Se mete a la ducha lentamente. Voltea solamente su rostro para mirar a su pareja y los orbes hambrientos de Sheldon se reflejaron en sus ojos verdes. Ver aquello la motivó todavía más para continuar con su juego de conquista. Estaba dispuesta a seducirlo, a embrujarlo y hechizarlo. Su preciosa anatomía de mujer, unida a su mirada rellena de mágico amor, convirtieron todo en un edén del que era imposible salir.

Abrió el grifo, cuidando de moverlo hacia la izquierda para que el agua saliera fría, pero no lo suficientemente helada como para pensar que provenía del polo sur. Hecho esto, el líquido comenzó a correr acariciándola maternalmente. La temperatura fue la exacta, precisamente la que deseaba. Se desplaza por su rostro, deslizándose por las mejillas, recorriendo sus curvas y muslos hasta terminar el viaje en la punta de sus pies. El sonido inconfundible y melodioso del agua cayendo hacía eco por las paredes cubiertas de finos azulejos.

Fue una delicia refrescante sentir algo así cuando el calor era tan intenso. Todas las células gimieron de placer al recibir cada gota del líquido vital. Cada contacto, cada caída, producía un irrefrenable enjambre de éxtasis en la piel. Placer paradisíaco, era.

Puso las manos sobre sus pechos como si abrazara la fría y placentera columna de agua que la recorría, tomándose todo el tiempo del mundo para deleitarse con tal sensación. Cogió el envase del champú y puso una pequeña porción en la palma de su mano. Su aroma frutal sería un buen complemento para acariciar todavía más el olfato del hombre que pronto la acompañaría. Aplicó la porción en el sedoso cabello y obtuvo abundante espuma como premio.

Masajeó suavemente los cabellos que ondulaban hasta sus hombros. Sus dedos se entrelazaron entre mechones con la intención de desenredar alguno, pero afortunadamente ninguno lo estaba. En ese sentido, tener el cabello liso era una bonita bendición.

Se pone de frente para que su pareja la vea a placer. Sus senos, su torso, sus piernas, su rostro ardiente de pasión. Él, queriendo verla todavía mejor, fue hacia el interruptor de la luz y lo encendió. ¡Cuán bella estaba! La fuerza de la juventud había impedido que eso dejara secuelas en su figura. Muy hermosa lucía, como siempre.

Amy siguió el masaje capilar, acariciándolo fastuosamente frente a la vista de su amor. Deseaba ser sensual, atractiva y sexy para él. Que sus ganas de poseerla se volvieran completamente incontenibles, llevarlo al límite de la animalidad.

Sheldon, al verla de esa manera, comprendió lo exquisitamente excitante que resultaba el cabello mojado. Y la piel no se quedaba atrás: brillaba intensamente gracias a la cascada artificial que la acariciaba.

¿Se puede soñar con los ojos abiertos? Sí, con ella eso era posible, Amy era la más clara prueba que sí. Ella simplemente era un sueño hecho realidad.

La beldad acarició sus pechos ante la mirada deseosa de su hombre, admirando esa mirada hambrienta que le brindaba. Él aprecia la nívea piel de sus senos, pero más aprecia aquello que los coronaba: los dulces pezones. Aquellos botones rosados, erectos y turgentes se le hacían sencillamente irresistibles.

Pasión, deseo, cariño y amor. La amalgama de todo ello resultaba increíblemente motivadora a la vez de excitante. Su Amy lo embelesa cual conjuro, pues había creado un mágico hechizo imposible de romper.

Por un momento, la neurocientifica dejó salir su cuerpo del chorro de agua y las gotas en su piel, al alero de la luz, brillaron como pequeñas y hermosas perlas. En forma seductora, deslizó los dedos por sus muslos; a veces juntándolos para prohibir la vista de su feminidad, a veces abriéndolos un poco para conceder lo que tanto ansiaban esos orbes masculinos.

Sheldon, cada vez que observa el órgano sexual femenino, tenía que hacer un esfuerzo sobrehumano para contener las ganas de lanzarse encima y poseerla como un adolescente en celo. Esa mujer lo volvía loco, le destruía toda señal de timidez e incluso su lógica. Apenas fue capaz de resistir las ganas de hacerla suya en ese mismo instante. De hecho, la excitación ibain crescendocada vez más, como un géiser a punto de hervir por los cielos.

Amy se sumergió nuevamente bajo la columna de agua y, de entre ella, emergió su índice para llamarlo. Había llegado la hora de tomar dulce acción...

El físico teórico no dudó en hacer caso al llamado de la provocación, entra en la ducha sin siquiera quitarse los pantalones. ¿Qué más da que se mojen? Sólo quiere estar con ella en ese mismo instante, sin ninguna dilación. Disfrutar ambos del intenso y profuso rocío artificial que los acaricia.

