Capítulo Uno
¿Desde hace cuánto tiempo no tocaba un libro?
Es decir, una historia, un relato que lograra calarle la mente; no los libros de su oficina llenos de tecnicismos y fórmulas matemáticas, de ese tipo tenía montones.
Aquella, era una cuestión que empezó a plantearse después de su visita a esa librería, de alguna manera había olvidado como era catapultarse a mundos diferentes gracias a unos cuantos párrafos. Se preguntó en qué punto de su vida ésta se volvió tan monótona.
Era viernes por la tarde, sus deberes laborales estaban casi en su punto final, pero ahora, su debate mental era ir o no a la librería al marcharse de la oficina. Se cumplían dos semanas en las cuales, se había encargado de visitar el establecimiento a diario, tan solo para ver si el chico que había escuchado la otra ocasión, volvía. Pero grande era su decepción al cruzar la puerta y encontrarse con narradores que no eran él, si había estado presente su lógica era que trabajaba ahí, pero, si no era así, entonces ¿quién era?
Mientras pensaba en cada posibilidad, su mano derecha sostenía el peso de su cabeza mientras un bolígrafo daba vueltas sobre sus dedos de la mano izquierda, repitiendo un incesante ruido sobre el escritorio de madera.
—Dios mío, ¿no has pensado que necesitas más iluminación? —escuchó que dijeron al pie de la puerta.
—Entra la luz que necesita entrar, Chris —respondió, mirando de soslayo al intruso en su oficina.
Christophe Giacometti, su mejor amigo y mano derecha en el trabajo, acostumbraba irrumpir cada día en su espacio laboral, algunas veces para robarle un trago, otras para contarle alguna nueva —o intento de— conquista. Lo único cierto entre esos dos, era que al trabajar juntos para realizar algún evento eran más que conocidos como un "dúo dinámico", y eso era aplicado también en el ámbito personal.
—Me sigo preguntando porque pediste persianas al recibir la oficina —cuestionó, tomando asiento frente al peliplata, colocando la pierna derecha sobre la izquierda.
—A veces me gusta la oscuridad —contestó, acomodándose en su lugar para mirar al rubio—. Pero no viniste aquí para hablar de la iluminación, ¿o me equivoco? —inquirió alzando una ceja.
—Tan acertado como siempre —sonrió su amigo, dándole la razón—. Unos tragos saliendo del trabajo, esa es mi misión, ¿qué dices? —le preguntó, posando la barbilla sobre sus dos manos entrelazadas, Viktor le miró de reojo.
—Paso por esta noche —declinó la oferta, ofreciéndole una pequeña sonrisa.
Giacometti arqueó una ceja, incrédulo.
—¿Desde cuándo Viktor Nikiforov rechaza la oferta de una buena noche de viernes antes de entrar a un periodo laboral extenso? —inquirió, mirándole de forma acusadora.
La potente mirada acusadora de su compañero trataba de descifrar la expresión en el rostro del peliplata, el cual, solo atinó a responder lo más natural posible.
—Ya tengo un compromiso —soltó de manera despreocupada.
—¿Compromiso? O... ¿Cita? —interrogó en tono sugerente.
—No, no, compromiso. Unos colegas que vienen de visita, negocios —decía vagamente el ojiazul, tratando de marear al rubio entre su palabrerío.
Se sostuvieron la mirada por varios segundos; uno tratando de utilizar el encantador tono azul de sus ojos para terminar de convencer con su excusa, el otro haciendo un intento en vano para descifrar el misterio detrás de la oferta declinada. Hasta que uno, por fin cedió.
—Muy bien —suspiró el rubio, dándose por vencido—. Tú te lo pierdes, querido —le dijo, emprendiendo marcha a la salida de la oficina.
—Prometo pagarlo la próxima semana —sugirió, antes de que Chris saliera completamente.
—Tu invitas —sentenció, moviendo los dedos de su mano derecha a modo de despedida.
El peliplata se dejó caer en la silla de piel, liberando a su vez un gran y pesado suspiro.
No tenía intención de mentirle a su amigo, sin embargo, él tampoco tenía idea de lo que iba a hacer saliendo del trabajo, y decirle "bueno, no puedo, iré a una librería para ver si encuentro a un chico", no era buena idea, se prestaba a mal entendidos, sobre todo con él.
