HOLAAAAAAAAA!

Aquí esta el nuevo capítulo, el segundo capítulo de esta trágica y mágica historia de AMORSH. Decidí que por cada 10 seguidores o favoritos más 10 comentarios subiré un capítulo. Es justo para mi y para ustedes, así que obvio si hay 20 comentarios subiré capítulos rapidito. Como ya les dije tengo los 10 primeros listos.

Vamos a ver quién me dice quien es Andrew, vamos a ver si alguien lo adivina.

Como siempre deje las 5 E para que pongan una música, es www. youtube watch?v=W2RVmb0qWyI quiten los espacios y listo.

Gracias por el apoyo, no saben lo mucho que significa y por favor, no me odien por el final del capítulo. JIJI! .
.A LEER.


Andrew War

Después de 15 días enclaustrada en un lugar oscuro tus ojos comienzan a hacerse insensibles a la luz. Elizabeth no comía bien desde su captura, solo comía ciertas sobras que muchas veces estaban en mal estado pero tenía que mantenerse viva así que de igual manera las ingería, no le daban agua así que seguía con su asqueroso pero necesario ritual de tomar el poco orine que excretaba, cada día era más concentrado, más amarillo y más asqueroso. Había entendido que si no lo hacía moriría por deshidratación y luego de escribir tomo la decisión de no permitir que aquello pasara. Podrían romper todo su cuerpo, podrían intentar quebrar su mente pero su espíritu vencería y cuando se librara de las cadenas que la encarcelaban se arrepentirían hasta el final de haberle hecho toda aquella pesadilla.

Cuando la violaron por cuarta vez, pensó que la matarían. Lucius casi le tuerce el cuello después de un arranque de locura por Elizabeth en donde le rasguño la cara y pateo la entrepierna. Aún tenía las marcas en su cuerpo de ciertos diffindos y golpes abruptos en su rostro, le había dislocado el hombro, menos mal que había sido el izquierdo, así podía seguir escribiendo con su mano derecha. Cuando la lanzaron de nuevo al calabozo se echo a reír, que divertido había sacado su espíritu a flote, sabía que se jugaba su vida pero tener ese cuerpo sobre ella, profanándolo, golpeándolo y cortándolo con su varita había sido suficiente incentivo para arriesgarse y hacer lo que su alma clamaba a gritos desesperados.

Ser violada ahora le parecía lo más fácil de los males, el frío y las condiciones en las que se encontraba, las heridas que tenía a cielo abierto era lo que realmente le preocupaba. Tenía hambre, realmente hambre, comer una sola vez al día le permitía seguir viva pero podía sentir cada uno de sus huesos, el cabello se le caía por montones y sus labios parecían una lija de pared ni siquiera podía imaginar su rostro, si no consumía alimento adecuadamente estaba segura que entraría en algún tipo de shock y Merlín sabía que la dejarían morir, él la dejaría morir.

Se levanto de la roca donde estaba sentada y se miro las manos, estaban sucias, con raspones en los nudillos por haber golpeado el frio suelo dos noches antes, después de haber llegado de su tercera violación, cuando había visto a Draco pensó que diría algo pero simplemente volteo su rostro, evito mirarla y con un carraspeo se dirigió a su padre, le provoco insultarlo, una cosa era haber sido enemigos y otra ser esa escoria en la que se había convertido, luego se carcajeo, ¿Cómo la iba a salvar si él no sabía quién era? Se sobo los nudillos y tosió, un gargajo de sangre con flema salió de su boca, estaba cada vez peor. ¿Cuánto aguantaría?

- ¿Qué puedo hacer? – se susurro con temor, si el hechizo se rompía unas cuantas violaciones iban a ser lo más hermoso que iba a vivir en su vida en comparación con lo que le esperaba. Se apoyo de nuevo en la roca, sus piernas no funcionaban con agilidad, le temblaban por la debilidad que sentía, inhalo profundamente y cerró los ojos. Mientras más dormía más sentía que saldría de aquella tortura.

- Hey – escucho a lo lejos, como un susurro que la invitaba a seguirle. ¿La muerte sería? No, estaba segura que la muerte no llegaría tan fácilmente a ella. - ¡Hey! – la voz sonó con más fuerza y con un esfuerzo sobrehumano abrió los ojos despacio, le pesaban como mil toneladas de metal. Hizo un sonido seco con su garganta, la tenía seca y carrasposa, le pesaba demasiado la boca para emitir sonido. - ¿Estás viva? – quiso carcajearse al escuchar esa pregunta hecha con tanta inocencia y delicadeza, asintió o eso creía, estaba demasiado débil para saber si todo estaba pasando en su cabeza o en la realidad – oye chica, te he traído agua y comida… venga – insto, Elizabeth abrió los ojos, esta vez enfocando a quien tenía en frente, a unos cuantos pasos lejos de ella, cargada con una bandeja de plata, sus fosas nasales pudieron percibir el olor de la comida que tenía sobre ella, le decía la verdad. – Me llamo Mildred – la mujer se acerco a ella y se arrodillo junto a la joven, ¿sus plegarías habían sido oídas? – el amo Lucius se ha ido de la casa hace unas horas, te he traído una sopa, filete y vegetales para que puedas reponer tus fuerzas, estás del asco chica – había pena en sus palabras – también te he traído agua y suero, debemos recomponerte – Elizabeth quería preguntar por qué hacía eso pero su boca no se movía, solo veía a la joven mujer morena que tenía frente a ella, con rasgos agraciados y delicados, nariz respingada, labios finos, ojos grandes, expresivos y de un azul mar que la cautivaron y la hicieron llorar. Las primeras lágrimas le ardieron al salir, hacía días que no lo hacía pero de nuevo tenía una pequeña ráfaga de esperanza frente a ella y todo colapso en un segundo.

- Gra – quería agradecerle pero los pequeños hipidos que salían de sus labios se lo impidieron.

- No llores chica – le consoló la mujer, debía tener unos 25 años más o menos. Sentir el abrazo de aquella mujer fue un placebo para Elizabeth, hacía dos semanas el único contacto humano que había tenido había sido consigo misma porque tenía que descartar los seres que la habían violado, eso no era un humano – vamos, cálmate… te voy a alimentar – La rubia la abrazo con fuerza y asintió. Sentir el sabor de la sopa en su interior fue una sensación mágica, sus glándulas salivales estaban en un éxtasis profundo y eterno, su estomago sentía una suave caricia que lo incitaba a activarse y recibir gustoso aquella explosión de sabor, estaba riquísima aquella sopa, era de vegetales. Masticar algo en buen estado la hacía llorar más y más, parecía que mientras más alimento ingresaba en su interior más lágrimas querían salir de sus ojos.

- Gracias – pudo decir después de terminarse la sopa, se la estaba dando en la boca.

- ¿Cómo te llamas? – pregunto con una cálida sonrisa.

- Her… Elizabeth – dijo la rubia con cautela. - ¿Por qué me ayudas?