Respiró la hermosa y elegante fragancia que despedía su cabello mojado. Pero ella, impaciente, no dejó que lo hiciera por mucho tiempo: como una cazadora se lanza sobre sus labios, provocando un beso lleno de lujuria. Se besan inyectados en la locura del amor: mordiéndose, succionando sus lenguas, acariciando incluso sus encías. Estaban locos de deseo ya.

Disfrutan el néctar de sus labios con una voracidad que un animal no dudaría en envidiar. Se desataron completamente de las cadenas que la mezquina cordura imponía. La cordura debía caer derrotada ante el amor, pues si no lo hacía nada en esta vida tendría sentido alguno.

El deseo lo consume todo, lo devora todo, lo explora todo. Sus lenguas se enfrascan en el éxtasis, jugando la una con la otra, como abejas revoloteando en busca de sabrosa miel.

Intentan aplacar el incendio que los consume por dentro. Sólo la pareja, el ser amado, era capaz de saciar ese fuego voraz que ardía a través de todas las células. La única manera de apagar las incipientes llamas era amándose, viviendo como nunca la mística ruptura del egoísmo.

Mientras el beso sigue concretándose, Amy, con sus manos anhelantes, desabrocha el molesto cinturón que le sostenían los pantalones. Fue él mismo quien terminó la labor, lanzando tanto el cinturón como el pantalón fuera de la ducha, sin importar donde cayeran.

Sensualmente, Amy termina el trabajo quitándole el bóxer, el cual cae al suelo como testimonio ineludible de la excitación. Sin perder más tiempo, toma contacto inmediato con el objeto de deseo recién liberado de la infame prenda. Lo recorre con sus manos con curiosidad ansiosa, como si fuera la primera vez que lo toca. Lo palpa, lo acaricia, desliza sus dedos a través de la hombría y no tarda en apretarlo entre sus manos. Quiere impresionarse con su dureza y el intenso latir de la sangre corriendo a través de sus venas. Sheldon, ante cada apretón, no puede evitar convulsionarse de placer.

Suelta su adicción por un momento y se lanza a besarlo, contactando su vientre con la dura virilidad de su amado. Toma los dedos masculinos y los dirige a su zona más íntima, con la intención de que haga contacto con toda la humedad que él le provocaba. Sheldon, lleno de ansias, palpa la intimidad femenina que dentro de poco vulneraría sin prolijo. Los curiosos dedos se deslizaron por los pliegues íntimos sin que ella tuviera que indicárselo, cuando se acercó a su lugar más sensible, ella se retorció dando un voraz gemido de placer. Sin hacerla esperar, estimula el tembloroso y palpitante clítoris que exclamaba excitación por doquier. Sheldon también tenía el maravilloso don de llevarla a un nivel de pasión que sobrepasaba todo límite o frontera.

El joven, sólo usando sus dedos, la hace gemir todavía más. Era una bendita locura para ambos, una locura que no se detendría por ningún motivo. La entrega total de los cuerpos y almas no podía ser interrumpida, las esencias mezcladas al dulce vaivén de sus caricias tampoco.

Ella se separa un poco y posa su mirada en el trabajado abdomen, el que parecía esculpido por las manos de una diosa. Pero a pesar de lo atrayente que le era, no podía mantener su mirada allí. Simplemente no podía evitar bajar su mirada directamente a la impetuosa masculinidad.

No podía entender como aquel órgano le atraía tanto. Sabía perfectamente que era parte de la sexualidad y el deseo, pero no podía comprender como no podía despegar su mirada de allí. ¿Sería normal eso? Sheldon la recorría de pies a cabeza: sus senos, el vientre, su feminidad, sus muslos y piernas. Sin embargo, ella no lograba hacer lo mismo. Era la imponente montaña, la cumbre carnal, la que atrapaba su total y completa atención.

Verlo le resultaba extremadamente erótico. Y más todavía bajo el flujo continuo de agua que lo acaricia.

Pliega su dureza al vientre de su esposa, deslizándola allí. La abraza y la apreta todavía más contra su cuerpo para que sienta todo el vigor de su excitación. Quiere que sienta toda la pasión que ella es capaz de provocarle.

La mujer se piensa en el cielo, paraíso, edén, o cualquier nombre por el que se le conociera. Pero no era solamente por el contacto de la hombría contra su cuerpo, también se debía a que en los musculosos brazos de él siempre obtenía una sensación de infinita seguridad. Sabía a la perfección que Sheldon la protegería de todo y de todos. Que la cuidaría de cualquier peligro, que la llenaría de amor por el resto de sus días. Abrazados puede sentir como sus corazones laten apresuradamente y al mismo compás, como si ambos órganos se dieran vida a través del rítmico son del amor.