Después del triunfo de su excusa, miró la hora, y, percatándose que ya eran pasado de las ocho de la noche, tomó su saco y portafolios para partir hacia el estacionamiento. Una vez localizado su automóvil, un Audi plateado, ingresó en él; acomodó sus pertenencias en el asiento del copiloto y encendió el motor.
Vivía en 71 Broadway Apartments, lugar que estaba al otro extremo de Greenwich Village; donde había encontrado la librería. Sus dedos golpeaban rítmicamente el volante mientras esperaba el cambio de luz en el semáforo, eran menos de quince minutos de viaje para dirigirse hacia allá, pero, no, ¿para qué? No tenía por qué ir.
No obstante, eso no importó cuando dobló en el primer retorno que encontró, ni cuando aparcó el auto frente a la librería, ni mucho menos, cuando revisó la hora en su reloj, percatándose de que eran cerca de las once de la noche, cuando él, había llegado alrededor de las ocho cuarenta y cinco.
Era sumamente extraño el creciente nerviosismo en el ruso, pero no podía evitar sentirse como una especie de espía o niño pequeño vigilando a que no le descubrieran en sus travesuras; puesto que escondía su rostro con un libro, mirando de soslayo a los únicos dos clientes que restaban aparte de él, su pie se movía sobre el piso frenéticamente, observando el movimiento de la gente, si se iban, sería el único interesado en permanecer en el lugar. Nunca le había gustado ser el único en establecimientos como ese, normalmente algún trabajador se acercaba a preguntar si todo andaba bien, y en esta instancia la posibilidad de que tropezara con su respuesta estaba cerca del cien por ciento, algo muy impropio de su parte.
Minutos después saco el rostro de su escondite, crispándose al momento de escuchar la campana de la puerta principal, denotando la salida de sus únicos dos acompañantes. Miró su reloj, once cuarenta de la noche, ni siquiera sabía cómo había estado tanto tiempo "leyendo", ya que solo pasaba de hoja en hoja sin asimilar realmente el contenido.
Sus ojos, al estarse moviendo de un lado a otro, captaron a un hombre acercándose en su dirección, Viktor volvió a tomar el libro, plasmando toda la concentración del mundo en él.
—¿Disculpe? ¿Señor? —escuchó que le hablaba el hombre.
—¿Sí? —respondió saliendo de su escondite.
—Cerramos en veinte minutos —anunció—, ¿va a terminar ese libro?
—¿Eh? No, no, es decir... puedo volver después, gracias por avisarme —le dijo, entregándole el libro—. Buenas noches —se despidió, emprendiendo rumbo hacia la salida, viendo como el joven respondía a sus palabras alzando el pulgar.
Al pasar por la puerta principal no pudo evitar soltar un gran suspiro, no supo cómo es que terminó estando tanto tiempo allí, al fin y al cabo, el resultado había sido el mismo de los últimos días, todos sin éxito.
El día siguiente era sábado, ya había perdido el fin de semana anterior, debía pensar bien si quería apostar también en este.
Y con ese último pensamiento, entró a su auto y partió rumbo a su departamento.
…
¿Había dicho que debía pensar si quería perder tiempo de su fin de semana? Sí, lo había dicho.
¿Esta vez pensó en obedecerse? No, no lo hizo; ¿por qué?, porque estaba en Greenwich Village, frente al distinguido local color madera, y eran las ocho treinta de la mañana.
Y por centésima vez en el mes, suspiró.
Miró el celular, caminaba en la acera sin pisar las líneas divisorias, todas esas cosas para matar el tiempo; si el día anterior se había enterado que cerraban a las doce de la mañana, ¿qué daño hacia llegar temprano para enterarse a qué hora abrían?
Caminando de un lado a otro, debatiendo en si irse o no, alguien llamó su atención.
—Lo de ser cliente consentido va enserio, ¿eh? —escuchó que decía una voz conocida, acercándose a él. Al aproximarse aquella persona a una distancia prudente, se dio cuenta que era el mismo chico que le había atendido la primera vez.
