CAPÍTULO 1

Dos semanas después…

-¡Baja del auto, Ian Grey!

-No quiero.

Ted observaba frustrado a su hijo de diez años que se mantenía en el asiento trasero con el ceño fruncido y los brazos cruzados sobre el pecho. Bufó y se sentó junto al niño que seguía enfurruñado y sin mirarlo.

-Lamento que esto esté pasando pero es lo mejor-dijo Ted en tono conciliador-. ¿O acaso te gustaba ver como Katrina y yo nos gritábamos enfrente de ustedes?

-No-repuso y miró a Ted-. Pero tampoco tenías que alejarme de mis hermanos y de mi mamá

-Podrás verlos cuando quieras y a ella también-repuso Ted con una sonrisa-. Por ahora necesito que bajes del auto y entres a la casa. Tengo que hablar con tu abuelo.

-Está bien-dijo Ian de mala gana y bajo de un salto del Maserati Quattroporte S Q4 que Ted había adquirido recientemente.

Theodore observó a su hijo correr a la casa, dejando las huellas de sus pies en la nieve. Sonrió con tristeza y salió del auto, cerrándose un poco la chaqueta. El invierno estaba más fuerte que nunca ese año y el frío era insoportable. Más ahora que no tenía a quien abrazar en las noches.

-Deja de pensar en eso, Grey-se dijo a sí mismo en voz alta-. Ya todo termino con ella.

Salió del auto y caminó hacia la casa. Observó los dos Audi R8 de sus padres, uno al lado del otro y luego el Saab de su madre que tanto ella adoraba y el Audi A7 de su padre y sin querer recordó como lucía de curiosa la motocicleta Ducati de Katrina junto a su BMW que terminó en la chatarrería cuando tuvo aquel accidente por conducir como loco para llegar al hospital para acompañar a Katrina en el parto de Nick. Por eso obtuvieron el Volvo V60 y fue el único que tuvieron hasta que comenzaron los problemas y el divorcio se hizo más que real. Vendieron el auto familiar y Katrina recibió por parte de Christian un hermoso BMW 640i, al que ella se negó a aceptar de inmediato pero el hombre la obligó con un simple señalamiento hacia los dos niños pequeños que estaban en la mesa dibujando. Katrina aceptó el auto, pensando que era obvio que Christian no iba a permitir que ella anduviera con sus dos nietos de dos y cinco años en la Ducati. Ted había agradecido ese gesto por parte de su padre.

Entró a la casa y no le sorprendió no ser recibido con los brazos abiertos por parte de sus padres. Anastasia se había vuelto un poco fría con él y le seguía dirigiendo la palabra pero ya no era cariñosa con él y Christian solo le hablaba para lo estrictamente necesario. Había venido a casa de sus padres porque su hijo quería ver a sus abuelos y él necesitaba hablar con su padre. Caminó hasta la cocina y encontró a su hermana entretenida con Natasha, su hija de dos años y a los lejos vio a Ian jugando con Eric y Bastián en la nieve.

-Hola, Phoebe-la saludó pero ella no respondió-. ¿Dónde están papá y mamá?

-No lo sé-replicó ella sin dejar a su hija que solo quería untarse la papilla de frutas en la cara en lugar de comerla.

-¿Sigues enojada conmigo?-preguntó Ted, cansado por la actitud desafiante de Phoebe.

-Te volviste un idiota-replicó ella y lo miró-. No sé cómo dejaste ir a una mujer como Katrina. Quiero que sepas que ninguno de los Romanov quiere hablarte y yo tampoco.

-¿Cuántas veces tengo que decir lo siento?-preguntó exasperado-. ¿Crees que esto es fácil para mí? Compartí cinco años de mi vida con Katrina y la amé pero ya no lo hago y no puedo estar con ella. No puedo lastimarla de esa manera.

Phoebe se irguió y cruzó los brazos sobre el pecho.

