-La historia es de mi completa autoria más esta ligeramente basada en la serie "Muhtesem Yuzyil", de 2011 a 2014, producida por Timur Savci y y representada en esta cronología por Gözde Turker (Sultana Safiye) Serhan Onat (Sultan Murad III) Pelin Karahan (Sultana Mihrimah), Engin Öztürk (Sultan Selim II) y Merve Boluğur (Sultana Nurbanu). Los personajes son propiedad de Masashi Kishimoto, más su distribución y/o utilización corre absolutamente por mi cuenta para la dramatización de la historia.
Capítulo 1
Luego de que las jóvenes seleccionadas para ser concubinas—ella incluida—hubieran sido aceptadas en el Harem, Mariam se vio conducida junto con ella hacia una enorme estancia medianamente lujosa pero si muy espaciosa, conformada y recubierta por mármoles decolores y paredes blancas, según entendía eran los baños donde habrían de asearse y quitare de encima todo rastro de sucedía que hubieran cargado encima con motivo de las distancias recorridas por el viaje. Jabones de olores incomparables, agua de rosas, limón, el vapor que imperaba en el ambiente como si fuera un sauna, aceites curativos, arcilla …instrumentos y esencias desconocidas para muchas se encontraban predispuestos en espera de usarse, el Imperio Uchiha no consentía la fealdad entre quienes habrían de formar parte de la noble dinastía, por lo que si de conservar la belleza femenina se trataba, eran unos absolutos maestros y esto hubo quedado claro para todas. Pero antes de poder bañarse a gusto bajo este techo que significaba el Palacio Imperial, el nuevo hogar de todas por tiempo indefinido…tendrían que dejarse examinar por una doctora que corroboraría que físicamente no tuviera ningún defecto, quemadura, cicatriz o algún tipo de marca que le restara belleza como para no estar ante el Príncipe. A la joven a su lado, que se abría la toalla que cubría su figura, la estaban analizando con cuidado, enumerando aquellos rasgos que la hacían atractiva. La vergüenza era algo que inevitablemente la caracterizaba como mujer, pero tendría que perderla, en ese palacio tendría que aprender a ser escaneada con la mirada, tocada y analizada de los pies a la cabeza. Sabía que tendría que enfrentar ese miedo y situación o nunca podría enfrentar nada, así que no servía decir que si y esperar a que fuera su turno. Aun cuando tuviera una toalla ceñida a su figura y como única vestimenta, Mariam no tendría tanta privacidad al bañare, no como lo había hecho estando en su hogar, otras mujeres estarían presentes mientras se bañaba haciendo lo mismo que ella, esta era la vida en el Palacio, hasta ahora era solo una más del montón, pero no quería eso, quería más, quería todo cuanto veían sus ojos. La doctora llego frente a ella y sin hacer gesto alguno espero que ella hiciera lo que todas las demás jóvenes antes y después de ella hicieron o debían hacer. Suspiro sonoramente por un breve instante y abrió la toalla con sus manos, sujetándola y bajando la mirada debido al pudor, sentía la mirada de la doctora analizando cada cabello de su cabeza, cada poro de su piel.
-Muslos firmes—enumeró la doctora para sí misma. Sus ojos se concentraban asiduamente en cada área, ascendiendo de una a otra parte y volviendo a centrar sus ojos en algún punto que le pareciera muy favorecedor. –Busto, de buenas proporciones—aunque fuera un análisis, Mariam sitio como si fuera un caballo que era juzgado para concluir un valor, se sentía poco menos que una moneda de cambio, -esbelta. En resumen, muy hermosa— la doctora sonrió levemente.
Volviendo a cerrar la toalla entorno a su cuerpo, Mariam ingreso en los baños emitiendo un mudo suspiro, esperaba no tener que pasar una vergüenza así otra vez, mientras se sentaba y tomaba una de las fuentes con que esparcir el agua con su cuerpo, se decidió a permanecer en ese Palacio a como diera lugar, sabía que no saldría de allí a estas alturas y no volvería con su familia, era una esclava, el modo en que la libertad podía perderse era tremendamente sencillo, pero quería recuperar su libertad, quería tener su lugar en la historia y estar en ese Palacio de leyenda le hacía sentar que si era posible llegar a la cima. Dejando caer el agua sobre su cabello y desviando la mira hacia quienes se bañaban como ella…supo que era diferente, se sentía diferente; escribiría su propia historia y ese Palacio seria suyo.
Las pesadillas y el temor perseguían a una persona cuando tenía razones para ello, cuando se manchaba las manos a tal grado que ni su propia conciencia pudiera enviarle señales de que estaba obrando mal, Tobirama no podía decir si este era su caso…o no, claro que sentía remordimiento por haber tenido que tomar la vida de su sobrino Kosuke y su pequeños hijos, pero lo había hecho bajo las órdenes del Sultan, había hecho lo correcto, pero si era así, ¿Por qué u mente continuaba repitiendo esa escena en su subconsciente? La cuestionada ley de fratricidio dictaba que aquellos Príncipes que pretendieran tomar el trono y la vida de un Sultan, que estuvieran dispuestos a arriesgarlo todo por su ambición, debía ser ejecutados para evitar una posible guerra civil, si, la idea básica de la ley era bastante sencilla, pero ¿Quién la seguía realmente y al pie de la letra? Para otros Sultanes antes que su hermano Hashirama, había sido fácil ordenar únicamente que todos sus hermanos fueran ejecutados al momento del ascenso al trono, así se libraban de la semilla de la avaricia, se deshacían de la posibilidad de encontrar un enemigo lo bastante fuerte como para compararse con ellos mismos. Hashirama había sido piadoso, había seguido la ley y al no considerarlo a él como una amenaza, lo había dejado sobrevivir al igual que a su sobrino Madara, ese niño de recién cumplidos dieciséis años y que acababa de ser elegido como gobernador de Otogakure, la provincia más importante del Imperio y donde aprendería todo cuanto sería necesario para gobernar si llegaba a ser Sultan. No iba acallar su propia conciencia, no confiaba en Madara y estaba dispuesto a gritarlo a los cuatro vientos de ser preciso, no es que ambicionara ser Sultan, pero era muy volátil, dejaba que toro tomaran decisiones por él y esto no cambiaría cuando—al partir a Otogakure—tuviera su propio Harem, existían cierta mujeres que podían jugar con las pasiones de los hombres y obtener lo que anhelaban y Madara no tenía las cualidades natas de un Sultan, de hecho, muy pocos miembros en la historia de la dinastía nacían teniéndolas, por lo que los errores podían comenzar a ser predichos aun a esas alturas.
