Summary: Crossover BBCSherlock!HarryPotter / AU / Teenlock / Slash / Sherlock/John / En el verano de 2010, John Watson está listo para entrar a la misma secundaria que su hermana mayor, sin embargo una inesperada carta llega al 221B de la calle Baker.

Advertencias: AU, crossover BBCSherlock!HarryPotter, teenlock, slash, Sherlock/John

Disclaimer: Tanto Harry Potter como Sherlock y todos sus personajes, universos, adaptaciones, reinterpretaciones, presentes y pasadas NO me pertenecen. Esto en un fanfiction sin fines de lucro.

Silabaria L.


Las mágicas aventuras de John Watson

~oO0Oo~

Capítulo I. ¡Sting!

COLEGIO HOGWARTS DE MAGIA Y HECHICERÍA

Directora: Minerva McGonagall

(Orden de Merlín, Primera Clase, Miembro de la Confederación Internacional de Magos)

Querido señor Watson,

Tenemos el placer de informarle que dispone de una plaza en el colegio Hogwarts de Magia y Hechicería. Por favor, observe la lista del equipo y los libros necesarios. Las clases comienzan el 1 de septiembre. Esperamos su lechuza antes del 20 de Agosto.

Muy cordialmente,

Hestia Jones,
Subdirectora

Leyó su carta por enésima vez aquella noche, a solas en su habitación y su pecho revoloteaba sin comprender del todo. Estaba inclinado a creer que era una broma, que en cualquier momento Martha y Harry se echarían a reír. Pero la mirada furiosa que ahora tenía Harry para él y la melancolía de Martha, parecían indicativos de que no reirían con él en mucho tiempo.

También pensaba en que nunca había visto ese tipo de papel apergaminado o aquella hermosa caligrafía púrpura que no parecía hecha por ninguna imprenta. Tampoco había visto jamás trucos de magia tan buenos como los que había hecho madame Hooch esa tarde, convirtiendo las tazas de Martha en pequeños erizos. Ciertamente tendría que ser una broma demasiado elaborada, y sabía que su familia no tenía tiempo ni dinero para algo así. Tampoco la crueldad.

Estaba molesto con Martha y Harry de todas formas, pero no les había dicho nada porque ellas parecían habérselo tomado aún peor que él. Ambas habían sabido todo ese tiempo el por qué de los raros sucesos que ocurrían a su alrededor. Una y otra vez le habían dicho que nada extraño pasaba, que probablemente era su imaginación lo que le hacía ver fantasmas, o que en realidad nunca se había caído por la ventana de su habitación. ¿Habría sido más fácil para él que le dijeran la verdad desde un principio?

Aquella noche no durmió más que un par de horas por los nervios que sentía. Y a la mañana siguiente, cuando madame Hooch llegó a su casa, lanzada a la sala de estar desde la chimenea toda cubierta de hollín y tosiendo –"prefiero las escobas", había dicho–, John tenía oscuras sombras bajo los ojos pero nada le quitaba el entusiasmo.

Le sorprendió ver subir a Martha vestida con una túnica color lila; nunca la había visto usar algo así. También llevó una para Harry, pero su hermana no salió de su habitación aunque trataron de convencerla de que los acompañara.

–¿Yo también tengo que vestirme así? –preguntó a las dos mujeres frente a él.

Lo turbaba un poco la idea de usar bata todo el tiempo, aunque supuso que pronto se acostumbraría.

–En Hogwarts sí, por supuesto. Es parte del uniforme –le contestó Hooch–. Pero durante vacaciones, la mayoría de los chicos visten ropa muggle en estos tiempos.

Muggle. Era como llamaban a las personas sin magia. A sus amigos, Mike y Carl. Al único mundo que John había conocido hasta entonces, un mundo al que podría dejar de pertenecer. ¿Qué tan diferente sería el mundo mágico? ¿Había realmente un lugar lleno de magia y túnicas?

–Muy bien, ya nos vamos –dijo entusiasmada madame Hooch.

Martha lo tomó de la mano y lo acercó hacia sí. Vio cómo la profesora sacaba un saquito de su bolsillo y tomaba de él un puñado de lo que parecía ser arena muy fina.

–¡Polvos flu! –aclaró con simpleza, mostrando el contenido de su mano a John, antes de arrojarlo a la chimenea que previamente había encendido.

El fuego cambió de color con un serpenteo. Un momento sus destellos eran los rojos, anaranjados y azules de siempre, pero luego se volvieron verdes y púrpura. Madame Hooch se metió a la chimenea y, ante los anonadados ojos de John, gritó:

–¡Callejón Diagon! –y desapareció.

–Bueno, ahora nosotros –lo invitó Martha, sonriendo.

