Inuyasha no me pertenece, sino a Rumiko Takahashi.
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Prueba de valor
2. Abandono.
El sol golpeaba su cara. Era claramente el sol del atardecer, el momento en que el día comenzaba a fallecer y se apagaba con el suspiro de una brisa alegre. Sonrió, cómplice de los gritos enardecidos que clamaban buscándola lejos de donde realmente se encontraba.
Apretó con fuerza la manita que la sostenía, y luego observó la sonrisa del otro niño. Estaban ahí como parte de una travesura de niños, en parte no. Él le había dicho que quería ir al Koibitomisaki*. Ella también. Y ambos fueron. Y por eso todos les buscaban desesperadamente, porque se habían escapado sin que nadie los descubriese.
—¡Kagome! ¡Te prometo que te amaré... siempre, siempre! Te amaré todos los días de mi vida, hasta que sea viejo. Y cuando muera y llegue la hora de reencarnar, te tendré en mi mente. Para siempre. —Observó aquella imagen borrosa, el pequeño de no más de diez años. Sentía la mirada devota y abnegada sobre ella, pese a que no podía verlo del todo, como si fuera una sombra quien se encontraba frente a ella. La tomó de las manos, feliz—. ¿De verdad, Kagome-chan? En ese caso... te prometo que esto no será en vano. Cuando sea grande, te buscaré. Iré a Tokyo y pediré tu mano en matrimonio. Entonces te casarás conmigo. ¿Lo harás... verdad? —Observó los relucientes dientes blancos del pequeñín desfilando en una hermosa sonrisa—. Te amo, Kagome. No importa que mi hermano y todo el mundo diga que soy muy niño para decirlo. Te Amo de verdad...
Las emociones eran claras, puras, reales. El sentimiento de amor más allá del fraternal tocando su corazón en una fibra sensible que nadie tenía el derecho a conocer, excepto él. El beso tierno e infantil con el que se unía a ese niño... todo. Todo fue hermoso, como en un cuento de hadas, como los que su madre le contaba para dormir.
—Es una promesa. —y en ese momento ambos tomaron la cuerda que los ayudaría a agitar la campana del Koibitomisaki, que resonó por todos los alrededores, alertando la presencia de los dos felices pequeños...
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Algo andaba terriblemente mal con ella. Lo supo inmediatamente después de que Kohaku se acostara a su lado, más que agotado.
Habían pasado ya algunos minutos desde que todo había terminado, pero ella sentía que aquel acontecimiento se repetía una y otra vez en su mente, como una película constante y recriminatoria. Y no lo encontraba feliz.
Hacía un rato que su amante se había sumido en un sueño profundo, producto del cansancio. Ella también lo estaba, sus extremidades y su cuerpo completo demandaban descanso. Pero su cabeza parecía haber acordado mantenerla en vela toda la noche.
Se levantó hasta quedar sentada sobre la cama. Tenía las manos unidas a la altura del pecho y había angustia en su semblante. Le dirigió una mirada a su acompañante y quiso sonreír, aunque las emociones no llegaron a sus ojos ni por asomo.
¿Esto se suponía que era correcto, no? Kohaku y ella se amaban, ¿no? Por eso habían comenzado a salir, por eso habían tomado la decisión de dar ese paso juntos. ¿Eso estaba bien? Ella lo quería, se sentía tan bien a su lado, quería pasar mucho tiempo a su lado. Y el castaño era tan respetuoso, la cuidaba, mimaba y cumplía con cualquier capricho que tuviera. Él era feliz a su lado y nunca la presionó a hacer nada.
¿Por qué se sentía tan mal?
Tal vez debieron esperar más tiempo. Tan sólo tenían 15 años.
Kohaku era un chico maravilloso. Su hermana mayor, Sango, estaba orgullosa de él y lo demostraba. No había forma de negar que el futuro de Rin a lado de Kohaku sería brillante, a pesar de que sólo estuvieran en tercero de secundaria.
Era la primera vez que sentía tal remordimiento en su cuerpo, que no tenía idea de qué hacer. A pesar de ser más bien simplona (como ya le habían calificado algunas veces), y lo crédula que podía llegar a ser, era demasiado transparente, fácil de corromper. Muchos hombres ya habían intentado acercársele con malas intenciones.
Pero ya no podrían. No después de esta noche.
Cuando se escuchó hipando suavemente, Rin tembló mientras tocaba el rostro, sintiendo que las lágrimas fluían desesperadas de sus ojos en carrera rápida hacia sus mejillas. Tratando de hacer el menor ruido posible, se limpió torpemente y se levantó, dejando a la vista de cualquiera ese tibio cuerpo desnudo con formas suaves y redondeadas, que continuaban sus cambios hacia la edad adulta.
Estaba tan oscura esa noche en particular. Se cubrió el torso mientras caminaba hacia una silla cercana llena de ropa, de donde extrajo un camisón de satén verde pistacho y se lo puso. No le cubría todo, pero sentía que andar con libertad por la habitación sería un problema menor ahora.