Sentado sobre el diván frente la chimenea en sus aposentos que solo eran iluminados por la luz de las velas, el Príncipe Tobirama se encontraba totalmente sumergido en sus pensamientos, ahora y siendo el Príncipe de mayor edad era el heredero legitimo al trono, el mejor candidato, pero…¿Todos los sacrificios hechos merecían la pena? Quería creer que sí. Vestía un sencillo Kaftan azul grisáceo claro, uno de su colores predilectos pero que a la profundidad que generaban las penumbras de la habitación, parecía un tormentoso mar de cuello alto, —cerrado por un broche de plata que representaba el emblema de los Uchiha—caída larga y mangas hasta los codos, sencillo a decir verdad pero no tanto como la túnica violeta grisáceo de mangas ceñidas que se encontraba debajo tal cual las botas de cuero negro que usaba pero que pasaban desapercibidas, no era alguien que gustara de ostentaciones innecesarios, prefería dejarle a su esposa la labor de cautivar todos. Como si hubiera leído sus pensamientos, las puertas de la habitación se abrieron sin preámbulo alguno, permitiendo el ingreso de su esposa Mito que como honor incomparable, no necesitaba pedir permiso para estar en su presencia. Aun teniendo en mente la muerte de Hanami, la difunta favorita y Sultana del Príncipe Kosuke, resultaba insostenible para cualquiera imaginar a la Sultana Miso como una figura en conflicto consigo mima, su templanza decía todo lo contrario, enfundada en un sencillo pero muy favorecedor vestido de seda jade cuyo escote en V—ligeramente en forma de corazón—se ceñía perfectamente a su figura, decorado por doce diminutos botones de igual color hasta la altura del vientre, continuando en una elegante falda de seda de una sola capa y mangas ceñidas hasta los codos que continuaban en mangas de gasa semi transparente y acampanadas que casi le cubrían las manos, y por sobre el vestido una chaqueta de tafetán Porráceo con delicados bordados en olor esmeralda claro, con profundo escote en V cerrado bajo el busto por cuatro botones de oro volviendo a abrirse como una falda superior y manas holgadas y abierta cinco centímetros bajo los hombros, oscilando a los costados como lienzos. Finalmente su largo cabello negro como la tinta se encontraba sencillamente recogido en una coleta ladina, por obra de un broche de plata y diamantes que representaba el emblema Imperial e los Uchiha, haciendo caer sus largos rizos ébano sobre su hombro izquierdo. No había mujer más hermosa en el mundo que ella, Tobirama estaba seguro de eso.
-Miso- Tobirama le indico que se sentara a su lado, oferta que ella no pudo rechazar, habían estado separados por todo un día.
-No conseguían dormirse, quise venir antes pero ya sabes cómo son- rió Miso, aludiendo a su hijo e hijas que si bien eran pequeños, daban más quehacer que cualquier niño promedio, no debían olvidar que tenían cinco hijos.
-Espero que tengan buenas razones para dormir, abemos quienes no podemos conciliar el sueño- el Príncipe albino acaricio distraídamente el rostro de su esposa que al analizar el sentido de sus palabras hizo desaparecer la sonrisa de su rostro.
-¿Sigues culpándote por lo sucedido?- más bien afirmo ella, imitando su gesto y alzando una de sus manos para acariciarle el rostro.
-Tal vez debí buscar otra salida, tal vez seguir las reglas no fue lo único bajo lo que debí excusarme- admitió Tobirama, sintiendo que lo que había hecho estaba mal y lo sabía, pero reconocerlo era algo totalmente distinto.
-La ley del fratricidio es esa, Tobirama, si no somos más autos y hacemos lo que es necesario…nuestro hijo y nosotros habríamos sido quienes hubieran muerto- le recordó Miso, por supuesto que entendía sus miedos y dudas, lo compartía, pero al vida no les pedía explicaciones, solo que actuaran, ¿Cómo luchar contra eso?, -tarde o temprano Kosuke hubiera tomado nuestras cabezas para obtener el trono, sabes que es así- Tobirama aparto la mirada, claro que sabía eso, pero vivir con la culpa no era precisamente más agradable, -puede que Kami nos condene al infierno, pero si no hacemos o que estipula las leyes, ¿Cómo podemos esperar que otros las sigan?- esta pregunta era especialmente importante, el pueblo y el imperio entero esperaban algo de ellos, si no cumplía con esa expectativas, no obtendrían el respeto de nadie.