—Ah… ¿hola? —saludó con una extraña mueca, provocando una pequeña risa en el moreno.
—Hola —devolvió el saludo—. Te he visto muy seguido desde hace varios días, ¿acaso quieres ser una especie de miembro VIP o algo así? —comentó burlón.
—Oh, bueno yo, ¿se me hizo temprano? —dijo como mejor excusa.
—Contando que abrimos a las nueve, si un poco —sonrió—, pero vamos, entra, de todos modos, aún no hay nadie —le invitó, sacando un juego de llaves; introdujo una en la cerradura y la puerta principal se abrió, el chico se hizo a un lado y le dio el paso a Viktor.
—Gracias —murmuro adentrándose al local, localizó la barra para comer y tomó asiento en el que se había convertido en su lugar de siempre.
—Aprovechando la ocasión —comentó el moreno colocándose detrás de la barra, llamando la atención del ruso—, no me he presentado, soy Phichit Chulanont, el dueño de este lugar —le sonrió al ojiazul, tendiéndole una mano.
—Viktor, Viktor Nikiforov —respondió, aceptando el gesto.
—Mucho gusto, Viktor. ¿Café helado? —dijo, sugiriéndole el que era su pedido habitual.
—Por favor —respondió el ruso con una sonrisa.
Mientras observaba como el moreno preparaba la bebida, Viktor jugaba con sus dedos pensando en cuál sería su primera pregunta, si estaba adentro tendría que aprovechar la oportunidad de disipar alguna de sus dudas.
—Y... Phichit —mencionó su nombre, llamándole la atención.
—¿Sí? —respondió el aludido, sin dejar de lado su labor.
—Hace tiempo que no venía al vecindario, pero, tengo memorias borrosas sobre éste lugar, y, no era una librería —comentó, mirando de nuevo los adornos del local—, era una galería, si mal no recuerdo.
—Tienes razón, lo era —afirmó—. La historia corta es, yo soy de Tailandia —empezó a relatar, tendiéndole el café a Viktor—, vine aquí gracias a una beca, al terminar mi carrera no quería irme. Un día encontré el local cuando lo estaban desocupando y voilá, ahora es mío —finalizó, sonriendo.
—Ya veo —sonrió, sin dejar que la conversación muriera continuó con su pequeño interrogatorio—. Y… ¿tienes varios trabajadores? —preguntó sorbiendo a la bebida.
—Algunos, me ayudan mayormente los fines de semana. Entre semana se turnan en lecturas y otros prefieren promocionar en Washington Square Park, ya que es relativamente nuevo.
—Sí...lo he notado —murmuró por lo bajo—. ¿Las lecturas tú las eliges?
—¿Uh? No exactamente, pueden tomar cualquier libro de aquí o si gustan traer uno en particular.
—Y... ¿Recuerdas el nombre de lo que leen? —soltó, llegando exactamente al punto que quería.
—¿Por qué? ¿Alguna llamó tu atención? —cuestionó el moreno, colocándose frente a él.
—Eh... sí, el primer día que vine, no sé si recuerdes bien, un chico de pelo negro leyó una escena entre dos personajes y bueno, creí que trabajaba aquí, pero... al parecer no, no lo he visto —comentó mirando hacia todos lados, bebiendo de su café.
—¿Chico de pelo negro? —repitió, tratando de remembrar el día—. ¡Ah! Te refieres a.… a él —dijo, Viktor alzó una ceja—. Quiero decir, sé quién es, es amigo mío; y, también sé que leyó, porque él es el autor.
—¿Él lo escribió? —preguntó, posando más atención en las palabras de Phichit.
—Sí, lo que escuchaste a medias, fue un capítulo de uno de sus libros. Específicamente, el segundo de una trilogía.
—¿Enserio? ¿Cómo se llama?
—¿Él o el libro? —inquirió, alzando una ceja.
—…Los dos —terminó por decir.
—El del fragmento que leyó se llama "Hubo una noche donde soñé con tu mirar". El autor se llama… Eros —dijo, observando la cara de incredulidad del peliplata.
—¿Eros? —respondió dudoso—. Curioso nombre… casi parece un seudónimo.
Phichit lo miró, deformando su rostro en una carcajada tan solo unos segundos después.