Parecía de mejor humor que el día anterior, aunque ambos enviaron una triste mirada al cuarto de Harry, cerrado a cal y canto. Entraron juntos a la chimenea y Martha lo abrazó por la espalda, repitiendo las mismas palabras que la profesora. Súbitamente John sintió que era engullido dentro de un mar de vertiginosas sombras donde no tenía absoluto control de su cuerpo. Cuando creyó que no resistiría más la desagradable sensación, fue lanzado bruscamente contra una gruesa estantería.

John miró alrededor con los ojos como platos. No podía creer que en segundos se hallara en la librería más extraña y espeluznante que jamás había visitado. Las estanterías estaban tan atiborradas y los volúmenes eran tan enormes que ni siquiera se tambaleó aquella con la que acababa de chocar. Se frotó el punto de la sien donde se había golpeado y buscó a Martha con la vista. Ella salió de la amplia chimenea tras él y se le acercó sonriendo, no parecía haber sido despedida bruscamente como John. Lucía apenada y divertida al mismo tiempo.

–Ya te acostumbrarás –le dijo, limpiando el hollín atrapado en su rubia cabeza.

Una vez salieron de la polvorienta librería Flourish & Blotts, John contuvo la respiración ante el agitado callejón adoquinado que lucía como si el tiempo no hubiese avanzado en él desde hacía por lo menos doscientos años. Estaba lleno de anomalías, como en la vitrina de una tienda de mascotas cuyas jaulas contenían ratas de colores y conejos fluorescentes, o más allá donde un anciano de ropa llamativa hacía malabares con pequeñas llamas de fuego azul, o en la tienda de música Magic Songs, donde pudo divisar gaitas, violines, flautas, pero también instrumentos que jamás había visto y algunos de ellos tocaban solos, suspendidos en el aire, como si una mano invisible los ejecutara. Había mucha gente vestida con túnicas, algunos llevaban escobas al hombro y sombreros puntiagudos, aunque muchos usaban ropa similar a la de John.

Tuvieron que ir al banco de Gringotts para cambiar el dinero muggle de Martha por knuts, sickles y galeones. "Diecisiete sickles en un galeón y veintinueve knuts en un sickle", había explicado Hooch, y John se admiró de encontrar un sistema monetario tan absurdo como el que ya conocía.

Desde el banco atendido por duendes hasta la última estrambótica tienda del Callejón Diagon, dejaron a John completamente pasmado. Y es que jamás habría imaginado que Londres albergara un lugar como aquel. Magia, decía Hooch. Magia por todos lados. Como en las películas, como en los libros de la escuela. Magia con colores, olores, chispas, bibidi babidi . ¡Magia de verdad! Procesarlo habría sido mucho más difícil sin Martha a su lado. Sin embargo, John estaba tan abrumado como emocionado. Porque en principio no quería aceptar el hecho de ir a una escuela diferente a la de sus amigos, o el hecho de estar un año lejos de su pequeña familia, pero allí en medio de ese extraño y efervescente mundo, nada podría convencerlo de dar pie atrás.

Fue en Ollivanders donde conoció a su primer compañero de Hogwarts, aunque honestamente, esperaba que fuese una escuela realmente grande donde no tuviera que topárselo. Le habían dicho que era un castillo, así que tenía esperanzas.

La tienda estaba llena de cajitas alargadas que el señor Ollivander –un hombre joven y menudo– le tendía una tras otra, con sus alargados y nudosos dedos. Contenían delgadas varillas que parecían haber sido talladas en la madera con esmerado detalle, y John tenía que agitarlas una a una, sentado en medio de la tienda mientras era observado por Martha y Hooch, ésta última después de unos minutos se marchó para realizar unos recados personales. A veces, con un único movimiento de su brazo echaba por el suelo un montón de papeles, o un tintero del escritorio, consiguiendo que el gato atigrado de Ollivander le gruñera enfadado.

–Lo siento –decía apenado John.

Pero lejos de molestarse, Ollivander parecía más excitado cuantas más varitas le quitara de las manos. "¡La encontraremos, la encontraremos!" exclamaba sonriente mientras daba ágiles saltos y vueltas entre las estanterías buscando la varita indicada. Tomaba cada cajita con extrema elegancia y delicadeza, como un padre tomaría a su pequeño bebé.

Después de muchos intentos fallidos, de pronto John sintió que algo en su interior se agitaba cuando el garboso hombre le puso en frente una varita de suave color siena, ligeramente curvada. Estiró su mano lentamente y puso sólo un dedo sobre ella, para comprobar que aquel pequeño aleteo en su pecho se hacía más intenso. Luego, ante la expectante y embelesada sonrisa de Olivander, la tomó entre sus dedos, agitando su brazo. Finas cascadas de chispas plateadas y azuladas comenzaron a salir de la punta de su varita y de alguna manera, aquello llenó a John de una sensación completamente desconocida. Cálida. Como si acabara de llenar un vacío que no sabía que tenía.