Era cruel hablar de esa forma, quizás demasiado sincero, pero el imperio Uchiha o había sido creado con el fin de ser sentimental, de hecho y si se analizaban las cosas con la debida atención se podía concluir que los sentimientos no tenían lugar, solo personas estoicas y de mente fría podrían sobrevivir, por supuesto que Miso no se consideraba a si misma alguien así, no era su naturaleza serlo, pero por el bien de sus hijos y su esposo, tenía que aprender a hacer lo que era mejor para el Imperio, eso era lo único importante a hacer en realidad y por lo que debían luchar, habían pasado de una tribu nómada sin poder ni posición, guerreros sin miedo, a ser los dueños absolutos del mundo y debían mantener ese poder, habían luchado mucho por conseguirlo y ser uno más entre los nombres que había gobernado no era en lo absoluto una opción, ellos dejarían su propio legado, debían hacerlo. Por supuesto que Miso no estaba de acuerdo con la ley del fratricidio, le parecía que tomar la vida de inocentes no era correcto, pero no osaba cambiar una ley que existía por una razón, eso evitaba las guerras civiles, evitaba el caos y la insurrección, pero ¿A qué precio? El temor, quien tomaba la vida e inocentes era tachado de tirano, pero las respuestas y motivaciones para llevar a cabo actos tan irreprochables, solo Kami lo sabia y era mejor que continuase siendo así. Fascinado, Tobirama no alcanzaba a entender de donde es que ella sacaba su fe, él había creído en el sistema y en el Imperio hacia años atrás, antes de conocerla y formar una familia con ella, pero viendo que él quizás también fuer a morir irremediablemente en algún momento por culpa de esta ley, había intentado resignarse, pero quería vivir, por su hijo, por el Imperio, por Miso y por todo lo que sabía y sentía que podría hacer si llegaba a ser Sultan, porque tras la existencia que había llevado, temiendo día y noche poder morir por causa de los verdugos, realmente quería creer que estos días, este infierno, podría transformarse en el paraíso que él y su esposa merecían vivir y sostener. Con cuidado y una intensa mirada de su parte, Miso acuno el rostro de su esposo en sus manos, sin apartar ni por un segundo su mirada dela de él, si, tenía miedo como el, pero no estaba dispuesta a claudicar y si él dudaba, entonces podía tomar fuerza de ella, pero rendirse a esas altura no era en lo absoluto una opción, no podía serlo.
-Llegará el día en que todos griten, viva el Sultan Tobirama- una sonrisa divertida y levemente infantil se plasmó en el rostro de la Haseki, contagiándosela a su esposo, sabía que sería Sultan, o veía en su futuro y ella estaría a su lado sin importar lo que pasara, -entonces todo cuanto hemos hecho valdrá la pena, ahora eres el heredero el Imperio, sucederás al Sultan Hashirama, todo estará bien- convenció, viéndolo entrelazar sus manos con las de ella, creyendo por fin en la convicción que evocaban sus palabras, no quería que él se preocupara por nada, estos eran sus días de mayor alegría y paz, no los recuperaría cuando fuera Sultan, debía disfrutarlos mientas aun pudiera hacerlo. -Creo que es mejor que olvides estas preocupaciones, lo que hiciste estuvo bien, no es nada que otros Sultanes no hayan hecho antes que tú- comparo, siento empática con él y conociendo de sobra sus resoluciones personales, pero que por ahora estaban erradas.
-Eso espero- suspiro Hashirama, alzando una de las manos de su esposa, besando caballerosamente el dorso de esta, pero en lugar de la radiante sonrisa que esperaba de ella, la sentía parcialmente lejana, como si estuviera preocupada por algo. -¿Qué tienes?- ella era la Sultana de su corazón, verla infeliz era lo que más lo preocupaba, especialmente porque no cualquier cosa conseguía molestarla o hacerla sentir mal.
-Lo único que me duele es la verdad, tengo un nudo en la garganta, que no puedo sacar, mi propia vergüenza- Miso sabía que pensar en ello estaba mal, Tobirama se lo había dicho muchas veces, pero era muy difícil para una mujer no poder seguir teniendo hijos, especialmente en una sociedad donde esto era visto como un error. -Tobirama…
-No, eso no me importa y creí que estaba claro- discutió el albino, cayendo en que era lo que estaba aludiendo, no le importaba que ya no pudieran tener más hijos ni que solo tuvieran un Príncipe y cuatro hijas, ella era lo importante para él, el resto del mundo podría hundirse en la entrañas de la tierra y a él nunca le importaría, -habrá muchas mujeres en mi vida, pero en mi corazón solo estas tú, tú eres mi esposa, mi Sultana- le recordó, incapaz de retroceder ante sus propias declaraciones.
El tiempo había hecho que se volviera reservado, temiendo a la muerte en infinidad de ocasiones, pero no sabía que sería de su vida sin esa mujer a su lado, Miso era su todo y ninguno de los dos era sustituible en esta historia, ella era su Sultana y nunca amaría a nadie más.
Mariam no tenía ni la más remota idea de a donde la llevaban.
La noche anterior, luego de haber llegado al Palacio y haberse bañado a gusto, había dormido mejor de cómo había recordado haberlo hecho en otras ocasiones, claro, no es como si las camas fueran demasiado cómodas teniendo en cuenta que se trataba de un mero colchón y sabanas conque cubrirse, pero había estado tan agotada por el viaje en barco desde Venecia hasta esta tierra de cuento de hadas, que sin darse cuenta se había quedado profundamente dormida apenas y su cuerpo se había puesto en contacto con su nueva cama y ahora, apenas unos minutos después de haber despertado en este su primer día en el Palacio Imperial de los Uchiha, una de las encargadas del Harem—que sabía se llamaba Akira—le había dicho que la hija del Sultan Hashirama; la Sultana Kaori, quería hablar con ella. En silencio y acatando las órdenes dadas, incapaz de protestar porque eso no le haría ningún bien ni en el más insignificante de lo sentido, la bella y pelirroja veneciana vestía un modesto vestido blanco de escote en V, poco rebajado, de mangas ajustadas hasta los codos y holgadas hasta cubrir sus manos y cuya falda llegaba al suelo; sobre el vestido usaba una especie de chaqueta de tela verde azulado que hacía ver el atuendo como un uniforme, y puede que eso fuera en realidad ya que todas las jóvenes del Harem vestían igual. Se detuvo ante unas elaboradas puertas de madera—que casi parecían metal por su solidez—esperando a resolución de lady Akira que tras indicarle a los escoltas jenízaros que abrieran la puerta, le indico que ingresara, marchándose y dejándola sola, porque no formaba parte de su trabajo encargarse de la joven a partir de allí, tragando saliva de forma inaudible en cuanto las puertas se abrieron, Mariam se sujetó levemente la falda para no tropezar y recordando parte de las indicaciones que lady Akira le había dado por el camino, ingreso con la mirada baja, lo más dócil que le fue posible, después de todo ella era solo una esclava y la mujer que había pedido verla era una Sultan, la hija del gobernante del mundo, por lo que al estar a unos cuantos pasos de ella, lo prudentemente recomendable, descendió en una profunda reverencia, sin atreverse a alzar la vista ni por un breve instante.
