2: El pensadero

El ruido en El Aullido era increíble.

¡Silencio!

El nivel del volumen decayó abruptamente convirtiéndose en un leve rugido sobre el fondo mientras Alastor Moody guardaba su varita una vez más, su ojo mágico giraba mientras observaba a las (ahora) figuras calladas que bailaban, ajenos a la presencia de tres figuras que se acaban de materializar en el medio de todo. La verdad no era de sorprenderse, Remus reflexionó, ya que la mayoría de las figuras allí probablemente estarían en sus camas durmiendo la resaca mientas sus sombras bailaban las acciones de la noche anterior en el Pensadero de Dumbledore.

–Mucho mejor –Moody gruñó sobándose la oreja que tenía a la mitad con su dedo lleno de cicatrices–. No es de extrañarse que no escucharas nada, Lupin, con este alboroto.

Severus Snape examinó las figuras danzantes alrededor de si, mirándolas con una mueca de disgusto.

–Encantador –remarcó mordaz–. Casi propio para acomodar a un perro.

–Según tengo entendido el perro del dueño murió hace poco, Severus. Así que probablemente estés en los cierto.

Remus ignoró la mueca en la cara de su antiguo colega y sonrió educadamente. Hacia tiempo que había llegado a la conclusión de que molestarse ante los comentarios de Snape era una pérdida de energía; en su lugar respondía al Maestro de Pociones con mofas y puntas que nunca carecían de una infalible educación y amistosa cortesía. El hecho que esto lo enfureciera más que cualquier tipo de retaliación era un simple beneficio.

–¿Dónde estás, Lupin? –Moody siguió escaneando la multitud, pero su ojo mágico era de poca ayuda contra los falsos espectros de las personas que pasaron horas antes, no podía ver a través de las paredes que realmente no estabas allí.

–Detrás de ti –Remus volteó hacia la pared trasera del bar donde se había sentado un poco antes esa noche–. Sentado en la barra… Dios mío –su oración se cortó abruptamente mientras se miraba a si mismo e instintivamente corría sus dedos por la túnica que acababa de ponerse–. Nunca más me pondré esa ropa.

Moody rio entre dientes.

–¡Por los dientes del infierno, muchacho, comparado con tus amigos acá estás vestido como un monje! Tonks reconoce que te queda bien.

Remus miró al viejo Auror y arqueó una ceja.

–Nymphadora Tonks es una hermosa joven mujer, una excelente Auror y buena amiga. También tiene el pelo rosado, Alastor.

–No todos los días.

–Cuando hayan terminado –Snape interrumpió la conversación arrastrando las palabras–. Tenía la impresión de que estábamos acá por otras razones más que discutir las decisiones de moda de Lupin.

–Cierto –Moody volvió inmediatamente a enseriarse–. ¿Dónde los viste, Lupin?

–Allí –Remus señaló a la alcoba de al lado que se encontraba ocupada. Miró a su yo anterior sobre el hombro, sentado en el bar hablando con Friedrek–. Debieron llegar cuando fui por mi primer trago. Uno de los otros licántropos comenzó a hablarme y me distraje un poco.

Snape elegantemente volteó los ojos.

–Acerquémonos –Moody gruñó mientras comenzaba a avanzar desconcertadamente entre las figuras insustanciales–. Quiero ver cuándo lleguen.

Sin decir palabra Remus y Snape lo siguieron, moviéndose entre las saltarinas figuras a medio silenciar hacia la sombría mesa puesta cerca de la salida. Mientras se liberaban de la espectral masa, la puerta se abrió dejando entrar a dos figuras.

–Bernhardt Oldstaff –Los ojos de Snape se fijaron en el pequeño hombre de barba y los ojos vacíos, envuelto en túnicas negras, que miraba a los alrededores de El Aullido sin tratar de ocultar el coctel de aversión y miedo en sus facciones–. Era de bajo nivel hasta recientemente, y sus acenso se debe a su largo servicio y la captura de sus superiores –dijo con desdeña–. No le confiaría ni que encantara una taza de té.

