CAPÍTULO 2: LA HABITACIÓN DE MABELLE

Cuando la voz del Sombrero Seleccionador se extinguió, un duro y casi palpable silencio se adueñó de la sala. Los profesores se habían puesto en pie, todos luciendo idénticas expresiones atónitas, mientras que los alumnos se inclinaban hacia adelante estirando los cuellos para ver mejor a Mabelle, que permanecía sentada inmóvil en el taburete con el Sombrero sobre su cabeza.

¿Habían oído bien? ¿Aquella chica había sido seleccionada para todas las casas?

Los murmullos nacieron de pronto entre los estudiantes, rápidos e imparables como una mecha prendida.

—¿Tú también has oído eso?

—¡Sí! ¡Ha dicho las cuatro casas!

—¿Pero cómo va a ir a las cuatro casas, idiota? ¡Eso es imposible!

—¿Vosotros habéis oído alguna vez de alguien que estuviese en las cuatro casas?

—¡Claro que no! ¡Esto nunca había pasado antes!

—¿Estás seguro?

—Hemos oído mal, sin duda.

—Ese viejo Sombrero se ha tenido que equivocar…

Mabelle continuaba estática, aferrándose al taburete con los ojos muy abiertos. No le gustaba demasiado ser el centro de atención de grupos numerosos de personas, y en ese momento el Gran Comedor al completo tenía la vista fija en ella.

—Si pertenece a las cuatro casas, ¿qué es? —dijo entonces un suspicaz muchacho de Slytherin, frunciendo el ceño y alzando su voz por encima de las de sus compañeros.

Un par de segundos después, el profesor Dumbledore respondió en un susurro que fue perfectamente audible.

—Una Hogwarts…

El silencio volvió a hacerse en el Comedor mientras alumnos y profesores asimilaban aquellas palabras.

Una mujer de avanzada edad, alta, delgada y de facciones estrictas, se aproximó al director.

—Albus —dijo con tono apremiante—. ¿Qué significa esto?

—Es una larga historia, Minerva. Trate de calmar a los chicos, yo cenaré hoy con Zaharias, tengo muchas cosas que contarle… Mañana os aclararé lo que necesitéis saber, pero por hoy procure que no se arme mucho alboroto… —respondió Dumbledore, mirando fijamente a Mabelle.

Se acercó a la niña y tocó suavemente su hombro. Cuando la pequeña se giró, sus ojos azul claro se encontraron con los de idéntico color del director.

—Ven, acompáñame —le dijo Dumbledore, y tras dirigir una mirada de advertencia a los sorprendidos alumnos, condujo a Mabelle al fondo de la sala. Se detuvo un instante frente a uno de los profesores y le dijo algo que la pequeña no pudo oír. El maestro, un hombre sorprendentemente pequeño, asintió clavando su mirada en Mabelle, y el director regresó complacido junto a la pequeña, reemprendiendo su marcha; ambos desaparecieron por una puerta situada tras la mesa de los profesores, dejando a sus espaldas a una alterada McGonagall que se esforzaba por acallar los veloces susurros de los jóvenes estudiantes.

Mabelle contempló la sala en la que se encontraba. Grande, un tanto oscura y llena de vitrinas con toda clase de objetos en su interior.

Dumbledore se inclinó hacia una mesa rodeada de tres sillas y realizó un rápido movimiento de mano en el aire. Al instante, sobre la mesa aparecieron cubiertos y comida para dos personas.

Dumbledore se sentó en una de las sillas e invitó a Mabelle a acompañarle con un gesto.

—Esta es la habitación en la cual se reúnen los alumnos seleccionados para el Torneo de los Tres Magos cuando se celebra en Hogwarts, por lo que aquí no nos molestarán —explicó con tono afable.

Mabelle se limitó a asentir con la vista fija en la mesa.

—Vamos, come, tiene mejor sabor que aspecto —bromeó él. Cuando Mabelle dio el primer bocado, su sonrisa se ensanchó—. Verás, debes comprender la sorpresa de tus compañeros. No es común que alguien sea designado para las cuatro casas de este colegio… Pero no tienes nada de lo que preocuparte, yo me encargaré de todo. Si tienes cualquier pregunta, simplemente búscame y yo trataré de respondértela —pese a su tono seguro y tranquilizador, Mabelle advirtió una chispa de algo parecido al temor titilar en los ojos de Dumbledore, pero ese destello se extinguió tan rápido que la niña creyó haberlo imaginado—. Bien, y ahora te explicaré un poco cómo organizaremos tus clases y horarios…

Pasada una hora de mucha información y nubes de dudas, tanto el profesor como Mabelle terminaron de cenar y de hablar. Ambos se pusieron en pie. Había llegado la hora de decidir dónde se alojaría la pequeña.