Los aposentos de Madre Sultana solo podían ser ocupados por quien dirigiera el Harem y como la única hija el Sultan el mundo e hija de la Sultana Kaede, solo Kaori podía residir en ello, encontrándose sentada en el diván junto a la ventana en sus aposentos y acompañada por su doncella de mayor confianza, Yuna, que permanecía de pie a su lado, ambas observando con un vago asentimiento de satisfacción a esta encantadora veneciana. La Sultana portaba un elegante vestido morado—el color de la realeza, además del favorito de su difunta madre—de escote bajo y cuadrado, así como mangas ajustadas hasta los codos donde se volvían holgadas y semitransparentes para cubrir las manos; sobre el vestido se hallaba una chaqueta de seda índigo, cerrada por sietes botones de plata desde el escote hasta la altura del vientre, así como de mangas ajustadas y cortas hasta los codos, abierta bajo el vientre, el centro del corpiño, el borde del escote y el extremo de las mangas así como la caída y el dobladillo de la falda estaban enmarcados por un escueto pero favorecedor bordado y encaje de escamas de plata. Su melena de rizos miel dorado se encontraba perfectamente recogida tras su nuca, adornado por una elegante corona de oro que replicaba flores de jazmín y decorada por diamantes y amatista de múltiples colores. Alrededor de su cuello reposaba una insuperable gargantilla de oro de inspiración egipcia y del cual pendía un diamante ámbar en forma de lágrima a juegos con unos pendientes de oro en forma de flor de jazmín y de los que pendía un cristal en forma de lágrima. Ella era la mujer más poderosa del Palacio, una dama noble que pese a tener la sangre de una esclava por su madre, era miembro de la noble dinastía Uchiha, y por el bienestar del Imperio estaba dispuesta a hacerlo que fuera necesario y hacer que Madara llegara a trono algún día era su mayor deseo porque estaba segura de que su tío Tobirama no era digno de llegar al trono y si lo hacía, ella haría que Madara fuera un digno sucesor, pero para ello debía tener a su lado a la mujer apropiada.
-Ahora eres propiedad del Imperio Uchiha, nosotros decidimos si vives o mueres- anuncio la Sultana Kaori con un tono de voz entre confiado y amable. -Conque tu eres Mariam Baffo, hija del gobernador de Venecia- un asentimiento fue la inmediata respuesta de Mariam que se preguntó cómo es que esa hermosa mujer sabía todo sobre ella, pero sus propios ajuares expresaban muy bien que era más poderosa que nadie en la tierra, -espero que tu carácter sea tan hermoso como tu rostro- Kami mediante, así seria.
-Sultana, para mi es inmenso honro estar en su presencia-declaró Mariam, sobrecogida con la belleza e intelecto de la Sultana, la única persona que hasta la fecha le había dado la bienvenida.
La mujer ante ella era tan solo un poco mayor que ella, pero en contrapunto con ella que solo había sido la hija de un noble, la Sultana Kaori era la hija del gobernante del mundo, su poder estaba seguro, sabía que si quería estar a salvo debería serle leal esta mujer que incluso le daba la bienvenida como nadie más lo había hecho…era difícil sentir seguridad entre esos muros enjoyados y recubiertos en oro, claro que causaban fascinación pero no seguridad, porque apenas y habiendo pasado una noche allí, Mariam ya comprendía que solo era un calabozo enjoyado, la verdadera seguridad estaba en el poder, ahí en unos aposentos tan lujos como aquellos y teniendo la autoridad suficiente para hacer que otros cumplieran su ordenes tras haber pronunciado un insignificante palabra, la posición más alta de todas representaba no solo el reconocimiento e importancia sino también la capacidad de sobrevivir y por más egoísta que fuera Mariam quería vivir, por supuesto que era joven e ingenua y mucho, pero tenía valor y quien no lo tenía no podía enfrentarse a las adversidades, nunca—hasta ese punto de su vida—se había enfrentado a algo así, por lo que tenía toda la resistencia posible para luchar, tenía la fe en que su voluntad le permitiera abrirse paso y quería hacerlo. Kaori esbozo una ligera sonrisa de superioridad ante los anhelos que veía en la mirada de esta joven veneciana, por supuesto que ambas casi tenían la misma edad, pero una gran diferencia; Kaori no tenía ambición, pero si mucho intelecto y experiencia, y Mariam si tenía ambición pero inexperiencia, la ambición y lealtad eran cosas opuestas que parecía superponerse entre sí, pero que con el estímulo correcto se unían e irían de la mano en lugar de suplantarse entre sí, eso es lo que ella aspiraba a obtener, eta joven conocida como Mariam de Venecia quería ser una Sultana como cualquier otra chica del Harem ambicionaba serlo, pero…¿Tenía la voluntad? Esta era la auténtica cuestión, con su apoyo podría llegar lejos, pero sin él no sería nada, si quería ver realizada alguna ambición, ambas se necesitaban, por el futuro del Imperio.
