¡Hola! Reportándome de nuevo.

Quiero agradecer sus reviews y a las personas que se tomaron el tiempo de leer. No he tenido tiempo como para responderlos, y me disculpo por ello, espero ya poder hacerlo de ahora en adelante.

Lamento cualquier falta de ortografía.

Kuroko no Basuke pertenece a Fujimaki Tadatoshi.

Los hechos aquí relatados no fueron ni son reales, la trama es meramente ficticia sin ninguna base en alguna historia real. Cualquier parecido es coincidencia.


Seijuro miraba el sol naranja comenzar a ocultarse entre los edificios que formaban la Pequeña Italia. El cigarrillo entre sus labios, apagado, se balanceaba suavemente de arriba abajo, mientras con su mano derecha jugaba con el encendedor, prendiéndolo, dejando la llama unos segundos y luego apagándola.

El funeral había terminado hacía poco más de una hora, comenzó en la mañana, con una misa oficiada por el más alto cargo de la Iglesia que estuviera en un radio relativamente cercano y que Kise hubiera podido conseguir ayer. Había resultado ser un cardenal que por casualidad visitaba Nueva York en ese momento. Después de la misa, que le resultó eterna a Seijuro, poco dado a asistir a esa clase de cosas, prosiguió el desfile hacia el cementerio. Shuzo había recibido un entierro digno de un rey, Nueva York se había paralizado aquel día. Incontables autos abarrotaron las calles de la Pequeña Italia, y había tantísimas flores que el olor se sentía hasta en el último rincón del cementerio, Seijuro estaba un poco asqueado de él, a decir verdad. Habían llegado también los capos de las cinco familias, y sus respectivos caporegimes, además de otros personajes influyentes del país, y bastantes extranjeros. Su muerte había sido anunciada en todos los diarios y muchos de sus apadrinados, a quienes Shuzo había ayudado a llegar alto, lo proclamaron como el mejor hombre que vería el mundo en aquel siglo, y quien sabía en cuanto tiempo más. El mismo Shuzo había lucido regio, como si la muerte no hubiera hecho más que aumentar su grandeza.

Y si la misa fue larga, el entierro lo fue aún más. Pasaron horas antes de que todos terminaran de dejar sus flores y ofrecer sus respetos al difunto Don. Y más rato antes de que la última palada de tierra fuese echada sobre el féretro y chorreada la primera capa de cemento. La tumba sería enorme, los planos le habían llegado a Seijuro a eso de las cinco de la mañana. Hechos por un arquitecto de gran renombre, que se encargaría de darle a Shuzo un lugar donde descansar, que reflejara todo lo que fue durante su vida.

Seijuro suspiró cansado, había llegado de Orlando a eso de las cuatro de la tarde, solo para ser recibido con la noticia de que Shuzo había sido asesinado mientras él estaba volando. El tiempo se había disparado desde entonces, y entre una cosa y otra no había pegado el ojo. Ya no recordaba cuantos energizantes se había metido en el cuerpo, pero el número no era bajo, y ahora tenía la horrible sensación de estar muy cansado pero tener energía. Todos habían estado muy ocupados. Incluso Shogo había asumido sus responsabilidades con relativa madurez, cosa jamás antes vista, y a excepción de un par de escenas, había estado increíblemente tranquilo. Lo cual había sido muy útil, porque solo él y Shintaro nunca hubiesen podido con todo.

Ahora, las aguas parecían calmarse un poco, todo el mundo estaba asumiendo que Shuzo Nijimura estaba muerto. Pero Seijuro sabía que aquella solo era la calma previa a la tormenta. El jefe de jefes estaba muerto, quien lo contralaba todo, a quien debían de rendir cuentas las Cinco Grandes, ya no estaba, le habían metido un balazo en el corazón. Y ahora muchas cosas estaban en el aire. Desde las putas hasta los tratos con los irlandeses. Seijuro sabía que era totalmente imposible que las Cinco Grandes llegasen a un acuerdo, no, si alguien trataba se asumir el poder sería rechazado, la guerra estaba a la vuelta de la esquina. Los más seguro era que las familias se matasen entre ellas hasta que quedaran diezmadas y alguna, o alguien, se instalara por encima de todas y las doblegara.

Maldijo internamente a Shuzo por no haber tenido hijos. Un mocoso hubiese sido una solución más fácil. Un heredero. Pero no. Y ahora él debía de buscar partido. Las opciones pasaron por su mente demasiado acelerada, él era de los mejores asesinos de Shuzo, y, sumado a ello, el mejor cerebro que Shuzo había tenido a su servicio, cualquiera de las familias lo recibiría con los brazos abiertos, más que felices de tenerlo en la guerra que se avecinaba.