-Te amo, Sheldon- Le dice perdida en el inigualable flujo cósmico del amor.

-Y yo a ti, Amy- Le contestó él con suma emoción.

La mujer cerró sus ojos para entregar su alma entera en lo que vendría: las bellas palabras fueron selladas con un apasionado beso, el cual unió sus almas a través de los candentes labios.

Quería conquistar su boca cual invasora en una guerra de deseo. Necesitaba reclamar esa boca, demostrarle que ella era su única dueña... ella y solamente ella era la dueña de sus besos. Nadie más tendría ese derecho nunca.

Siguió acariciando los labios de él con los suyos y buscó su lengua para succionarla. Cuando lo logró soltó un gemido por el dulce sabor que, por increíble que pareciera, la hizo arder más que una estrella en el firmamento.

Amy quiere sentir el calor de su alma acariciándola. Por ello, toma las varoniles manos entre las suyas y las lleva hacia sus tersas mejillas, para que la mire fijamente: simplemente amaba contactar sus almas a través de la mirada. Sus ojos eran azules como el cielo, para Amy emitían un brillo interior más intenso que la luz de sol. Sí, para ella eso era Sheldon: su sol. Esa mirada la hacía sumergirse en el inmenso calor del amor, esa mirada azul para ella no lo era, pues era tan clara como el arroyo más puro y prístino. Sí, podría perderse en esos claros iris por un tiempo incalculable, pues tenían la energía para cautivarla por toda la vida. Simplemente no se podía escapar de él, atraía y atrapaba, sin siquiera pretenderlo.

Sheldon siguió intoxicando sus sentidos con ella: el tacto con su piel de porcelana; el olfato disfrutó su perfume de mujer; el gusto gozó sus exquisitos besos; la vista admiró sus bellas curvas; y el oído se hizo adicto a sus gemidos de placer. Ella simplemente era el nirvana hecho persona.

Eludiendo hábilmente sus cabellos mojados, Sheldon buscó el cuello que pretendía poseer. Dio un sonoro respiro y dejó que su aliento chocara contra la delicada piel, agitando cada uno de los vellos corporales de su mujer. Poco a poco comenzó a rozarla con sus labios y de pronto, sin previo aviso, comenzó a devorar su cuello. La respiración de la hembra se cortó totalmente mientras le construía un camino de besos justo allí...

Se aferra, cual vampiro, a ella. El sabor a piel mezclada con el agua que caía fue un exquisito elíxir para su paladar, ese cuello a él lo enloquecía como la luna llena lo hace con un lobo. Ella, cual diosa de la noche, lo premiaba con gemidos de cariz selenita. Lunares, de otro satélite o mundo.

Sí, así se sentían ambos en compañia del otro: en otro mundo.

Amy disfrutó los labios de Sheldon bajo la lluvia artificial. La danza sensorial que provocaba la caída del agua sobre su cuerpo, pareció aumentar sus sentidos una escala más allá. Era como si la magnitud de cada sensación adquiriera ribetes mayores, como si volara a una nueva dimensión desconocida. Definitivamente, el placer en la ducha se incrementaba de una manera alucinante.

Jadeos de placer, uno tras otro, premiaron el buen hacer de su esposo. Estuvieron así por un tiempo imposible de determinar, ambos abrazados y consumidos por la combustión de la satisfacción.

Una vez que cesó sus besos, fue ella quien reclamó su merecido turno. Sus carnosos labios carmesí vagaron por el cuello masculino, apenas tocándolo. Cada roce hizo que Sheldon sintiera verdaderas corrientes eléctricas por toda la zona cervical, pero su mujer quería todavía más. Amy no pudo contener las ansias de ir más allá, él simplemente le provocaba cosas que no podía refrenar o impedir, tal era la dimensión inexpugnable de sus ansias por él.

De repente, sin aviso, Sheldon sintió como dientes se clavaban en la piel efervescente de su cuello. El vampírico mordisco le hizo respingar hasta el punto de alzar su faz al techo, a la vez que emitía un gemido ante la avalancha de sensaciones otorgada. Inevitablemente cerró los ojos, soltando excitantes suspiros acelerados. Amy escribía en su piel que él le pertenecía solamente a ella, que ella era su única dueña y señora.

Una corriente eléctrica de satisfacción lo recorrió entero, haciendo que las estrellas en su mente adoptaran todos los colores existentes por unos cuantos segundos.

La joven se acerca a su oído y, cuál súcubo, le susurra lo siguiente al oído:

-Eres mío y siempre lo serás... eternamente mío- Exhaló su aliento y mordisqueó el lóbulo de su oreja unas cuantas veces, yacía más posesiva que nunca antes, puesto que jamás había sentido la amenaza de otra chica sobre aquél que le pertenecía por hecho y derecho.