—No, no, tienes razón —dijo riendo—, ese es su seudónimo. Su nombre real... —farfulló haciendo una pausa—, eso es secreto de estado.
Viktor dejó de lado el vaso con café y se inclinó mirando al tailandés con una ceja arqueada.
—Oh, vamos, eres su amigo.
—Si te lo dijera y él supiera que fui yo, me mataría. Tendrías que intentar tú mismo —respondió, jugando con una taza de porcelana.
Viktor bufó por lo bajo, pensando en su próximo movimiento, definitivamente tenía que sacar provecho del momento. Si quería que lo intentara, entonces, lo intentaría.
—De acuerdo —aceptó—, tan solo dime cuando volverá.
—Probablemente sea esta semana, no sé el día en específico.
—Está bien —contestó, terminó su bebida para levantarse del asiento y regresar a casa—. Antes de irme, una cosa más —dijo, girándose desde el umbral de la puerta—, ¿cuál es el nombre del primer libro?
—El título es "Un día quise conocer la vida de alguien más".
—Perfecto —sonrió—. Y, aquí tienes —regresó a la barra para entregarle el pago del café.
—Oh no, va por la casa —le dijo, guiñándole a un ojo, a lo que el ruso se limitó a murmurar un "gracias" y salir de ahí. Cuando giró la perilla, el tailandés le llamó—: Viktor, ¿quieres un consejo?
—… ¿Sí? —respondió dudoso.
—A Eros le gustan las personas directas, que vayan al grano, sorpréndelo si quieres saber su nombre, es una persona muy dura —comentó, haciendo énfasis en "muy".
—De acuerdo, gracias —respondió el ojiazul, saliendo de la tienda, dejando a un muy divertido dueño dentro de ella.
Al salir del establecimiento reparó en que aún era muy temprano, sus deberes tan solo eran revisar unos correos electrónicos y su tarde estaría libre. Miró a su alrededor y tuvo una idea, si tenía suerte Barnes and Noble estaría abierta.
Sí, definitivamente, iría a comprar esos libros.
…
Habían pasado ¿Cuánto? ¿Alrededor de cinco horas?
Cinco horas y devoró dos libros de no más de trescientas páginas cada uno; efectivamente, tuvo suerte y Barnes and Noble estaba abierta, su memoria le jugó una mala pasada al no recordar tal cual los nombres de las obras literarias, pero bastó con decir el autor y en menos de cinco minutos tenía los trabajos de Eros gracias a una encargada del recinto.
Ahora eran las seis de la tarde, el atardecer estaba a punto de desaparecer y dar lugar a las tonalidades oscuras de la noche, el ruso seguía en los alrededores de Greenwich Village paseándose con la bolsa de sus compras matutinas. Si ya estaba ahí, bien podía regresar a Makkawa Kha para agradecerle a Phichit, y de paso, discutir sobre los libros, ya que sospechaba que también tuvo que haberlos leído.
No tardó más de quince minutos en llegar, al hacer sonar la campana con su entrada, pudo divisar un pequeño cúmulo de gente rodeando algo, o más bien, a alguien; era Eros, estaba ahí de nuevo y, al parecer, recién había terminado una lectura y él se lo había perdido.
Entrando presuroso se dirigió al tailandés, que estaba recargado sobre una pared cerca de la barra.
—No me dijiste que vendría hoy —recriminó el empresario al aproximarse al dueño, cruzado de brazos.
—Oh, Viktor —le dijo, percatándose de su presencia—. Te dije que esta semana, no sabía cuándo —respondió, sacando la lengua en forma juguetona, el ruso suspiró.
—¿Crees que pueda hablar con él? —preguntó, mirando de reojo como las personas que habían atendido a su narración se dispersaban poco a poco.
—Puedes acercarte cuando veas que la gente empieza a irse, si así lo prefieres.
El ávido lector tomó asiento en la barra por varios minutos, haciendo círculos sobre la madera con su dedo índice, viendo como el dueño del lugar hacía pedidos de comida y café con ayuda del mismo chico que le había informado sobre la hora de cierra el día anterior.