Pero, ¿debía quedarse? Tenía dinero, bien podría marcharse a algún lugar perdido y vivir cómodamente el resto de su vida.

Negó, era muy joven para pensar en eso. Además, aquel era su mundo, su espacio, su vida. Había seguido a Shuzo porque le agradaba, no sabía decir a ciencia cierta qué era lo que le agradaba de él, pero había algo. Pero ahora Shuzo estaba muerto, ya no iba a doblar la cabeza ante nadie. Buscaría una familia, y escalaría posiciones. Haría lo que se le daba mejor: mandar.

Y ya tenía una en mente.

La puerta se abrió detrás de él, pero Seijuro permaneció mirando por la ventada, el sol ya casi estaba oculto.

–¿Desde cuándo fumas, Akashi?

–Desde nunca –respondió– este sería el primero.

Seijuro se volvió, para encontrarse directamente con la mirada verde de Shintaro, que observaba con desagrado el pequeño cilindro blanco entre sus labios.

Guardó el encendedor en el bolsillo de su pantalón, y luego tomó entre sus dedos el cigarrillo.

–¿Te molestaría que fume, Shintaro? –preguntó juguetonamente.

–Me daría igual.

–Mentiroso.

Seijuro soltó una risa entre dientes, y el sonido le resultó raro, como si no hubiese reído en siglos.

Hizo girar el cigarro entre sus dedos, lo había sacado sin una razón en específico, sin tener claro si lo encendería o no. Shuzo siempre fumaba cuando se estresaba o se preocupaba, lo cual era poco, pero lo hacía. Daiki tuvo un tiempo en el que fumaba como chimenea, ya se había calmado un poco, pero al parecer no tenía intenciones de dejar el vicio. Y Seijuro se preguntaba si realmente el cigarrillo le ayudaría a relajarse. Finalmente decidió que debían de ser puros cuentos, además, nunca le había gustado el humo, sin embargo, se había lo había dejado en los labios, solo para tener algo en lo que dirigir la parte física de su atención, mientras su mente divagaba.

Sin quitar del todo su sonrisa guardó el cigarro en el mismo bolsillo donde había dejado el encendedor. Giró un poco la cabeza y observó la parte superior del sol, que se vislumbraba como una pequeña rueda naranja, desaparecer completamente entre los edificios. La luz de la habitación se redujo considerablemente, Seijuro encaró a Shintaro, que estaba al lado del interruptor de la luz eléctrica, pero no hizo el más mínimo ademan de encenderla.

–Shintaro –habló– me parece que no necesitas que te diga sobre lo que se avecina, ¿me equivoco?

Midorima negó.

–Excelente. Ha como están las cosas, es solo cuestión de tiempo, de muy poco tiempo, estamos hablando de días o incluso horas, antes de que esto estalle. Esto, aquí, ya no se sostiene, si Shogo vuelve a hacer un espectáculo como el que hizo hoy en la madrugada Daiki o Atsushi lo matarán. Y aunque no lo haga igual lo matarán, solo es un estorbo, si cree que puede tomar el lugar de Shuzo debe haber vuelto a consumir heroína.

–Soy consciente de todo eso, Seijuro –Shintaro no solía llamarle por su nombre, solo lo hacía cuando estaban tratando algo muy importante–pero no entiendo a dónde estás tratando de llegar con todo esto.

–Habrá guerra. Las Cinco Grandes se masacrarán entre ellas, y nosotros estamos a la deriva justo ahora. Debemos escoger bando ahora o luego ya no habrá opción. Entonces, ¿vendrás conmigo?

–No.

Seijuro le miró más fija e intensamente de lo que lo había hecho hasta ahora. Y por primera vez desde que lo conocía (muchísimos años), no fue capaz de descifrar la mirada de Shintaro.

Shintaro se ajustó los lentes, que relampaguearon con la débil luz proveniente de las lámparas públicas del exterior. La habitación estaba cada vez más oscura, y Seijuro notó que los ojos de Shintaro se veían casi negros.

–Irás con los Cacciatore, ¿cierto? Odio esa familia, Seijuro, lo sabes, jamás me uniría a ellos.

Seijuro suspiró. Se esperaba aquella respuesta desde que había comenzado la conversación. Sabía que Shintaro detestaba a los Cacciatore y todo su grupo, y que había una razón más allá.

