quieran. Soy yo quien se ha casado contigo, no ellos. Si creen que soy menos hombre por ayudarte, entonces es que son idiotas.

Se sonrojó un poco al leer la palabra casado. Aunque, debía admitir que el tipo tenía un punto: si Kagome necesitase su ayuda, él no dudaría y la ayudaría. Como su mujer…

—¡¿Pero qué narices estoy pensando?!—exclamó en voz alta. Kagome no era nada suyo… Continuó leyendo:

Pero…

Pero nada. Aparta. Venga, vamos, fuera de aquí.

Pero…

No pienso discutir. Si no vas a sentarte, te voy a llevar a la fuerza hasta allí y te voy a atar a ese tronco.

Ella lo miró con expresión divertida.

¿De verdad?

Sí. ¡Fuera!

Al ver que continuaba resistiéndose, Roran soltó un bufido de exasperación.

Eres tozuda ¿eh?

Mira quién habla. Una mula podría aprender mucho de ti.

¿De mí? No soy yo el testarudo.

Una pequeña sonrisa se dibujó en sus labios. Aquella discusión le resultaba familiar. Solo tuvo que imaginarse a una testaruda Kagome negándose a su petición de huir/esconderse cuando había peligro y a él insistiéndole.

Después, volvió a fruncir el ceño. Así que… ¿Kagome quería que fuese más amable y considerado con ella? ¡Pero si ya lo era! Admitía que a veces se pasaba de bruto, pero es que no sabía cómo ser delicado. Nadie le había enseñado a serlo, menos con una mujer.

Cerró el libro con un golpe seco. Miró de forma intensa el lugar por el que Kagome había desaparecido. Tras pensarlo, decidió que le demostraría a esa niña que sí podía ser amable.

¡Y que conste que lo hacía por orgullo! A él le importaba un comino lo que ella pensase de él.

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Después de medio asaltar a Miroku y amenazarlo con dejarlo sin descendencia como mencionase una sola palabra a Sango o a Shippô, se había dirigido a su "objetivo". Una vez en su posesión, lo guardó en la manga de su haori y olfateó el aire, en busca del olor a jazmines de Kagome.

La encontró caminando tranquilamente por la aldea. Torció la boca, con desaprobación. ¿Cómo podía ser tan estúpida? Bajó al suelo de un salto y la agarró de la muñeca. Kagome dio un grito, asustada—. Ven. —Tiró de ella, obligándola a seguirlo. Tras la sorpresa inicial, abrió la boca, para protestar.

—¡Suéltame!—No le hizo caso y siguió tirando de ella. La arrastró por media aldea hasta llegar a una zona despejada de gente. Allí la soltó y se volvió, clavando sus dorados orbes en los chocolates de la chica—. ¿Se puede saber qué…

—Ten. —Con la vista desviada a un lado y sonrojado, le extendió el objeto que recién había comprado. Kagome no entendía nada.

—¿Qué…

—¡Es para ti, tonta!—gritó InuYasha, poniéndoselo en las manos.

—¿Uh?—Todavía sin comprender nada, Kagome observó el pequeño objeto: era una cinta para el pelo, de color verde claro, como la falda de su uniforme—. InuYasha…

—El otro día dijiste que el pelo te molestaba cuando hacía mucho viento—dijo de forma brusca.

—Oh. —Miró para la cinta, para InuYasha, a la cinta y luego de nuevo a InuYasha, sin poder creérselo. Entonces una sonrisa curvó sus labios y se apresuró a amarrarse el pelo: no como solía hacerlo cuando se vestía de sacerdotisa, sino como a ella le gustaba ponérselo en su época; enrolló la cinta en el pelo y armó un bonito lazo. InuYasha observaba todos sus movimientos de reojo, semi hipnotizado—. ¿Y bien?—preguntó Kagome, una vez acabado el peinado, ladeando la cabeza con una media sonrisa. Él asintió.

—Bien, así ya no te quejarás tanto. —Le dio la espalda, arrugando la nariz: a él le gustaba muchísimo más su rebelde e indomable cabello negro suelto. Le encantaba la forma graciosa en la que las puntas se le rizaban por la más mínima alteración.

Sus orejitas se movieron al percibir los pasos de Kagome acercarse. Se giró, y ya no tuvo tiempo de esquivarla: los ahora dulces y adictivos labios femeninos hicieron contacto con los suyos, presionándose contra ellos. Kagome se separó de él con una gran sonrisa en el rostro mientras el hanyô solo se quedaba ahí, embobado y sonrojado—. Gracias, InuYasha.

—Keh. —Desvió la vista, permitiendo que se apoyara en su hombro y entrelazara sus dedos con los suyos. Luego, carraspeó—. Ahora… ¿Soy mejor que el tal Roran?—Kagome abrió los ojos, para inmediatamente estallar en carcajadas.

Antes de que a InuYasha le diese tiempo a protestar, lo abrazó por el cuello, volviendo a besarlo. Tonto y celoso medio demonio. ¿Todo por un personaje ficticio? Aunque… quizás… debería agradecerle a Chris por haberlo inventado.

InuYasha solo la abrazó, estrechándola por su pequeña cintura. Tal vez, debería ser considerado y amable con Kagome más a menudo.

Si siempre iba a agradecerle así…

Fin Paragraphs

Nota de autor: no pregunten de donde salió eso, solo salió. Después de días y días rompiéndome las pocas neuronas que me quedan, este es el resultado. ¡Ah! Y pásense por el foro, sus vidas serán más emocionantes si lo hacen (?).