-Lo que me molesta no es que te hayas divorciado de ella-replicó Phoebe-. Es que no hayas luchado por tu matrimonio. ¿Crees que no sé qué comenzaste a mirar a algunas de las profesoras temporales de la academia? ¿Crees que no sé qué te revolcaste con un par de esas brujas mientras seguías casado?

-Tenía que buscar en otro lado lo que Katrina no me daba-replicó Ted, ante la sorpresa de su hermana-. Ella estaba más ocupada en ayudarle a mi madre con la editorial que atender a su esposo y me aburrí de eso. Lo de Jessica y Elizabeth fueron cosa de unas cuantas noches. Ambas se fueron.

-Papá no hizo lo mismo que tú-replicó Phoebe-, y mamá también estuvo ocupada en esa época. No todo en la vida es sexo, Theodore. Todos creímos que habías cambiado y habías dejado de ser tan superficial que solo le importaba lo físico. A veces pienso que nunca amaste a Katrina y solo te casaste con ella porque se embarazó de Dakota. Debiste haberla dejado irse a Rusia esa noche.

Ted bajó la cabeza y apretó los puños.

-En ese momento, no habría podido vivir sin ella-replicó Ted-. El paso del tiempo cambió muchas cosas, Phoebe. Ya no había amor. Incluso desde antes que yo le fuera infiel. No sé qué pasó cuando nació Nick. Por algún motivo ya no se veía como antes y nos alejamos.

Phoebe iba a hablar pero Anastasia entró a la cocina con un bebé de casi un año en sus brazos. Christopher era su nombre y Ana y Christian habían decidido adoptarlo unos meses atrás. La mujer se detuvo en seco cuando vio a su hijo mayor frente a ella. Ted la observó fijamente. Azul contra azul. Un duelo de miradas que duro por unos segundos hasta los balbuceos del pequeño Christopher los interrumpieron. Ana miró el bebé que estiraba los brazos hacia Ted para que lo cargara. Te sonrió y se acercó.

-Ven acá, pequeño bribón-dijo Ted, cogiéndolo en sus brazos y dándole un beso en la mejilla-. Cada vez estás más grande. Cuando menos me dé cuenta ya andarás conduciendo y metiéndote en problemas.

-¿Qué haces aquí, Theodore?-preguntó Ana mientras caminaba hacia la nevera.

Ted frunció los labios. Extrañaba que su mamá lo llamara Teddy.

-Vine a hablar con papá-repuso Ted-. Quiero disculparme por mi comportamiento.

-Tu padre no quiere verte-replicó Ana, sirviendo jugo en el vasito entrenador de Chris-. No le importa los motivos que te llevaron a divorciarte de Katrina y está decepcionado de ti. Además, que Elena ha estado detrás de él desde que tú y su nieta firmaron su separación. Está muy enojada.

-Lo que piense Elena no me importa-replicó fastidiado-. Katrina y yo ya tomamos una decisión.

-¡De acuerdo, Theodore!-dijo Anastasia más enojada que nunca-. ¡Entonces no vuelvas por esta casa! ¡Te desconozco, Theodore Grey!-se le quebró un poco la voz-. A veces me lo recuerdas a él cuando lo conocí.

-¿A quién, mamá?-preguntó Phoebe, levantando a su hija en brazos.

-A mí.

Todos voltearon a mirar a la puerta y vieron a Christian recostado en el quicio mirando fijamente a Ted que parecía no importarle ni cinco lo que su madre decía. El ceño de Christian se profundizó aún más y caminó hasta su hijo mayor y se detuvo frente a él.

-Dame a Christopher y vete de mi casa-le ordenó a su hijo.

-No puede echarme-replicó Ted-. También es mi casa.

-Ya dejó de serlo-replicó Christian y cogió al bebé que rompió a llorar con fuerza-. No eres más mi hijo. No fuiste capaz de cambiar por amor a Katrina y la engañaste con una cualquiera a la primera oportunidad que tuviste. No te mereces llevar el apellido Grey. Fuera de aquí.