En un momento dado, se alertó al ver que la última persona alrededor del escritor estaba a nada de terminar su charla, buscó a Phichit en la barra y robó su atención, con la mirada señaló hacia su amigo indicándole una especie de permiso que decía "¿ahora?", a lo que el tailandés subió y bajo la cabeza en modo afirmativo guiñándole un ojo a la par que alzaba su dedo pulgar.
El empresario limpió sus manos sobre el pantalón casual que llevaba puesto, tosió para aclarar un poco su garganta mientras caminaba hacia él, y, cuando estuvo lo suficientemente cerca hizo contacto visual con el narrador.
—Hola —saludó sonriendo.
—Oh, hola —devolvió el saludo y la sonrisa, percatándose de la presencia del empresario.
—Me gustas —soltó de repente el ruso, causando que cierto chico moreno estuviera a punto de escupir el agua que estaba tomando, a la par de deformar la cara animada del escritor.
—¿D-Disculpa? —preguntó titubeando, con una expresión incrédula en el rostro.
—Tus libros, los leí, me gustaron. Eres un gran escritor, me gusta tu estilo —aduló el ruso con un rostro radiante, alzando la bolsa con los libros dentro de ella.
—Ah, ah... eso —murmuró aliviado—. Muchas gracias, m-me alegro que te gusten —rió apenado, llevando la mano derecha hacia su nuca.
—Me gustaría saber más de ellos —dijo el ruso, acercándose. Cuando el escritor le iba a responder, prosiguió—: y de ti.
Bueno, la expresión aliviada del pelinegro no duró mucho.
—¿U-Uh? —inquirió nervioso—. Pe-Perdón, pero, ¿nos conocemos de algún lado? —preguntó, tratando de justificar tales declaraciones.
—Sí... No, espera no, o, ¿algo así? —respondió rascándose la cabeza—. Escuché una de tus lecturas, me interesó, le pregunté al dueño y me dijo que tú eras el autor —comentó con una sonrisa.
—Ya veo... con que el dueño —comentó, asomando lentamente la cabeza hasta canalizar al tailandés; una vez identificado, el pelinegro entrecerró los ojos transmitiéndole a su amigo un claro de mensaje de muerte, el moreno se limitó a ver el techo con gran atención, simulando silbar.
—Entonces, ¿puedo saber más de ti? —insistió el peliplata.
—¿Ah? B-Bueno yo...
Pero su respuesta fue cortada por un insistente pitido proveniente del pantalón del ruso, el pelinegro calló alzando una ceja.
—Discúlpame un momento —se excusó, dirigiéndose a una esquina.
—A-Adelante...
—¿Chris? ¡Estoy en algo importante! —respondió a regañadientes, siendo ignorante de la pequeña pelea silenciosa que ocurría entre los dos amigos detrás de él, donde el pelinegro miró alarmado su reloj—. Cuando llegue a casa los mando, sí... sí, ¿qué? ¡No! Adiós —colgó con un suspiro, regresando al lugar donde estaba—. Cómo te decía... ¿eh? —exclamó, percatándose que, al voltear, ya no había nadie—. ¿Dónde está? —preguntó, dirigiéndose a Phichit.
—Tenía una junta con su editor, y bueno, en parte lo asustaste —comentó riendo, el aludido alzó una ceja sin entender de que hablaba—. Después de todo, no es de las personas que sepan qué hacer cuando alguien es tan directo —explicó, intensificando el nivel de su risa.
La evolución en las expresiones del ruso al escuchar aquello fue un total poema, terminando en una completamente incrédula.
—¡Tú! ¡Tú dijiste! —exclamaba sin formular una oración concreta, señalando insistentemente al moreno.
—Sí... yo digo muchas cosas —comentó saliendo de la barra, acercándose a Viktor—. La semana pasada me hizo levantarme después de media noche porque su bebida favorita se había terminado, me debía una —comentó, recargándose de la parte externa de la barra.
—¿Tenías que incluirme en tu maquiavélico plan? —preguntó, mirándolo de cierta forma... indignado.