Desde siempre, había sido con Shintaro con quien mejor se había llevado. Era, exceptuando a Shuzo, el único con un cerebro que siguiera medianamente el suyo, habían trabajado juntos por años, y Seijuro se sentía perfectamente cómodo a su lado, sin embargo, sabía que Shintaro desaprobaba algunos de sus métodos. Y que algo se había roto totalmente entre ellos desde aquella vez que Shintaro lo vio por primera vez con los ojos dispares.

Era una verdadera lástima.

–Como quieras, extrañaré jugar ajedrez contigo, Shintaro.

–Lo mismo digo, Akashi.

Seijuro se acercó, hasta que no estuvieron separados por más de dos centímetros.

–Yo también sé a dónde irás, Shintaro. Y si nuestras familias se enfrentan alguna vez, y tengo que matarte, lo haré. Sin siquiera dudarlo.

Sonrió. Quizá Shuzo si tenía algo de razón, era innatural que pudiera sonreír de esa manera después de decir cosas como aquellas.

–Yo tampoco dudaré, Akashi.

Shintaro le dio una última mirada, retrocedió hasta tocar la puerta con su espalda y salió de la habitación.

Una vez solo, Seijuro volvió a soltar una risilla. Era hora de llamar a Reo.

Pero antes, debía de ir al despacho de Shuzo, había cosas que necesitaba


El humo del cigarrillo ascendía en ligeras volutas hasta desvanecerse un tanto más arriba de su cabeza, la punta al rojo vivo del cigarrillo destacaba particularmente en medio de la noche.

Daiki dio una larga calada, y se quedó mirando al vacío luego de soltar el humo.

Había sido un día demasiado largo. Él estaba acostumbrado a dormir si quiera diez horas diarias, y no había dormido ni un minuto desde el momento en el que Ryota lo había llamado.

Ese día se había acostado a eso de las tres de la mañana, había tenido trabajo que hacer, y las cosas se habían extendido. Y a eso de las dos y resto la carcacha que había tenido que instalar y que se hacía llamar teléfono había comenzado a sonar. Al principio lo había ignorado, pero cuando ya llevaba más de cuatro minutos sonando se había levantado, dispuesto a pegarle una justa puteada a la persona que le estuviera jodiendo la vida. Y quizá soltarle unas cuantas amenazas. Pero en cuanto descolgó el teléfono la voz de Ryota había comenzado a chillar al otro lado.

No le había entendido ni media palabra, y había tenido que gritarle que se calmara.

Aunque Ryota había procurado hablar con más claridad, de igual manera casi no había entendido. Pero captó lo necesario. «Shuzo», «balazo», «muerte».

A partir de ahí los recuerdos se volvían un poco nebulosos. Recordaba haber salido a prisa de su departamento, que Akashi había llegado a eso de las cuatro o cinco, que Murasakibara y Midorima había llegado un poco después, ¿o había sido antes? No estaba seguro. Haizaki había llegado muy tarde, casi a las siete, había tratado de ponerse al mando y Murasakibara lo había mandado a la mierda. Aomine negó, y pensó que Haizaki había sido increíblemente estúpido. Hacer algo como eso en un momento como ese… De ahí, la noche se había pasado como un borrón, no había podido tomarse ni un segundo para respirar tranquilamente. Habían sido pocos los momentos en los que no pasó con un cigarro entre los labios. Calculaba que debía de haberse fumado al menos unas treinta cajas, o quizá más; normalmente se fumaba media al día, pero solía andar unas tres consigo. Recordaba que antes de que llegara Akashi ya había mandado a comprar una vez, y luego dos veces más antes de que el mocoso le trajera como doce cajas diciéndole que las tiendas cerrarían y no volverían a abrir hasta la mañana, así que no podría estar yendo a comprarle más. Y había pasado la noche, y la misa, y el entierro, y luego habían vuelto todos a lo que era Nijimura's Wine Corporation, el negocio tapadera de Shuzo. Akashi se había perdido escaleras arriba casi de inmediato, y Midorima lo había seguido apenas unos minutos después. Él, Ryota, Murasakibara, Haizaki y otro par se habían quedado desperdigados por el living, Haizaki había comenzado a decir tonterías de nuevo, Murasakibara le había escupido que no pensaba seguir órdenes de nadie, y mucho menos de él, Haizaki se había largado despotricando a diestra y siniestra, ypor la forma en la que Atsushi lo había mirado, Aomine estuvo seguro de que a Shogo le quedaba poco tiempo. Pero después de que Shogo se largara, las cosas se pusieron aún peor. Había tanta tensión en el aire que Daiki sentía que se podría cortar con un cuchillo. Incluso Murasakibara, usualmente relajado e infantil, se había mantenido con el ceño profundamente fruncido. Daiki sabía en lo que estaban pensando. Sabía en lo que todos estaban pensando: alguien, ahí, dentro de ese edificio, había matado a Shuzo, ¿por qué la certeza? No habían encontrado arma ni casquillos, pero, según lo que había podido deducir, aquel disparo no debía de haber venido de alguno de los edificios frente al restaurante, si no de los de más atrás, pasando por entre un par de bloques de edificios, había entrado por el centímetro que Shuzo usaba abierto en las ventanas, y se le había clavado justo en el pecho. Limpio y perfecto, no había rozado absolutamente nada. Era un disparo que solo un genio podría haber hecho. Y si se hablaba de genios a la hora de dejar como un queso a alguien, solo había cinco en aquella ciudad.