-Me llevo a mi hijo, entonces-replicó Ted con el ceño fruncido.

-No te llevas a nadie-gruñó Christian-. Yo iré más tarde al Escala a llevártelo. Aunque la verdad, no me parece buena idea que se quede contigo.

-Es mi hijo y no me lo vas a quitar-replicó Ted y se enfrentó con su padre-. Y aunque pudieras hacerlo, no te dejaría llevártelo.

-Vete, Ted-dijo Phoebe, parándose frente a él y su padre-. Estás poniendo muy nerviosa a mamá.

Christian giró de golpe y vio que Anastasia estaba agarrada con fuerza de la puerta de la nevera, tratando de controlarse un poco. Se acercó rápidamente a ella y le pasó el brazo libre por los hombros para intentar consolarla un poco.

-Tranquila, nena-le dio un beso en la cabeza y se escuchó un leve gemido de su parte-. Ya se va.

Ted observó la escena y pensó si sería buena idea acercarse o no. Sin embargo, sabía que si lo hacía tal vez su padre lo alejaría con un grito de Ana y eso la alteraría más.

-Está bien-dijo en tono conciliador-. Me iré pero no puedes echarme de una casa que también es mía.

-Por hoy si puedo echarte-replicó Christian-. Ian se queda esta noche con nosotros. Necesitas tiempo para pensar. No es demasiado tarde para que salves tu matrimonio.

-Mi matrimonio ya está destruido-replicó Ted, bajando la cabeza-. Cuiden bien a Ian.

-Sabes que lo haremos.

Ted salió de la cocina sin despedirse y abandonó la casa. Se montó en su auto y arrancó. Las manos las llevaba crispadas sobre el volante y no sabía qué hacer. Se decidió por ir a un bar a desahogarse un poco. Llevaba apenas unos días divorciado de Katrina y ya se sentía descontrolado pero no le importaba.

-Ella ya no está y ya puedo hacer con mi vida lo que quiera-se dijo a sí mismo.

Se detuvo en el primer bar que encontró en el camino. Ni siquiera le prestó atención al nombre. Solo se metió y se sentó en la barra. Pidió una botella de Bourbon y comenzó a beber sin parar. Cuando ya estuvo lo bastante borracho como para no conocer a nadie, se paró y salió del bar. Caminó hasta su auto pero no podía ni sacar las llaves del bolsillo del pantalón. Mientras intentaba abrir el coche, alguien se le acercó y le puso un arma en la espalda.

-¿Qué quieres?-preguntó arrastrando la voz.

-Venganza-replicó la voz de una mujer y le enterró el cañón del arma un poco más.

Ted se tensó al escuchar tan grave afirmación.

-Te equivocaste de sujeto-replicó Ted- No le he hecho daño a nadie.

-Ángela Holmes no fue la única chica que dejaste con el corazón roto, Grey-replicó la mujer.

-¿Quién eres?-preguntó Ted, preocupándose más-. ¿Qué sabes de mí?

-Por ahora no importa quién soy-replicó-. Solo importa que voy a hacerte la vida un infierno. Perderás uno a uno los miembros de tu familia y amigos y sabrás lo que es el dolor. El dinero no compra la felicidad.

-Aléjese de mi familia-dijo Ted, poniendo un poco más de atención.

-Tienes tres lindos hijos a los que disfrutaría tener conmigo-dijo la mujer, haciendo que Ted se pusiera furioso e intentara soltarse pero por algún motivo no podía hacerlo.

-Basta-gruñó enojado-. Suélteme.

-Adiós, niño Grey-le dijo la mujer y le dio un golpe en la cabeza con el arma. Luego se fue

Ted se cogió la cabeza e intentó recomponerse para seguir a su atacante pero la fuerza del golpe le hizo perder la consciencia y cayó al suelo, en medio de la sangre que salía del golpe que le había dado la mujer.