- Ya estuve en tu sitio cariño, después de comer vamos a bañarte y te pondremos unas ropas dignas y limpias, dormirás en una habitación y no volverás a ser violada, ¿de acuerdo? – Mildred hablaba con una suavidad tan enternecedora que lucía mucho más grande de lo que parecía, era como escuchar las palabras de su madre. No pudo contestarle, solo asintió con lágrimas en los ojos y la morena sonrió.

- Ahora a comer algo solido – sentir el sabor de la carne en su boca fue una bálsamo para su hígado, estaba jugosa, suave y bien cocida. Tenía la boca hecha un charco. Los vegetales estaban frescos y tan coloridos, no podía parar de llorar, tenía tantas preguntas pero en este momento solo podía comer y sentir a su estomago saciarse.

Comió toda la comida y bebió toda el agua, cuando sintió sus labios mojarse fue una purificación directa. Entendió la insuficiente valoración que se le da a ese líquido vital, al beber el primer vaso podía sentir como sus células se lo agradecían, como cada enzima de su organismo volvía a funcionar, sus aminoácidos de nuevo se convertían en proteínas y sus riñones comenzaban a trabajar después de tantos días en reposo. Tenían algo que filtrar, su sangre se aligeraba, su mente de nuevo pensaba.

Subir las escaleras la hizo tastabillar un par de veces, no tenía aún la fuerza para subir con facilidad. Las veces anteriores que lo había hecho realmente la subían a la fuerza para ser violada, hacerlo sola conllevaba un esfuerzo superior al cual no estaba preparada aún.

Subió dos pisos y se encontró en un palco que no había pisado nunca, una sección de pasillos que llevaban a diferentes puertas, Mildred la guió hacía una que estaba 5 metros del pasillo central que comunicaba con las escaleras, no había mucha luz, solo algunas antorchas encendidas.

- Esta será tu habitación – declaro la mujer, tomo el picaporte y abrió la puerta. Elizabeth entro con desconfianza y miro hacía dentro, una pequeña cama de una plaza con una sabana fina y un cobertor bastante delgado también, no tenía almohada. La cama era de metal y estaba anclada al piso. El piso era de piedra al igual que los calabozos pero este estaba limpio y no tan frío. Un pequeño armario donde habían 3 cambios de ropas, todos iguales, un vestido blanco hasta las rodillas y un delantal negro. Igual al que tenía Mildred. Y una puerta más angosta, Mildred se acerco a ella y la abrió, era un baño. Diminuto pero un baño, tenía una poceta y una ducha angosta e incómoda. No había lavamanos ni espejos. – Vamos a bañarte – decreto la mujer. Elizabeth se desvistió con desgana y entro en la pequeña ducha, Mildred la baño como si fuera una niña pequeña. Saco del bolsillo de su delantal un frasco y lavo el cabello de la rubia - ¿Por qué lloras? – pregunto con delicadeza después de lavar su cabello y comenzar a enjabonarla. Elizabeth lloró aún más.

- Pensé iba a morir – admitió con dolor.

- ¿Qué es esto? – había una pequeña cicatriz en su brazo izquierdo, una protuberancia antigua. No quería pensar en la muerta, ella hacía unos meses atrás había pensado lo mismo.

- Una marca del pasado – respondió con melancolía Elizabeth.

- Elizabeth, el amo Draco no deja morir a nadie. Tampoco la señora Narcisa, ellos no son como el amo Lucius. No llores más, es tiempo de ser valientes y tienes que ser muy inteligente para no volver a pisar aquellos calabozos. ¿Me entiendes? – la mujer asintió. Pero ella no tenía tiempo, debía conseguir una varita o sino, o sino si moriría.

- Gracias – después de enrollarse en una amplia toalla, se sentó en aquella cama. Sentir aquel colchón viejo debajo de sus muslos era como estar acostada en una nube del cielo. Era sentir el bienestar después del infierno. Hay tantas cosas que valoramos después de darnos cuentas que no las tenemos.

- ¿Qué sabes hacer? – pregunto. Saco uno vestido y se lo coloco, luego saco el delantal y lo dejo encima de la cama.

- ¿De qué?

- Ahora serás la esclava de la ama Narcisa, ella no suele pedir muchas cosas pero debes tener su desayuno listo a las 9 de la mañana, su almuerzo a las 12 del mediodía y la cena a las 7 de la noche. Todo te lo explicare adecuadamente. No puedes fallar, no puedes dudar, no puedes pensar, hacerlo te puede suponer regresar al calabozo y no creo que tengas una segunda oportunidad de nuevo. – La rubia asentía, intentando procesar todo lo que se le decía. ¿Cuál había sido el cambio para ahora no ser un simple cuerpo donde meter un pene sino una esclava con ciertas "comodidades"?

- Pero – quiso empezar pero Mildred la corto en seco, esta vez su voz sonó más severa y su mirada se achico.

- No hay peros Elizabeth, el señor Draco no tendrá vehemencia de nuevo contigo. Te ha mandado a liberar por el simple hecho de estar libre del amo Lucius, ha aprovechado su ausencia para hacerlo y la ama Narcisa acepto cambiarme a mí por ti. – Habían tantas preguntas y no sabía si debía hacerlas. ¿Draco había mandado a liberarla? ¿Qué coño pasaba?

- ¿Cuándo comienzo? – algo tenía claro, solo estando fuera podría averiguar lo que estaba pasando en esa mansión y sabría si tendría alguna oportunidad de escapar. Necesitaba su varita y también fuerza así que intentaría plantearse una estrategia porque algo si no tenía, tiempo.

- Mañana, hoy descansaras. Mañana a las 6 de la mañana pasaré por ti para poder enseñarte las cosas y los pisos de la mansión. No puedes hablar con nadie excepto conmigo, los elfos y solo para asuntos de comida y limpieza y contigo misma. ¿Entiendes? – parecía que estuviera siendo vigilada.

- Entiendo – zanjo la rubia con recelo.

- Bien – de nuevo usaba su agradable tono de voz maternal – ahora duerme, vendré en unas horas para darte de cenar, traeré té y frutas para que asientes estomago.

Mildred salió de la habitación, cuando Elizabeth se percato que realmente estaba sola quiso abrir la puerta pero no se sorprendió al saber que estaba bloqueada, no podía salir de aquella habitación. Miro con más detalle su habitación, era pequeña, estrecha pero por lo menos estaba limpia, tenía un inodoro y una cama donde dormir. Intento buscar algún tipo de carboncillo con el cual escribir pero no había nada, chasqueo los dientes y se recostó en el colchón mirando el techo blanco con una pequeña lámpara incrustada en el.

Quería escribir pero para eso tendría que bajar en algún momento a los calabozos y conseguir el papel de baño y el carboncillo que había estado utilizando. La prioridad en este momento era encontrar una varita, su tiempo se estaba acabando y ya no quería seguir imaginando lo que podrían hacerle si descubrían quien era. La muerte sería un elixir en comparación.

