Copia y pega del Disclaimer: La leyenda de Zelda y todos sus elementos son propiedad del señor Miyamoto, nada me pertenece y prometo darle un uso decente a todo lo que tome prestado. Con permiso de los fans, voy a sacarme unos cuantos datos históricos y personajes de la manga, pero de eso se trata escribir un fic, ¿no? No hay explicaciones para no quitarle la gracia a la historia, ya se irá explicando sola.
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Capítulo 2 – Camino al olvido
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Sumido en pesadillas con casas ardiendo, mujeres gritando, niños llorando y hombres matándose entre ellos, Nilk se dejó llevar por su fiel montura mientras la noche caía sobre Hyrule. Sólo cuando todas las estrellas brillaban en el cielo compitiendo con la luna llena pudo al fin despertar. Se encontraba débil pero al menos estaba lúcido. Lo suficiente como para que todos los recuerdos de la última batalla se agolparan en su cabeza, reforzando el sentimiento de culpa que finalmente le había empujado a la deserción.
Había nacido para el combate, pero lo aborrecía. El valor y el orgullo de un guerrero eran los rasgos que le definían y, sin embargo, odiaba herir a otro hombre justo y valiente, aunque fuera su rival. Cierto era que había derrotado a muchos enemigos extranjeros, pero aquellos eran seres oscuros y malvados que nada tenían que ver con los habitantes de Hyrule, a los que se había visto forzado a enfrentarse durante tanto tiempo. La guerra contra los demás pueblos de Hyrule era para él un sinsentido en el que sólo por su condición de soldado leal a su juramento había aceptado participar.
Como sheikah, sabía más de las tradiciones de Hyrule que muchos de sus habitantes y era una de las pocas personas que conocía el verdadero motivo por el que, desde hacía tiempo, el reino se veía acosado por fuerzas externas, causantes de los conflictos entre los pueblos que convivían en él. Sabía que buscaban dividirlo y debilitarlo, de forma que quienes guardaban el tesoro más preciado de aquella bendita tierra no contasen con aliados para defenderse.
El Reino Sagrado, el lugar en el que reposa del don de las diosas, el Triforce. Según la leyenda, tras la creación del mundo, Nayru, Din y Farore regresaron a su morada celestial y en el punto desde el que dejaron la tierra aparecieron tres triángulos dorados que representaban a cada una de ellas. Se decía que contenían el poder de las diosas y quien los controlase obtendría un poder capaz de someter al mundo. Por el Triforce el reino de Hyrule se consideraba el elegido, pero también lo convertía en el objetivo de las cada vez más poderosas alianzas enemigas que buscaban ese poder.
Sea como fuere, a él ya no le incumbía nada de todo aquello. Si alguna vez le había debido algo a su patria, lo había pagado con creces manteniendo a raya a los invasores y pacificando a los rebeldes, levantados contra el reino a base de mentiras. Ya no quería ver más guerra, se marcharía lejos y desaparecería en el olvido. Había elegido el lugar donde perderse para siempre, así que se dirigió hacia el oeste. Hacia el desierto del Coloso.
Tomada aquella decisión, sólo le quedaba una cosa por hacer. Se inclinó sobre las crines de Tasllion y acarició el blanco pelaje, a lo que el corcel respondió con un suave resoplido, agradecido. Tras tantas batallas y tantos viajes juntos, el caballo se había convertido en su más fiel compañero, lo más cercano a un amigo que el solitario sheikah había tenido. No podía condenarlo a una existencia pesarosa entre las arenas del desierto, se merecía algo mejor.
Desvió su camino hacia el sur hasta que vio aparecer en lontananza la silueta fortificada, como si de un castillo se tratase, del rancho más antiguo y de mayor renombre de Hyrule, contra el que no podían competir ni siquiera las caballerizas del castillo; el rancho LonLon. Fundado hacía siglos, había dado montura a los más grandes héroes de la historia del reino.
Sabía que, a pesar de la hora tardía, no le cerrarían las puertas a ningún jinete solitario, así que ascendió por el camino empalizado que conducía a la entrada de la hacienda y esperó a que los relinchos de Tasllion reclamasen la atención del vigilante.
—¿Quién va? —preguntó el hombre de baja estatura pero complexión recia, aproximándose con un farol.
—Ayúdeme, por favor —Nilk se apoyó en los hombros del ahora solícito ranchero que al ver sus heridas bajo la luz de la llama había cambiado radicalmente de actitud: había dejado la azada apoyada contra la pared, como demostración de confianza hacia el desconocido, si bien antes había dado un alta voz de aviso a los de dentro.
El rancho había sido respetado desde el comienzo del conflicto y nadie había osado tratar de asaltarlo, e incluso lo habían defendido de alguna incursión enemiga, sabiendo que era un lugar estratégicamente perfecto para comenzar una invasión sólida. Aun así, sus habitantes eran cautelosos con los visitantes, no corrían buenos tiempos.