Remus y Moody miraron a la figura de capas negras que lo siguió. Sorpresivamente no era mucho más alto que Oldstaff, se movía con desenvoltura, claramente cómodo en su propia piel, cubierto por la basta capa negra que ocultaba sus rasgos, pero Remus no perdió los ojos dorados que resplandecían en la profundidad de las capas reflejando la poca luz en la máscara de rasgos ocultos. La primera señal de un hombre lobo siendo feral eran los ojos de luna llena en figura humana, un lobo viendo desde una cara humana, la esencia de lo que realmente yacía dentro reflejada en la mirada lobuna. Remus tembló de solo pensarlo.

Su propio incidente feral, tan breve como fue, olvidado hacía tiempo, seguía siendo uno de los peores momentos de su vida. Nunca entendería como alguien podría vivir así.

Podía sentir los ojos de Moody sobre si (podía adivinar los pensamientos del Auror). Él y Dumbledore habían estado allí para atestiguar de ese terrible día: el 2 de noviembre de 1981, y le debía su libertad a su silencio y entendimiento. Gracias a eso manejaba sus estados de ánimo con puño de hierro y siempre usaba su anillo amatista cuando tomaba. No volvería a cometer el mismo error.

Una punzada de dolor antiguo alrededor de la forma creciente de su cicatriz lo sacudió de sus pensamientos sombríos, sin pensarlo mucho se frotó el lado izquierdo. Aunque la extraña sensación se había desvanecido más temprano esa noche al salir de El Aullido, su antigua cicatriz seguía doliéndole en recuerdo de lo que fuera la endemoniada cosa que hubiera en ese whiskey de fuego. Luego de admitir este extraño hecho en el recuento de los sucesos, se había; con insistencia de Moody; sometido a una examinación por Hestia Jones, una Sanadora de San Mungo; cuando no trabaja en la Orden. Ella había fallado ocultar la mueca de dolor al ver su terrible marca de mordida, pero le había dado un visto bueno en salud, tanto como lo podía dar a un hombre lobo tres días antes de la luna llena. Él sólo pudo asumir que algo en la bebida no le había caído bien.

Para ese momento el feral y el mortífago se habían sentado en la alcoba, el feral todavía tenía capucha en su lugar, pero Remus podría ver un destello de caninos inusualmente afilados mientras sonreía. Sus pálidos dedos tamborileaban sobre la mesa, garras negras y viciosas que sobresalían de la punta de los dedos cortaban esquirlas de la maltratada superficie de madera. El mortífago miraba esto con obvia inquietud.

Acercándose, Moody se estiró para mirar de cerca al feral cubierto; debía ser desconcertante que allí su ojo mágico no pudiera penetrar las sombras. Sacando su varita una vez más la movió sobre la habitación.

¡Sonorus!

El mortífago, Oldstaff, se había inclinado hacia el feral, sus labios moviéndose y, abruptamente, sus palabras fueron audibles nuevamente.

–… de todos los lugares, ¿por qué quisiste venir acá? ¿qué pasa si alguien nos escucha?

El feral dio una carcajada gutural pero no había humor en el sonido, su voz; cuando sonó; era ronca, cavernosa con un arrastre de palabras que parecían enrollarse en los bordes de las palabras desganadamente como si estuviera hablando en una lengua no tan familiar.

–¿Prefieres quedarte afuera? ¿En el aire fresco de la noche clara, donde hasta los murmullos pueden ser escuchados a miles de kilómetros? Aquí nadie está escuchando. Aquí a nadie le importa. Y con este buen jaleo, no nos escucharían, aunque lo intentaran.

Moody sonrió petulante.

–Eso es lo que él piensa. Pensaderos como herramientas de espionaje. Una de las mejores ideas que hemos tenido. Mientras el espía esté lo suficientemente cerca no necesitan escuchar lo que se dice.

–¿Quién es él? –Snape se movió al lado de Moody.

Moody gruñó.

–No estoy seguro todavía. La voz me parece familiar. Me gustaría que se hubiera quitado la endemoniada capucha. Mi ojo es inútil aquí.