- Cálmate Hermione – se susurro así misma – lo peor ha pasado. – Pero algo le decía que su corazón, su mente y sus labios le estaban engañando. Que lo peor no había pasado, que lo peor estaba a punto de comenzar. Los judíos aseguraban que no habría nada peor que los centros de reclusión hasta que conocieron Auschwitz. Los indígenas pensaron que no habría nada peor que los tres veleros de Colón hasta que llego toda Europa para realizar una de las matanzas más grandes de la humanidad, desterrando de sus tierras y colonias a los indígenas, destrozando sus cultos, sus altares, sus siembras. Violando a sus mujeres, matando a sus niños y esclavizando a los hombres que no se atrevieron a luchar por su vida. Hermione estaba en esa etapa de optimismo ciego que piensa que la tormenta esta cesando pero realmente lo único que está haciendo es comenzar. Fue solo la cola del huracán lo que le ha pegado.

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EEEEE

Los bosques siempre tienen la habilidad de desconcertar a las personas que los visitan, en las mañanas lucen como senderos mágicos que están llenos de magia blanca, iluminan e inspiran el alma. El sol es capaz de llegar hasta el suelo y acariciar la piel de las personas de una manera cálida y delicada, el viento sopla de formas suaves, haciendo rozar las hojas en tu rostro, en tus brazos. Los bosques de día son divertidos, inspiradores y acogedores depende de quién lo visite. Un pintor lo encontrara sugerente para un cuadro natural, unos niños lo encontraran como la mejor forma de diversión que podría regalarle la madre naturaleza y una pareja de enamorados lo admirara como una alcoba que los invita a amarse en sus ramas, en su césped y guardar en sus grandes troncos y raíces profundas las palabras de amor que se confiesen en el. Ahora bien, los bosques de noche no son para nada la sombra de lo que se aprecia de día. La oscuridad torna los arboles como monstruos de 15 metros que pueden caer sobre tu cuerpo y lapidar tu vida. Las hojas parecen querer caer sobre tu espalda y tu rostro para cortarlas y degollar tu cuello. La tierra parece moverse y ni mencionar los sonidos que logran escucharse entre sus troncos, cada sonido es una sentencia de muerte.

Definitivamente un bosque de noche no es el mejor lugar para estar, a menos que sepas que sigue siendo el mismo que era en el día y logres acobijarte en su oscuridad, te fundas con su lúgubre aspecto y no te sientas amenazado por él.

- Señor – era una voz gruesa que tembló en las ultimas silabas de la palabra - ¿está seguro?

- Claro que si – Lucius mantenía su varita en alta, iluminando el frente. Caminaban 6 mortifagos en el bosque, todos cubriendo las espaldas del rubio en una organización triangular. – El Lord ha recibido información, aquí escondidos hay una panda de traidores a la sangre, miembros de la orden están por aquí – sentenció en susurros el rubio. Estaba haciendo un frio terrible y su túnica no era lo suficientemente cálida para que evitara de vez en cuando temblar levemente.

El viento chocaba contra sus rostros y los arañaba, parecía que tenía pequeños vidrios volando en el.

- Deprimo – dos mortifagos se hundieron en una gran cavidad que se formo alrededor y debajo de ellos. Tenía una profundidad aproximada de 4 metros. Antes de cerrar aquel hoyo con toneladas de tierra los otros cuatro mortifagos advirtieron una llamarada de fuego caer en aquel hoyo y gritos incomprensibles de dolor salir de las bocas de sus compañeros antes de... Estaban siendo quemados vivos aquellos dos colegas que ya no tenían mucho por lo que vivir. El hoyo se cerró y los gritos cesaron de inmediato. – Si yo fuera ustedes no haría eso – Todos los mortifagos escucharon las palabras en su cabeza. Se miraron unos a otros, había pánico a través de sus mascaras plateadas y un leve temblor debajo de sus túnicas negras.

- ¿Quién eres? – era la voz de Lucius, recia, alta y ocultando el enfado que sentía aumentar cada vez más de su interior.

- Déjeme presentarme fantasma de carnaval – de una de las ramas más altas observaron parado a un hombre vestido con un mono ajustado a sus piernas y un suéter con chaqueta de cuero roja, franjas laterales negras y una gran W en el frente del mismo color, una capucha negra ocultaba su rostro, en la sección de sus ojos habían unas gafas especiales, bastante extrañas, ocupaban toda la sección visual pero también ocultaban su nariz. – Mi nombre es Andrew War – no lo escuchaban en el ambiente, lo sentían en su cabeza. Resonando su voz por toda su mente. Lucius apunto su varita y un rayo de luz amarilla salió despedida de su varita, en el preciso momento en el que pensó que había dado a su enemigo uno de sus mortifagos cayó sin vida detrás de él. – Le he dicho amable caballero que no debería hacer eso. Si me ataca, uno de sus borregos morirá – Lucius miro incrédulo a su alrededor ¿Dónde estaba? Pensó con fastidio.

- ¿Qué quieres? ¿Eres de la Orden? ¡Deja de esconderte! – no había terminado de hablar cuando tenía al hombre frente a él, retrocedió de inmediato por la impresión. – Mierda – maldijo con fuerza. Tenía la varita de aquel hombre en sus narices y ni siquiera se había dado cuenta.

- Voy a ser tu peor pesadilla – El rubio podía sentir la sonrisa debajo de aquella tela que ocultaba a su enemigo.

- Pues bien, mátame.

- ¿Matarte? – Lucius tuvo que admitir que trago grueso. El mortifago más joven alzo su varita hacia el encapuchado y apenas un haz de luz apareció desde su varita cayó desplomado al suelo.

- ¿Qué has hecho? – pregunto confuso. Tenía un solo mortifago a su lado. ¿Qué mierdas estaba pasando?, tenía aferrada su varita y quería escupir imperdonables pero al lanzarlas lo único que conseguiría sería morir.

- No eres el único que sabe usar magia oscura y yo sé usarla mejor – Lucius quería eliminar aquella voz de su mente pero mientras más trataba de bloquearla con oclumancia, parecía que más fuerte sonaba en su cerebro. – Tengo que confesar que serías más entretenido. Ni siquiera te has dado cuenta de las trampas… que decepción – y realmente sonaba así, parecía estar jugando con la cordura y paciencia del rubio porque su voz en su cabeza sonaba a pucheros de adolescentes que no los han dejado salir.

- ¿Quién eres? – pregunto de nuevo Lucius. Por los vientos que soplaban, ese hombre no quería matarlo, quería usarlo como lechuza.

- Ya lo he dicho, soy Andrew War. Esa no es la pregunta que debes hacer.

- ¿Qué quieres?

- Destruirlos, esa tampoco es la pregunta.

- ¿Cómo?

- Los haré implosionar – Lucius y el otro mago escucharon en su mente una carcajada macabra que les calo los huesos.

- ¿Qué? – pregunto realmente confundido.

