El Matrimonio Médico

Disclaimer: Bryan y yo estamos mirando las invitaciones; dudamos entre el color sepia o los tonos pastel. Sin embargo, hasta que no pase oficialmente a ser de la familia Singer, no, no me pertenece nada, ni siquiera un trocito simbólico, de House, MD.

Notas: Este capítulo ha sido muy difícil de escribir…De hecho, aún no estoy 100 satisfecha, pero quería postearlo. Este capítulo me baja la autoestima. Necesitaré muchos reviews para compensar xD

Por Lisa E. La Reina de la Noche.

El compromiso

Me gustas cuando callas porque estás como ausente,
y me oyes desde lejos, y mi voz no te toca.
Parece que los ojos se te hubieran volado
y parece que un beso te cerrara la boca. (…)

Me gustas cuando callas porque estás como ausente.
Distante y dolorosa como si hubieras muerto.
Una palabra entonces, una sonrisa bastan.
Y estoy alegre, alegre de que no sea cierto.

(Pablo Neruda, Veinte poemas de amor y una canción desesperada, 15)

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.- ¿Qué demonios hacemos aquí?

.-No puedes ponerle la ketamina, Lisa.

Cuddy respiró hondamente, tratando de calmarse, aunque fuera un poco. Lo suficiente como para contenerse y no abalanzarse sobre el abogado que parecía temerla, frente a ella. O para no chillar y tirarse de los pelos, directamente. Siguió dando vueltas en su despacho. Toc-toc-toc.

Toc-toc-toc. Toc-toc-toc.

Ese era el único sonido que tiempo después Lisa Cuddy ligaría al recuerdo de aquellos primeros minutos, caóticos y surrealistas. El frenético toc-toc de sus tacones golpeando el suelo impoluto de los pasillos de su Hospital con renovada energía. Porque al principiose quedó muy quieta, conteniendo el aliento como si la inmovilidad o el silencio pudieran cambiar el curso de lo que ya había ocurridoToc-toc-toc. Todos los demás sonidos, voces, gritos, incluso el eco de las dos balas que la habían perforado el aliento, impulsado hacia atrás de un golpe seco, crudo, impactando en el centro de su pecho y abriéndola desmesuradamente los ojos, se reducían a nimias gotitas suspendidas en el aire, absorbidas por el toc-toc-toc angustiante de sus zapatos.

Y el continuo sonido de su propia respiración pesada, el rápido subir y bajar del pecho, el aire atravesado en su garganta. Ese sonido también le recordaría a partir de entonces, el infierno que había atravesado para llegar a Urgencias, y la expresión que tenía que haber tenido su rostro para que la marea de gente que pululaba sin descanso se detuviera a la vez al verla. Había preguntado algo parecido, recordaba. No estaba segura, había sido todo muy confuso. "¿Dónde está? ¿Dónde está él? ¿Qué demonios ha pasado? ¡Cómo lo habéis permitido! ¿Cómo lo he permitido?"

.-Soy su médica. Él lo pidió. Yo lo acepto. ¿Dónde diablos está el problema, Vincent?

Él lo había pedido, así se lo había dicho la doctora Cameron. Toc-toc-toc. Como en un sueño pesado y denso, cuando quieres avanzar más rápido y no puedes, sientes los miembros agarrotados por el sopor, así de lenta parecía moverse Cuddy entre el mar de batas blancas. Como en una película atascada en el proyector, repitiendo siempre la misma escena en blanco y negro. Él se lo había pedido. No atendía a otras razones.

Vincent se apresuró a rebuscar entre la montaña de papeles y basuras legales el artículo que la impedía – ¡a ella! ¡A la doctora Lisa Cuddy! ¡A la Decana de Medicina del Princeton-Plainsboro! – llevar a cabo el último deseo de House. A su lado, Wilson estaba mortalmente pálido, hundido en el sofá del despacho. Tenía la mirada perdida. Todo el frenetismo angustiante que parecía embargarla a ella, compensaba el estado de parsimonia que había atrapado al oncólogo.

.-Aquí está. La ketamina es un tratamiento altamente arriesgado, Lisa, que ya ni siquiera se utiliza en humanos. Inducirle un coma disociativo cuando la anestesia necesaria para una cirugía de ese nivel es mucho menor, es exagerado.

.-Lo sé. Soy médica.