El feral habló nuevamente.

–Recibí los mensajes de tu amo. Admito que me intriga. Tanto que ofrece, ¿Y todo lo que desea a cambio es que nos encarguemos del niño Potter?

Remus volteó bruscamente y con un fruncir de ceño encontró con la mirada de Moody. Podía saber que al Auror no le gustaba a donde iba esta conversación tanto como a él. La expresión de Snape permaneció impasible.

–¿Qué sabes sobre Harry Potter? –Oldstaff claramente estaba nervioso, sus ojos seguían desviándose hacia las uñas de garra del feral.

–Nada antes del mensaje. He estado… fuera de contacto. –el feral bufó– pero e investigado desde entonces. Un muchacho fascinante, pero un niño nada más y he lidiado con niños anteriormente. No creo que sea mayor problema. Tengo algunas ideas.

La lentitud con la que su sonrisa sombría apareció era como un rictus. Era más una muestra de dientes que una expresión de placer.

–¿Entonces, lo harás? –Un indicio alivio se notó en la cara de Oldstaff al feral asentir.

–¿Qué le debo decir a mi amo? ¿Cuán pronto se hará?

–Se hará cuando tenga inclinación de hacerlo. Estas cosas no se pueden apresurar. Dile que tenga paciencia. Dile que le entregaré al muchacho y el caos que demanda, y me divertiré como parte del trato. No hago esto por la ideología; no tengo ninguna lealtad a su causa, ni siquiera a su recompensa. Lo hago porque será divertido.

Oldstaff se mostró indeciso una vez más.

–¿No tomarás la marca?

Lenta y fríamente, sin quitar la mirada dorada e inquietante de la cara de Oldstaff, el feral se arremangó la manga de la túnica para exponer las viciosas cicatrices rojas de dientes que marcaban el largo de su brazo.

–Ya tengo una marca que le dice al mundo lo que soy, –pronunció lentamente– no necesito otra.

Suprimiendo un escalofrío Oldstaff se levantó rápidamente.

–El Señor Oscuro espera tu lealtad, Kane.

La bocanada de asombro de Moody sacudió la atención de Remus lejos de la cesante conversación.

–¿Kane? –escuchó al viejo hombre decir entre dientes. Por un momento su enorme ojo se posó sobre Remus, pero movió una vez que atrapó al hombre joven observándolo– Por los dientes de Caribdis, estamos en más problemas de los que pensaba.

El feral, Kane, se rio entre dientes nuevamente, levantándose en un rápido movimiento.

–Él puede esperar lo que desea.

Con una sonrisa salvaje, rodeó a Oldstaff, sus ojos centelleaban mientras se movía a través del cuarto.

Luego se detuvo un momento. Una chispa de emoción indefinida destelló.

Y luego se fue.

Remus se sintió temblar. Pensó que se había imaginado que la mirada del feral se posaba sobre si. Aparentemente no lo había hecho.

Moody también lo había visto. Sus ojos disparejos se fijaron agudamente sobre Remus.

–Nunca me dijiste que te vio. –Le reprimió repentinamente.

Remus se encogió de hombros, tratando de sacudir el escalofrío que se había asentado en su estómago.

–No me di cuenta de que lo hizo –Admitió–. Pensé que lo había imaginado.

¡Nunca asumas! –el arrebato hizo que Remus y Snape brincaran– ¡Alerta permanente! ¿Y si te reconoció?

–¿Por qué habría de hacerlo? –Remus lo miró, desconcertado por la repentina e incandescente furia.

Algo indefinible destelló en el ojo normal de Moody. Abruptamente se volteó.

–Ya no hay nada que se puede hacer por eso. –Hizo una pausa, mirando como el Remus de la memoria dejó el bar y se apresuró a salir– Lo que importa es que lo identificamos. Abraham Kane tiene un expediente en el ministerio del tamaño de la biblioteca de Hogwarts. No debería ser difícil conseguirlo para Tonks o Shacklebolt.

