Disclamer: Death Note no me pertenece.


Mihael Keehl odia a Mail Jeevas. Lo odia de una forma que no es humana.
O tal vez, lo que realmente odia es su incapacidad de odiarlo.
Es que Matt jamás va a quererlo como él lo hace.
Lo que odia de Mail Jeevas es que le recuerda que es humano.


Chapter II.
Black Words and Hard Kisses.


Mello era una persona explosiva por naturaleza, y cualquiera que pasara un par de semanas teniendo moderada cercanía con el rubio lo podía adivinar. Esa misma furia que dejaba caer sobre los demás, mezclada con una inteligencia superior que lo hacían un ser sobrador y despreciable (para la mayoría) causaba que (la mayoría) de la gente se alejara en un abrir y cerrar de ojos. Nadie estaba para aguantar el comportamiento pestilente del mafioso.

Pero a Mello (no, a Mello no; a Mihael) jamás le importó. Cualquier diría que su actitud podía ser un escudo para defenderse del mundo o (y esta era la que todos suponían) un arma para alejar a las personas que no le servían. El muchacho en cuestión sabía que eran ambas cosas.

Solo una persona, de todos los que habían a su alrededor, se había quedado. Solo una persona había sido incondicional, le había sujetado la mano y le había defendido la espalda cada puta vez que había sido necesario.

«¡Te dije que te fueras a la mierda

A pesar de que ahora estaba haciendo lo imposible por alejarlo de él.


Matt sabía que su mejor amigo nunca había sido una persona fácil. Lo conocía desde que eran críos y estaba perfectamente bien con la situación. Mello se cerraba con todo el mundo pero, tal vez por su amistad y obediencia, él era el único que tenía permitido quedarse.

Desde la explosión, las cosas cambiaron.

Mello, el que siempre había usado cuero y musculosas, y le encantaba enseñar su cuerpo (y a veces lograba, sin saberlo, que Matt se babeara la puta camiseta), de repente se cubría con abrigos enormes, y usaba su cabello para taparse la cara. Mello, el que empujaba a todos fuera pero los dejaba acercarse si era por sus propios intereses, se cerraba a todos. Mello, el que hubiera muerto y hubiera matado por Matt (porque era mutuo), de repente no le dirigía la palabra en horas enteras (cuando vivían en el mismo suelo) y semanas (cuando estaban separados). Mello, el que siempre le sonreía cuando hacía algo bien, y se pasaba horas molestándolo porque lo único que tenían (su único hogar) era el otro… ya no era capaz de enfrentarse a él. Lo empujaba lejos. Lo apartaba. Le cerraba la puerta en la cara.

Y eventualmente, Matt (no, no Matt; Mail) dejó de intentarlo.


Mello sabe que está echando por tierra todo. Una amistad de años. Lo que construyeron juntos. Sus planes. Su futuro, si es que ese no estaba destrozado de antemano. Su única oportunidad de ser feliz.

Sabe que no tiene derecho alguno a estar enojado. Matt puede hacer lo que le plazca, ¿cierto? Él no tiene por qué tener celos. No tiene por qué sentir nada.

Pero Matt llega a casa con la camiseta mal abrochada, los goggles colgando de su cuello cubierto de chupetones y el cabello hecho un desastre, y algo en el pecho del rubio se desencaja. Algo se cae al suelo y se hace pedazos.

Desde la explosión, el complejo de inferioridad había crecido y empeorado; desde la explosión, Mello era incapaz de verse al espejo sin sentir asco. Y se había encerrado en sí mismo, alejando a todo el que quisiera acercarse. La falta de contacto humano le había congelado el corazón. Y por eso fue tan fácil que se cayera y se hiciera trizas.

Entonces, el rubio explota. Tal como explotó el edificio; de esa forma que solo él tiene, de esa forma que Matt conoce tan bien para ponerse la máscara de que no le afecta. Esa máscara que destruye al mafioso, porque Matt siempre fue enigmático, y jamás puede adivinar cuándo va a cruzar esa puerta y lo va a abandonar definitivamente, como todos los demás lo hicieron. Jamás puede perder el miedo de que él también se va a ir.