Sheldon, ni siquiera queriéndolo, hubiera podido escapar de esa mujer que lo volvía completamente loco. Bastaba mirarla, bastaba sólo escuchar su inconfundible voz para despertar todo su ser a escalas inimaginables. Escalas que el amor sin sexo nunca podría alcanzar, pues sólo el sexo bajo el alero del amor era capaz de llegar al verdadero pináculo del éxtasis.

-Te amo- Musitó ella con los ojos cerrados, perdida en esa nebulosa centelleante que sólo el goce era capaz de crear. Su dulce voz recorrió desde el oído hasta el corazón de su amado sin ninguna interrupción. Él, al instante, sintió como su órgano circulatorio brincó de felicidad con la declaración de su amada.

Creyó que era imposible excitarse más de lo que ya estaba, pero se había equivocado, aquella declaración venida del alma, unida a los besos en el cuello, lo prendieron todavía más. Sobrepasó el límite que antes supuso insuperable. Cada beso, cada respiración, cada mordisco, removía y reacomodaba sus células en un constante bullir.

Aun consciente de que quedaría marcado, desea que ella continúe comiéndole el cuello. Que haga lo que quiera con él, quiere ser suyo en carne y alma.

Todavía hundida en la delicia de morder su cuello, Amy hizo navegar sus manos a través del trabajado abdomen de su esposo. ¡Cielos! Cuanto adoraba ese cuerpo escultural de hombre en el que todo músculo estaba en su punto exacto. No era un cuerpo sobre-entrenado en que el tamaño de los músculos pudiera resultar grotesco. No, cada uno de ellos tenía el tamaño y la tensión perfecta. Resultaba realmente adictivo acariciar sus músculos que emulaban el acero, aunque sin la desventaja del frío del mismo.

¡Rayos, cuanto amaba tocarlo!

Ambos comenzaron a respirar con dificultad y de manera entrecortada, obligándose a abrir su boca para acarrear suficiente aire a los pulmones, el placer cada vez subía más niveles.

El físico comienza a acariciar los senos desnudos y mojados, logrando erizar cada célula de ella. Las yemas de sus dedos emprendieron el viaje hacia el relieve de sus pezones, regocijándose con la grácil porosidad de la que hacían alarde. Bajó su mirada y se relamió pensando en su siguiente movimiento: quería beber sus pezones como si fueran gotas del rocío... comerlos como si fueran dulce néctar. Sí, eso deseaba. Comenzó a bajar lentamente, dándole besos a la mojada piel en cada trazo avanzado. Viajó desde el cuello hasta la unión de sus pechos sin dejar de besarla. Lentamente describió un círculo alrededor del izquierdo y respiró profundamente para saborear su exclusivo y único aroma. Poco después exhaló a través de la boca, haciendo que su tibio aliento colisionara contra el turgente pezón.

Tras varios segundos, su boca finalmente fue hasta el rosáceo botón que lo llamaba y se deleitó saboreando su poroso relieve. La fémina cerró sus párpados con fuerza, respondiendo así a su húmeda lengua. Él apretó la golosina carnal con perfecta exactitud entre los labios, haciendo que Amy se retorciera completamente, obligándola a dar otro gemido lleno de goce.

Se sintió tan vibrante y excitada que llegó a gemir"Sheldon"con auténtica desesperación.

Él se motivó todavía más cuando escuchó su nombre en aquella súplica. Prueba de ello fue como intensificó sus ruidosas succiones al pezón, aumentando la presión cada vez más, ella se expresó a través de sonoros gemidos que los oídos del joven se permitieron adorar sin ninguna culpa o timidez de por medio. Tras un tiempo, y para aún más deleite de ambos, recorrió su pecho derecho con la yema de los dedos, disfrutando la muy agradable sensación que le causaba aquello.

Por un momento Amy pensó que iba a desfallecer con sus caricias... la excitación era tanta que un sugerente ardor nació en su intimidad, haciendo que la misma se sacudiera con violencia por dentro. Pequeñas contracciones y espasmos bullieron en su interior. ¿Acaso el orgasmo se estaba anunciando? Por Dios, no podía estar tan excitada si ni siquiera la había penetrado todavía...

Fue entonces que un impulso la obligó a apretarse contra el cuerpo masculino. Sheldon, como respuesta, se plegó aún más contra su cuerpo, frotando su hombría contra el monte de Venus...

Ella llegó a tener un espasmo con la ardiente provocación."¿Por qué estoy tan excitada?"se preguntó a sí misma sorprendida por las inmensas ansias que tenía su cuerpo... y su feminidad pareció responderle cuando sintió un pequeño hilo de jugosa excitación deslizándose por el nacimiento del muslo, desafiando incluso a la lluvia de la ducha.