La escena se volvió gris abruptamente y con un espiral de neblina, y un breve momento de desorientación, los tres volvieron a estar parados en la sala de estar de Grimmauld Place. Sin decir una palabra, Remus retiró la memoria del pensadero sobre el escritorio.

–Pareces que lo conocieras. –Snape caminó con soltura alrededor del escritorio.

Moody gruñó.

–Por supuesto. Ayudé a que lo sacaran del país hace más de treinta años. Esperaba que hubiera muerto en algún sitio a través de los años, pero aparentemente no lo hizo. Supongo que era mucho que esperar de un personaje como Kane muriera sin alboroto.

–¿Qué hizo? –Remus preguntó calladamente, levantando el Pensadero del escritorio y siguiendo al Auror y al profesor a la puerta.

Moody le lanzo una aguda mirada mientras se movía al pasillo.

–¿Qué no hizo? Niño de la calle, huérfano, mordido por una feral a los diez. La feral, Hel se hacía llamar, no era más que una adolescente, pero pensó que sería divertido tener a un niño cerca, joderle la cabeza un poco, empezar una manada. Crearon una reputación rápido, dejando sangre y cuerpos a dondequiera que fueran, matando maliciosamente sólo por diversión. Puedes agradecerles a ellos dos por Umbridge y las de su clase; claro que la gente siempre estuvo con respecto a los hombres lobos, pero estos dos los provocaron y las memorias son difíciles de borrar. El Profeta hizo su agosto. –Moody hizo una mueca– Cuando llegaron a sus veinte, el y Hel tanto la Unidad de Captura de Licántropos y los Aurores querían atraparlos a como diera lugar. El Ministerio nos dio permiso de usar cualquier medida necesaria, saben lo que significa.

–Imperdonables. –Snape se movió escaleras abajo, mirando con desdeño a las cabezas cercenadas de los elfos mientras pasaba, Moody unos pasos detrás y Remus siguiéndolos.

–Exactamente. Los acorralamos, Hel fue dada por un Avada Kedavra de uno de los de mi grupo, Orestes Becan, buen muchacho, con una familia joven, esposa y dos hijos. –La cara de Moody se endureció– Kane escapó y mató a muchos de ellos. Luego huyó del país antes de que pudiéramos desgarrarlo miembro por miembro.

Ellos descendieron al corredor en silencio.

Snape esperó hasta que pasaron el retrato cubierto de la Señora Black y antes de hablar entraron a la cocina en el sótano.

–Entonces ¿crees que no tendrá recelo en ir tras Potter?

–Como dijo, ha atacado a niños antes. –el tono de Moody era evasivo e incómodo, lo que Remus pilló inmediatamente– Incluso, más jóvenes que Potter. No vería la diferencia. Son solo comida o cosas para jugar. Ustedes lo escucharon. Mata por diversión. Mataría a Potter o a cualquiera sin pensarlo.

Snape suspiró.

–¿Dónde está Potter en este momento?

–La Madriguera. –Remus ofreció mientras colocaba el Pensadero en la mesa de la cocina– Fue a quedarse con los Weasleys hace unas semanas atrás. Hemos estado turnándonos para pasar y ayudar a Molly y Arthur a vigilar las cosas. Creo que Tonks se encuentra allá en este momento.

–Creo que bajo estas circunstancias es tiempo de que regrese a Grimmauld Place. –Snape tomó el pensadero abruptamente y se dirigió a la puerta con un vuelco de túnicas negras– Le informaré de esto al director. Hombres Lobo. –murmuró mientras se apresuraba fuera del cuarto– Son más problemas de lo que valen.

Inmediatamente Moody se movió tras él.

–Trataré de contactar a Shacklebolt, ver si puede darnos una copia del archivo de Kane. –gruñó suavemente– Buen trabajo, Lupin. Nos vemos luego.

Momentos después ambos ascendían los escalones, moviéndose fuera de vista, pasos atenuándose, el golpetear de la pata de palo de Moody y luego el abrir y cerrar de la puerta principal.

Remus estaba repentinamente solo.