Enero 1993
El joven Aidan Grant caminaba bajo la estrellada noche. Estaba feliz de haber encontrado un trabajo de contable, cómo sus padres tanto habían deseado para él. Sin embargo nunca se le ocurría, que en ese inocente paseo nocturno, su vida iba a cambiar por completo. Del mismo cielo pareció caer un cuerpo, una mujer. Aiden se sobresaltó y sacó su móvil para llamar a emergencias. Pero entonces la mujer se puso en pie. Estaba en perfecto estado, se apartó un mechón de su rubia cabellera y se percató de la presencia del joven frente a ella. Pareció asustarse al hacerlo. Tenía algo especial, algo que hacía que Aiden se maravillara en lugar de rendirse al miedo tras lo que acababa de presenciar.
—¿Quién eres?
Necesitaba saberlo, nunca en su vida había necesitado tanto. Era un deseo poderoso que le quemaba por dentro. Sus ojos eran dorados, no, eran de oro fundido. Un oro fundido que caía en cascada, hipnotizante y hermoso.
—No debía hablar contigo, no debía dejarme ver.
Ella retrocedió, y él la dejó ir. No quería asustarla y parecía estar haciéndolo. Quiso apartar sus ojos de ella, para dejar de incomodarla, pero no podía. Había algo, cómo una magia extraña, que le impedía mirar a otro lado. Pero la magia no era real, era absurdo.
—Eres la criatura más hermosa que he visto nunca. Siempre he imaginado que así son los...
Ángeles. Entonces ella arqueó su espalda, y de ella brotaron dos gigantescas alas de blancas plumas. No daba crédito a lo que sus ojos veían, era real, un ser celestial. Siempre creyó que si los ángeles existían, dolería mirarlos cómo a un dios griego en la mitología. Pero ahí estaba ella, majestuosa frente a él. Imponente y bella. Alzó el vuelo y se hizo uno con la bóveda celeste. Aidan se quedó anonadado, mirando al cielo. Pero su ángel no volvió. Triste, se vio en la obligación de reemprender el rumbo a casa, con un vacío en el pecho. Porque no podía concebir cómo seguir con su vida después de aquello, cómo ignorar lo que acababa de pasar. Una suave brisa removió algo en el suelo. Una pluma. Aiden la recogió del suelo, en ella había algo escrito, cómo si hubiesen empleado fuego para grabar algo. Un nombre.
Zazriel.
Aquella noche Aidan volvió a su casa, escribió un email dimitiendo de su recién adquirido empleo y rebuscó entre sus viejas revistas. Cogió varias, un álbum de fotografías a estrenar y empezó a escribir. Y así siguió haciéndolo el resto de su vida.