Estaba impaciente. Y enajenada al miedo y a los nervios. Sabía las posibles consecuencias de la ketamina, sabía los riesgos a los que se exponía, sabía que podía incluso perder la licencia por haber intentado obligar al anestesista a que se saltara las normas y cediera a sus deseos… Toc-toc-toc. El despacho parecía demasiado pequeño para ella, y no podía dejar de pensar que cada segundo que pasaba y retenía a los cirujanos inmóviles en el quirófano, era un tiempo valiosísimo que perdía y que ponía a House en una situación más delicada aún de lo que ya lo estaba.

.- ¿Por qué es tan importante ponerle la ketamina?

.- ¡Porque es lo que él pidió!

.-Cuddy, acababan de dispararle. – musitó Wilson con un hilo de voz. – Él… no estaba cuerdo, ni consciente de lo que pedía.

.-No es excusa. House puede ser todo lo que quieras, pero lo sabes, Wilson, sabes que nunca hace nada sin estar antes seguro de sus consecuencias. – a Cuddy ni siquiera le importó el tono de voz de su médico, el derrote, el cansancio. House permanecía inconsciente en el quirófano. Ella había prohibido a sus médicos hacer nada hasta que no se lo indicara. No podía ser en vano.

.-Lisa, no puedes…

.- ¡Soy su médica, por el amor de Dios! ¡Llevo su caso! – no le importó perder los papeles ni que su grito se oyera en toda la planta. Si retrasaba más la cirugía, si con cada minuto que pasaba sin intervenirle, le estaba perjudicando, tenía que servir para algo. Había confiado en ella. Le había dado otra oportunidad. Dile a Cuddy que me ponga ketamina. Ni Cameron, ni Vincent, ni siquiera Wilson podían adivinar qué significaba aquello para Cuddy.

Suspiró largamente, tratando de recuperar la sangre fría. Reanudó su interminable marcha por el despacho, rescatando informes, artículos, cualquier cosa que la ayudara. Toc-toc-toc.

.-No es suficiente. Este tipo de tratamiento sólo puede ser consentido por el paciente.

.-El paciente, - Cuddy convirtió su voz en una peligrosa aguja de hielo – está inconsciente, Vincent. El paciente ha sido disparado dos veces. El paciente me ha pedido que le ponga ketamina, y está esperando en el quirófano, desangrándose, a que tú pases el maldito consentimiento legal.

.-Tengo que constar con su firma para autorizarlo. – el abogado tragó saliva, intimidado por la mirada de su jefa – Lo siento, Lisa.

Cuddy apretó fuerte la mandíbula. Casi pudo oír como algo muy dentro de ella, se quebraba. Wilson la miraba con urgencia. No hagas nada, Cuddy, le joderás el cerebro, parecía decir su mirada. No hagas nada, Lisa, porque a pesar de todo, sabes que nunca te perdonarás el haber podido causarle cualquier daño. Déjalo correr. Sálvale. Parecía el verdadero mensaje, el oculto tras la preocupación de sus irises castañas.

Toc-toc-toc. Mantente ocupada, no pienses en que se está muriendo, no pienses en que quizá tengan razón y sólo fue una última alucinación, y que por esa última petición que te hizo, carente de sentido alguno, producto de su mente delirante, estás arriesgando tu carrera, su salud, su vida, ignorando los gritos de alarma de los especialistas. No. No pienses en que estás retrasando su curación persiguiendo una meta invisible, inexistente. No. No lo hagas. No pienses que permitiste que un loco entrara en tu Hospital y le disparara, no pienses que fue tu culpa el que ahora esté desangrándose, inerte, esperando una orden que quizá no llegue nunca. No. Ni siquiera se te ocurra. No te pares. No pienses. Porque si lo haces, te volverás loca de dolor y de impotencia. Toc-toc-toc.

Se detuvo. Su mente daba vueltas, pero ya no oía el histérico toc-toc-toc de sus tacones. Tomó una decisión. Suspiró fuerte.

.-Hazlo, Vincent. Soy la directora de este Hospital, y lo consiento completamente. Si esa autorización, por alguna casualidad, se pasa sin tener la firma del paciente, lo ignoraré – sus dos interlocutores la miraron con expresiones indescifrables. Ella apartó la vista. Anduvo lento, como si cada paso sosegado la ayudara a meditar y reflexionar. – Soy la directora – repitió, con firmeza, como para afianzarse a sí misma – y como tal tienes que obedecerme. Hazlo.

