Capítulo uno

-Todo partió en Holanda, en la casa de mis padres: vivíamos en una de las casas más bonitas de la ciudad y todo el mundo conocía a mi padre, ya que trabajaba en el banco- comenzó mientras yo le miraba totalmente interesada-. Yo era judía y con mis hermanas asistíamos a un colegio judío que quedaba muy cerca de la casa. Mi hermana mayor, Emily, se había casado hace muy poco y siempre iba por Bianca y por mí al colegio.

"Los alemanes nos habían invadido hace casi un año y ya estábamos acostumbrados a verles por las calles. En un solo día nos tuvimos que adecuar a sus leyes, sus costumbres e incluso su hora. No eran sujetos desagradables, quiero decir, a nosotras no nos molestaban, ya que al ser judías debíamos llevar la estrella de David en el pecho lo que obviamente nos quitaba todo el posible atractivo que podrían haber visto en nosotras. Por lo general nos ignoraban o nos miraban con un profundo desprecio, también teníamos prohibido caminar por las veredas: siempre debíamos ir por la calle y rezar porque a algún conductor no se le ocurriera acelerar en un momento inoportuno.

-¡Es tan injusto!- protesté mientras caminaba con mis hermanas por la calle y pasábamos junto a una heladería- ¡Quiero entrar a esa heladería! ¡Hace tanto tiempo que no entramos y ahí se preparan los helados más ricos de la ciudad! ¡¿Por qué también nos privan de eso?!

-Alice, por favor, no hagas escándalos- me regañó Emily-... ya sabes que no podemos entrar porque somos judías, si entramos el dueño llamará a los oficiales y nos meteremos en problemas. Mejor sigue caminando para llegar pronto a casa y puedas hacer tu tarea...

-¡Tengo una idea!- exclamé emocionada-: si me quito la estrella nadie sabrá que soy judía: entro a la tienda, compro los helados y nadie sabrá nada. ¡Es el crimen perfecto!

-¡Ni siquiera lo pienses!- Emily me miró enfadada como si hubiese dicho algo realmente horrible- ¡Nunca debes olvidar quien eres, Alice! Somos una familia de judíos y debes portar esa insignia con orgullo ¿lo entiendes?

-¡¿Con orgullo?!- la miré con toda la rabia que era capaz de expresar- ¡Esta maldita insignia me ha privado de todo! ¡Es injusto que no podamos entrar a las tiendas! ¡Es injusto que ni siquiera podamos caminar como la gente normal!

-No podemos hacer nada contra eso, hermana- Bianca me tomó del brazo y me obligó a seguir caminando-. Es peligroso si entras a esa tienda, solo debes aceptarlo y ya está.

Pero era realmente injusto, yo amaba los helados y que me privaran de uno de los mejores placeres de la vida no me parecía correcto. Nunca se me ocurrió pensar que ese iba a ser el último día en que vería esas calles, de hecho nunca me imaginé que ese iba a ser el último día en que dormiría en mi cuarto o usaría mi ropa... de hecho, nunca pensé que esa noche sería la última vez en que vería a mi familia reunida.

Al llegar a la casa lo primero que sentí fue el rico olor de la comida y los pasitos de Cynthia que venía corriendo desde la cocina: es la niña pequeña que está en brazos de mi mamá en la fotografía. En ese entonces tenía cuatro años y era una niña realmente adorable: tenía sus ojos verdes y carita de muñeca. Desde que nació fuimos muy unidas: ella casi siempre estaba en mi habitación y yo normalmente disfrutaba de poder peinarla o leerle sus libros de cuento.

-¡Alice!- exclamó contenta de verme. Yo la tomé en brazos y la besé en la mejilla- Mamá está preparando algo muy rico de cenar ¡Yo estuve ayudándola!

-Si eso es cierto, entonces la cena de esta noche estará increíble.

-Alice, Bianca suban a cambiarse el uniforme- nos ordenó mamá desde la cocina.

-¡Sí, mamá!- exclamamos las dos a coro.