- Hagamos esto más divertido, tienes 2 preguntas más. Si ambas no son las adecuadas, mataré a tú coleguita – Andrew se acerco al otro mortifago y cuando este tembló lo suficiente hizo un gran ¡Buh! - ¿te has orinado? – El mago se había meado encima, el viento de aquel bosque oscuro cada vez sonaba peor y podía sentir como algo, no sabía que, chocaba contra su máscara plateada, eso no solo era viento. La luna nueva estaba haciendo de las suyas. Porque ni un rayo de luz se veía en aquel lugar y eso lo hacía temblar más. Quería sentir vergüenza por haberse meado pero la verdad es que solo sentía miedo, pánico a terminar como sus otros colegas. – Haz la pregunta – su voz de mando hizo tragar grueso a Lucius. Quería matar a ese desgraciado.

- ¿Quién es tu jefe?

- Pregunta equivocada. Mi jefe soy yo.

- ¿Por qué no me matas? – pregunto Lucius con desdén.

- Porque tú mismo acabaras con tu vida. Pregunta equivocada. – La aseveración con la que dijo aquellas palabras en su mente hizo que Lucius jamás las eliminara. Se grabaran con fuego en su cerebelo. ¿Qué mierdas era eso?, pensó.

- ¿Qué eres? – pregunto esperanzado porque no fuera la pregunta equivocada. Si lo era, el mago a sus espaldas moriría y no le importaba en lo absoluto pero no tenerlo de carnada no sería algo favorecedor para él.

- Soy el hombre que va a aniquilar a Voldemort, dile a tu señor que se prepare, que su infierno no era Harry Potter, su infierno soy yo. Dile que todo lo que escondía lo he encontrado y lo destruí, dile que ahora voy por él. – En un segundo había dicho aquello y en otro Lucius escucho como el mago a su espalda caía en un sonido seco al suelo de aquel bosque, aquel hombre había matado a 5 mortifagos sin ningún problema, sin ni siquiera haber usado magia con varita, solo había escuchado un hechizo, uno solo y lo demás ni siquiera podía explicarlo. Luego solo hubo silencio y dolor. Alguna fuerza que no tenía ni puta idea de cuál era lo había compungido tanto que lo hizo arrodillarse y hacer que sus brazos soltaran su varita que ahora quemaba en su mano, la varita que lo había acompañado por más de 30 años le estaba quemando la mano. Se coloco de pie, intentando que su respiración se acompasara y se desapareció de aquel bosque con viento cortante, sonidos infernales y personas que nada tenían que ver con un mago normal.

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- Amo – Draco escucho los nudillos de Mildred chocar contra su puerta repetidas veces. Parecía alarmada y ansiosa.

- Pasa.

- Amo – Mildred hizo una pequeña reverencia y entro al despacho del joven rubio. – Su padre está en su habitación.

- Draco – dijo Blaise desde la puerta, ignorando a la alterada Mildred y pasando de largo hacia el despacho. No tenía cara de buenos amigos. Su gesto era realmente serio y frio. – Vete – le ordeno a Mildred, no espero respuesta de la morena, tranco la puerta con un movimiento de varita y miro a Draco con urgencia. – El Lord te está esperando en la sala.

- ¿Por qué? – pregunto desperezándose en su cómodo asiento de cuero.

- Tu padre fallo en la misión, está aquí pero llego herido por alguien y no ha dejado de balbucear sobre cosas absurdas. El Lord lo torturo – Blaise apretaba sus manos con nerviosismo mientras caminaba de un lado a otro explicándole a Draco la situación. – Seguro quiere que ahora ocupes su lugar. Te pondrá las peores para ver si mueres Draco. Joder. Joder. – Blaise estaba nervioso, Draco lo miro, torció los labios en una lánguida sonrisa y lo paralizo.

- Cálmate – le ordeno levantándose de su asiento. – Mi padre ha fallado por ser un insensato al creer que el Lord le tenía aprecio. Vamos al salón.

Blaise no tenía el aplomo de mantenerse impenetrable frente a Voldemort, él no era tan insensato como su mejor amigo. Cuando lo tenía frente a él hizo una pequeña reverencia y se situó a las espaldas del rubio.

- Draco – la voz de Voldemort era felina, aguda y larga. Con un silbido en cada silaba que hacía que tu sangre se coagulara en el interior de tus venas. - ¿Qué opinas de las locuras que ha dicho tu padre?

- Lo siento, mi Lord – empezó Draco. No hizo ninguna reverencia, solo inclino su cabeza y clavo sus ojos en aquel ser serpentiforme. – No sé de qué locuras me habla.

- Oh – parecía realmente sorprendido. Nada cercano a la realidad. – Tú padre ha dicho que un hombre asesino sin ningún movimiento de varita a los otros mortifagos que estaban con él, ha regresado a mí con esa barata excusa en vez de aceptar como un hombre con honor que no ha tenido la talla para la misión. ¿Qué piensas que merece Draco? – Draco asintió pero no dejaba de pensar en la clase de hombre que podía ser alguien que le preguntara al hijo de uno de sus seguidores cual castigo creía conveniente.

- Mi señor – dijo Draco esbozando una sonrisa – pienso que merece lo que usted crea conveniente.

- ¿Y si considero que la muerte es lo conveniente?

- Le pediría que me deje enterrar su cuerpo y limpiar el apellido por su insensatez. – Voldemort sonrió ante la respuesta del joven rubio que no titubeaba con sus respuestas.

- Es tu padre.

- Mi lealtad es hacia usted mi Lord, si mi padre ha fallado no tengo por qué serle leal. – Blaise no dejaba de mirar a Draco con los ojos abiertos de par en par, impactado.

- ¿Estás seguro Draco? – esa pregunta no era una pregunta, era una amenaza y Draco lo sabía.

- Pruébeme – Voldemort pudo ver el veneno en las pupilas del rubio. Un veneno tan letal que debía cuidarse de él. Si las palabras de Lucius habían sido ciertas, ahora debía andarse con más cuidado. Un descuido insensato y su vida podría estar en grave peligro. Por eso lo había torturado tanto, porque se había atrevido a hablar de aquello frente a otros subordinados. Su miedo lo había llevado a dejar su lengua a hablar.

- Bien dicho joven Malfoy – continúo el Lord con una siniestra sonrisa que Blaise tuvo que evitar observar. El moreno no era cobarde pero no le gustaba para nada ese ser tan espeluznante. Él consideraba que la belleza si era indispensable en este mundo y ese antiguo hombre no tenía ninguna, ni interna ni externa. – Para eso he venido. Tú padre se recuperara pronto pero no quiero volver a verlo por un largo tiempo. Su insensatez me ha decepcionado tanto que he estado a punto de prescindir de él pero he recordado a su hijo y no quiero que seas un huérfano, mí querido Draco. – Podía confundirse ese tono meloso de voz con ternura sincera pero Draco no confiaba ya en aquellas palabras ni en aquellos tonos usados por su Lord, él sabía lo peligroso que podía llegar a ser después de un fallo. Vaya que si lo sabía.

- ¿En qué puedo servirle? – pregunto con seriedad el rubio. Podía sentir la intromisión de Voldemort en su cabeza, le mostró todo lo que hizo ese día. Los días anteriores y todo lo que deseaba ver.