—Llegaste en el momento justo, tenía que aprovechar —le dijo, guiñándole un ojo—. Pero, bueno, creo que te lo puedo recompensar —sugirió al ojiazul, observando como éste le miraba arqueando una ceja—. ¡Es enserio! —exclamó, alzando los brazos en son de paz—. Mira, mañana a las tres vendrá, ahí puedes hablar con él —comentó, viendo la aún incrédula expresión del ruso—. ¡Por dios! ¡No es una treta, lo juro! —exclamó alzando los brazos de nuevo.
—Está bien... te creo —habló resignado—. ¿Alguna cosa que ahora sí deba saber?
—No lo sé —respondió el moreno, viendo como la expresión en el ruso se oscurecía de nuevo—. Te lo dije, tienes que intentar tú mismo —le dijo con una sonrisa, a lo que el empresario bufó por lo bajo.
El resto de la tarde la pasó entre varios cafés y charlas ocasionales con el dueño, por fin supo el nombre del chico que le ayudaba; se llamaba Otabek, trabaja ahí las horas que pudiera mientras no interfiriera con sus estudios en literatura, era un poco serio, pero amable cuando entraba a la conversación.
Cuando la noche dio paso, se despidió dispuesto a manejar a su hogar. En el transcurso del tráfico trataba de meditar como acercarse al escritor sin... asustarlo. Al escuchar que prefería gente directa quiso emplear la que supuso, tenía como habilidad, o eso pensaba según los comentarios de su mejor amigo y allegados: "¿no has pensado que eres demasiado directo?", le decían a veces.
Al tenerlo como "talento nato" creyó que podría utilizarlo a su favor, pero, al parecer esta era la primera vez que lo había usado de manera consciente, y terminó en un resultado no muy grato; llegándolo a meditar el pelinegro tenía razón, probablemente si estuviera en sus zapatos también se habría asustado que alguien llegara y le dijera semejantes cosas de repente.
Después de alrededor de veinte minutos de viaje, llegó a su departamento. Exhausto, se tiró a la cama, colocando gran empeño en detener pensamientos que llegaban uno tras otro de forma salvaje, al menos al dormir trataría de callarlos y esperar descansar de forma plácida.
Y bueno, mañana... mañana será otro día.
…
Cuando el sol se coló por su ventana no hizo más que desperezarse sobre las sábanas, segundos después, miró el techo como la cosa más interesante en el planeta por aproximadamente treinta minutos. Bufó por lo bajo cuando decidió levantarse y miró el reloj sobre la mesa de noche, eran las nueve de la mañana en punto, a esta hora estaría abriendo el tailandés.
Ante tales pensamientos, Viktor movió su cabeza, alejándolos de ella antes de estar frente al establecimiento en menos de lo que canta un gallo.
Hizo lo que normalmente hacia un domingo; tomó un desayuno ligero, salió a correr por su vecindario por una hora, al regresar tomó una ducha y, así, eran apenas las doce con treinta minutos.
Se lanzó sobre su sofá dejando escapar un gran suspiro, por más que trataba de alejar las pantomimas de posibles aperturas para entablar una conversación con el pelinegro, estas parecían recias a irse de su subconsciente; al fin y al cabo, muy al fondo, tenía presente el hecho de que el mismo lo había ahuyentado el día anterior.
Volteó el rostro y se topó con libros recién adquiridos, al visitar la librería aprovechó para tomar un par que habían llamado su atención. Rebuscando entre las compras decidió tomar "El libro del cementerio" de Neil Gaiman, no podía elegir una forma mejor de matar el tiempo.
Para el momento que el ruso recordó revisar la hora, el reloj marcaba las tres con cuarenta y cinco, alarmado, se levantó de un salto mientras buscaba las llaves de su auto, colocándose una chaqueta. Llegar un poco tarde no era algo tan malo, si estaba antes de las tres cabía la posibilidad de que el escritor lo divisara por la ventana y decidiera no entrar. Y bueno…no lo culparía.
Quince minutos de viaje después, bajó del vehículo frente a la librería, y, antes de entrar, pudo observar la silueta del joven narrador; esta vez su conjunto era un pantalón de mezclilla acompañado de una camisa de vestir azul marino, llevaba las mangas remangadas poco más arriba del codo, zapatos de color negro y un cinturón del mismo color con la hebilla color plata, finalizando con su cabello perfectamente peinado hacía atrás con un mechón rebelde atravesando su frente, el cual movió con su diestra a la par de acomodaba sus lentes de un marco color azul. Viktor suspiró.