Parpadeó y dio otra calada. Las cosas se comenzarían a poner peliagudas en cuestión de nada. De repente la realidad le golpeó tan fuerte como un balazo.

Shuzo estaba muerto.

Muerto.

Repentinamente había quedado a la deriva y la guerra por poder entre las Cinco Grandes estallaría pronto.

Daiki tiró la colilla al suelo y se preguntó que debía de hacer a continuación.

Entonces, escuchó unos pasos delante de él. Rápidamente llevó la mano al bolsillo de su chaqueta, donde llevaba su pistola, pero pensó que si quisieran matarlo lo hubieran hecho sin que él se diera cuenta. Estaba parado justo debajo de una lámpara, así que no era capaz de distinguir la figura que se acercaba en la oscuridad. Pero sí podía identificar que era bastante más menudo que él.

La figura se acercó a la luz. Era un chico de cabello castaño, con unos enormes ojos chocolate.

–Mi jefe quiere verte.

Enarcó una ceja.

–No te conozco, ni tengo idea de para quien trabajas.

–Shoichi. Shoichi quiere verte.

¿La familia Denti? Daiki lo pensó por unos segundos. Realmente, podía escoger cualquier familia, todas recibirían con los brazos abiertos a alguien como él. ¿Debía de ir a hablar con Shoichi? ¿Con quienes le iría mejor?

–Uno de los bastardos, ¿eh? –sonrió burlonamente.

Le resultaba un poco curioso, cuatro de las Cinco Grandes estaban en manos de bastardos, solo los Cacciatore eran la excepción.

El chico arrugó un poco la nariz, pero no dijo nada, y dando media vuelta hecho a andar por donde había venido. Aomine lo siguió. Vería a Shoichi, y valoraría lo que él le ofreciera.

Siguió al chico por entre las oscuras calles, callejones y callejuelas de la Pequeña Denti camuflaban su negocio con un restaurante de comida italiana e internacional. Por detrás se extendía a cosas considerablemente más ilegales. Que manejaba Shoichi desde una oficina ubicada en la parte superior del restaurante.

Oficina a la que Daiki fue conducido en cuanto el chico se desvió y entró por una puerta trasera. Shoichi estaba sentado en un amplio sillón, revisando unos papeles. Unos metros a su derecha estaba a quien Daiki identificó inmediatamentecomo Makoto Hanamiya, su consiglieri.

Shoichi levantó la vista, y lo miró con los ojos entrecerrados (o cerrados completamente, Daiki no estaba seguro), y aquella sonrisa que se había hecho famosa. Aomine sintió que aquella mirada lo traspasaba.

–Me alegra que hayas venido, Daiki Aomine.

Daiki sonrió burlonamente.

–No es que lo hubiera planeado inicialmente.

Shoichi le sonrió también.

–Pero viniste. Si no tuvieras el más mínimo interés en mí o mi familia, habrías matado a Ryo justo cuando me mencionó.

El chico, Ryo, aparentemente, dio un respingo en la esquina donde se había mantenido de pie. Daiki lo observó por el rabillo del ojo. Con la buena iluminación de la oficina podía denotarlo mejor. Cabello castaño, ojos chocolate y una expresión que te decía que no sería capaz de dañar a una mosca. Daiki pensó que, de alguna forma extraña, le recordaba a Ryota; ambos tenían ese algo que les hacía parecer inocentes e inofensivos y les permitía entrar en confianza con la gente fácilmente.

