Disclaimer: Todos los personajes de Harry Potter son propiedad de J.K. Rowling, Warner Bros, Scholastic, Bloomsbury, etc.
AGENTES DE ÉLITE
Capítulo 2: "El director de San Mungo".
En una casa londinense, la televisión estaba encendida a tal volumen que había conseguido llamar la atención de todos sus habitantes. Una noticia que estaban pasando en algún canal de información había despertado el interés de la mujer de la casa. Una cabellera pelirroja impresionante y ojos chocolate, se asomaba para ver a su tan parecida madre que escuchaba con atención la nota, sentada en el sillón.
—Mami, ¿podrías bajar el volumen? —preguntó la niña.
—Sí, mi amor —cedió su madre, ya que la noticia llegaba a su fin—. ¿Podrías llamar a tus hermanos? Va siendo hora de cenar.
—Aquí estamos, mamá —anunció un jovencito de ojos verdes y oscuro cabello.
—Solo te veo a ti, Al. ¿Dónde está James? —preguntó la mujer.
—Estaba ahí hace un segundo, mamá —informó su hija.
—Sí, Lily tiene razón —aseguró el niño mirando a su madre.
Justo en ese instante entró un joven apuesto, de cabello como el azabache y mirada intensa y oscura. Era mucho más alto que Lily y Albus.
—Fui a ver si papá había llegado —les dijo James—. ¿Qué veías en las noticias, mamá?
—No era nada. Solo las mismas extrañas catástrofes de siempre. Quería saber si Harry salía —respondió la pelirroja mujer.
—¿Por qué tiene que salir papi en la tele? —preguntó Lily.
—No tiene por qué. Pensé que le pedirían explicaciones como la última vez que se produjo una muerte. No es fácil ser director del hospital más grande de Londres —dijo ella mientras acomodaba el pelo de su hija menor, y Albus se sentaba en el regazo de su madre como si no pesara nada.
—Es tarde y papá no ha llegado —comentó el niño con preocupación. Siempre parecía más pequeño de lo que era al comportarse de manera dulce con sus padres.
—¡Y tú no eres muy listo para tener casi once años! —dijo su hermano mayor.
—¡Creo que es él! —interrumpió Lily cuando se escuchó cerrar la puerta de un coche fuera de la casa.
Ese viernes había sido muy atareado para Harry Potter. Como siempre decía su mujer, no era nada fácil ser el director del Hospital San Mungo. Al llegar a casa y bajar de su 4x4 negra, se aflojó la corbata y se despeinó un poco más su azabache cabeza. Ese hombre era James en grande, pero con ojos color verde. Sus anteojos y su traje de médico que hoy traía puesto, lo hacían verse más intelectual de lo que en realidad era. Antes de entrar, un relámpago anunció la aprontada tormenta, y se escabulló por la puerta rápidamente para dejar su maletín y correr a guardar la camioneta bajo techo.
Sus hijos estuvieron a punto de tirársele encima para saludarlo pero él hizo un gesto para que lo esperaran y sin vacilar salió de nuevo. Mala suerte, la lluvia ya había comenzado a caer como baldes de agua. Harry corrió hacia su preciado vehículo y mientras sus hijos y su mujer lo miraban desde las ventanas con diversión, él metía la camioneta dentro del garaje.
Entró por una puerta opcional de la cochera que daba adentro, y dejó todo el piso mojado. Su mujer lo alcanzó con sus hijos pisándole los talones, y lo miró entre enfadada y divertida. Estaba mojando su salón, pero ese hombre parecía tan tierno así de empapado que lo olvidó al instante y fue a robarle un beso como todos los días.
—¿Por qué tardaste tanto? —le reprochó su mujer mientras le quitaba su saco mojado y le indicaba que se secara los pies en un trapo de piso.
—Me retrasé un poco realizando un nuevo estudio que me pidieron. Debiste haber visto lo que pasó otra vez —intuyó Harry, a lo que su mujer asintió—. De verdad, Ginny, esto cada vez es más grave.
—Pero, ¿por qué no hacen algo, papá? —preguntó James luego de que los tres chicos saludaran a su padre. Lily aún lo abrazaba por la cintura.
