15 de julio 1269,
Madrugada.
Finalmente me han devuelto mi diario. Desde que estoy aquí hace tres días, lo han tenido retenido, supongo que para saber si decía o no la verdad.
Había llegado la hora de irme de Flotsam, de continuar hacia el norte quizás, hacia Kovir, un país un poco más tolerante. Un país hasta donde no llegará la próxima guerra; porque si algo es seguro, es que habrá otra guerra, sea dentro de 10 años o dentro de 20. No creo que los del sur se conformen con tan poco luego de la Paz de Cintra.
Además, aquel lugar ya no lo soportaba. Tanto odio, tanta discriminación contra los no humanos que vivían ahí. Aunque después de las guerras, y antes también, tanto odio sea generalizado, no fue esa la educación que me dieron. Como médico, mi padre atiende por igual tanto a humanos como a no humanos y esa es también mi política.
Cuando ya estuvo todo listo, vendí algunas de las cosas que no iba a necesitar, tomé el dinero que había ganado y fui a despedirme de Ihmel. No fue una despedida lacrimosa ni nada. Creo que teníamos claro desde el principio que no iba a ser una relación que durara mucho. También aproveché la oportunidad para comprar algunas cosas que me harían falta durante el viaje. Entre ellas, un jamelgo. No quise gastar mi dinero en una gran montura, sólo algo que me permitiera llegar tranquila de un lugar a otro. Prefiero un caballo tranquilo, no soy una jinete hábil. Me despedí de algunas personas, de muy pocas.
Quiso el destino, la mala suerte, la diosa Melitele, no lo sé que un grupo de mercenarios que iba por el camino se fijara en mí. Creo que eran mercenarios porque llevaban las armas regulares de la guardia, pero no los colores en la armadura. Y como que ya vi bastante de esos mientras huíamos de Vengerberg hacia el Valle del Pontar durante la guerra.
No creo que haya sido la montura, ni el poco dinero que traía conmigo lo que les haya llamado la atención. Con toda certeza solo querrían "divertirse" un rato. Jugaron conmigo al gato y al ratón: justo cuando creía que podía dejarlos atrás, se volvían a poner casi a mi altura.
Ya no podía presionar más a mi caballo. Ese penco resoplaba con fuerza y comenzaba a perder velocidad. Me di cuenta de que, al paso que iba, no tenía ninguna oportunidad de escapármeles.
¿Cómo podía saber que en vez de estar huyendo me estaba metiendo derecho en una trampa?
Entonces oí los silbidos en el aire, encabritarse a los caballos y a los hombres gritar. De dolor y rabia. Me giré para ver qué pasaba. En ese justo momento, vi como una flecha atravesaba el ojo del mercenario que estaba más cerca de mí.
Aunque soy doctora y no sería por mucho lo peor que haya visto, aquello me llenó de pavor.
Una flecha debió herir a mi caballo porque se encabritó, no me sujeté bien de la brida y me caí. El golpe en la cabeza me dejó confundida un buen rato. Estaba mareada y adolorida, aunque afortunadamente no me había roto nada. Aun así, no hice ningún esfuerzo por levantarme del piso. Estaba aterrada. Sólo me quedé viendo aquella carnicería desde el suelo.
Recuerdo la imagen turbulenta del caballo yéndose de ahí al galope, dejando detrás de él un reguero de sangre. ¿O era la sangre de los mercenarios que mataban los Ardillas? Porque eran ellos, sin duda alguna; atacando desde los bosques, silenciosos como una sombra. Además, ya había oído decir en Flotsam que había un grupo peligroso andando por la zona.
Estaba aterrorizada. Oí los gritos, los veía matándose. Una flecha se clavó delante de mí. Apreté los ojos; pero nada mejoró.
Los gritos, los gritos… Como cirujana estoy acostumbrada a oírlos, pero nosotros los causamos al intentar curar. Es distinto: había miedo, rabia, odio, en aquellas voces.
Oí entonces el chocar de metales, quizás serían las espadas. Si usaban las espadas era que los Ardillas ya no estaban atacando desde la linde del bosque, sino que habían salido al camino.
Abrí los ojos. Estaba temblando, pero quería saber qué pasaba. ¿Por qué me interesaba, si cualquiera de los bandos que ganara, en el mejor de los casos, me mataría?