La mujer del ranchero ofreció una y mil veces un buen plato de sopa caliente al capitán mientras que una pequeña pelirroja le observaba curiosa mientras anudaba y desanudaba un pañuelo naranja que le protegía los hombros.
—Hola, señor caballero —sonrió la niña mientras su padre le limpiaba las heridas a Nilk y se las vendaba de nuevo. La niña señaló con cara seria—. ¿Te duele?
—Un poco, pero lo aguantaré —sonrió en respuesta y por primera vez desde hacía mucho tiempo el maltrecho capitán.
—Aparta, Marin, deja que tu padre atienda al señor —intervino la madre, pero Nilk le hizo un pequeño gesto para que le permitiese hablar con la niña.
—¿Puedo pedirte un favor, Marin? —cuando ella asintió, cogió una de sus blancas manitas y la miró directamente a los grandes y brillantes ojos color añil— ¿Ves mi caballo? Es un buen amigo y compañero, pero a donde voy ahora no puede venir conmigo pues no es un lugar bonito y no tendría hierba fresca para comer, agua fresca para beber, ni prados por los que trotar sin peligro, ¿podrías cuidarlo por mí?
La niña observó al paciente corcel que aguardaba pegado a su amo y después le devolvió a éste el suave apretón que le había dado al encomendarle su petición.
—Lo haré, no te preocupes, señor caballero —afirmó con decisión— Nunca dejaré que le pase nada malo, le encontraré amigos en el rancho y me ocuparé de que viva contento para que no te eche de menos. ¿Cómo se llama?
—Su nombre es Tasllion, gracias por hacerte cargo, Marin —Nilk buscó en una de las bolsas de su cinturón y deslizó un broche dorado con la forma de una máscara de goblin en la mano de la niña, que lo miró sorprendida—. Esto te protegerá de la gente mala y no permitirá que te pase nada a ti, así podrás defender a Tasllion.
Marin asintió seriamente y con gesto firme, sujetó la brida del caballo, el cual se dejó llevar como si conociera a la pequeña de toda la vida, mientras ella lo conducía hacia los establos, susurrándole dulcemente como sólo un niño puede hablarle a los animales.
Mientras tanto, el ranchero que había aguardado en silencio, le hizo un gesto a un mozo que esperaba tras él, le dio una breve orden y el muchacho desapareció en la oscuridad de la noche. Al momento llegó tirando de la brida de un animal pequeño y robusto, que guardaba cierto parecido con el dueño del rancho, pensó Nilk, permitiéndose una sonrisa interior.
—Este es Ekydon. No sé a dónde vas, pero seguro que es más allá de las tierras verdes de Hyrule —el ranchero hizo una pausa, lamentando el seguramente amargo destino del hombre malherido—. No puedo darte una montura para llegar hasta allí, pero sí al menos hasta la frontera. Si lo dejas ahí, Ekydon volverá sólo hasta el rancho.
Nilk agradeció la ayuda y el buen corazón de los hospitalarios rancheros, tomó la botella de leche que le ofreció la mujer en un último intento desesperado por alimentarlo, y regresó al camino bajo las estrellas, viendo que la luna casi había concluido su paseo nocturno y se preparaba para desaparecer.
Siguió rumbo al oeste hasta que empezó a notar el aire nocturno, frío y seco que soplaba desde el corazón de su destino. Había elegido aquel lugar en parte como penitencia pero también porque allí nadie le buscaría y sin duda el mundo se olvidaría de él si se rodeaba de las intemporales arenas del desierto. Aun tendría que sortear un difícil obstáculo, pero esperaba que incluso las orgullosas ladronas entendiesen sus motivos, o se abriría paso luchando una última vez.
Al llegar al rocoso y estrecho camino que se perdía en el rojo paisaje de las afueras del valle Gerudo, desmontó al pollino que tan buen servicio le había prestado, acarició sus peludas orejas y le despidió con amables palabras, dejando en sus alforjas la botella de cristal ya vacía de la revitalizante leche LonLon y el saco de rupias que ya no necesitaría allá a donde iba.
Mientras a sus espaldas el cielo comenzaba a clarear pero todavía el mundo se encontraba sumido en las tenues sombras que preceden al amanecer, Nilk caminó cauteloso por entre los riscos hasta encontrarse un pequeño riachuelo que, con el paso del tiempo había excavado un minúsculo foso entre dos altas columnas naturales. Para salvarlo, se había colocado una inestable tabla de madera, lo suficientemente ancha para un caballo. Pero el guerrero decidió deslizarse por la suave pendiente del foso, nadar hasta el otro lado y asomarse con precaución por el borde.