–¿Qué me ofrece? –Daiki decidió ir directamente al grano.

–Sin rodeos, ¿eh? –Shoichi se ajustó los lentes, que relampaguearon con la luz de las bombillas– toma asiento –le indicó la silla frente a su escritorio. Makoto se removió en su sillón y Daiki sintió sus ojos olivas clavados sobre él mientras tomaba asiento.

Shoichi comenzó a hablar, sobre la familia, sobre sus negocios, sobre todo un poco. Daiki se perdió a la mitad de la parla. Si había algo en lo que no era bueno era para eso.

–Sí, muy bien –lo interrumpió– quiero ir al punto, ¿cuánto me ofrece?

–Ciento setenta y cinco.

Daiki arqueó una ceja y lo miró, preguntándose si era alguna broma estúpida. Shoichi ni siquiera parpadeó.

–¿Ciento setenta y cinco? Soy un profesional, ¿sabe? Yo nunca fallo. Por ciento setenta y cinco no mataría ni al poli más descuidado.

Shoichi levantó las manos.

–¿Cuánto te pagaba Nijimura?

–Dependía. La persona, o personas, cuánto tiempo me llevara, muchos factores, incluso el clima. Pero el mínimo eran doscientos cincuenta.

–¿Cuánto fue lo máximo que llegó a pagarte.

–Setecientos.

Daiki recordaba bien aquel encargo. Un político, protegido 24/7. Fue uno de los encargos más difíciles que Shuzo le dio jamás. Pero él no fallaba.

–Setecientos… –Shoichi pareció meditar la cifra por unos segundos– de acuerdo, te propongo lo siguiente: no tengamos una cifra fija, la negociaremos de acuerdo a cada encargo.

–No me gusta perder el tiempo, bastardo –escupió.

Rápido como un bólido, Makoto se levantó de su asiento. Daiki casi lo había olvidado. Distinguió el brillo plateado del cuchillo en las manos de Makoto, justo antes de que se le lanzara encima. Daiki se puso en guardia de inmediato. Se llevaba mejor con las balas, pero la lucha cuerpo a cuerpo no se le daba tan mal.

Makoto le intentó clavar el cuchillo en la cara. Era un golpe bueno, pero dejaba una breve abertura. Daiki lo aprovechó. Con un rápido movimiento sacó la navaja que usaba en la manga, esquivó a Makoto le sujetó el brazo y colocó la navaja en su garganta.

–Suficiente –la voz de Shoichi detuvo a Makoto de golpe– Makoto, retírate.

Daiki lo soltó y esbozó una sonrisa burlona.

–Te habría matado si hubiera querido –le escupió.

–Mírate el cuello, Makoto, deja de decir tonterías y lárgate –Shoichi se había puesto repentinamente serio, sus ojos estaban abiertos.

Con el ceño profundamente fruncido, Makoto se llevó la mano al cuello. La retiró rápidamente, tenía sangre en los dedos. Una delgada línea roja se extendía por su cuello. La sonrisa burlona de Daiki se ensanchó. Un par de milímetros más y Makoto se estaría desangrando en el suelo. Pero en ese momento, sus ojos ardían, y ardían de tal manera que incluso hicieron dudar a Daiki por unos instantes, y lo llevaron a preguntarse cómo es que él estaba bajo las órdenes de Shoichi.

Hanamiya abandonó la habitación lanzando maldiciones por bajo, y Shoichi recobró su sonrisa y sus ojos volvieron a cerrarse.

–Disculpa eso, Aomine. Y volvamos a nuestras negociaciones. Dejemos la base de doscientos cincuenta, y negociaremos lo que creas que vale más. ¿De acuerdo?

Aomine asintió.

–Y me gustaría que aclaremos otros puntos. Yo no soy tan suave como Nijimura. Yo elimino a quien se me ponga por delante. No importa si es hombre o mujer. O niños. ¿Dudarías si te encargo matar a un niño, Daiki?

–¿Dudar? –Aomine rio suavemente– No, dudar no, preguntaría cuándo.

Shoichi sonrió.

–Bienvenido a la familia


Ryota colgó el teléfono con un golpe. Daiki seguía sin contestar.

En la mesa, medio deshojado, estaba el periódico, abierto en la sección de sucesos, anunciaba el hallazgo de un cadáver flotando en las aguas del río Hudson.

La policía lo había identificado como Shogo Haizaki.