.-Cuddy, - la voz de Wilson subió un par de decibelios, como queriendo imprimir en su altura la gravedad de la situación – no estás siendo racional, ¡estás utilizando tu puesto en tu propio beneficio!

Wilson no tenía absolutamente ninguna forma de saber cómo se sentía. Era su Hospital, su responsabilidad, suya y de nadie más. Había sido por su culpa que House estuviera donde estaba. Había sido por su culpa que su Seguridad no hubiera podido detener al loco armado a tiempo. Cuddy estalló.

.- ¡Me da exactamente lo mismo si con eso puedo cumplir su último deseo!

.-Si lo haces, piensa, Cuddy, piensa por un momento. – Wilson se puso en pie y alzó las palmas vacías ante ella, en un innecesario gesto de paz. – Tú sabes mejor que nadie las secuelas de la ketamina. Está desangrándose. Y mantienes a los médicos parados. ¿Por qué? ¿Porque un hombre que acababa de recibir dos tiros te pidió que le pusieras un arriesgadísimo tratamiento? ¿Porque el médico más temerario, más loco de tu plantilla quiso probar una teoría en un delirio desesperado, en sí mismo, sin pensar en las consecuencias?

.-Porque confió en mí. – la respuesta cruda, sincera de su jefa le contrarió. Desengañada. Aferrándose a esa posibilidad con sus últimas fuerzas. Wilson sintió ganas de gritar hasta desgarrarse la voz.

.- ¡Maldita sea, lo matarás! ¡Un coma disociativo después de ser disparado dos veces, es una locura!

.-Es lo que él habría hecho. – Wilson dio un par de pasos vacilantes hacia atrás. Negaba con la cabeza, hundido y aplastado bajo la seguridad irrefrenable, casi histérica de su jefa. Cuddy no dudó. No tenía tiempo. Miró al abogado. – Hazlo.

Él negó lentamente con la cabeza.

.-Tengo que tener su consentimiento, lo siento. Ni siquiera tú, como directora, puedes hacer nada. Esto no se puede traspapelar. Necesito su firma o la de un familiar directo. Como no está casado y sus padres no llegarán a tiempo…

.- ¡Por el amor de Dios! ¡Necesito ese tratamiento! – Cuddy bajó la vista, frunciendo los labios. Esa molesta sensación de déjà-vu del caso de Alfredo, multiplicada por diez. La urgencia. La desesperación. La frenética e irracional búsqueda a contrarreloj de una solución. Toc-toc-toc. – Tiene que haber algo que yo pueda hacer. Ilegal o inmoral, ya me da igual. Vincent – le miró a los ojos, su abogado vacilaba – ¿hay algo, lo que sea, que pueda hacer?

Vincent abrió la boca, pero no llegó a responder. Desvió la mirada, con la suficiente inseguridad como para que Cuddy adivinara que había una posibilidad.

.-Hay una opción… peligrosa, ilegal y muy, muy arriesgada. Me quitarán la licencia si alguien del Tribunal Supremo llegara a saber que si quiera lo propongo. Es algo casi inconcebible.

Detuvo sus pasos hiperactivos de nuevo, impaciente.

.- No me vengas ahora con esas, Vincent.

.-No exagero. Es muy comprometida. Arruinarías tu carrera. – se removió, incómodo. – Pero, podrías… autorizar el tratamiento de la ketamina.

Cuddy tenía la garganta seca. El enardecido toc-toc-toc dejó de repiquetear en su mente. El tiempo avanza más rápido que tú. Terriblemente más rápido.

.-Te escucho.

.- En lo referente a ese concepto, al de la familia directa, las lagunas legales son terribles. Hay vacíos insalvables de los que nos podríamos aprovechar. – con una mueca de amarga satisfacción, Vincent rebuscó con ahínco en sus documentos. – Os sorprendería lo fácil que es engañar a la Ley en estos casos… - finalmente, encontró lo que buscaba. Extendió sobre la mesita, frente a los dos médicos, un papel de ampulosa caligrafía.

Ambos se inclinaron sobre él. Wilson fue el primero en reaccionar.

.- ¿Un… enlace matrimonial?

Ante el asentimiento del otro, Cuddy se mantuvo inmóvil, quieta, temblando por dentro. Su mente iba a toda velocidad. Lucidez, sangre fría. Valora las opciones, cada punto de vista, antes de abrir la boca y despedir a Vincent por esta broma de mal gusto. Tiene que haber un punto lógico en todo esto. Siempre lo hay. Encuéntralo. Aférrate a él.