- Serás el nuevo señor de esta mansión, querido Draco – Draco iba a contestar pero se dio cuenta que el Lord no había terminado y cerro la boca – y eso conlleva a varias responsabilidades con la causa, si fallas no seré misericordioso con tu familia de nuevo. ¿Entiendes? – Draco no contesto, solo asintió e inclino su cabeza en señal de respeto y sumisión. Voldemort camino hasta la chimenea y se largo de allí. No sin antes una pequeña y sutil advertencia que floto en la mente del rubio un rato, No me decepciones, le había dicho el hombre en su mente antes de ser engullido por las llamas esmeraldas.

- Mildred – dijo con malhumor. Blaise estaba a sus espaldas todavía, exhalando con dificultad. Estaban los dos solos en el gran salón. Mildred apareció en el salón a los pocos minutos - ¿Dónde está mi padre? – pregunto de sopetón el rubio.

- En su habitación, amo.

- ¿Está despierto?

- Si, amo.

- ¿Ya comió?

- Si, amo.

- ¿Mi madre?

- Está en el jardín, no ha venido a la casa en todo el día. ¿Quiere que la llame?

- No. Voy a ver a mi padre. ¿Dónde está la nueva esclava?

- En su habitación, amo. Estaba muy cansada, mañana mismo la pondré a trabajar.

- La quiero mañana a primera hora en mi oficina antes de que le lleve el desayuno a mi madre. ¿Entiendes?

- ¿A qué hora, amo?

- A las 7 en punto. No quiero que prepare ninguna comida, solo que las lleve.

- Entiendo, amo. ¿Necesita algo más? – Mildred era educada, no veía a la cara y contestaba todo con una reverencia un tanto incomoda para quien la veía.

- Vete – espeto Draco. Se volteo en redondo a Blaise – Ve y cuéntale esto a Snape. – El guapo moreno de ojos café asintió y se largo de la mansión. Habían solo 5 personas que podían aparecer y desaparecer de la mansión. Su madre, su padre, Blaise, Snape y él. Ningún otro mago podía hacerlo. Aunque Voldemort había exigido aquello, ellos se habían excusado con decir que solo un Malfoy podía hacerlo y era cierto pero Draco había encontrado la manera. Su padre no sabía aquellos pequeños ajustes que él había realizado y que tanto le habían costado, pero el tener una biblioteca más grande que la de Hogwarts en tu tercer piso era un privilegio que no podía desecharse, libros de magia oscura y profunda navegaban en su biblioteca así que buscando y buscando encontró las respuestas necesarias para realizar ciertas modificaciones.

Subió cada peldaño de la escalera con lentitud, sabía que la conversación que tendría próximamente no sería para nada agradable. Llego a las grandes puertas de roble de la habitación de su padre y sin ningún protocolo abrió las puertas.

El patriarca de los Malfoy estaba sentado en un extremo de su cama, observando perdidamente su mano derecha, una marca sobresalía de su palma, parecía una ampolla muy grande y dolorosa. Una ampolla llena de agua, una ampolla formada luego de una quemada. El patriarca volteo su mirada hacia su hijo y endureció al instante el gesto de su rostro.

- Déjame solo – espeto.

- ¿Qué paso? – pregunto el rubio ignorando las palabras de su padre.

- Déjame solo – repitió con más volumen en su voz.

- ¡Qué paso! – exigió Draco con desdén.

- ¡No sé! – estaban subiendo su voz cada vez más, Draco sonrió y respiro profundo. El orgullo de su padre estaba por el suelo y quería desquitarse con lo que tenía cerca. Él.

- Explícame. – Lucius lo miro con detenimiento y carraspeo.

- Fuimos a un bosque, habían dicho que allí se escondían miembros de la orden. No había rastro de nadie ni tampoco rastros de magia, Draco. Luego salió un puto tipo vestido de rojo y negro y mato a todos los demás. Me dejo vivo para dar un maldito mensaje, sino me hubiera matado.

- ¿Quién era ese hombre? – pregunto confundido el rubio, se acerco frente a su padre con el ceño fruncido.

- Dijo que se llamaba Andrew War – Lucius espeto el nombre con asco pero también con miedo y Draco pudo notarlo.

- ¿Cómo mato a los demás?

- No tengo ni puta idea – los ojos grises y fríos de Luius estaban llenos de confusión – no tiene sentido.

- ¿Por qué?

- No movió su varita, los mato solo porque ellos le apuntaban.

- No entiendo.

- Yo tampoco. – Grito Lucius. – Ellos le apuntaban y caían muertos. – El mayor de los rubios maldijo por lo bajo. – Voy a matar a esa escoria.

- Eso tendrá que esperar.

- ¿Qué dices? – Pregunto confundido - ¿Por qué?

- No podrás salir de esta casa en una temporada, me encargare de todo yo ahora.

- No me vas relevar. ¿Quién te crees que eres? – Lucius se levanto de la cama y lo encaro.

- Soy mejor que tú, padre. – Draco estaba inalterado. Recostado en la cómoda de su padre viéndolo con suficiencia.

- ¿Qué? – pregunto. Había fuego en los ojos del rubio mayor, quería desgarrar a su hijo por insolente.

- Lo que has escuchado. No saldrás de aquí porque estoy a cargo. No saldrás porque has dicho una sarta de estupideces. No saldrás de aquí porque te has cagado al ver a un pendejo con disfraz de cereza.

- No eres quien para darme ordenes.

- Ha sido mi Lord quien me ha dado este honor y no pienso defraudarlo. - Con tan solo mencionar al Lord el semblante de Lucius cambió, pudo ver el leve temblor en el labio inferior de su padre y no pudó más que sentir vergüenza.

- Eres mi hijo.

- Eso no es de importancia ahora, padre. – le espeto con arrogancia.

- Te vas a arrepentir de esto – le amenazo el rubio y busco su varita en la mesita de noche al lado de su cama pero no estaba allí - ¿Dond… - comenzó a preguntar pero al ver a su hijo la vio, la tenía entre las manos con una amplia sonrisa entre sus labios. – Dámela – le exigió.

- Para evitar una estupidez de tu parte, vamos a dejarte aquí unos días y luego veremos si puedo darte tu varita. ¿Te parece? – era una melodía como hablaba Draco.

- ¡NO!- grito Lucius, estaba que botaba espuma por la boca, necesitaban una antirrábica en el momento. Ese hombre estaba a punto de convulsionar.

- Que bien, padre. Nos vamos entendiendo. – Draco sonrió y salió al pasillo de la habitación. Escucho maldiciones e insultos dirigidos a él pero con un movimiento de su varita sello la habitación desde fuera y la insonorizo. Bajo despacio por las escaleras de su mansión y por primera vez después de 6 años sintió paz. Camino hacia las cocinas y se encontró con Mildred saliendo de una habitación – Mildred – la llamo. La mujer casi se desmaya al ver a su amo allí, en una planta indigna para él.

- ¡Amo! – Exclamo sorprendida - ¿Qué hace aquí? – estaba sorprendida y asustada. Draco la miro divertido pero aquella máscara de hierro no podía ser atravesada por nadie así que Mildred seguía sintiendo miedo.