—No, Harry. No contestes más cosas hoy. Te ves muy cansado —dijo Ginny—. Además, James sólo tiene trece años.
—Claro, y soy el mayor, por eso mismo… —dijo orgulloso y tratando de hacer hincapié en eso le pidió a su padre más información.
—James, escucha… ya sabemos que eres bastante grande, y sabrás lo que pasa, pero es que no sé mucho más que tú sobre esto. Todo es extraño y por eso estoy tardando más tiempo en el trabajo. Porque necesitan de mi ayuda para investigar. Pero fue un día tremendo, hijo. Lo mejor es que lo dejemos para otro con más animo —convino su padre.
—Te tomo la palabra, papá.
—¿Sabes papi? Tenemos que comer ahora, así que debes bañarte rápido —le sugirió su pequeña hija abriendo sus ojos con cara de asombro y causando gracia a todos.
—Ven aquí, Lily —la levantó en brazos—. Ya estás creciendo mucho, nena. Me parece que no te voy a poder levantar dentro de poco.
—Lily Potter es toda una mujercita —le dijo Albus acariciando a su hermanita.
—Y Albus Potter todo un hombrecito —le dijo su madre abrazándolo por atrás—. Mañana cumples once años ¿sabías?
—Sí, mamá —contestó él con una sonrisa y el rostro colorado.
—Y no nos pediste nada… —dijo Harry, quedándose pensativo.
—No quiero molestarlos…
—Nunca me molestaría el principito de la casa —repuso su padre dulcemente. Lily bajó de sus brazos y fue corriendo a buscar a James para jugar. Éste sonriendo se dejó tironear por la niña hasta el cuarto de juegos.
—Bueno, me iré a la ducha, pero piensa en tu regalo, Al —le indicó su padre. Le dio un beso en la frente y subió a su cuarto.
—Papá y yo ya te compramos algo, pero tú puedes pedir algo si lo quieres —confirmó Ginny hablándole con voz dulce mientras cortaba unos tomates para la ensalada.
—Mmm, es que no quiero nada.
—¿Estás seguro? —se extrañó.
—Bueno, nada que sea algo material quiero decir. Pero sí quiero algo… —dijo mirando con curiosidad la forma de pelar las papas que tenía su madre.
—Dime, cielo. —Ginny lo miró a los ojos con ternura.
—Es sólo que lo que quiero es imposible…
—Ya me estás asustando, Albus ¿qué es? —preguntó impaciente su madre, dejando por completo su ocupación.
—Quisiera que toda la familia estuviera aquí mañana, es decir… —el niño suspiró y continuó—… quisiera conocer al tío Ron.
—Bueno, imposible no es porque algún día lo conocerás, pero no creo que se haga fácil llamarlo y que venga mañana, porque ni siquiera sé donde vive… —A Ginny se le aguaron los ojos, pero mantuvo la compostura por su hijo.
—No sé por qué, pero cada vez que lo nombran se ponen tristes y me da mucho que pensar… ¿Tan malo era que ya no quiere ver a su familia? —preguntó Albus.
—No, cielo. Tu tío era muy bueno ¡Qué digo! Lo es aún, estoy segura. Pero debe tener sus motivos para desaparecer. Si nos ponemos tristes es porque lo echamos mucho de menos, y hace diecisiete años que no lo vemos.
—¿Y nunca los llamó? —quiso saber el chico.
—Dos veces… dos malditas veces en diecisiete años —respondió la mujer con amargura, aunque enseguida se mordió la lengua por maldecir enfrente de su hijo, aunque éste ni se preocupó.
—¿Cuándo?
—La primera; cuando pasaron días desde su partida, para avisarnos que estaba bien y que no nos preocupáramos. La segunda; cuando de algún modo, se enteró que nos casamos, tu padre y yo.
—Significa que ni sabe que existimos James, Lily y yo —añadió el niño.