-¿Qué talentos tienes?- inquirió Kaori, curiosa por saber que tan profunda era esta belleza.
-Proviene de una familia noble y muy bien relacionada, Sultana- contesto Yuna, ya que ella había sido la encargada de averiguar todo con respecto al historial de esta joven, Mariam, -ha de ser muy inteligente y evidentemente tiene buenos modales- supuso, ya que no podría ser de otro modo, no con los privilegios otorgados y su conducta lo demostraba.
-Si me obedeces no te faltara nada- advirtió Kaori, poniendo el mundo en bandeja para esta joven que se sintio tan abrumada, peor poniendo como limite la lealtad, era joven y aprendería, pero para que eso pasara habría de trazar puntos desde el primer momento. -Tenemos un Príncipe que necesitara un Harem dentro de poco, el Príncipe Madara que tiene más o menos tu edad, cuando sea enviado a una provincia necesitare de una aliada que lo guié por el buen camino, lo complazca y me sea leal a mí- vio como Mariam asimilaba cuidadosamente cada palabra, gravándose el nombre del príncipe en su mente cual hierro incandescente, algo que no podía ni debía olvidar. -Son tiempos difíciles, todos se traicionan entre sí, pero si tú eres leal serás ampliamente recompensada, incluso podrías convertirte en una Sultana y gobernar el mundo- declaro eta idea con el fin de enaltecer la ambición de la joven cuyos orbes ónix parecieron brillar ante la idea y no era para menos.
La lealtad no era un juguete y eso bien lo sabía, si quería que en algún punto le fueran leales a ella cuando ordenase algo, y vaya que la idea le encantaba, debería aprender a ser leal antes, claro que no a cualquiera sino a aquellos que lo merecían, recordando nuevamente las palabras de lady Akira, la encargada del Harem; Mariam se tomó la osadía de acortar la distancia que la separaba de la Sultana Kaori ante quien se arrodillo, sosteniendo el dobladillo de su vestido en un gesto de sumisión y besando la tela, según lady Akira había dicho eso representaba vasallaje y para una esclava que acabada e llegar al Palacio Imperial, no se esperaba otra cosa y esto era precisamente lo que estaba demostrando, que podía cumplir el rol que se le pedía que interpretase. En su mente retumbaba un nombre Madara, ese era su objetivo, ser la Sultana de este Príncipe y acompañarlo en todo momento, ser la madre de su hijos, la Sultana del Imperio, la dueña de todo, el seria Sultan algún día y ella estaría a su lado y aprendería de él lo ayudaría, ese era el destino que quería para sí, ¿Podía enamorarse de una persona con solo saber su nombre? La verdad es que no, pero no era su nombre lo que causo su atracción por este Príncipe tan desconocido para ella, sentía atracción por la idea del poder, porque aunque se enamorara y padeciera el encanto del romance, el poder siempre estaría allí, lo obtendría de cualquier forma, pero si lo anhelaba…suponía que la victoria seria aún más satisfactoria. Kaori arqueo una ceja con muy bien disimulada sorpresa, alzando la mirada hacia Yuna que solo pudo encogerse de hombros, la primea forma de ser una Sultana era naciendo como tal pero si no se tenía esta gloriosa opción o se aprendía y guardaba silencio para fortalecerse y llegar a la cima, usando todas las herramienta a su alcance, o se conquistaba el corazón de un Príncipe y Mariam podría hacer eso, claro que Madara nunca había tenido un Harem porque esto estaba prohibido hasta que fuera destinado a gobernar una provincia, era un Príncipe que no sabía nada de los placeres de intimar con una mujer, pero una mujer como Mariam podría saber cómo cautivar y enaltecer las pasiones de alguien como él, y si ganaba su corazón y le daba un hijo…su lugar como Sultana seria seguro, además el hecho de lo que sucedería si al tenia ella de su lado. Si, la estrategia era perfecta, y tenía espías entre los sirvientes que serían enviados junto a Madara para gobernar Otogakure, podría proteger a esta chica veneciana aun en la distancia y eso haría.
-Hare lo que usted ordene, Sultana, siempre estaré a su servicio- juro Mariam, solo entonces atreviéndose a alzar la mirada.
La respuesta ante su muestra de inmediata lealtad fue una sonrisa ladina, ligeramente divertida y principesca, que se plasmó en los labios de la Sultana Kaori, al igual que una mirada de que podía retirarse, había demostrado que podía hacer lo que se le pidiera que hiera, había demostrado que podía ser una buena servidora del Imperio y el pago por esto era la oportunidad de estar en el corazón, la cama y la vida de un Príncipe del Imperio Uchiha y a cambio ser una Sultana, dejar su propia huella. Peor en lugar de dejarla partir en solitario como Mariam había esperado que sucediera, la doncella que hasta entonces había estado de pie junto a la Sultana Kaori, como su servidora de mayor confianza, —lady Yuna—reverencio a la Sultana antes de situarse a su lado e indicarle que la escoltaría de regreso al Harem, lo que por cierto resulto muy confuso para Mariam, por supuesto que el Palacio era muy grande, lo suficiente como para perderse al primer intento, pero ya conocía el pasillo que conectaba el Harem y los otros aledaños con los aposentos de la Sultana Kaori, pero por ahora creía bastarse sola para regresar a su lugar, más lady Yuna que le sujeto el brazo le hizo entender totalmente lo opuesto y ya que la Sultana Kaori no prestaba ningún tipo de objeción, no le quedaba más que obedecer, por lo cual se hubo mantenido estoica mientras dos doncellas que custodiaban las puertas le abrían paso para dejarla salir junto a lady Yuna. Fuera de la habitación aún se encontraban los escoltas jenízaros que permanecieron imperturbables cuales témpanos de hielo y a quienes encontraron a su paso apenas cruzaron el umbral, siguiendo a lay Yuna que por cierto no le soltaba el brazo, Mariam la sintió detenerse e hizo igual, no entendiendo el porqué de este gesto apenas y se hubieron alejado lo suficiente de los aposentos de la Sultana Kaori, confusa, Mariam intercalo su mirada hacia los pasillos vecinos en caso de que hubiera sucedido algo, más seguía sin entender porque lady Yuna había hecho que se detuviera—literalmente—en medio de la nada.