- La comida se la aparecerán a mi padre, nadie puede ir a verlo. ¿Entendido? – Mildred asintió. – Ni siquiera los Elfos, si mi padre llama a un elfo no van a ir a su llamado.

- Amo pero ellos van a aparecerse.

- ¿Dónde están? – pregunto molesto. Esas malditas criaturas no entorpecerían su momento. – Vengan aquí todos, sarta de pestes. – De pronto uno a uno se fueron apareciendo frente al rubio, en una reverencia inhumana. Estaban casi aferrados al piso, hundiendo su frente contra aquella piedra húmeda y fría. - ¡Didi! – grito él. Habían aproximadamente 15 elfos domésticos frente a él, arrodillados en una reverencia exagerada con sus ropas o trapos para ser más exactos sucios y desgastados. Una elfina con gesto dulce y amable se acerco a él, tenía los ojos verde grama primaveral y un lindo vestido turquesa que no estaba tan en mal estado como el de todos los demás.

- Si, amo. – la reverencia fue menos pronunciada que la de los demás pero de igual manera escapaba de la vista de alguien moralmente normal.

- Ningún elfo obedecerá a las órdenes de mi padre. Soy el nuevo jefe de casa y solo se me obedecerá a mí y a mi madre. ¿Entendido? – Didi asintió con cariño pero ningún otro elfo respondió. – Pregunte que si ¡Entendieron! – el grito dejo aturdidos a varios de los elfos.

- Si – dijeron a unísono.

- ¿Si qué? – pregunto con agresividad.

- Si, amo – el grito había sido más fuerte.

- La comida la aparecerán en su habitación y nada más. Ningún contacto. – Draco miro a Didi rápidamente, luego a Mildred y salió de las cocinas con asco y una cara de muy pocos amigos.

Los elfos se levantaron con prisa del piso. Algunos lloraban por aquel trato inhumano que recibían diariamente, otros tan solo resoplaron con resignación. Ya estaban acostumbrados a la violencia, a la humillación, realmente estaban acostumbrados a ser esclavos. Algunos nunca habían sido otra cosa.

Mildred exhalo el aire contenido en sus pulmones y regreso a la habitación de Elizabeth.

- ¿Qué ha pasado? – pregunto Elizabeth cuando vio a Mildred entrar por la puerta. Ya había terminado su cena, se había bañado otra vez y estaba sentada en su cama. Había intentado abrir aquella puerta pero le había sido imposible. Quería salir corriendo y brincarle a ese rubio asqueroso y cobarde, matarlo con sus manos.

- El joven Malfoy es el nuevo amo de la mansión – explico rápidamente Mildred, tomo la bandeja con el plato y vaso de la mujer y la insto a que la siguiera. Elizabeth/Hermione quiso preguntar más pero se dio cuenta que la morena no le contestaría nada más – Te explicare tus labores de mañana. – La rubia parpadeo nerviosa. Tenía que ser fuerte, su oportunidad de sobrevivir comenzaba mañana.

- Bien – le contesto. Se puso de pie y salió por la misma puerta por la que había entrado esa mañana. Caminaron hasta un gran mesón de granito, la cocina era luminosa y limpia. Muy limpia.

- Los elfos preparan la comida y nosotras la llevamos. Ellos no tienen permitido ser vistos por nadie porque los amos dicen que son repulsivos – aquellas palabras Mildred las dijo con vergüenza – así que cada amo tiene su esclava. El amo Lucius no tiene esclavas porque termina matándolas a todas, así que la ama Narcisa le imploró que no tuviera más. El acepto pero el precio es alto para todas nosotras al principio. – Los ojos de Mildred se humedecieron un poco, el recuerdo de algún momento de su pasado le debía haber venido a la mente y la rubia no lo paso por alto.

- ¿Cuánto tiempo llevas aquí, Mildred? – pregunto la rubia con curiosidad.

- 3 años.

- ¿Y cuan… - pero no tenía las fuerzas para terminar de formular aquella pregunta.

- Fui violada por un año y 5 días, me violaron 258 veces, aborte 2 y el amo Draco y la ama Narcisa fueron quienes me salvaron – Elizabeth la miro de hito en hito. ¿Un año? No sabía que decir, su lengua se había quedado atragantada en su garganta y le era imposible proferir algún sonido coherente. Sus ojos se llenaron de lágrimas pero ninguna logro volcarse de sus ojos. – No llores, Eli. Yo ya no lo hago. Desde hace casi dos años no he sido tocada por nadie y espero seguir así hasta … - pero no dijo el tiempo, no dijo hasta cuando esperaba estar así. Simplemente le regalo una de sus sonrisas cálidas y se coloco frente a ella. – Mañana debes ir primero al despacho del amo Malfoy antes de servir el desayuno.

- ¿Por qué?

- No lo sé – respondió con sinceridad la morena – no durarás mucho. Después de eso debes ir a darle el desayuno a la ama Narcisa así que no creo que tarde tanto.

- Pero…

- Nada de peros. Ya te lo he dicho, Eli. Tú solo ve, asiente y regresas directo a las cocinas para buscar tu bandeja. ¿Entiendes? – La rubia asintió. Mildred le explico todas las cosas que debía hacer en aquella cocina, donde se guardaban los productos de limpieza para mantener su cuarto limpio, le explico que si lo consideraban apropiado con el tiempo seguro la dejarían ir al jardín para regar los rosales, las flores, los árboles frutales. Le explico sus limitaciones, no podía hablar con nadie, respondería a su amo solo si este así lo exigía, le explico lo que pasaría si intentaba escapar. Le dijo que era imposible. La casa tiene detector de magia, si intentas desaparecerte te interceptarán, si usas la chimenea esta se bloqueara. Saben dónde estás solo con decir tu nombre, ¿entiendes?, se lo había explicado tantas veces que su cabeza le daba vueltas. Le había asegurado que si intentaba escapar, te matarán, le repitió una y otra vez. Elizabeth simplemente asintió. Cuando se fue a dormir a su cuarto por primera vez, se sintió extraña. No podía conciliar el sueño en aquel mullido colchón viejo.

Se levanto con un resoplido y agarro el cobertor, lo coloco en el piso y con la sabana que vestía al colchón se arropo. La piedra fría no lograba penetrarla a través del cobertor pero si podía sentir su dureza, le recordaba que allí jamás debía sentirse cómoda. Que era una esclava y aunque ahora su presente era diferente seguía siéndolo y su principal objetivo era salir de aquel lugar porque aunque podrían matarla si lo intentaba, estaba segura que lo harían si no lo hacía.

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Estaba en una pradera llena de herbazales verdes, repletos de roció en sus superficies, característico de los amaneceres. El viento era templado, un viento de mediados de Enero, frío y húmedo. A lo lejos se podía admirar una gran montaña arropada por un manto blanco de nieve. El amanecer aún estaba rehusó a dejarse ver, solo pequeños rayos de sol alumbraban aquel prado, dejándote cautivo en sus colores, en sus olores y en la energía revitalizante que dejaba en tu interior.