Se movió despacio hacia la puerta corrediza que daba a la terraza. Su rostro aún mojado en lágrimas, como si sufriera desesperación y arrepentimiento, apenas enfocó cuando llegó hasta la barandilla de la terraza y sintió el viento salado del mar golpear en su cara suavemente. Era frío.
Vale, incluso se había molestado en saltarse los viajes escolares para llevarla a pasar un fin de semana romántico y especial a la playa, para que pudieran relajarse y consumar su amor. Kohaku había pensado en todo.
O en casi todo. Era evidente que Rin no era feliz con la decisión tomada para su vida. Quería a Kohaku, pero algo en lo más profundo de su corazón le decía que había algo mucho mejor allá afuera esperándola, buscándola. Y la angustia que eso le creaba a su cuerpo era terrible, fatídica.
Rin se quería romper. Pero el chico no se merecía algo así.
Se apoyó en la barandilla de la terraza para observar hacia abajo. Una caída de metros y metros desde el acantilado sobre el que se asentaba el hotel. Escuchaba el sonido de las olas del mar rompiendo contra las rocas, en un intento agradable de relajarla.
Pero Rin no se relajó ni un ápice. De hecho, tenía la sensación de que el mar estaba esperando por ella, como si la estuviera llamando.
Sollozó, esta vez más fuerte, sin importarle si Kohaku o quien era despertado por su lamento. ¿Qué otra cosa merecía ella si había dejado de ser casta? Ya no tenía valor para nadie, ni siquiera para ese alguien que la estaba esperando, en alguna parte del mundo.
¿Alguien realmente le esperaría? Rin sólo quería abrazarse a sí misma y dejar de sentir tanta culpa, detener el llanto que había en su cabeza gritándole que no debió acostarse con Kohaku.
Era una mujer repugnante.
¡Ya no quería más nada! ¡Quería detener todo eso, regresar el tiempo! Olvidar... ¡Tenía qué olvidar a Kohaku y todo lo que había hecho! No quería romper a nadie, sólo quería regresar el tiempo e impedir que todo esto ocurriese: el salir lastimada, los arrepentimientos. Evitar a la maravillosa persona que era el castaño para no lastimarlo cuando supiera que ella no le amaba.
Desesperada por acallar lo que en su interior y su cuerpo gritaban, la chica observó una silla al lado de su cuerpo y fue hasta ella, bañada en lágrimas. Luego la apoyó sobre la baranda y subió un pie; los dos. Y luego se apoyó de nuevo en la barra, observando el bravo mar debajo de ella, lista para tomar impulso y lanzarse.
El aire tibio pronto se volvió helado, casi de ultratumba. O quizás sólo era producto del sudor frío que la adrenalina le hizo sentir. Su aliento empezó a producir algunas gotas de vapor, que desaparecían al salir de su boca. Su cuerpo tensó en la acción de impulsarse y lanzarse al mar y olvidar todo aquello, acabar con el dolor. El cabello despeinado gracias al sexo y ahora también al viento no le permitía ver muy bien.
—Es una linda noche para contemplar la luna, ¿no lo crees?
Y silencio. Rin sintió que el estómago y el corazón se le precipitaban por la garganta. El estómago vacío de la emoción extrema que sentía, el corazón aterrado por aquellas palabras. Rin tembló sobre su sitio, lista para aventarse, pero girando mecánicamente el cuello en dirección a la voz que le había interrumpido.
A su lado, quizás a un metro de distancia, había una figura, sentada sobre la baranda con pose relajada y pasiva. Aunque estaba oscuro, la luz de la luna llena sobre el cielo le proveyó un poco de información sobre aquel individuo que se atrevía a interrumpirla.
Parecía un joven. Uno de cabello largo, blanco (aunque más bien del tipo que brillaba como si fuera más bien plateado), y había unas orejitas como de perro o gato sobresaliendo de su cabeza. Como si fuera cosplayer. Rin siguió temblando, esta vez más relajada, sin quitar la vista del chico, que portaba un traje rojo, casi ceremonial.
—No eres muy conversadora. —comentó de nuevo el joven, esta vez girando el rostro hacia ella. Rin enrojeció cuando vio los ojos del individuo, refulgentes de color oro. Sintió algo extraño en su cuerpo al quedarse embotada en esos ojos—. Me dijeron que eres alegre y escandalosa. Creo que me mintieron.
Rin apenas podía hablar, pero temía que al parpadear o quedarse callada, aquella criatura se marchara. Así que obtuvo fuerzas de alguna parte de su ser antes de pronunciar cualquier cosa—. ¿Te conozco?
El interlocutor se quedó callado, con gesto adusto y observándola fija y poderosamente. Parecía meditar un poco antes de emitir una respuesta—. No. Pero creo que eres una mujer estúpida si crees que saltando las cosas mejorarán.