–Veintiséis centímetros, roble y pelo de unicornio –dijo Olivander, con su suave tono de voz. Parecía genuinamente emocionado, como si encontrar la varita de un mago fuese el más bello milagro–. Fuerte y valiente, pero de carácter comprensivo. Una hermosa y perfecta varita para encantamientos y transformaciones.

John sonrió, observándola, sin entender realmente de qué hablaba el hombre.

–Sting –la nombró, y como si lo hubiese oído, la varita lanzó un puñado de estrellas que se desvanecieron en el aire poco después.

Olivander pareció gratamente sorprendido.

–¡Le has dado un nombre! –señaló.

–¿No se puede? –preguntó, inseguro.

La verdad era que la imaginó como una espada mágica y por eso quiso nombrarla, como en sus películas favoritas. Olivander iba a contestar, pero oyeron un bufido despectivo en su lugar.

–Qué tontería más cursi –exclamó una desagradable y aniñada voz.

Los tres se voltearon para ver a dos chicos que habían entrado a la tienda y parecía que habían estado observando la situación desde hacía un rato, lo cual hizo a John ponerse incómodo porque para él fue un momento bastante personal. Martha los miró con evidente reprobación.

–No seas grosero, James –dijo el mayor de los dos. Sin embargo no era un regaño en toda regla, más bien parecía una apática sugerencia.

–Joven Holmes –saludó rígidamente Ollivander, dirigiéndose al de más edad–. Su hermano menor estuvo aquí hace un par de semanas; ha quedado conforme con su varita, espero.

–Lo está –asintió el tal Holmes, parecía un adolescente si mirabas bien, porque por sus modales y la ropa elegante que llevaba, a primera vista hacía pensar en un adulto de cuarenta años–. Estoy acompañando a mi primo, James Moriarty. También entrará a Hogwarts este año y requiere de una varita.

–Moriarty... –Ollivander pareció seriamente extrañado por un momento–. Muy bien, joven Moriarty, soy Gerhard Ollivander –le tendió la mano con cortesía, pero el niño no la recibió hasta que Holmes lo empujó con disimulo–. Deberán esperar un momento, ya que estoy con otro cliente. Pueden tomar asiento por allá –les indicó con suavidad.

–¿Hogwarts? –preguntó Moriarty a John, sin moverse de su sitio.

Parecía muy engreído para ser un chico tan bajito y con aquel tono de voz tan agudo. Se imaginaba al típico niño rico y malcriado. A juzgar por su ropa, postura y la gomina en su negro cabello, similares a las del mayor Holmes, probablemente era exactamene eso.

–Sí –dijo simplemente John, con desinterés cortante.

No lo intimidaba en absoluto, y no tenía ninguna obligación de contestale nada. El chico le sonrió de forma desagradable.

–¿A qué casa vas a ir? –volvió a preguntar, con ademán altivo.

John no sabía de qué rayos hablaba, pero no quería dejárselo notar.

–¿Y a ti qué te importa? –contestó a secas, provocando una divertida sorpresa de Ollivander.

La cara de Moriarty se deformó en una mueca de desprecio, pero antes de que pudiera decir nada, Martha intervino, acercándose a John.

–Como sabrás, jovencito, eso no puede saberse hasta que estén en la escuela.

–Yo ya sé que seré de Slytherin –contestó Moriarty, orgulloso por alguna razón–. ¿Cuál es su apellido? No pareces una bruja, ¿son muggles?

Aunque John no sabía de qué estaba hablando, tanto su mirada despectiva como su tono de voz hacían pensar en una ofensa demasiado inadecuada para decirle a una señora. Y Martha también lo pensó porque achicó los ojos de esa manera astuta e imperceptible que John conocía tan bien y que sugería una contundente respuesta por venir.

–Me temo, joven Moriarty, que en estos tiempos es mejor que reevalúe sus comentarios –dijo Ollivander muy seriamente.

–Vamos, James –antes de que nadie dijera nada más, Holmes pasó una mano por sobre los hombros del menor con actitud hastiada–. Es suficiente, dejemos que terminen o nunca nos atenderán. Un placer, señora...

Martha no le dijo su nombre, por lo que el joven sólo inclinó la cabeza y se alejó, dejando al trío con una desagradable sensación. Sin embargo, Ollivander rápidamente se recuperó y lo miró con una sonrisa brillante.

–No es usual. Que las nombren, quiero decir, pero las varitas tienen una conciencia y fidelidad. La varita escoge al mago, señor Watson, y me parece que nombrarla es una excelente idea –acabó con un guiño.

John sonrió, y la mirada de Martha tenía de nuevo esa sombra de melancólica felicidad, aunque esta vez con un rastro mucho más obvio de preocupación.