Draco estaba parado en el centro de aquel prado e inspiro, una, dos, tres veces. Cerró los ojos y se sentó en la grama que le brindaba aquel lugar. Estaba vestido con un kurta blanco largo y unos churidar del mismo color que se hacían más angostos en sus pantorrillas, un bordado plateado resaltaba al kurta, una hermosa serpiente tridimensional ocupaba todo el torso de aquella prenda que lucía el rubio. Se apoyo sobre sus manos abiertas que sostenían su cabeza y observo el cielo que aún no estaba completamente claro, podía admirar ciertas estrellas que titilaban sin parar. Cerró los ojos y se dejo impregnar por la brisa fría que lo hacía sentir más vivo que nunca, sabía que estaba soñando pero ahora sabía que no solo eran sueños, sabía que eran algo más aunque no entendiera del todo que es lo que estaba pasando, quiso una vez preguntarle a Snape pero algo en su interior lo obligo a callarse, cada vez que intentaba responder sus preguntas había una fuerza mayor empujando en su interior que le decía. Cállate.

- Erase un cuervo sediento – escucho a la distancia, podía sentir las vibraciones de los pasos acercándose a donde estaba – El jarro tenía un poco de agua – la melodía era algo cómica pero a Draco no le causaba risa, la voz que cantaba aquella canción era hosca y varonil. Draco se sentó, apoyándose en sus brazos flexionados – El cuervo trajo unos guijarros – El hombre lo tenía ya a pocos pasos de él, era el mismo hombre de la primera vez. Desde ese día no dejaba de soñar con él, había intentado la primera semana en tomar pociones para no soñar pero no habían funcionado- Hizo subir el agua – El hombre se sentó frente a él con una sonrisa amable en su rostro – El cuervo bebió del agua. Fin de la historia – concluyo el hombre. Se miraron por un buen rato, Draco detallaba sus rasgos toscos y al mismo tiempo sutiles. Sus ojos grises, expresivos que escondían una galaxia en su interior, parecían ver más allá de lo que podía hacer cualquier ser vivo. Había notado días anteriores que las pupilas de aquel hombre no eran redondas como las de un hombre, eran verticales y delgadas, si detallabas minuciosamente podía verse un infinito vertical en vez de una pupila cotidiana.

- Ya lo hice – dijo de pronto Draco. Escucho en su cabeza la respuesta. No hables, aquel sentimiento de invasión lo desnudaba, haciéndolo sentir vulnerable.

- ¿Qué piensas? – Draco lo miro con la ceja levantada.

- Eso ya lo sabes – espeto con brusquedad.

- Lo sé pero hay rincones de ti que no puedo conocer – el hombre no se inmutaba por las groserías que el rubio le decía, siempre mostraba una afable sonrisa. Draco gruño por lo bajo y lo miro exasperado.

- Pienso que tengo mucho trabajo que hacer sino quiero que me maten.

- Sabes que eso no pasará.

- Puede pasar – dijo. Subiendo un poco el tono de voz, no se sentía cómodo ya en aquella pradera y el tiempo parecía saberlo porque el cielo dejo de mostrar aquellos rayos de sol del amanecer para tornarse gris y tétrico. – Va a llover – proclamo con desgana.

- Recuerda que tus emociones tienen poder, Draco.

- ¿Yo estoy haciendo que llueva? – pregunto escéptico.

- Y puedes hacer más – el hombre de repente se coloco de pie e hizo que el agua condensada en el cielo se precipitara, primero con una pequeña intensidad - ¿Más? – Draco lo miraba atónito, abriendo sus brazos en cruz y dejando que las pequeñas gotas de lluvia limpiaran su rostro, el hombre calvo sonrió y aquella llovizna invernal se volvió una verdadera tormenta torrencial que empapo a Draco de cabeza a pies, el agua que lo estaba empapando la sentía liberadora, reconfortante y aunque estaba fría no la sentía desagradable.

- ¿Estás haciendo esto? – pregunto sin dejar de mirar al cielo y tener sus brazos extendidos.

- Tú también puedes – proclamo el hombre. El aguacero era apoteósico pero Draco solo sonreía. Por alguna razón desde hacía años, décadas no se sentía así de bien. La última vez que se baño en la lluvia era un pequeñín, un pequeñín que tenía como mayor preocupación bañarse ese día o mentir que lo había hecho o si comía el brócoli del almuerzo. Ahora todas esas preocupaciones eran de un pasado tan lejano, de un pasado inocente que jamás volvería. Podía sentir sus ojos palpitar pues lo embargaba de pronto una tristeza, melancolía para ser más exactos de un momento de su vida que añoraba en esos momentos. Quería correr por aquella pradera y revolcarse en el barro que se estaba formando pero solo se quedo allí, parado en posición de crucifixión, mirando al cielo. Dejándose liberar con el agua que corría, no supo si alguna lagrima escapo de sus ojos porque el agua lo impregnaba todo pero cuando aquella tormenta ceso y sol salió se sintió realmente bien.

- ¿Cómo puedo hacer eso? – pregunto confuso.

- Recuerda que eres agua y el agua fluye en este planeta del mismo modo que en tu interior.

- Pero no tengo el poder de manejarla.

- Aún. – Sentenció aquel hombre sin dudas. – Pronto serás capaz de eso y más.

- ¿Más? – la duda abrumaba al rubio. El cielo se despejo por completo y aquel sol que aún no había dado la bienvenida apareció encima de él, brillando con intensidad. El viento era más cálido y no supo porque pero sentía que aquella naturaleza que lo rodeaba se sentía del mismo modo que él. Feliz por alguna razón.

- El agua lo es todo, Draco. Tienes mucho que aprender.

- Eres insoportable. ¿Te lo han dicho?

- Toda mi vida – confeso en una carcajada el pelón. Draco sonrió ladeando sus labios y se sentó de nuevo.

- Es hora de despertar. – dijo de pronto con cansancio.

- Es hora de despertar – repitió.

- ¿Nunca me dirás quien eres?

- Esa no es la pregunta adecuada – bromeo el pelón. Draco bufo sonoramente.

- ¡Cabrón! – exclamo el rubio despertándose. El sol estaba saludándole entre las cortinas de su habitación. Anunciando que el nuevo día ya estaba comenzando. Se paro desperezándose y se encamino al baño. Sabía que ese día sería uno largo. Muy largo y quería estar lo suficientemente despejado para enfrentarlo.

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La rubia no había podido dormir en toda la noche, de solo pensar que hoy vería a Draco la hacía temblar. ¿Qué pasaba si la reconocía? Él ya no era su compañero de clases, además siempre la había odiado. Si él sabía quién era ella, la muerte sería un abreboca. No podía negar el miedo que sentía, estaba indefensa en ese inmensa mansión. Ya la habían violado pero ella sabía que si descubrían que era Hermione Jane Granger mejor amiga del difunto Harry Potter, guerrera de la guerra mágica, hija de muggles y defensora de criaturas mágicas, su destino sería peor que unas cuentas violaciones.