.-No tiene gracia. – no pretendía que su voz dejara ver tanto esa fría furia, pero no intentó corregirse. Estaba perdiendo el tiempo. Cada segundo contaba. Apretó los puños en una silenciosa amenaza y gesto de advertencia, pero Vincent no se retractó.

.-Si firmaras este enlace, si consintieras mostraros como pareja casada ante el papel, ante la Ley, entonces tendrías carta blanca. Podrías autorizarlo ahora mismo, Lisa. – hablaba deprisa, convincente, aparentando una seguridad que no sentía en realidad. – Es muy arriesgado, pero funcionaría. No habría un solo punto en tu contra.

.- ¿Me estás diciendo que es más fácil traspapelar un matrimonio, que una simple autorización médica? – las cejas de Wilson se elevaron hasta límites insospechados. Arrugó el ceño, esperando una réplica por parte de Cuddy. Se asustó ante la falta de ésta. – ¿C-Cuddy?

Ella apretó más fuerte la mandíbula. Su moral, su profesionalidad, todos sus años de experiencia médica y administrativa, se reían en su cara. Le preguntaban a gritos – con una voz que se parecía demasiado a la de su director en Michigan – por qué demonios no había dado ya un rotundo y completo No a la pregunta implícita y maleducada que le planteaba el documento matrimonial frente a ella. Como el disco duro de un ordenador, su mente mantenía eficientemente apartado todo pensamiento que la distrajera de aquella cuestión, incluidas las culpas, los remordimientos, el manojo de nervios y continuo frenesí que la electrificaban.

Vincent se inclinó hacia ella. Parecía fascinado por la expresión marmórea, impávida, del rostro de porcelana de Cuddy.

Por primera vez, Lisa Cuddy dudaba.

.-Funcionaría, Lisa. – le susurró. Ignoró las protestas de Wilson, centrándose en que sus palabras llegaran a oídos de la mujer – Cada noche, docenas de borrachos desesperados se casan por pura diversión en Las Vegas, en las Bahamas. La gente acepta enlazarse con un desconocido porque necesita su seguro médico, mantener las apariencias, cambiar de vida. Hay matrimonios por conveniencia al margen absoluto de la Ley. Y ésta permanece ciega, sorda y muda. Este matrimonio, podría servirle a él, pero también… te pondría a ti en una delicada situación.

Cuddy alzó los ojos, por fin. Su boca apenas era una tensa línea encarnada en sus mejillas pálidas. Los nudillos estaban pálidos. Le salvaría. Es una locura. Es la única opción. ¡Estás histérica, no piensas como un médico! Confió en mí. Nunca hasta este punto. No tengo elección…

.-No tengo elección, ¿verdad?

Wilson se arrodilló junto a ella, sosteniendo ambos pesos. Buscó su mirada con urgencia.

.-Cuddy, mírame. Es una locura, lo sabes, ¡no puedes estar pensando incluso en…!

.- ¿Podría hacerlo? – su voz parecía tan distinta al enérgico, al seguro toc-toc-toc de sus tacones. Dudaba. La balanza veía herido de muerte su precario equilibrio. – Si acepto este… matrimonio, ¿darías luz verde a la ketamina?

El abogado la miró. Largo. Pausado.

.-Tendría que hacerlo. Serías su esposa.

Ella guardó silencio. Denso, pesado, agobiante. Retumbaba en cada rincón de su cabeza como el histérico toc-toc-toc. Como el frenético y punzante pum-pum-pum de su corazón desbocado contra el pecho.
Silencio. Es lo que él quiere. Pum-pum-pum. Confió en ti. Silencio. Está muriendo, tienes que decidirte. Pum-pum-pum. Nunca te perdonará

Asintió lentamente con la cabeza.

Wilson dejó escapar un sonido curioso, entre un lamentado quejido y un gemido de sorpresa.

.- ¡No!

Cuddy se mordió el labio inferior, haciendo caso omiso. Vincent sostenía sus ojos, inclinando la cabeza.

.- ¿Segura?

¿Segura? Nunca se había sentido tan insegura en la vida. Ni tan confundida. Ni tan… desesperada. La puerta del despacho se abrió con un estruendo. Chase tenía las manos enguantadas llenas de sangre, y los puños de su impoluta bata blanca estaban coloreados en tinta roja. Su cara era una mueca deformada por el horror.