—Lo ignoro, supuestamente no. Pero cada vez que nació uno de ustedes, nos llegó un presente exactamente igual, anónimo. Era algo simbólico —explicó su madre— ese símbolo es el que cuelga de tu puerta y la de tus hermanos, cada una con sus nombres y un color diferente…
—¿Y cómo puedes creer que las ha enviado él? —le preguntó incrédulo.
—Porque, si te fijas en ellas, esas placas llevan sus iniciales «R.B.W», y todas venían con el perfume que usaba Ron —le dijo Ginny.
—Bueno, tal vez le guste dar señales de vida de vez en cuando —sonrió a su madre y le hizo olvidar de su pena—, estoy segura de que volverá pronto, mamá.
—No puedo creer eso después de tanto tiempo. Ojala pudiera enviar otra señal ahora…
—RING… RING —El teléfono los sobresaltó a ambos y ya que ninguno pretendía atender, llegó James en auxilio y agarró el aparato, para luego escuchar lo que un hombre le decía.
—Buenas noches, señor Potter ¿podría darme con su madre? —James no reconoció la voz.
—Sí, ¿quién la busca? —preguntó mirando de reojo a su madre.
—Una persona que quiere sorprenderla y renovar sus esperanzas…
—No me sirve, si no me dice quién es, entonces no puedo pasarle el teléfono a mi madre —James sonaba nervioso. La voz le parecía vagamente familiar, aunque sabía que no la había oído nunca.
—James ¿qué pasa? —preguntó Ginny con preocupación. Harry llegó en ese momento a la cocina, todavía secándose el cabello con una toalla chica.
—Está bien, James. Hazme el favor de poner el altavoz —le pidió— si voy a decirte quien soy, entonces quiero sorprenderlos a todos juntos.
—¿Qué pasa, hijo? —preguntó Harry. El chico puso el altavoz.
—Ya está activado, puedes decir quién eres ahora y luego podré pasarte con mi madre —repitió James.
La persona al otro lado del teléfono suspiró pero no dijo nada.
—James ¿qué te dijeron? —preguntó su hermano.
—Sólo que querían darle una sorpresa a mamá, quería… renovar sus esperanzas —contestó el chico dudando.
—¿¡Esperanzas de qué, idiota!? —le gritó Harry al teléfono. Ahora se escuchaba una risa, no malvada, sino sincera— encima te ríes y con ganas…
—¿Cómo no va a reírse, Harry? Si estás celoso en vano… —dijo Ginny.
Harry sacó el altavoz para escuchar lo que el desconocido contestaba por si no era algo que debían saber sus hijos.
—¡Habla ahora! —pero nadie contestó—. Vamos, contesta idiota…
—Cálmate. Tengo que hablar con tu mujer, o con todos a la vez. Si no, no hablaré con nadie —dijo una voz mecánica. Estaba seguro de que esa no era la que su hijo había escuchado. Colocó de nuevo el altavoz.
—¡Ya! Ahora puedes hablar, inútil —dijo Harry. Sus hijos y Ginny se quedaron mudos como él, que seguía pensando en la voz de máquina que había oído. Era como la de las películas, que usaban los secuestradores para no ser reconocidos. La voz habló por fin.
—Me gustaría creer que me insultas con algún motivo previo —dijo la familiar voz resonando en el auricular del aparato.
—¿Nos dirá quién es y qué quiere? —preguntó Ginny con una mano en el pecho.
—¿Disculpa? Me parece que no he entendido bien, ¿mi hermana… no me reconoce? —Era Ron sin duda—, supongo que si no puedes reconocer mi voz, entonces Harry podrá hacerlo…
—¡Eres un descarado, Ron! —chilló Ginny, ante la mirada atónita de sus hijos— ¿Cómo es que no apareciste en diecisiete años? ¿Cómo te atreves a asustarnos así? Ni siquiera eres capaz de llamar para saber cómo estamos…
—Tranquilízate, sigues tan temperamental…
—Y tú eres un inmaduro…
—¿Estás segura? —preguntó—. Te recuerdo que el más dolido acá soy yo. No tengo a nadie. Estoy solo en todos los sentidos y tú tienes a mi mejor amigo y tres preciosos hijos…
—¿Cómo sabes? Ni siquiera los conoces… —dijo bajando un poco la voz.