Los pocos mercenarios que quedaban en pie pelearon rabiosamente contra los elfos, pero ellos le superaban en número. No tardaron mucho en ser aniquilados. La pelea había concluido.
Oí una voz imperiosa, quizás daba una orden en la Antigua Lengua. Mi conocimiento de la Antigua Lengua es más bien escaso; comprendo algunas frases sueltas, pero no muchas, más bien aquellas de uso común. Entonces, los elfos se dispensaron. Algunos se dedicaron a rebuscar entre las ropas de los muertos. Otros recogían las flechas dispersas y evaluaban las puntas y las plumas, para luego meterlas en sur carcaj. ¿Cuántos habrán matado con la misma flecha?
Para mi gran horror, vi cómo remataban a los heridos en el suelo. Cerré los ojos, no deseaba seguir viendo más. No creí poder escapar de ahí con vida. Pensaba que, quizás cerrando los ojos, nadie se daría cuenta de que estaba ahí, viva.
Pero era demasiado tarde, o quizás algún gemido debió escaparse de mi boca. Sentí una presencia detrás de mí. No pude voltearme a ver, porque me agarró del pelo y me levantó en vilo. Grité.
-Dh´oine, ¿nadie te ha dicho que el truco de hacerse el muerto sólo funciona bien para los perros? - dijo en la lengua común.
Intentó ponerme de pie, pero mis rodillas temblaban. Se agitaban más allá de mi control. Con mis manos me agarré a su brazo, buscando alguna forma de que me doliera menos.
Entonces dio otro tirón y me obligó a mirarlo. Tenía los ojos azules como el cielo. Casi llegué a pensar que eran lindos.
-Fea hasta para una dh´oine. Pero igual podremos sacar algún provecho a lo que tienes entre las piernas.
Iba a unir la acción a la palabra, cuando una voz, la misma de antes, dio una nueva orden
-¡Voer´le!
No podía ver a quien dio la orden, pero enseguida me soltaron. Tuve que hacer un esfuerzo para no caer. Logré incorporarme, a pesar de mis rodillas y giré a ver. Y una cara me era conocida.
¡Ciaran! ¡El elfo que Cédric había llevado mal herido a mi casa! Un vuelco me dio en el estómago al verlo, pero no de una forma desagradable, casi podría decir que estaba contenta de ver una cara conocida entre tantos que parecían deseosos de matar a cualquier humano.
La buena sensación terminó casi al mismo tiempo de percibir a quien estaba a su lado. Iorveth. Infamemente conocido, en Flotsam circulaban muchos rumores sobre su crueldad. Su cara estaba en carteles, pegados por toda la ciudad. Bueno, siempre había tenido mis dudas sobre la exactitud de los rumores: en lo particular eso de pintar a los elfos como antropófagos y bebedores de sangre.
Ciaran le decía algo a Iorveth, que no dejaba de observarme. Pero la mirada de Iorveth resulta intimidante, parece inspeccionar, querer leer adentro de uno.
Entonces, después de un largo rato, muy largo rato, (no recuerdo lo que pasaba por mi cabeza, para mí que estaba tan asustada que no lograba empatar pensamientos coherentes) habló. Habló además en la Común, para que yo también entendiera
-Átenla y véndenle los ojos. Es una prisionera.
Anduvimos por un buen trecho hasta que
N/A: ¡Hola! ¡Gracias por leer esta historia! Me gustaría aclarar dos cosas: 1- La historia la había escrito de tal forma que semejara más a un manuscrito (usando letras cursivas, doble tachadura, en vez de borrar), pero esas características no se han podido mantener. 2- Nunca he podido jugar ninguno de los juegos principales de la saga de The Witcher T.T . En mi laptosaurio no corre The Witcher 3 y The Witcher 2 se me bloquea en la pelea con el Keyran… Pero eso no impidió para que lo poco que vi sobre Iorveth me impresionara lo suficiente como para descargarme los gameplays (¿Se dice así?) Aunque si jugué y disfruté mucho, Thronebreaker. ¡Y adoro los libros de Sapkowski! Por tanto, les pido que, si encuentran algún error, me lo hagan saber, ¡estoy abierta a las opiniones y sugerencias!