-Todas llegamos aquí como esclavas- comenzó Yuna, picándole el pecho con un dedo para llamar su atención, haciendo que Mariam arqueara una ceja, confundida por sus palabras, -si te comportas no tienes por qué ser una esclava para siempre- le sugirió con una sonría tentadora que ciertamente llamo la atención de la veneciana. La doncella de confianza de la Sultana Kaori le comenzó a enumerar con sus dedos: -Edúcate, cierra la boca y compórtate- señalo como si fuera obvio lo que ella debía hacer de ahora en más, pero para sorpresa de Yuna, Mariam si le estaba prestando atención y mucha, su rostro se había relajado y parecía una alumna presta y atenta como ninguna joven del palacio lo era o solía ser. -Todas las chicas se preparan para servirle al Príncipe; si te eligen, satisfaces al Príncipe Madara y le das un hijo serás su favorita- Yuna bajo la voz, esperando no llamar la atención de nadie que pudiera encontrarse cerca, se debía ser precavida, -…y reinaras el mundo.
Con una sonrisa confiada, Lady Yuna se separó de ella y le indico que la siguiera, no tenían tiempo que perder, tenía que comenzar a aprender de todo cuanto le fuera posible, porque de no ser así, la ayuda de la Sultana Kaori no serviría de nada, siguiéndola; Mariam sonrió de lado para sí, la idea de reinar de esa manera…no era nada desagradable.
-Adelante- permitió Miso en cuanto hubieron llamado a la puerta de sus aposentos.
Siguiendo con las costumbres y tradiciones, su esposo se encontraba junto al Sultan Hashirama en la reunión del Consejo Real, junto con los Pasha, Jueces, Eruditos y Visires, ya que el Sultan Hashirama no tenía más herederos, era el deber de su esposo el Príncipe Tobirama de conocer cada aspecto le Imperio que tarde o temprano habría de heredar, más eso no la tranquilizaba mientras—sentada en el diván junto a la ventana—se encontraba bordando distraídamente una pieza de encaje, acompañada por sus doncellas, el Sultanato significaba triunfo, pero también sufrimiento, más era aceptar esto o la muerte. La esposa del Príncipe Tobirama y Sultana Haseki, portaba un elegante vestido de seda y satín azul de escote cuadrado y mangas transparente y holgadas en forma acampanada hechas de gasa y ribeteadas en encaje, con falda de una ola capa totalmente lisa, hecha de seda pero bordada en hilo de plata para recrear rosas; por sobre el vestido se encontraba una sencilla chaqueta de satín azul oscuro—aunque lucia igual que el color del vestido pese a ser de un tono levemente ennegrecido—hasta la altura de los muslos, de mangas cortas hasta los codos y escote cuadrado y cerrado tras la espalda, si diseño alguno en el frente salvo por el encaje que decoraba la tela. Su largo cabello ébano se encontraba elegantemente recogido tras su nuca y peinado de tal modo que un par de rizos enmarcaran su rostro e hicieran destacar aún más la bellísima corona de oro y plata que emulaba espina y rosas decoradas con zafiros, diamantes, topacios y cristales azules, complementando un par de pendientes de cuna de diamante en forma de lagrima con un zafiro en el centro, y una cadena de plata con un dije a imagen de los pendientes. Levanto la mirada hacia las puerta apena se hubieron abiertos, dejado el bordado sobre el diván y levantándose en seguida al ver de quien se trataba, sonriendo con alegría al verlo, después de todo era la última vez que se verían, ahora el debería partir a u provincia, el Sultan Hashirama había designado que así sucediera y así se haría.
El Príncipe Madara era el hombre más guapo que había visto el Imperio en mucho tiempo, tal vez porque fuera el único que tras generaciones de antecedentes extranjeros representaba los típicos rasgos que caracterizaban a los miembros del Imperio; alto, de tez blanca, cabello azabache hasta los hombros y una presencia muy llamativa, no intimidante pero sí que podía compararse únicamente con la presencia del Sultan del mundo y ante quienes sus doncellas no pudieron evitar sonrojarse mientras reverenciaban al joven Príncipe. Debidamente engalardonado luego de haber asistido a la reunión del consejo real, el Príncipe portaba—por sobre la habitual túnica de seda color negro, de cuello alto y manga ceñidas a las muñecas—un sencillo Kaftan de seda rojo persa, de cuello alto y mangas hasta los codos; el centro del pecho, el cuello, el borde de las mangas y el dobladillo eran un tono ligeramente más claro, Hematita, además y combinando a la perfección con la túnica y las botas de cuero que usaba, una serie de cuatro botones color negro adornados a cada lado de estos ostentaba un broche que representaba el emblema de los Uchiha, cerrando la tela, ciertamente podía no ser un Sultan, solo un Príncipe, pero tenía presencia y quien tenía esto ya tenía dos de las cualidades más importantes en cuanto a las características de un gobernante nato; impresionar y suspira, de no ser así, ¿Por qué sus doncellas suspiraban como enamoradas, sonrojándose? No había nadie tan cautivante a primera vista como Madara. Había llegado el momento de la verdad, hoy partiría a Otogakure y demostraría si, como gobernador, tenía las cualidades natas para llegar a ser considerado un potencial sucesor al trono o bien una posible amenaza dependiendo de la situación, aunque Miso estaba segura de que él jamás seria esto último, él tenía un lugar muy especial dentro de su corazón después de todo.