Se gritan a la cara. Se dicen cosas horribles. Se echan en cara cosas que pasaron cuando tenían quince años, aunque ahora tengan veinte. Mello le acusa de traidor. De mentirle, de engañarle, de abandonarle como lo hacen todos los demás.

Y entonces, el pelirrojo le suelta la verdad más dolorosa a la cara. La que duele aún más que si le hubiese dado un puñetazo a la cara.

«¿Cómo te he engañado? Si no somos nada».


Le duele más que un ojo morado, porque sabe que tiene razón.

Mejores amigos. Eso siempre lo había sido todo, ¿verdad? Un beso apasionado aquí y allá no lo había cambiado. Habían decidido, de silencioso acuerdo, fingir que nada había pasado.

No tenía ningún derecho de acusarlo por tener algún acostón. No tenía ningún derecho de acusarlo por avanzarlo y superarlo, a pesar de que él mismo era incapaz de mirar a otra persona de la forma en que miraba a Matt; como si él pudiese poner las estrellas y la luna en el cielo cada noche; como si Matt fuese el centro del universo; como si Mail Jeevas fuera un imposible de la existencia, porque ni siquiera dios (si estaba ahí) podría crear a alguien tan perfecto, tan honesto, tan inmenso y tan hermoso al mismo tiempo.

Mierda, ni siquiera tenía derecho a acusarlo si se conseguía un novio.

Uno que no fuera él.


Mihael no sabe en qué momento sujeta la camiseta del pelirrojo y lo empotra contra la pared más cercana. Golpean la mesa en el intento, logrando que un chocolate a medio comer y una cajetilla de cigarros caigan juntos al suelo. No planea besarle, tampoco tiene el valor. A duras penas puede mantenerle la mirada. Las lágrimas tibias que brotan y caen de sus ojos azules parecen, de a poco, ayudar a quitar el hielo de los pedacitos que quedan de su corazón.

«No me dejes».


Mihael Keehl odia a Mail Jeevas. Lo odia de una forma que no es humana.

O tal vez, lo que realmente odia es su incapacidad de odiarlo. Lo que realmente odia es que Matt jamás va a quererlo como él lo hace. Lo que realmente odia es que lo hace sentir débil, vulnerable, como no se había sentido desde que supo que L estaba muerto. Lo odia porque lo está arruinando, porque lo hace sentir miserable.

Lo que odia de Mail Jeevas es que le recuerda que es humano.

Lo odia porque no puede evitar estampar sus labios contra los ajenos. Lo odia porque lo ama. Lo odia porque lo necesita. Lo odia porque, cuando descubra lo hermoso que realmente es, Matt puede salir por esa puerta y no volver a mirarlo jamás. Porque Matt es hermoso, porque Matt brilla por su cuenta, porque Matt puede tener una vida brillante bajo la luz del sol.

Y Mello solamente sabe hundirle en la miseria.


Mail Jeevas nunca termina de entender a Mihael Keehl. Y no sabe si quiere hacerlo.

Pero sí sabe que no quiere irse.

Sus labios chocan, se mezclan entre el frío, el sabor a cigarrillo y dulce, y las lágrimas tibias. El rubio sujeta la camiseta ajena con toda la fuerza que puede y el pelirrojo le sujeta del cabello para impedirle apartarse. Para que no se vaya.

Matt nunca fue bueno con las palabras. Y él lo impulsa a actuar.


Es un beso que sabe a hogar. Sabe a las palabras no dichas. Sabe a los sentimientos no expresados, al miedo, a los complejos. A todo lo que pueden perder. A dos chicos destrozados que tal vez no funcionen perfectamente, pero no se cambiarían por nada ni nadie.

Es un beso que tiene sabor a «no quiero que te vayas».

Y una sonrisa en el medio que responde silenciosamente: «no voy a irme».