Los siguientes años sirvieron de formación a Selgoras. Aprendió todo sobre los demonios, los ángeles, los subterráneos y los nefilim. Torturó las almas de aquellos que acababan en el infierno y no eran lo suficientemente diabólicos para ascender cómo él. Pero pasados unos siglos, todo le sabía a poco. Entonces un demonio mayor, uno poderoso cómo aquel que le dio su poder tiempo atrás, se presentó frente a él. Era imponente y aterrador, tanto que en su etapa mundana le habría resultado terrorífico.

—He venido desde mi reino, porque tus proezas han llegado hasta mis oídos—dijo con una voz que retumbaba por sus huesos—. Tenía que ver, con sus propios ojos, cómo era el mundano que consiguió convertirse en demonio.

—Aquí estoy. Selgoras, para servirle.

—Yo soy Asmodeus, uno de los gobernantes de Edom.

Selgoras, que hasta entonces había estado sonriendo, dejó de hacerlo y se inclinó para hacer una reverencia. No era para menos, dado en presencia de quién estaba.

—Es un honor.

—No hay honor entre demonios—escupió Asmodeus—. No hagas que me arrepienta de haber venido hasta aquí.

El demonio se incorporó inmediatamente. Nunca le habían explicado si había algún tipo de protocolo entre demonios, tan sólo sabía que a muchos de ellos les gustaba que les alabasen constantemente. Al parecer, el gran Asmodeus no era uno de ellos.

—¿Por qué el gran Asmodeus se interesa en un simple demonio?

—Porque tengo grandes planes para el futuro, y necesito a mi lado alguien como tú.

Estupefacto, Selgoras siguió hasta Asmodeus, que lo llevó hasta Edom. Dónde dejó de torturar almas condenadas, para ser una pieza esencial en una guerra que todavía no había empezado a despertar.