Por más increíble que le pareciera, él tenía el don de sacar su lado más animal y primitivo. A la hembra insaciable que habitaba en las profundidades de sus entrañas.

Entonces lo supo con toda convicción: no podía aguantar más, necesitaba que él sea suyo ahora mismo, necesita poseerlo y entregarse a la vez. Ansiaba, sin demora alguna, el miembro viril en su interior. Era una verdadera necesidad, no podía esperar a tenerlo por dentro.

Realmente lo deseaba demasiado.

Sólo con mirarse un momento ambos supieron que ninguno de los dos quería seguir esperando, tal era la complicidad que habían logrado alcanzar en su feliz relación. Bastaba sólo una mirada para entender los deseos del otro a la perfección.

Mordió su labio inferior al imaginarse siendo penetrada; estaba tan excitada que incluso le dieron ganas de recriminar a su esposo. ¡No era justo que la hiciera arder tanto!

Una predadora ansiedad recorrió su feminidad, imaginándose una vez más el momento exacto de la penetración. La imagen mental fue tan real que llegó a temblar con solo evocarla, sentía como nunca antes el vacío que necesitaba llenar cuanto antes. Necesitaba fusionarse con la persona que tanto amaba, unirse a su Sheldon... el hombre que le robó el corazón.

Él la arrincona contra la pared lateral y rodea su cintura con sus brazos. Ella hace exactamente lo mismo con su cuello. Amy se pone de puntillas, se afirma contra él, y lenta y sensualmente acerca su vagina contra el órgano viril.

El físico flecta un poco sus rodillas para ponerse a su altura y sus frentes hacen un tierno contacto, al igual que sus miradas también lo hacen. Amy no tarda en levantar un muslo para facilitar el acto que tanto ansiaba, Sheldon posiciona su hombría en la entrada que pronto tendría el placer de cobijarlo.

Desliza su biología de hombre por los pliegues íntimos de su adorada esposa. La roza, la toca suavemente recorriéndola de arriba a abajo, sin concretar la unión todavía.

-Por favor- Suplicó ella, sorprendiendolo.

-¿Por favor que?- Pregunto Sheldon con voz grave.

-Hazme tuya de una vez, por favor- Volvió a suplicar ya casi carente de conciencia.

Por más que intenta ser suave y cuidadoso, aquí, en este único momento en el tiempo, no podía serlo. Era precisamente haciendo el amor, donde controlar sus impulsos le era sumamente difícil. Ella le despertaba completamente el instinto animal y por ello, ejerciendo un movimiento súbito y violento, se hundió profundamente en su fértil mujer...

Amy grita voluminosa al sentirse completamente invadida por quien tanto ama. Grita al mismo tiempo que entierra las uñas en la espalda con fuerza inusitada.

Sheldon, sin ninguna culpa de por medio, se permitió adorar el grito que ella lanzó; también adoró aquel rictus facial que mezclaba dolor y placer a la vez. Adoró sus ojos cerrados y ceño fruncido al punto que sus cejas casi se tocaban.

No pierde el tiempo: entra en ella una y otra vez, sin parar ni detenerse. Se embiste contra ella convertido en una feroz fuerza de la naturaleza, un huracán o una avalancha eran poca cosa en comparación.

Los gimoteos, gemidos y alaridos que lanzaron ambos hizo que ya ni siquiera se escuchara el sonido de la ducha; la melodía de sus cuerpos y el retazo de los acelerados suspiros se adueñaron de todo.

La neurocientifica no podía evitar dar gritos entre los gemidos, gritos que adquirían un cariz adimensional. Tal era el placer al que estaba siendo sometida.

Quiere más, desea más, anhela que Sheldon vulnere su intimidad, que la haga suya olvidando cualquier cuidado. ¡Que la haga pedazos si eso es necesario! No puede creer como aquél hombre podía hacer añicos su razón de esa forma.

-Ah, Sheldon...- Proclama su nombre completamente poseída por el exquisito ente llamado amor.

El agua fría acaricia sus pieles llameantes y envueltas en el fuego de la pasión. Ni siquiera la frialdad del agua es capaz de bajar la temperatura de sus cuerpos en combustión, sus corazones dan estallidos en vez de latidos. Acelerados, obnubilados ante la vasta calidez del otro.

Se hunde más en ella a la vez que Amy lanza estridentes gemidos generados por sus bestiales embestidas.

Sheldon quiere perderse en ella, horadar su esencia, fusionarse al compás de la mágica danza de los cuerpos enamorados. Se hunde, se sale, profundiza y no lo hace; está loco, perdido completamente en la húmeda y candente intimidad de su mujer. Porque hacer el amor también es eso, perder la razón y ceder ante la locura: la hermosa y fascinante locura del amor.

