A mis queridas lectoras,

Muchísimas gracias por leer mi nueva historia, espero que les haya gustado.

Besos,

Karen

Capítulo 2

Arma de doble filo

"Muy frecuentemente las lágrimas son las últimas sonrisas del amor"

Standhel–

— ¡Edward! ¡Sal, vete, vete! ¡Ándate! —le grité histérica. Sonrió, pero sus ojos me mostraron que había aceptado su error al entrar, no tanto por mi prejuicio de mal augurio como porque me vendría una rabieta de proporciones.

Salió rápidamente por la puerta de entrada, vi su silueta esbelta caminar hacia el coche, mientras la lluvia lo cubría de pies a cabeza. La señora Brown se puso más antipática, emitiendo un sonido de toro con la respiración fuerte y pesada. Blanca estaba más pálida que de costumbre y sus pequeños ojos almendrados y negros, mostraron una gran preocupación por lo ocurrido. Vi lástima en ellos, me estremecí fue como si quisiera advertirme de un cruel destino.

— Los jóvenes de ahora no respetan nada —refutaba irritada la señora Brown. Blanca y yo, callamos. Me quería ir luego, el ambiente se había tornado tenso. Edward me tendría que oír, no era posible que pasara por alto mis peticiones por muy estúpidas que le parecieran

Entre las tres me quitamos el bello y repolludo vestido desde mi cuerpo. Cogí mi ropa lo más rápido posible para escapar pronto de aquel taller. Cuando acabé de taparme, pero aún abotonándome la blusa, les pregunté.

— ¿Cuándo estará listo?

—Debes bajar un par de kilos muchacha, de lo contrario será imposible que lo terminemos pronto —la señora Brown me dirigió una mirada furibunda.

—Ok —fue todo lo que contesté. Cogí mi cartera y la puse sobre mi cabeza para escabullirme de la torrencial lluvia.

Corrí hacia la puerta del auto y la abrí, rápidamente, Edward me esperaba con una tímida sonrisa de disculpa. Estaba mojado.

—Lo siento —agregó con su voz dulce, pero no fue suficiente para calmar mi ira.

—¡Te pedí que no lo hicieras! —gruñí.

—Lo sé, Bella, te pido que me perdones, de verdad jamás pensé que fuese tan importante para ti —exclamó abatido.

— ¿Y qué pasaría si fuera cierto, ah? —lo regañé ya un poco menos enojada.

—Nuestro amor no depende del destino, depende de ti y de mí —sus labios rojos se movieron lentamente para que las últimas palabras se internaran en mi mente. Su mirada tostada y confusa se clavó en mis ojos.

Miró hacia delante, puso las manos sobre el manubrio y torció la llave para hacer andar el motor del auto que rugió furioso al ponerse en marcha. Edward continuó con la vista sin mirarme, hasta llegar a mi departamento. Lo miré confundida, quizás me había excedido en las palabras, pero era irritante que no considerara mis advertencias. Detuvo el auto y se bajó de inmediato para abrirme la puerta. El frío atmosférico advirtió que ya estaba abierta, era momento de bajar. Él estaba serio, con la expresión tensa. Apoyé mi pie derecho en la vereda húmeda y al pararme crucé mi mirada con la suya. Noté en sus dulces ojos ocres que estaba herido, y yo era la culpable.

— ¿Te paso a buscar a las nueve para cenar? —preguntó cortésmente. Asentí, ya estaba arrepentida de haber sido tan severa, total, en verdad lo del vestido era una tontería.

— ¿No me acompañarás arriba? —sentí un leve dolor de estómago por su frialdad.

—Tengo que volver, Jasper me espera —mintió y lo hizo muy mal.

—Claro —agregué con un nudo en la garganta.

Seguí caminando hacia la reja de entrada del edificio, con el estómago contraído. Mis vísceras fueron más fuertes que el orgullo y me giré a verlo, él me observaba justo antes de entrar a su puesto de conductor.