—James tiene trece años, y es muy parecido a Harry, excepto por sus ojos; sacó los tuyos. Albus tiene diez, mañana cumple los once años; aunque tenga los ojos y el pelo de Harry, tiene un parecido más a los Weasley que a los Potter, y Lily tiene ocho, el pelo rojo y los ojos verdes, y está en la sala viendo la televisión…
—Me asustas ¿sabes? —comentó Ginny.
—Sí, lo puedo sentir. Sé que quieres saber dónde vivo, pero es peligroso que sepan de mis familiares…
—Vamos, Ron ¡ni que trabajaras para el servicio secreto! —repuso Harry.
—Si necesitas saber eso…, sí. Hago cosas que no puedo revelar. En fin, para que sepas, Ginny, que aún debes mantener las esperanzas de volver a verme, vivo en España… —Ron se quedó callado y dejó que los Potter pensaran. Lily irrumpió en la cocina.
—Mami, tengo hambre —se quejó la niña. La risa de Ron fue otra vez la atención.
—Veo que me salteé ese detalle… Lily tiene mucha hambre igual que su tío Ron —dijo él para sorpresa de la pequeña que recién entendía algo de lo que pasaba.
—¿Tío Ron? —preguntó.
—Hola Lily ¿cómo estás? —preguntó amable.
—Bien, tío. Mamá no terminó la cena ¿tú también estás cocinando?
—Bueno, en realidad yo ayudé un poco con los huevos revueltos, pero Candie, mi empleada, se lleva el premio a la mejor cocinera de la ciudad. Ella hizo lo demás —le confesó Ron.
—Pero ¿sabes cocinar? —se extrañó la niña.
—Claro que sé. Hace diecisiete años que vivo solo, Lily. Nadie podía hacerlo por mí pero ahora tengo a Candie que me ayuda —le explicó con paciencia. Todos lo escuchaban atentos.
—¿Candie es tu novia, tío? —preguntó Albus, interviniendo en la conversación.
—No, por supuesto que no. No tengo novia, Albus. Además, podría ser mi hija, sólo tiene diecisiete años —afirmó.
—¿Y de tan pequeña trabaja? —preguntó otra vez Lily, abriendo mucho sus ojos.
—Dejémoslo ahí, es una larga historia que podré contarles otro día.
—¿Significa que vendrás? —preguntó Albus con ilusión.
—Lamento desilusionarte, sobrino, pero no podré ir mañana. Me necesitan en el trabajo —dijo Ron con pena.
—¿Y de qué trabajas, Ron? —quiso saber Harry.
—No puedo decirlo por una línea de teléfono, podrían pinchar y me matarían.
—¿Tan grave es?
—Bueno, en realidad sí. Tendrás que conformarte con mi profesión no secreta…
—Estoy esperando…
—Soy psicólogo —Ginny no parecía convencerse.
—¿No mientes? —preguntó su hermana.
—¿Alguna vez te mentí? —inquirió él.
—Nunca.
—Pues no he cambiado en ese aspecto. Puedo ocultar verdades pero no decir mentiras.
—¿Por qué no vuelves, amigo? —le preguntó Harry— Te necesito aquí, no sabes lo difícil…
—… ¿Qué es ser director del hospital San Mungo? Lo sé, no te preocupes.
—¿Cómo es que sabes todo? ¿Tiene que ver con tu trabajo?
—Sí y no.
—¿Por qué?
—No, porque si yo averiguo de ustedes es algo personal que quiero hacer, y sí, porque mi trabajo me da las formas de averiguar todo lo que quiero en tan sólo un segundo.
—¿Lo que quieras? —preguntó Harry con una idea en mente.
—Sí, Harry. Lo que quiera yo y lo que quieras tú también —añadió adivinando las intenciones de su amigo.
—Entonces ¿serías capaz de averiguar qué pasa con las misteriosas muertes de jóvenes en Londres?
—Mmm ¿me hablas en serio, Harry? —preguntó Ron— pensé que querrías saber algo más complejo. Esas muertes ni falta hará que te las averigüe. Son drogas las que los matan. Estoy tras el rastro del culpable, pero eludir a los federales no es sencillo.