-Sultana Miso- saludo Madara inclinando respetuosamente la cabeza ante ella.
-Alteza- saludo la Haseki saludándolo y reverenciándolo debidamente así por el protocolo, indicándole a sus doncellas que se retiraran y una vez hubo sucedido esto y sintio las puertas cerrarse, lo abrazo con todas su fuerzas siendo correspondida de inmediato, -Madara- suspiro alegremente, separándose y acunando el rostro de él entre su manos, lo veía como a un hermano menor o incluso un hijo, ya que al ser huérfano de madre, siempre había sentido cierto cariño por él. -Hoy es tu gran día, te iras, tendrás tu propio territorio y serás soberano de todo a tu paso, una muestra del poder que puedes obtener si eres leal al Imperio- aludió viéndolo asentir y bajar la mirada con cierta humildad, era tan inocente…todo lo que muchos jóvenes de su edad eran, pero ¿Por cuánto tiempo? Esa era la cuestión.
-Y lo soy, Sultana- declaro Madara sin deja lugar a la duda, nunca pensaría ir en contra del Imperio ni de ella que era como la madre/hermana que nunca había tenido, -Kami mediante podré demostrarlo ante el Imperio entero- oro, porque esto era algo que debería hacer, guiando su acciones en base a lo que fuera lo mejor para el Imperio y el Sultanato.
-Amen- secundo Miso, por supuesto que confiaba en él y en su lealtad, pero no en la de otros.
Su afecto por Madara era un gesto de buena voluntad e inocencia, porque él carecía de las ambiciones y la crueldad que destruía a los miembros del Imperio, pero de igual manera y sobradamente sabía que esta inocencia no duraría para siempre, no sería una criatura inocente para el resto de su vida, a su debido tiempo y como todos…se mancharía de sangre, lodo y crueldad, era imposible permanecer inocente para siempre, todos tenían errores y pecados de lo que avergonzarse, todos siempre tenían algo con lo que cargar, fuera cuales fueran las circunstancias y el caso de este Príncipe no era particular de ningún otro. Tobirama no confiaba en Madara y le sobraban razones por las que pensar así, ya que al ser más inocente que la mayoría Madara bien podía ser manipulado con facilidad, pero al menos por su parte las mujeres que había elegido para él eran dóciles, todas se encontraban bajo sus órdenes y tenían como único deber complacerlo y hacerlo feliz, no hacer que él les diera, poder, autoridad ni nada que la enalteciera, aunque era un tanto hipócrita de su parte resguardar que eso no pasara porque así es como ella misma había llegado al nivel jerárquico en que estaba, pero dudaba que todas las mujeres fueran o tan inteligentes o tan cuidadosas como para anteponer el bienestar del Imperio por sobre sus propia ambiciones, esto era sumamente difícil de encontrar. Pero si bien Tobirama no confiaba en él, ella sí, confiaba porque Madara la tenía en la estima más alta que podía existir, en momentos pasados la había llamado madre e incluso hermana, quien tuviera un lugar así en la vida de un Príncipe no lo perdía jamás, por lo que si algo sucedía en el futuro, Miso se sentía en paz, Madara la protegería y ella a él, eran familia, tal vez no en sangre obviamente pero se apreciaba como tal y ante esto no existía discusión alguna, ella si confiaba en Madara.
-Siguiendo las tradiciones, seleccione a las mujeres más bellas el Harem solo para ti, según tus…preferencias.- Miso sonrió pícaramente más él hubo aparto la mirada, divertido porque se tomara atribuciones que solo una madre podría tener, aunque él la veía de esa forma y por eso se lo permitía. -No olvides que la justicia deber gobernar tus decisiones, debes tener confianza en ti mismo, pero también escuchar otros, porque un verdadero Sultan sabe cuándo reflexionar y cuando atacar- aconsejo, le escribiría todo el tiempo para ayudarlo a tomar decisiones si él así se lo pedía, pero esta vez debería aprender por su cuenta y tratar de no equivocarse, porque sus errores serian vistos como una debilidad. -Ahora te dejo partir, despido a un niño, pero espero que cuando volvamos a vernos, quien este frente a mi sea un hombre, un glorioso Príncipe- ánimo, entrelazando sus manos con las de él.
Recordaba lo dichosa que se había sentido cuanto Takeru había nacido, el único hijo varón, el único Príncipe que le había dado a Tobirama, lo amaba con u alma y si algo le sucedía a ese niño moriría, una parte de su corazón dejaría de existir si algo le sucedía a él al igual que a Tobirama, pero su amor y afecto po Madara era distinto, desde el primer momento lo había visto diferente, aun sin ser una favorita había velado por él como una sirvienta, lo había cuidado y visto crecer, no sabía si o amaba como a un hijo o como a un hermano específicamente, pero lo veía como a una parte de su vida y, viéndolo besarle el dorso de la mano en un gesto de vasallaje para con la mujer más importante dentro del Palacio imperial…temió que le sucediera algo, estarían separados por kilómetros, él en una provincia y ella en este hermoso Palacio, pero no debía pensar así y se lo dijo a si misma mientras lo veía alzar la vista y sonreírle, debía confiar en que él podría cuidar de sí mismo, después de todo era un consumado guerrero que podía defenderse perfectamente en el campo de batalla, eso lo había visto, tenía que confiar en él. Muchas cosas había visto en este Palacio, había temido por su vida al ser uno de los pocos príncipes que habían escapado de la ley el fratricidio, él y su tío Tobirama…sentir semejante miedo no tenía comparación, era como si a cada instante le estuviera respirando la parca de la muerte sobre el hombro, sentía su presencia, sabía que estaba ahí, más no podía quitársela de encima, en medio de esta odisea y habiendo sido un niño había conocido a una concubina del Harem, muy amable y que siempre había sabido como hacerlo reír, lo había hecho ignorar sus propios miedos, lo había animado a no sentir temor y ahora veía esa concubina convertida en una Sultana, la esposa de su tío y a quien continuaba viendo como a una madre, por supuesto que cuidaría de si mismo ya que lo último que quería hacer seria preocuparla, pero no la olvidaría aunque estuviera en otra provincia, siempre seguiría sus consejos.