No sabía qué hora era cuando entro en la ducha y se baño por mucho tiempo, hasta que sus dedos se arrugaron y sus labios no dejaron de temblar. Se dejo secar con el frío ambiente que era dueño de aquella minúscula habitación. Se coloco uno de aquellos vestidos horriblemente blancos los cuales ya odiaba, y se amarro aquel delantal negro con más fuerza de la necesaria. Solo rezaba porque aquel rubio albino y botador no fuera a violarla también.

- Hermione, tú puedes – se animaba con falsas esperanzas. La puerta de su cuarto se abrió y Mildred entro por ella con una bandeja.

- Buenos días – le saludo con la misma alegría que parecía fluir de ella de una manera inhabitual. – Aquí te traje el desayuno – declaro con educación. Hermione vio la comida y quiso vomitar, no podía ingerir nada. Solamente se tomo aquel zumo de naranja de un sopetón y respiro con dificultad.

- No tengo hambre – las manos las sentía sudar sin control y temblar ligeramente. Mildred la miro enternecedoramente y le tomo las manos.

- No tengas miedo, el amo Draco no es malo - ¿Cómo podía decir aquellas cosas esa mujer? No se daba cuenta que era una esclava. Que no la jodieran, no significaba nada. Hermione bufo y apretó sus manos antes de soltarla. – Ya van a ser las 7. Te acompañare a su despacho, ya sabes. No hables, solo responde educadamente y siempre agregando amo en tus oraciones. – La rubia asintió y miro al suelo, quería rodar los ojos pero ella sabía que aquella mujer no tenía la culpa de nada. Estaba pensando seriamente en saltarle encima al hurón y matarlo con sus manos, total, estaba segura que de no hacerlo su muerte estaría próxima.

- Gracias – la rubia tomo un vaso de agua antes de salir y se encamino detrás de Mildred. Memorizando todo lo que veía a su alrededor. Su memoria fotográfica tenía que seguirle funcionando.

- Amo Draco – dijo en apenas un susurro la morena, habían subido dos pisos después de las cocinas, habían pasado por un salón principal inmenso donde había una gran chimenea en uno de los laterales, recordaba aquel lugar, fue el primer lugar donde fue abusada, luego subieron por unas escaleras amplias que tenía dos laterales, podías subir o bajar de una lado. Era gigante, en el centro de aquellas escaleras de madera oscura reposaba una alfombra vinotinto que se veía de lo más lujosa. Cruzaron a la derecha y se detuvieron en la primera puerta frente a las escaleras, estaba en un pasillo largo y amplio con muchas puertas en el. A la rubia le carcomía la duda de saber que albergaba en aquellas habitaciones pero cuando escucho los nudillos de Mildred chocar contra la gruesa y oscura puerta y llamar al rubio, apretó sus manos con fuerza al vestido. Sentía un vació en la boca de su estomago, justo por debajo de su diafragma. Una sequedad repentina en su boca y si tuviera un espejo frente a ella podría comprobar cómo sus pupilas estaban dilatadas. La secreción de epinefrina debía superar los 1000ng/L en su organismo, su corazón latía sin control y sus piernas temblaban ligeramente.

Estaba demasiado asustada y odiaba sentirse así. Apretó sus muslos con fuerza y se obligo a controlarse, podía delatarse. Era imposible pero su mente obsesiva lo veía como una posibilidad.

- Pasa – escucho la rubia desde afuera y trago grueso. Mildred abrió la puerta dejándola pasar y la cerró, saliendo del lugar no sin antes suspirar y orar en susurros porque todo saliera bien.

- Buenos días – dijo Elizabeth en apenas un susurro. Draco estaba detrás de un escritorio de ébano semicircular, sentado en un sillón de cuero negro con posabrazos anchos.

- ¿Cómo te llamas? – pregunto ceñudo. Elizabeth lo miro a los ojos y bajo la mirada en el acto, Draco la estaba inspeccionando con la mirada de una manera muy intimidante.

- Elizabeth Difel – respondió con un tono de voz más alto.

- Acércate – ordeno. Elizabeth obedeció pero se mantuvo alejada de él, 5 o 6 pasos alejada de aquel imponente escritorio antiguo. - ¿Eres mestiza? – La rubia asintió – Habla – ordeno de nuevo.

- Si.

- ¿Si qué?

- Si, amo. – Sus nudillos estaban blancos por estar tanto tiempo apretados. Sentía la piel de sus muslos quejarse debajo de aquel pellizco inaguantable pero ella aguantaría, era la única manera de no temblar y mantener una respiración pseudo constante.

- Mildred te ha dicho tus deberes, ¿verdad?

- Si, amo.

- ¿Te ha dado ropa?

- Si, amo.

- Empiezas hoy – sentenció el rubio.

- Si, amo. – Hermione estaba a punto de bufar, aquellas preguntas le parecían tan estúpidas.

- ¿Tienes alguna pregunta? – el tono de voz que uso Draco fue de diversión. La rubia le miro con cuidado y podía notar como la miraba con una sonrisa ladeada, la misma sonrisa que hacía unos 8 años o más había borrado de sus labios partiéndole la nariz. ¡Merlín! Como deseaba repetir eso.

- ¿Qué hará conmigo? – pregunto con aplomo.

- ¿Qué quiere que haga? – pregunto con la ceja levantada. Elizabeth sin pensarlo retrocedió dos pasos hacia atrás. No podría soportar aquello, no de él. Su mente sonó las alarmas y sus ojos se humedecieron.

- Nada – dijo en un susurro tembloroso y atemorizado.

- No te asustes – espeto con rudeza. – No pienso violarte si es lo que te preocupa.

- ¿Entonces? – pregunto visiblemente aliviada.

- Tienes que preguntar con el amo de prefijo o sufijo – el malhumor del rubio iba en crescendo.

- ¿Entonces que desea, amo? – el amo fue pronunciado con descortesía. Draco sonrió.

- Bueno, quería verte bien la cara y – comenzó y se levanto de su asiento, apoyo sus manos en el escritorio y se inclino hacia adelante, ensanchando una sonrisa que hizo fruncir el ceño de la rubia - ¿Quiero saber hasta cuando te durara el hechizo de transfiguración modificada antes que vuelvas a convertirte en la insufrible sabelotodo y te maten? – La rubia lo miro impactada y esta vez su espalda se pego contra la puerta. ¿Lo sabía? Trago con dificultad y noto como sus pulmones comenzaban a hiperventilar, sus piernas a temblar y su corazón a bombear sangre de una manera nada sana.

- ¿Qué? – pregunto temblorosa.

- Lo que escuchaste, Granger.

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CHA CHAN!

A ver, a ver... ¿Qué les parece?

¿Nos vemos prontico o se harán de rogar?

¿Quién es Andrew?

¿Draco lo sabía desde un principio?

¿Qué hará Hermione ahora?


LadyRavenclaw... Te extraño. En serio. Gracias por darle la oportunidad al fic y espero tus review en una serie de eventos afortunados. Extraño leer tus hermosos comentarios.