Y Rin se pasmó al escuchar aquellas palabras y observó con claridad hacia el mar, donde las olas se rompían furiosas contra el acantilado, como si la estuviera esperando para devorarla, ansiosas.
Estaba aterrada ante la idea de saltar, pero esta era su decisión. Si ella tomaba el coraje para lanzarse, las cosas marcharían mejor. No tendría que responder ante Kohaku o su hermana. Ni siquiera ante aquel que...
—Soy una mujer impura e indigna. —dijo sin importarle si a aquella criatura le interesaban sus problemas o no. Volteó de nueva cuenta a su postura inicial, lista para impulsarse—. Me entregué a alguien sin amor. ¿Cómo...? ¿Cómo puedo verle a la cara después de esto? ¡No volveré a ser digna de nadie! ¡Prefiero morir!
—Bueno... hay alguien que está esperando por ti. —los ojos de Rin se abrieron enormes antes de darle la vuelta de nuevo a su interlocutor, que ahora estaba de pie sobre la terraza, con una sonrisa en los labios y los ojos brillantes.
¿Sería acaso él quien...?
Azorada por las cavilaciones que su cabeza comenzaba a maquinar, Rin bajó de la baranda y la silla para poderse de pie frente al chico cosplayer, que era, más o menos una cabeza, más alto que ella. Dio un paso hacia adelante, sintiendo el aire frío y espectral rodearla, aunque no le prestó atención. Los ojos chocolate anhelaban palabras de consuelo de parte de este chico. De este hombre.
—Ahora, ¿qué te parece si dejas de hacer tonterías y me acompañas? —Sonrió el joven, confidente y con una expresión tosca de alegría, extendiendo su mano hacia ella. Rin observó la mano. Tenía garras.
Se limpió el rostro, lleno de lágrimas. Ahora sonreía, genuinamente. Y mientras acortaba el espacio que los separaba, Rin tomó la mano gentilmente y él la asió con la misma fuerza. Era frío al tacto. Casi como si estuviera muerto.
—Quien te espera es un reverendo bastardo. Pero se alegrará de verte. —Confesó el chico mientras se rascaba suavemente una mejilla, para la completa curiosidad de la chica—. ¡Oh! Casi lo olvido. —y diciendo esto, el chico se quitó la parte superior de su atuendo rojo y se lo ofreció, permitiendo que Rin se cubriera mejor.
—Gracias. —Aceptó ella, con una sonrisa sincera y un ligero enrojecimiento en las mejillas. Bajó la cabeza, ansiosa y emocionada. Luego tembló un poco antes de dar un vistazo al interior de la habitación del hotel, donde Kohaku aún dormía plácidamente; ajeno a todo lo que acababa de acontecer en la terraza.
Sintió mucha tristeza al verlo y no tener la certeza de que verlo a la cara de nuevo. Ni siquiera estaba segura de que volvería después de esto.
Esperaba que él la perdonara algún día.
Al volverse, se dio cuenta de que el chico se movía hasta pararse sobre la baranda, como si estuviera listo para saltar. Rin sintió una extraña y agradable sensación abordarla mientras él esperaba, casi impaciente. Ella se acercó—. Antes de irnos... ¿puedo saber tu nombre?
El chico de cabello claro se detuvo un momento, como si estuviera sopesando la posibilidad de darle su nombre. Y luego movió su cabeza ligeramente en su dirección, casi musitando—. Inuyasha.
Rin sonrió mientras sentía que las mejillas se le llenaban de lágrimas de emoción. Dando un suave tirón de la mano del chico; este pegó un salto hacia el vacío sobre el mar, halando de ella fieramente y llevándola con él, ambos desparecieron en la oscuridad de la noche de luna llena sin dejar rastro alguno, sólo vagas pistas de una prueba de falso valor que había sido truncada y salvado a la joven.
Continuará...
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*El Koibitomisaki es una atracción de Japón, ubicada en la provincia de Izu. Es una especie de centro vacacional reconocido por ser sumamente romántico. El Koibitomisaki es una especie de pequeño campanario al aire libre. Según se dice, la pareja que toque dicha campana tres veces, obtendrá felicidad en el futuro.
Fumiis, aquí traigo un nuevo capítulo para ti. Digamos que estos dos son de introducción, los próximos se irá despejando todo :D Espero que te esté gustando tu regalo :D feliz mes de la amistad atrasado :D (Porque ya estamos en agosto X3) pero no importa o.ó. Te mando un abrazo, nena :D. Espero que te esté gustando. Ruego a todos los dioses de todas las religiones y creencias posibles porque así sea ;w; (?). A todos aquellos lectores que pasen por acá, les agradezco que lean :D.
Y ahora tengo una preguntita, Fumiis, ¿tendrás alguna idea de quién soy? :B hazme todas las preguntas que quieras, yo las responderé (siempre que no hagan obvio quién soy XD).
Un beso.