Cuando se encontraron con madame Hooch en una posada llamada El Cadero Chorreante, John aprovechó de esclarecer muchas dudas durante el almuerzo. Casi cada cosa que veía era una nueva pregunta que ambas mujeres parecían bastante complacidas de responder. La más variopinta selección de personas y –para gran asombro de John– criaturas comía en ese lugar. Un semigigante, un cambiante, dos duendes del banco y por supuesto magos y brujas. A John se le caía la mandíbula cada cinco minutos "y esto no es nada", le había dicho Hooch, quien le contó que la clase que impartía en Hogwarts era la de vuelo (¡vuelo en escoba!), además de arbitrar los partidos de un deporte mágico llamado quidditch. "En Hogwarts puedes encontrar centauros, unicornios, y si tienes mala suerte, también acromántulas o escregutos de cola explosiva". John pensó aliviado en la cantidad de libros que habían comprado, ya que planeaba leer todo lo que pudiera para no estar tan perdido el primero de septiembre.

No volvió a pensar en Moriarty y Holmes hasta mucho más tarde ese día en su habitación, cuando se puso a hojear Historia de Hogwarts de Garius Comkink, que estaba hechizado para que se actualizara solo con cada nuevo acontecimiento relacionado a la escuela. Allí comprendió a qué se refería el chico cuando mencionó la casa Slytherin, comprendió que había cuatro diferentes y que al preguntarle si ellos eran muggles también les estaba insinuando la importancia que daba a la "pureza de la sangre", tal como hacía Salazar Slytherin, uno de los fundadores de Hogwarts. John trató de definir dónde lo dejaba eso a él.

Por lo que sabía ahora, sus padres habían sido un mago y una bruja, pero Martha no sabía mucho de ellos porque a penas los había conocido cuando se hizo cargo de Harry y él, y por su puesto no tenía idea de a cual casa habían pertenecido, o si les importaba. Además Martha venía de una familia de magos pero no quería hablarle de ellos y John no quería insistir, porque parecía perturbarla sobremanera. Tanto ella como Harry eran squib, personas nacidas de magos pero que no tenían magia, y al parecer aquello no era ventajoso en el mundo mágico.

Entonces, él era un mago pero había sido criado en el mundo muggle y su familia era squib.

Poco a poco en su mente se fue formulando un esquema confuso que encerraba la historia de la escuela, la guerra contra Voldemort (un Hitler cualquiera, en su opinión) que había tenido lugar hacía a penas once años, la condescendencia de Hooch hacia su tutora squib, y sobretodo esa sombra de angustia en el rostro de Martha. Ella estaba preocupada, ella no quería que fuera a Hogwarts. Por momentos se preguntaba si acaso él quería ir. Hooch y Ollivander habían sido muy amables con él, pero ¿qué pasaba si todos en Hogwarts eran como esos dos estirados de Holmes y Moriarty? Ya era suficientemente malo ser el niño nuevo de la escuela, pero esto además se trataba de un mundo que no conocía.

~oOo~

Harry no quiso aparecer durante la cena, y Martha sólo fruncía los labios con angustia cuando miraba la puerta cerrada de su habitación.

–¿Qué es lo que le molesta tanto? –le preguntó John, sin querer tocar sus tortiglioni con queso.

No tenía hambre.

Martha tampoco comía.

–John, esto cambiará tu vida, lo sabes –le contestó evasivamente–. Cuando tengas diecisiete años no habrás hecho la secundaria en el mundo... muggle. Serás un mago experto y podrás elegir alguna profesión mágica.

John aún no había pensado en su futuro, ni siquiera antes de saber que era un mago.

–¿Hay médicos en el mundo mágico?

–Sí –sonrió Martha–. Se llaman sanadores.

Eso era una buena noticia, pensó John.

–Siempre estaremos aquí para ti, John. Cada verano, cada navidad y pascua, y si en cualquier momento sientes que quieres volver, no lo dudes ni por un segundo, ¿entendido?

–Estaré bien, Martha –sonrió, conmovido. Ella estiró su mano para tomar la suya.

No tenía idea qué le deparaba el futuro, pero estaba bien saber que tenía a Martha Hudson de su parte. Ella era la persona más astuta y fuerte que John había conocido hasta entonces. Ella sabía exactamente qué hacer cuando estaba enfermo, sabía muy bien cómo manejar a un cliente pesado sin llegar a ofenderlo abiertamente, había sabido cómo tratar al yonki de su difunto marido y por Dios que sabía dar un buen derechazo cuando alguien amenazaba a sus dos pequeños. No importaba qué dijeran esos niñitos pijos que había visto en Ollivanders. Si alguien pensaba que ser squib o muggle era malo, es que no conocían a su familia. Algo tenía claro, iba a intentarlo en Hogwarts.

–Aunque extrañaré las tortitas.

Y se abrazaron.

~oO0Oo~