—Mmmm… Hace un rato que tengo un sitio en mente. Ven conmigo —dijo Dumbledore, y salió por la misma puerta por la que habían entrado.

Aún había alumnos en el Gran Comedor, en su mayoría de cursos superiores, pero casi todos debían de haberse ido ya a la cama, ansiosos por ordenar sus cosas en sus nuevos cuartos.

Al pasar entre las mesas, los jóvenes se giraban para ver a Mabelle, quien bajó la cabeza y apresuró el paso.

Fuera, en el recibidor, algunos estudiantes charlaban apoyados contra la pared, pero se callaron al ver salir del Comedor a Dumbledore seguido por aquella extraña niña.

Mabelle subió las escaleras tras el anciano director, sintiendo sobre ella las miradas curiosas de sus nuevos compañeros. Una oleada de murmullos los acompañó hasta el tercer piso. El profesor Dumbledore tarareaba la melodía de una alegre cancioncilla mientras caminaba. Entonces se colocó frente a una gran gárgola esculpida en piedra y se interrumpió para decir: "Pastillas de azúcar".

Mabelle contempló asombrada cómo la imponente y grotesca figura se hacía a un lado al oír estas palabras, dejando a la vista unas escaleras ascendentes de mármol deslucido.

—Vamos, por aquí —dijo jovialmente Dumbledore, y emprendió la subida precediendo a Mabelle. Varios escalones más arriba, profesor y alumna se detuvieron en un pequeño hall, frente a una gran puerta de dos hojas muy ornamentada. Sin embargo, el director miraba hacia un punto determinado en la pared derecha, sonrisa en ristre.

Mabelle frunció el ceño. ¿Qué habría allí? Se fijó más detenidamente, concentrándose en descubrir algo sobre la lisa pared, y ahogó una exclamación de sorpresa cuando de pronto vio una segunda puerta, más pequeña y sencilla, materializarse de la nada ante sus ojos.

—Un hechizo desilusionador. Solo tú y yo podemos ver esta puerta… Creo que ese podría ser un buen alojamiento para ti. Antes de cenar le pedí al profesor Flitwick que avisase a los elfos domésticos de que subieran tus cosas aquí, así que te dejo para que lo coloques todo a tu gusto… Yo estaré justo tras esta puerta de aquí al lado, en mi despacho. Si necesitas algo, no dudes en pedírmelo.

Y tras dedicarle una sonrisa de ánimo, el director traspasó el gran portón de doble hoja, dejando a Mabelle sola en el último escalón.

La niña se giró y miró de nuevo aquella pequeña puerta que un rato antes no estaba allí. Alargó la mano, giró el pomo y entró lentamente, tragando saliva, casi con temor.

Por segunda vez aquel día, soltó una exclamación ahogada. Se encontraba en una pequeña pero espaciosa sala de lo más acogedora. Una chimenea encendida arrojaba un claro de luz acaramelada sobre la alfombra, y el escudo de Hogwarts presidía la escena desde encima de la repisa.

Un mullido sillón y una mesa baja constituían el resto del mobiliario.

La sala era una auténtica explosión de colores, pues por todas partes brillaban el azul, el rojo, el amarillo y el verde. Las paredes estaban revestidas de águilas, leones, tejones y serpientes que observaban a la niña con curiosidad.

Mabelle se quedó así, contemplando inmóvil todo cuanto había ante ella, maravillada de pensar que iba a alojarse en un lugar tan fantástico. Pero entonces se percató de que había dos puertas más en la sala. Se dirigió presurosa a la primera y la abrió, descubriendo así un baño limpio y amplio. El espejo situado en la pared de enfrente le devolvió la imagen de una niña sonrojada y muy risueña, con el largo pelo azabache cayendo en marcados rizos sobre la espalda y los ojos azules reluciendo de la emoción como zafiros puros, enmarcados por las gafas de montura metálica. Mabelle sonrió con nerviosismo y emoción, dejando a la vista los blancos dientes medio cubiertos por el corrector dental.

La niña dio media vuelta, aún agitada por el entusiasmo, y corrió a ver el cuarto que le faltaba.

Abrió la puerta de golpe y, una vez más, se quedó paralizada por el asombro.

Porque ante ella estaba su nueva y perfecta habitación.