-Sultana- reverencio Madara a modo de despedida.
Sonriendo alegremente por su caballerosidad, Miso lo hubo reverenciado apropiadamente, viendo con alegría y dolor como le daba la espalda y abandonaba sus aposentos, el niño a quien tanto quería comenzaba a crecer y dejar de necesitarla, pero entenderlo no era algo fácil; despedía a un niño, pero la próxima vez estaría frente a un hombre.
PD: no les mentiré, hubiera actualizado antes porque tenía pensado iniciar la actualización ayer, pero tuve una jaqueca horrible y no pude hacer nada, de hecho ahora mismo también me duele la cabeza pero por haberme dedicado el día entero a escribir la actualización y ya planeando los próximo capítulos, porque si salgo de una historia o capitulo, ya me sumerjo en otro, se los aseguro :3 esta semana (en que volveré a clases) actualizare "El Siglo Magnifico: La Sultana Sakura" y "Titanic Naruto Style" el fin de semana, "El Clan Uchiha" la próxima semana y "Operación Valkiria" el próximo fin de semana :3 les recuerdo que finalice el guion completo-diálogos y detalles menores-de la futura adaptación de la película "Avatar", por lo que les pido a los interesados que comenten cuando quieren que inicie el fic u otro que tengan en mente, esperando contar con su aprobación, por supuesto :3 como siempre la actualización está dedicada a DULCECITO311(que siempre está cerca y a quien dedico y dedicare todas mis historias :3) y a todos aquellos que sigan cualquier otro de mis fics :3 También les recuerdo que además de los fic ya iniciados tengo otros más en mente para iniciar más adelante en el futuro: "El Siglo Magnifico: El Sultan y La Sultana" (siguiendo el final que haré para el fic de "El Siglo Magnifico; La Sultana Sakura" e inspirada en la serie "Medcezir"), "Avatar: Guerra de Bandos" (una adaptación de la película "Avatar" de James Cameron cuya secuela comenzó su rodaje, y cuyo guion-de la primera película-ya he terminado), "La Bella & La Bestia: Indra & Sanavber" (precuela de "La Bella & La Bestia", que prometo actualizar cuando tenga tiempo) "Sasuke: El Indomable" (una adaptación de la película "Spirit" como había prometido hacer) "El Siglo Magnifico; Indra & El Imperio Uchiha" (narrando la formación del Imperio a manos de Indra Otsutsuki en una adaptación de la serie "Diriliş Ertuğrul"), por no hablar de las películas del universo de "el Conjuro" y que prometo iniciar durante y a lo largo de este año :3 cariños, besos, abrazos y hasta la próxima.
Personajes Históricos:
-Sultan Suleiman I-Sultan Hashirama: llamado, "El Magnífico", fue uno de los mayores gobernantes del Imperio, hijo del Sultan Butsuma I y de la Sultana Annaisha, su apodo de "El Magnífico" no se debe solo a su habilidad como conquistador, sino además a su misericordia y sabiduría. Es el actual gobernante del Imperio que pese a no ser un hombre viejo, lidia con la muerte de su esposa Kaede, lo que lo hará débil en estos, los últimos meses de su legislatura.
-Sultana Mihrimah-Sultana Kaori: fue la única hija del Sultan Hashirama y la Sultana Kaede, se le conoció por su gran belleza además de por ser la única hija de un Sultan que ejerció políticamente como Madre Sultana hasta su muerte, casada con dos Visires y la figura más importante en la política de la época hasta su muerte. Sera la mayor aliada de Mito y la espina en el contado del Sultanato de Tobirama y Miso.
-Sultan Selim II-Sultan Tobirama: es el hermano menor del Sultan Hashirama y heredero del Sultanato, se caracterizó por ser un Sultan muy estricto y severo, dispuesto a todo con tal de cumplir con las leyes, evitando muertes innecesarias, es un hombre que no se deja manipular y que está dispuesto a ser cruel con tal de proteger a su esposa y sus hijos.
-Sultana Afife Nurbanu-Sultana Kaoru Miso: fue la primera mujer no perteneciente al Imperio en ostentar el rango de Madre Sultana, no pudiendo ejercer mayor poder político a causa de su cuñada, la Sultana Kaori y posteriormente por la favorita del Sultan Madara, la Sultana Mito. Es una mujer naturalmente ambiciosa y que puede ser cruel con tal de proteger a sus hijos.
-Sultan Murad III-Sultan Madara: fue el único hijo de la Sultana Toka, y sobrino de los Sultanes Hashirama y Tobirama, y ascendió al trono luego de la muerte de todos los demás herederos a una edad temprana. Su Sultanato estuvo marcado por las continuas guerras con Persia y los Estados cristianos europeos representados por el Reino de Hungría, Transilvania y el Sacro Imperio Romano Germánico, volviéndose un personaje de importancia durante la Guerra de los Quince Años, provocando la decadencia económica e institucional que asolo al Imperio hasta el Sultanato de Sasuke I.
-Sultana Safiye-Sultana Mito: fue una noble veneciana secuestrada por los piratas y vendida como esclava a Konoha, donde por su belleza fue elegida por la Sultana como favorita del entonces Príncipe Madara. Se dice que amor por el Sultan Madara fue tal que llego contratar a una bruja que hizo un hechizo para impedirle estar con otras mujeres, ganando gran poder político hasta que esta artimaña fue descubierta, posteriormente reservándose a convertirse en asesora política del Sultan.