Se mueve tan feroz como un lobo. Por más contradictorio que resultara con su personalidad, allí se convertía en un animal. Y a Amy le encantaba que fuera de esa manera. Una dicotomía que sólo ella, nadie más que ella, había tenido el placer de descubrir.

La fémina gime, grita, clava las uñas, ¡grita su nombre como un delirio! Lo quiere dentro por toda la eternidad, de verdad así lo quiere. No quiere separarse nunca de él, nunca.

Ama al hombre y desea al lobo.

Amy apoya su espalda completamente en la pared y enlaza la cadera masculina con sus piernas. Para más comodidad, Sheldon la sostiene por sus glúteos con las manos. Ella enseguida profundiza su abrazo con las piernas y apreta todavía más la virilidad en sus entrañas. Él, al siguiente segundo, emite un rugido salvaje de placer.

-¡Te amo!- Se gritan al unísono como verdaderos dementes. Idos, trastornados, estaban.

El agua sigue recorriendo sus cuerpos dulcemente, acariciándolos, tomando palco ante la deliciosa y delirante epifanía sexual. Si por alguna razón inexplicable el agua fuera capaz de sentir felicidad, sin duda que este era el momento en que más felicidad sentiría. Sin duda alguna.

Su Sheldon sigue moviéndose dentro de ella ejerciendo una velocidad demoníaca. Entra y sale. Lo introduce y lo libera, profundiza y merma la profundidad. La frota, la fricciona, la penetra, la hace suya como un maldito loco.

La vagina ardiente que envuelve la masculinidad parecía estar haciendo ignición. Su calor aumentaba y aumentaba a cada bendita fricción.

Melodías de suspiros se unen armoniosos al arte de los cuerpos amándose. Concierto de latidos tocaban ambos corazones, sincronizándose al hermoso compás que sólo el amor puede provocar. ¿Cuanto les faltaría para evaporar el agua fría que los acariciaba? Por el inmenso calor que desprendían sin duda que no debía faltar mucho...

Quieren seguir ejerciendo el maravilloso arte de amar, convertirse en los mejores artistas de ello, comprobar que hacer el amor es la epifanía más sublime de todas. Escribir, pintar y dibujar en sus cuerpos el arte más importante de todos: el amor.

Amy no podía creer cuan profundo lo sentía en sus entrañas, como si llegara incluso más allá del útero. Realmente no podía creer cuanto la llenaba.

Una de sus embestidas la hizo convulsionarse, crispando cada una de sus células. Cada vez su hombre parecía aumentar más la profundidad y brutalidad. A cada grito que ella lanzaba, Sheldon respondía con movimientos más duros y hondos que los anteriores. La vulnera, la castiga, la penetra con una violencia impropia y pecadora, pero por un momento, el animal cedió ante el hombre. Un atisbo de cordura emergió entre la fulgurante pasión.

-¿Estás bien?- Preguntó a duras penas entre jadeos y suspiros. Sabía que bajo el influjo del animal, la irracionalidad de su fuerza era mucho más difícil de controlar. Aún así, el hombre gentil nunca se perdía totalmente. Aunque fuera en algún recóndito lugar de su mente, siempre quedaba una reminiscencia de cordura para cuidarla y protegerla, para cuidarla como lo haría por toda la eternidad.

-Sigue Sheldon, ¡por favor sigue!- Le suplicó a ojos cerrados, mientras intensificaba su efusivo y candente abrazo de piernas y brazos.

Él no duda un segundo en hacer caso: se fricciona frenéticamente contra ella, haciéndola delirar de placer en oleadas incesantes. Sus cuerpos siguen acoplándose a la perfección, no sólo sus cuerpos, también sus intensos latidos parecieron sincronizarse con total armonía.

A la vez que la penetra, Sheldon la besa, devorando sus jadeos como un delicioso manjar. Alimentándose con cada uno de ellos.

Ella clava sus uñas en la espalda a cada estocada que él le da, araña la espalda sin siquiera tomar conciencia de ello.

Los movimientos bruscos, el vaivén de ambas caderas, los besos incontrolables se repitieron una y otra vez con maestría. Continuaron amándose como desquiciados, sudando feromonas; intercambiando jadeos con apasionados besos y salvajes embestidas; fusionando sus cuerpos bajo el éxtasis total.

Un fervor incandescente recorre sus pieles. La burbuja del clímax crece y crece dentro de ellos como una esfera de fuego queriendo estallar, absolutamente perdidos entre la inconsciencia del placer y la conciencia del amor.

Habían sido derrotados por el instinto; la razón vencida ante la lujuria, la civilización, caída ante la verdadera naturaleza del ser.

Amy se mueve delirante hacia arriba y abajo, hacia izquierda y derecha, en todas direcciones y en ninguna a la vez. La sangre, en consonancia al frenesí de las caricias, aumentaba más y más su caudal. Su corazón bombea sangre que burbujea, agitada completamente por la tormenta de pasión a la cual era sometida. Se piensa en los cielos al sentirse poseída por un hombre tan gentil y fuerte como él.