—¿En eso estás metido? —preguntó Ginny sorprendida y alzando la voz— ¿Eres policía?
—Estoy metido hasta el cuello. No soy un policía. Esto es más cargoso y dificultoso que el trabajo de esos idiotas, Ginny.
—Pero si sabes más, ¿tienes algún dato que me sirva? —preguntó Harry con interés. Si el hecho de hablar con su amigo después de tanto lo sobreexcitaba, estar hablando del trabajo y los misterios que surgían lo apasionaban cada vez más.
—¿Te sirve saber que las plantaciones de esas drogas se cosechan en América Central? ¿Te sirve saber que lo cubren como si fuera un medicamento en regla legal y luego lo venden? Están tapando su tráfico con el dilema de las muertes, y le quieren echar la culpa a los hospitales o mejor dicho a sus directores generales, para que piensen que cuando ustedes les dan los medicamentos que compraron en ciega confianza a los pacientes, no saben seleccionarlos bien. Intentan incriminarlos de una negligencia médica, que para serte sincero, existe de verdad —aseguró Ron.
—Pero yo no hice los medicamentos, Ron. No tengo la culpa —Harry estaba un poco molesto con la nueva información que poseía.
—Claro que no, pero la negligencia está en no revisar lo que traen. Tienes que asegurarte a partir de ahora, de que las cajas que te envíen son verdaderas —le ordenó Ron.
—¿Cómo me doy cuenta? —quiso saber Harry.
—Eres científico, Harry. Analiza los contenidos —sugirió Ron— aunque tengo una forma más rápida y efectiva.
—¿Cuál?
—Todos los envases falsos deben llevar un código de barras. Ese código, en los medicamentos verdaderos se modifica, es decir, nunca es igual.
—O sea que me doy cuenta porque tendrán el mismo número…
—Exacto, el número es 13488253 —dijo Ron.
—Repítelo, por favor —pidió Ginny mientras buscaba dónde anotar.
—1, 3, 4, 8, 8, 2, 5, 3…, ese es el número. Si le agregas un 22 al comienzo, podrán contactarse conmigo sin correr riesgo alguno —informó.
—Entonces ¿es un celular? —preguntó Harry frunciendo el ceño.
—Es una línea muerta de un celular que tengo. El único que guardé por si llegaba el día en que necesitara de verdad tener una línea con un solo puerto. Está demás decir que es el de su casa el otro puerto. Nadie puede pinchar su teléfono porque lo tengo controlado. A partir de ahora tenemos una nueva misión en común, amigo —afirmó Ron con un deje de superioridad. En su voz se notaba el cambio "de adolescente a hombre".
—Es genial, pero no comprendo cómo tienes el mismo número del código de barras de un medicamento peligroso…
—Es una larga historia, sólo puedo decirte que ese número lo inventé yo para esa caja en especial… —y le cortó.
—¿Ron…? ¿Sigues ahí? —preguntó su amigo.
—Parece que se ha ido sin saludar —dijo James que estaba entusiasmado con la historia que su tío acababa de contar.
—Ronald suele ser tan maleducado siempre —comentó Ginny con felicidad—. Bueno, dejemos estos temas para otro día, ahora ayuden que es tarde y aún no cenamos.
La cena transcurrió agradable por la ilusión de volver a hablar con la persona que hasta el momento parecía ser un fantasma. Pero Harry siguió inmerso en sus pensamientos durante el resto de la noche. Le había quedado una gran duda sobre Ron. ¿De qué trabajaría en realidad? ¿Sería psicólogo de verdad? ¿Qué había querido decir con esa última insinuación? ¿Acaso él estaba metido con el tema de las drogas más de lo debido? ¿Sería cierto que el número de la caja se lo colocó él? Tantas preguntas atormentaban en la mente del doctor que pronto dejó de ser consciente y se sumergió en una gran nebulosa de sueños.
N/A: Muchas gracias :) Es una historia larga, tengan paciencia con las publicaciones, por favor! Besos. Gracias por estar.