.-No podemos esperar más. Se desangrará. Gillick quiere saber si el anestesista puede ponerle la ketamina, sino… lo intervendrá de todas formas – Cuddy miró a Wilson. Ayúdame, parecían suplicar los ojos grises. Con muda desesperación. Quebrados de un hondo dolor, de la más impactante de las fuerzas gravitatorias que los convertía en dos agujeros negros absorbentes, atrayentes. – No podemos esperar más. – insistió Chase.

Cuddy bajó la vista y la clavó en el médico australiano. Él retuvo el aliento, ignorando el nudo en su garganta. La temblaba la barbilla. Pum-pum-pum. El corazón la dolía. Sangraba. Lloraba. Quiso llorar también, chillar. Como cuando entendió, honda y completamente, la situación. House ha sido disparado. Se muere. Pensó que se volvería loca de dolor.

.-Puedes ponerle la ketamina. – tenía rota la voz. Miró de nuevo a Wilson. Perdóname. Miró el documento matrimonial sobre la mesa. Y a Vincent. Asintió de nuevo con la cabeza. Aturdida. Desengañada. ¿Por qué arriesgas tu carrera? ¿Por qué arriesgas su vida? ¿Por la petición delirante de un hombre moribundo? ¡Puedes perderlo todo! Ya no me queda nada que perder… Asintió otra vez, y otra más. – Puedes ponérsela.

Apenas fue consciente de que Chase se daba la vuelta y regresaba corriendo al quirófano, ni de que Vincent recogía sus documentos y posaba una mano en su hombro en silencioso apoyo, asegurándole que se ocuparía de todo, cuando pasó junto a ella para salir del despacho. Wilson la retuvo el suficiente tiempo en la cordura, aún. No había odio en sus ojos. Con mirarle supo que se sentía igual que ella. Formaban un solo, total y completamente. Los extremos opuestos de un mismo polo. Los vértices bajos de un triángulo isósceles, tan minimizados hasta entonces por el punto alto, el principal, el genio, que no se habían percatado de la existencia del otro.

.-Nunca te perdonará. – aún así, parecía más confuso que ella. Y duro. Y cruel.

.-Lo sé. – le sorprendió la sinceridad de sus palabras. Le asustó la tranquilidad de su voz, la indiferencia. Le asustó que no la asustara. Todo es un sueño. Ya no tienes nada que perder. Despertarás. Todo tiene un punto lógico. Agárrate a él.

.- ¿Por qué lo haces…porque confió en ti? – escupió las últimas palabras con amargura. Como un hombre resentido. Cuddy sostenía su mirada, mustia.

.-Sí.

Tampoco había desafío o provocación en su voz. Simplemente, declaraba un hecho. Wilson asintió extrañamente con la cabeza, y tras unos segundos de silencio, salió cerrando la puerta tras él, dejándola sola. Ella apartó la mirada de la puerta, y avanzó un par de pasos inseguros. Se detuvo al instante. Todo daba vueltas.

Pum-pum-pum.

Frenético, histérico, vertiginoso martilleo del corazón contra el pecho. Le hacía daño.

¿Qué has hecho?

"Le he salvado… te he hecho caso, House."

Confió en ti.

"Has confiado en mí… y he hecho lo que tú me pediste."

Él no lo hubiera aprobado nunca de esta forma. ¡Confió en ti!

"Es lo que tú hubieras hecho. Manipulas, tergiversas los hechos, los transformas y utilizas tu puesto y las debilidades de la gente para obtener lo que quieres. No he hecho cualquier cosa que tú no harías."

No lo entenderá.

"Tendrás que entenderlo. Tendrás que hacerlo."

Le has traicionado.

"Esto no es una traición. He sacrificado lo último que me importaba retener. Te he sacrificado a ti. Ya no me importa el resto."

Lo sabes, ¿verdad? Sabes que a partir de ahora, cada segundo, minuto, hora y día que pase y él no despierte, vivirás en la incertidumbre de saber si hiciste bien, si lo has matado o si llegarás a morir consumida por lo mismo que te obligará a llorar contra la almohada cada noche, ¿verdad? El dolor incandescente y oscuro que no podrás mitigar.

"Lo sé, sí…"

Nunca te perdonará.

"Sé que no me perdonarás, pero esta vez…"

"Esta vez, Greg… tendrás que hacerlo."

"Ahora estamos en paz."

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