Las luces iluminan débilmente una mesa de billar. Los hombres reunidos en torno a ésta fuman, beben, se divierten y conversan animadamente. Alrededor hay más mesas de billar y algunos otros juegos disponibles: póker, blackjack, vete a pescar, ruleta y lotería. Al fondo a la izquierda se encuentra la barra principal, la cual se encuentra casi vacía, pues mis compañeras de trabajo están distribuyendo las bebidas sin necesidad de que los hombres vayan a buscarlas.

Yo me encuentro despojada de mi uniforme de trabajo, ése tan vulgar y destapado, que no soporto y no pienso volver a ponerme jamás. Mi cabello está recogido bajo una gorra, traigo unas lentillas de color azul y me he puesto maquillaje por todo el cuerpo, varios tonos más oscuro que el tono normal de mi piel. Uso una playera de algún incauto que la olvidó en un privado de mi compañera Sakura, y unos jeans holgados, además de unos lentes oscuros que acabo de robar de una de las mesas de póker. Con ese aspecto, parezco un muchacho de unos veinte años dispuesto a pasar una buena noche en el striptease bar.

Me sirvo del espacio de penumbra que hay entre mesa y mesa para pasar inadvertida. Volteo hacia los tres tubos en el escenario. Sakura y otras dos compañeras realizan un provocativo y sensual baile ante un público que las aclama. Me entristezco al pensar que Sakura no vendrá conmigo, ella dice no tener el valor necesario para escapar de este infierno degradante en el que estamos encerradas. No importa, yo huiré y después haré todo cuanto esté en mi mano para liberarla. Me doy ánimos con esa idea y prosigo mi camino, teniendo cuidado de pasar tan inadvertida como sea posible. El camino hacia la libertad está cada vez más cerca.

No es la primera vez que trato de escapar, esta debe ser mi tercer intento de fuga. En el último intento mi jefe y sus verdugos, mejor conocidos como los guardias del local, me mantuvieron encerrada y vigilada durante semanas, me sometieron a atroces torturas, y mi jefe hizo saber a los guardias que si intentaba fugarme una vez más, no sé lo pensaran dos veces y me mataran sin piedad.

Haciendo una rápida cuenta, mientras me deslizo sigilosamente a la salida del bar, llegué a este lugar cuando tenía quince años. Estoy por cumplir los dieciocho, lo que significa que llevo casi tres años encerrada, secuestrada, apartada del resto del mundo, explotada y obligada a trabajar en el peor negocio del mundo: el negocio de striptease bar.

Mi libertad se encuentra exactamente a dos metros de mí. Esta vez no estoy saliendo ni por una ventana ni por las salidas de emergencia de los baños de caballeros, es algo mucho más arriesgado y temerario: salir por la puerta principal. Pero es la única manera de no levantar sospechas, pues no tendría caso que un cliente del lugar se escabulla por una salida de emergencia, cuando no tiene nada que ocultar.

- Hola, mi nombre es Tomoyo, and today, I'll be your waitress, baby!- escucho a mi compañera de trabajo saludar a uno de los clientes, con ese saludo tan ridículo con el que tenemos que saludar a cada uno de nuestros visitantes. Me alegro de pensar que jamás volveré a decir esa frase otra vez.

Ya estoy en la puerta. El guardia me mira de arriba abajo, y yo le ordeno con la voz más masculina que puedo impostar que abra la puerta. Me mira de mala manera y me abre. Por un momento, la luz del sol me deslumbra, hacía mucho que no la veía tan directamente. Me sobrepongo y comienzo a caminar hacia la salida. "Lo estoy logrando" pienso mientras trato de que mis pasos no sean temblorosos ni vacilantes. Bajo el primer escalón. El segundo. El tercero. De pronto, un guardia se acerca al de la entrada y le dice algo al oído. Me piden que me detenga y que si sería tan amable de extenderles mi mano derecha. Yo asiento sin comprender para que. Empiezo a alzar mi mano, cuando me fijo en un pequeño detalle en el cual no me había fijado.

Aún traigo el anillo de esmeralda que siempre traigo en esa mano.

Suspiro, estoy perdida.