Era una demente que no deseaba escapar de la locura, quería estar allí, perdida en lo irracional eternamente. Si había un momento en que la mente quedara completamente en blanco, ese momento era este. Si había un momento en que el alma abandonaba el cuerpo ese momento era este.

Literalmente la matriz de Amy estaba ardiendo, realizando una combustión celular que sólo el sexo podía provocar. Tuvo la genuina impresión que todas las estrellas del cielo se cayeron y comenzaron a arder en su vientre.

Eso sentían ambos, estrellas ardiendo en sus corazones y cuerpos. Como si la luna llena hubiera bajado del cielo y los acariciara alardeando todo su increíble esplendor.

Tal vez hacer el amor era la forma en que la dualidad cuerpo-alma podía ser libre de todo atavío, la forma en que sabías como nunca que estabas vivo. Más vivo que nunca, la vida era la muerte y hacer el amor la resurrección, así se sentía ella. Moría y revivía con el pujante orgasmo que deseaba florecer en sus ardorosas entrañas.

El corazón de ella es incapaz de procesar tanta emoción. Necesita explotar. ¡Necesita estallar!

Exhala un grito que rebota por todas las paredes de la ducha. De súbito, entornó el cuello en forma viperina, como si pudiera mirar, con los ojos cerrados, el bello paisaje cósmico de las estrellas. Una convulsión trascendental nacía en su bajo abdomen. Bombazos uterinos de placer comenzaron a incendiarse y propagarse hasta el último rincón de su cuerpo.

¡Jadea!

¡Grita!

¡Pierde la maldita razón!

Y de pronto, como una bomba en su cerebro, crujió una etérea amalgama de sentimientos y sensaciones. ¡Cuanta emoción y gozo destelló su semblante! Su cuerpo atravesó las fronteras de múltiples dimensiones al mismo tiempo. Su alma voló cual viaje astral en un campo de multicolores estrellas, ya no pertenecía a nada relacionado con lo terrenal; pertenecía a lo celestial.

A lo celestial.

El excelso estallido fue una experiencia realmente mística, magia hecha realidad. ¿Cómo Sheldon era capaz de hacerla gozar hasta este punto?

El hombre, encantado, detiene sus movimientos para admirar el placer de su chica. Se embriagó con cada uno de sus temblores y se alimentó con sus gemidos, cuanto adoraba verla convulsionarse de gozo.

Eso es lo que quiere él. No quiere placer para sí, sino para ella, es ella quien le importa y a su vez Amy piensa piensa exactamente lo contrario. Quieren complacerse el uno al otro, pues el goce de la persona amada importaba mucho más que el propio, Sheldon quiere hacerla feliz a ella y Amy a él.

¿Podía existir algo mejor que eso? ¿Había una entrega mayor que esa? Dejando de lado cualquier atisbo de egoísmo, el placer del otro es lo realmente anhelado. Darían todo, y aún más que eso, para complacer a quien tanto aman. Tal era el impresionante nivel de compenetración que ambos tenían.

Tanto es el amor que se tienen que el mismo universo sería capaz de envidiarlos, aunque probablemente en ese mismo momento lo estaba haciendo ya.

Un aliento tras otro; la mujer tuvo que luchar para comprimir la agitación de su respiración. Incluso tuvo que llevar una mano a su pecho para calmar su belicoso corazón, el cual insistía en abandonarla para unirse al corazón de su amado.

Pero todavía no terminaba la manifestación máxima del amor. No, aun faltaba él y no permitiría que se enfriara. Había que seguir y recompensarlo por todo el inmenso placer que le había proporcionado, el agotamiento del reciente orgasmo no vencería a una guerrera como ella.

-Es mi turno...- Le ronronea sensualmente al oído.

Posa sus manos en los pectorales y le indica que lo quiere recostado en el piso. Ahora sería ella quien haría todo el trabajo... era lo menos que merecía su esposo.

Lentamente posa sus carnosos labios en el pecho, otorgándole besos y caricias que el agua cayendo jamás podría igualar. Tras varios segundos se yergue y sus caderas emprenden rumbo hacia la sexualidad más descarnada.

Sin dilaciones, esta vez es ella quien se hunde en un movimiento violento en la virilidad de quien ama.

Sheldon escucha la delicia de sus gritos una vez más, la belleza inicia el ritual nuevamente, encargándose de todo.

Amy lo devora, lo come, lo viola, lo posee. Sheldon y su ardiente miembro son suyos, completamente suyos... para siempre.

Un concierto de gemidos femeninos surgieron voluminosos desde sus pulmones, una verdadera ópera de reacciones espontáneas que continuó sin parar ni detenerse.