"Bien, que pase lo que tenga que pasar", pensó y entró al local.
El tintineo de la campana robó la atención de un par de clientes, entre ellos, el pelinegro, el cual abrió un poco los ojos al notar su presencia; Viktor apresuró su paso para llegar hasta a él, pero, a tan solo unos centímetros, cierto moreno detuvo su andar, colocando ambas manos sobre su pecho.
—¡Viktor! —exclamó el tailandés—. ¡Justo el hombre que quería ver!
—¿A mí? —inquirió, alzando una ceja.
—¡Sí! Y.… y, y, ¡tú! —gritó, halando a su amigo escritor, pasando un brazo sobre sus hombros—. A ustedes dos quería verlos, me harán un favor —comentó con una gran sonrisa.
—¿Eso es una petición o una orden? —preguntó su amigo.
—Es un "lo que tú digas, Phichit" —respondió el tailandés—, en menos de quince minutos es la lectura infantil, Otabek y Jean no podrán llegar, necesito reemplazos —explicó, colocándose frente a ellos, con cada mano a lado de su cadera.
—Y lo que nos estás pidiendo es que... —habló el ojiazul.
—Oh fácil, ustedes serán mis reemplazos, hoy toca... —musitó el tailandés con tono de suspenso, rebuscando sobre una pequeña bolsa a lado suyo—. ¡Caperucita Roja! Y, tú —señaló a Viktor—, serás el lobo —dictaminó, entregándole una diadema con orejas grises.
—Wow —se limitó a exclamar el empresario, tomando el accesorio.
—Y tú... —señaló a su amigo.
—Phichit...no te atrevas —sentenció con voz… amenazante.
—Tú serás... ¡Caperucita! —dijo con gran entusiasmo, lanzándole una capa roja al escritor.
—¡Phichit! —gritó reclamando.
—Bien, tienen diez minutos para estar listos, el cuento está sobre los sillones de la esquina, ¡son los mejores, gracias! —farfulló el moreno, desapareciendo de la escena.
El joven narrador miró el vestuario alzando una ceja y miró a su lado, algo dentro de él pensaba que el hombre que le había asaltado con distintas declaraciones hace tan solo unas horas, estaría igual de incrédulo; pero cuál fue su sorpresa al notar que no solo tenía la diadema ya colocada, sus manos jugaban con las pequeñas orejas de tela sobre ella, todo con una maravillada y juguetona expresión.
Al verlo, no sabía exactamente si reír o reprochar más, lo único cierto es que llegar si quiera a pensar que podía escapar de eso, era algo totalmente imposible.
Sin más, tiró del pequeño listón rojo de la capa dispuesto a colocársela y bufó resignado.
Esa iba a ser una larga, una larga tarde.
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Pau-Neko: ¡Hola! El título... a primera vista yo tampoco sabía como traducirlo xd pero espero que te guste el "significado" que le dí, lo cual espero plasmar más adelante. Lo seeeé, tenía muchas ganas de ver que podía hacer con Yuuri como escritor, es una idea maravillosa imaginarlo así. ¡Muchísimas gracias!, mi prioridad es que la maraña que tengo en mi mente se entienda, es gratificante ver que lo logré contigo. Y, bueno, realmente espero que conforme avance lo que tengo pensado, la trama sea de tu agrado al igual que el manejo de los personajes que pienso incluir, no me gusta salirme de su personalidad (a menos que haya un motivo) y realmente espero manejarles bien~
Muchas gracias por haberte tomado el tiempo de leer y comentar, espero que la historia te vaya gustando (corazoncito).
Notas finales: ¡Hola a quién sea que haya llegado hasta aquí (de nuevo)! Muchas gracias por los follows y favoritos, espero que el prólogo, y ahora el primer capítulo, les haya gustado. Si fuera por mi, estos dos ya se amarían (?) Pero todo a su paso, todo a su paso.
Y bueno... ojalá disfruten la lectura, esto apenas arranca (?) De nuevo ¡gracias!
Nos leemos pronto,
—K.