Éramos una familia muy unida, yo adoraba a mis padres y a mis hermanas. Peleábamos a veces sobre quien había tomado sin permiso algunas cosas, pero el cariño siempre estaba presente y me atrevo a decir que nunca lo valoré hasta el momento en que tuve que vivir en el campo de concentración. Era normal levantarme, tomar el desayuno y caminar con mis hermanas al colegio, de hecho incluso era normal solo estar en casa como si fuese una burbuja en la que no tenía mayor consciencia de lo que pasaba en el mundo con los horrores de la guerra.

Recuerdo que después de cambiarme de ropa, Bianca, Cynthia y yo habíamos empezado a jugar a las escondidas. Bianca estaba contando a la salida de la habitación mientras mi hermanita y yo corríamos buscando un lugar en el que escondernos. Había bajado a toda la velocidad las escaleras y corriendo en busca de un escondite choqué con papá, haciendo que todos los papeles que tenía en las manos volaran por los aires.

-Otra vez corriendo, Alice...- suspiró antes de que le ayudara a recoger los papeles. Papá me sonrió antes de encender su pipa- ¿Cuándo será el día en que irás con más cuidado, jovencita?

-Este... lo siento, papá- respondí riendo antes de besar su mejilla-. Es que Bianca, Cynthia y yo estamos jugando a las escondidas y me ha tocado esconderme para que Bianca no me vea.

-Ya no eres una niña, Alice- me guiñó un ojo antes de darme un toque cariñoso en la nariz con su dedo-... Quiera Dios que siempre te conserves así de alegre, hija mía: no dejes que nadie, nunca te cambie y nunca olvides quien de verdad eres.

-Sí papá...

-Ahora... Emily está casada y ahora tu eres la hermana mayor- me miró a los ojos con seriedad mientras yo asentía un tanto preocupada-, por lo que tienes que cuidar de tus hermanas menores tal como Emy ha cuidado de ti durante todos estos años... Eres una chica inteligente y supongo que entiendes lo que te digo.

-Sí, papá.

-Una última cosa- me sonrió con complicidad antes de encaminarse a la cocina-, mi oficina está disponible para cualquier hija mía que quiera esconderse ahí.

-Si Bianca pregunta...- comencé riendo.

-... yo no sé nada...- completó él dedicándome una mirada de orgullo.

Jugué durante mucho rato con mi hermanita hasta que mamá nos reprendió para que fuésemos a cenar. Durante la comida no sucedió nada interesante: hablé sobre mis clases de piano y Bianca no dejaba de repetir que esperaba ir a la playa para las vacaciones de verano. Papá parecía un tanto distraído, sonreía cada unos cuantos minutos, pero su mente parecía estar muy lejos de casa.

-Familia- murmuró Emy tomando la mano de Gustav, su marido-... con mi esposo tenemos una noticia que darles.

-¿De qué se trata?- preguntó mamá emocionada.

-¡Estoy embarazada!- exclamó Emily muy emocionada mientras mamá se ponía de pie para abrazarla-... No queríamos decirles porque aún no era seguro, pero ahora está confirmado...

-¡Felicitaciones!- salté de mi silla para abrazar a mi hermana con fuerza. Si había alguien en el mundo que merecía ser mamá, esa persona era Emily. Me sentía tan feliz que por un momento sentí que todo comenzaba a ser perfecto- ¡Estoy segura que tendrán un bebé muy hermoso!

-¡Hay que brindar!- exclamó papá alzando su copa de vino- ¡Por Emily, Gustav y el primero de muchos nietos!

Bianca me miró con complicidad antes de beber de su copa. Ella también estaba contenta y cuando subimos a nuestra habitación comenzamos a conversar de todo lo que estaba pasando. Ella era dos años menor que yo, pero no por eso dejaba de ser hermosa: tenía los ojos tan verdes como la hierba del verano, el cabello azabache le caía suave por debajo de los hombros y su cara dibujaba dos hoyuelos cada vez que sonreía. Estoy segura que ella era la más bonita de nosotras, pero también la más inocente, no se había enamorado nunca y recién estaba dejando que un chico entrara a su corazón.

-¡Estoy tan contenta!- dijo desde su cama mientras terminaba de cepillar su cabello- ¡Cuando nazca el hijo de Emy quiero que me deje cuidarlo y llevarlo al parque!... Aún no nace y ya quiero cargarlo... ¡Estoy segura que tendrá los mismos ojos de Emily!