Ella lo anhela, anhela en su útero la explosión de su hombre. Y Sheldon pronto le daría lo que tanto quería.

El hombre lanza un gemido y retuerce sus cejas; su cuerpo le avisaba que la culminación se aproximaba. Está a punto de caer derrotado ante la fulgurante llamarada orgásmica que comienza a expandirse en su interior. Ardiente como un río de lava a punto de explotar, caliente como un géiser ansiando hervir por los cielos. Eso deseaba su hombría, liberar el clímax del placer de una vez por todas.

Un placer superior a cualquier idílico nirvana comenzaba a burbujear a través de todas sus células.

Arrebatado por el placer incontenible, Sheldon la inunda con poderosos latigazos intermitentes, golpeando las entrañas de su mujer con el caliente líquido sexual. El cuerpo de ella se convulsiona al percibir como la fiereza de él la golpea por dentro.

-Te amo...- Susurró con voz ausente, pero presente a la vez. La impetuosidad de su clímax seguía golpeando a su mujer. -Te amo...- Repitió poseído por el sentimiento más grande de todos.

Ella esta vez sintió un orgasmo en sus oídos.

-Yo te amo más...- Gimió hipnotizada por la nebulosa de amor que Sheldon había creado alrededor.

El científico grita, se revuelve, se agita, sufre tercianas; tiembla con el escalofrío orgásmico que lo atacaba y le provocaba marejadas sucesivas e incontenibles de placer. Su alma se separó del cuerpo y voló tan alto que tardó muchos segundos en volver a su dueño.

Definitivamente la vida era la muerte y hacer el amor la resurrección, no cabía duda alguna de ello.

Terminado el grandioso momento culminante, ambos quedan en el piso de la ducha sin fuerzas, completamente exhaustos.

Sheldon se sienta, afirmando su espalda en los azulejos. Abre brazos y piernas para que ella se cobije en su regazo, Amy lo hace enseguida, deja reposar su cabeza en el hombro y se acurruca como una niña pequeña contra su fornido pecho.

Se huelen cobijados al alero de la cascada artificial que todavía los acaricia. Acercan sus rostros, juntan sus frentes y realizan el beso esquimal: frotan la punta de sus narices con cariño sin igual, ambos sonríen con sus miradas exultantes de amor.

Azules y verdes se mezclan y fusionan, ambos contemplan el universo galopante de sus ojos con maravillosa emoción.

Sheldon la mira desplegando infinita ternura: cuanto le encantaba verla feliz y complacida. Su Amy siempre debía sentirse así: feliz. La amaba tanto que toda su vida se encargaría de que se sintiera de esa manera, pues ella lo era todo: su mujer, su amiga, su ángel y también su niña.

Ella lo significaba todo, absolutamente todo para él.

Después que una pareja vive un gran problema siempre aparecen dos caminos ineludibles: que el amor se debilite o que el amor se fortalezca, Ramona había puesto en jaque la linda relación que tenían, pero había quedado claro cual sendero escogieron ellos.

Y ese sería el camino que tomarían por el resto de sus vidas, el camino de seguir fortaleciendo su amor, de continuar superando todos los obstáculos que se presenten. Un amor que seguiría creciendo incluso más de lo que ellos mismos podían comprender. De hecho, sus corazones, desde que se habían conocido, habían aumentado su tamaño a un nivel sideral para poder soportar lo inconmensurable de sus sentimientos y seguirían creciendo todavía más a través de los años que los aguardan.

Ella se acurruca todavía más en el regazo de quien ama y una montaña de sensaciones la embargan, nunca podría sentirse más amada, más protegida y mimada que ahora. Al lado de su amado Sheldon todo era dicha y felicidad.

Ella lo había dicho antes: El cielo se estaba cayendo... pero no por las razones que esbozó, el cielo caía rendido ante el amor.

Única y exclusivamente por amor.

Habían alcanzado el paraíso del cielo con las manos, pues transformaron lo que pudo ser una tragedia en un triunfo. Habían logrado conseguir la victoria más deliciosa de todas: la del verdadero sentir.

Sheldon la sigue admirando, apreciándola, deseándola. Ansia su piel otra vez, su calor y aún más importante, su amor. Ella siente exactamente lo mismo, afortunadamente para ambos todavía tenían toda la tarde libre, de modo que lo recién vivido sólo había sido un simple aperitivo...

Y así, la dualidad cuerpo-alma fue totalmente superada por el éxtasis inigualable del amor.

Ya no era una dualidad, como tampoco ellos lo eran.

Todo se convirtió en uno.

Todo se fusionó.

Cuerpo y alma, Amy y Sheldon, eran uno.

Eran todo.

Eran amor...

¡Fin!

Guau, eso si fue intenso de escribir.