A unos doscientos metros pudo ver el extremo sur de un verdadero puente que cruzaba una profunda y estrecha garganta de roca. Desde donde lo veía él, a la derecha del puente saltaba una ruidosa cascada desde un alto risco hasta el fondo de la garganta. Tal era su potencia que, a pesar de la distancia, el salvaje y caudaloso río parecía tratar de alcanzar el puente, hasta que la fuerza de la gravedad vencía la de la corriente. Apoyada en uno de los pilares de sujeción del puente, una mujer de cabellos cobrizos y piel bronceada. Vestía de blanco y ocultaba el rostro tras un velo. Entre sus brazos cruzados sujetaba una lanza de hoja ancha contra el pecho, y uno de sus pies apuntalaba el peso de su cuerpo contra la madera. Parecía estar dando una breve cabezada y Nilk, de rápidos reflejos, vio su primera oportunidad.
Apoyando ambas manos sobre la tierra y preparándose para el terrible sufrimiento que aquel movimiento le iba a suponer, sus fuertes brazos soportaron el impulso de sus piernas y en un momento todo su cuerpo se sostuvo sobre ellos, manteniendo una posición perpendicular al suelo. Desde ahí el guerrero se impulsó de nuevo para describir un arco en el aire y acabar agachado, reprimiendo un aullido de dolor pero otra vez con los pies en la tierra, cerca de unos grandes pedruscos colocados entre el foso y el puente por un un reciente y conveniente desprendimiento, que le servirían de refugio momentáneo.
Amparado por la sombra y la roca mientras trataba de sobreponerse al dolor. Vio que se había movido justo en el momento preciso pues la vigilante despertó al oír pasos y rápidamente se colocó en medio del camino, mirando a su relevo con un puño sobre la cadera y el otro sujetando la lanza paralela a su cuerpo. Pero no esperó mucho antes de echar a andar airada hacia su compañera que, al parecer, se había retrasado.
Con la suerte de su parte y sabiendo que aun no podrían distinguirle en la oscuridad ni le oirían por la fuerte discusión que acababan de comenzar, Nilk corrió agachado hasta el puente, saltó sin dudar y se agarró con una mano a uno de los maderos, mientras con la otra buscaba la cuerda que los mantenía unidos. Con un esfuerzo sobrehumano, pues en aquella posición las graves heridas bajo los hombros mermaban su resistencia, se balanceó y avanzó enganchándose a los cabos que adivinaba antes que ver y confiaba en encontrar en la penumbra, para no precipitarse al río. Alcanzó el final del puente a punto de desfallecer y esperó a que las guerreras zanjaran el altercado, al final del cual, cada una se fue dando la espalda a la otra, mientras la sombra furtiva del ex—capitán trepaba por el borde del acantilado y se pegaba a la pared de piedra.
Cruzó rápidamente el ancho y descarnado valle Gerudo, aprovechando cada saliente en la roca y cada piedra en el camino para evitar ser descubierto por las guardias, aunque éstas no eran demasiado numerosas y parecían estar poco concentradas en su cometido. Era algo raro en aquellas mujeres, ladronas celosas de su guarida y concienzudas en todo lo que hacían. Pero como la situación le era favorable, Nilk no podía quejarse de su suerte, aunque no confiaba en que durase.
Sin embargo, llegó sin problemas al tramo final que le separaba del desierto y que cruzaba justo por delante del altivo fuerte Gerudo. Afortunadamente un obstáculo en el terreno, salvado por unas largas escaleras, ocultaba de la vista esa parte del camino. Las vigilantes miraban en dirección al fuerte, con lo que el borrón casi invisible en el que se había convertido el sheikah pudo escabullirse hasta el portón que le separaba de la tierra de nadie y del olvido.
Alguien había escuchado el único deseo del corazón del héroe pues el enorme entramado de madera que conformaba la puerta estaba subido hasta la mitad y nadie vigilaba el lugar. Al parecer no esperaban ningún peligro desde el desierto, aparte del desierto mismo. Con un último esfuerzo, se lanzó en una silenciosa carrera hacia su meta y cruzó el paso, para seguir corriendo sobre la fina arena que a poca distancia comenzaba a formar altas dunas. Cuando creía haberlo conseguido, sintió unos ojos clavándose en su espalda y antes de que pudiera localizarlos, una sombra cayó ante él después de saltar sobre su cabeza y la figura de una joven esbelta se irguió desafiante.
Vestía de forma parecida a las demás Gerudo, pero el color de su ropa se asemejaba al dorado de la arena del desierto. Sobre su espalda ondeaba una larga melena roja recogida en la nuca que, bajo el sol del amanecer, parecía fuego. Y en el rostro moreno, tapado por el velo, brillaban como zafiros unos ojos penetrantes que mantuvieron al sorprendido ex-capitán petrificado.
—¿Quién eres, intruso?
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