-¡Sí!- respondí sonriendo mientras imaginaba un futuro brillante y perfecto- ¡Será el niño más lindo de todo el país! Emily es tan buena que estoy segura que ese bebé tendrá a la mejor mamá del mundo...

-Tienes que casarte pronto- sentenció logrando que la mirara con el ceño fruncido-... ¡así tendrás hijos y Cynthia y yo podremos jugar con ellos!

-¿Por qué no te casas tú y tienes hijos propios?- le lancé una almohada que ella atrapó en el aire-... En la cena dijiste que te gustaba un chico; ¡Tal vez sea el futuro padre de tus hijos!

-¡No digas tonterías!- se ruborizó y yo comencé a reír sin poderlo evitar-... Ni siquiera he besado a alguien, además que me guste no quiere decir que también me quiera.

-Si es inteligente va a quererte, eres una buena chica, Bianca y a los hombres suelen gustarle las niñas buenas.

-Tú también eres buena, Ali... un poco terca e impulsiva a veces, pero me caes bien la mayor parte del tiempo.

Nos sonreímos mutuamente antes de acostarnos bajo las colchas y quedarnos dormidas. No exagero al decir que no llevábamos ni siquiera una hora de sueño cuando alguien prendió la luz y me retiró las sábanas con inusitada fuerza. Podía escuchar gritos y el ruido de las cosas al romperse, pero cuando abrí los ojos aún no era consciente de lo que estaba pasando: solo veía a unos tres militares que registraban mi cuarto, entre mi ropa y las pertenencia de mi hermana mientras nosotras permanecíamos en silencio, sin entender muy bien que estaba pasando.

De pronto el llanto de Cynthia me regresó a la realidad: la niña lloraba desconsolada a la entrada de mi habitación, por lo que sin importar que estuviese solo usando un camisón de dormir, crucé la habitación y la cargué entre mis brazos. Mi hermanita estaba tiritando mientras ocultaba su rostro en mi cuello, sin entender por qué esos hombres extraños habían interrumpido su sueño con gritos y rompiendo nuestras cosas.

-¡Lindo anillo!- exclamó uno de ellos revisando la caja de terciopelo en que estaba una sortija de mi abuela, mientras otro nos lanzaba a Bianca y a mi unos vestidos-... Creo que a mi esposa podría gustarle.

-¡¿Qué está pasando?!- pregunté preocupada.

-Pasa que tienes 5 minutos para vestirte y acompañarnos.

-¿Por qué?- pregunté mirándole a los ojos. Tenía miedo, pero no iba a dejar que un hombre así me intimidara: si algo aprendí en Auschwitz es que el enemigo nunca puede saber que tan asustada estás en realidad porque se aprovechará de eso para hacerte flaquear. Mire al militar mientras Bianca se ocultaba a mi espalda y me tomaba del brazo para evitar que hiciera una locura.

-Porque su padre y toda su familia están detenidos- sus ojos fríos no me decían absolutamente nada-; tienen 2 opciones: ir por las buenas o por las malas, ustedes deciden- de pronto se acercó a mí tanto que pude sentir su aliento en mi cuello-... es una lástima que seas una maldita judía, si no lo fueras ya estarías desnuda y jadeando sobre tu cama, encanto...

Apreté mi puño con fuerza, estaba a punto de golpearle o contestarle alguna estupidez, pero Bianca se dio cuenta y me miró con un poco de preocupación.

-No hagas tonterías, Alice- susurró ella en mi oído-. Mejor hagamos caso y vámonos con ellos: en el piso de abajo deben estar nuestros padres y es mejor si estamos con ellos.

Bianca y yo bajamos escoltadas por los militares a donde estaban nuestros padres. Papá se acercó a mi fingiendo una sonrisa y sostuvo a Cynthia en sus brazos: en el salón había muchos militares más que esperaban con sus rifles al hombro.

-Papá ¿qué está pasando?- susurré asustada- ¿Por qué estos hombres están en la casa y dicen que nos van a llevar detenidos?

-Nada, cariño...-dijo sonriendo mientras apretaba suavemente mi hombro- no pasa nada, tranquila... Solo tenemos que acompañar a los soldados y ver que es lo que quieren, eso es todo...

-Papá ¿de verdad es eso?

-¡Claro, princesa! No pasa nada: en solo unas horas estaremos de vuelta en casa...