— ¡Te amo! —alcé la voz para que me oyera, aún bajo la lluvia copiosa. Me contempló con sus ojos dulces, pero no habló. Cuando metí la llave en la reja, oí que el auto se fue. Subí las escaleras con pesar, no era la primera vez que peleábamos, pero si la primera en que alguno salía herido. Me sentí podrida.

Abrí la puerta de mi departamento, dejé las cosas en la habitación del computador y fui al baño. Me dolía el pecho, no quería lastimarlo. Cogí mi cabello húmedo en una cola y salí para prepararme un café caliente, tenía las manos como dos témpanos de hielo. Las miré, estaban rojas, demasiado frías. Caminé hacia la cocina, pero antes de entrar, la figura de Edward frente a mí, me volvió el alma al cuerpo. Estaba parado a un costado de la puerta de entrada con las llaves en la mano.

—Yo también te amo, mi vida —sus palabras sonaron bellas y suaves como el terciopelo. Mi corazón brincó a pasos agigantados. Sonreí.

Sus brazos me arrullaron por detrás de la espalda, elevándome levemente para besarme. La calidez de sus labios hizo estragos en mis hormonas y pronto, nos fundimos en un exquisito y comprometedor beso pasional. Las pequeñas succiones que ejercía sobre mi piel fueron desciendo por mi cuello, hasta el escote de mi blusa. Cada nacimiento de vello en mi cuerpo se erizó, causándole una leve risita socarrona.

Sus dedos lánguidos desabotonaron mi blusa sin problemas, siempre seguido de un par de besos sensuales. Mis manos se fueron directo a su camisa, buscando la manera más fácil de deshacerme de ella, para continuar luego hacia el pantalón.

Beso a beso fuimos caminando hasta chocar con la pared posterior del comedor. Atrapó mi rostro entre sus dos manos, clavando sus ojos de miel en los míos.

—Te amo, Isabella Swan —murmuró para pronto cerrar sus párpados y fundirse en un placer infinito. Antes hacerlo yo también me quedé observándolo: sus perfectas pestañas bronces parecían otorgarle un ángel especial, un dejo infantil e irresistible. Subí mis manos y enredé mis dedos en su dócil cabello. Me besaba entre jadeos suaves y románticos. Mi corpiño desapareció y él aprovechó de inmediato para devorar mis pechos.

Las yemas de mis dedos tallaron círculos sobre su espalda pálida y fibrosa, hasta continuar más allá. Nos seguimos besando hasta caer en el sofá más grande, blando y reconfortante. Nos acomodamos muy bien, entre abrazos y deseo mutuo.

Nuestros pantalones desaparecieron hasta quedar piel con piel, éramos ambos blancos, pero distintos, su piel era más bien lechosa y la mía, traslúcida, un tanto verde, por supuesto la de él era la más perfecta y hermosa. Buscó mis manos con las suyas, acomodándolas sobre mi cabeza, entrelazándolas, hasta encontrar el placer más infinito juntos.

Su cuerpo acalorado se posó sobre el mío para descansar. Ahora su rostro había vuelto a esa expresión cariñosa, amable y acogedora.

— ¿No me dijiste que te tenías que ir? —reclamé perversa.

—Sabes que era mentira —unió sus labios en una sonrisa muda.

— ¡Por favor, no te enfades nunca más conmigo! ¿Vale? —le supliqué.

—Por supuesto, te lo prometo —rió sensualmente, calló un instante y agregó— y tú prométeme que no pensarás más que nuestro amor depende del azar —frunció el ceño.

—Te lo juro —lo besé alegremente.

Nos quedamos abrazados, hasta dormitar unos minutos, cuando abrimos los ojos ya estaba oscuro. Él se paró a ver la hora, eran las ocho y cuarenta y tres minutos.

—Mi amor, debemos irnos, nos esperan a las nueve en punto —me extendió la mano para ponernos de pie. Corrí al baño y me di una ducha rápida, mientras él lo hizo en el baño contiguo.

Eché un vistazo a mi ropero, y hurgueteé hasta encontrar el vestido azul que a Edward tanto le gustaba. Me lo puse rápidamente y salí. Me maquillaría en el auto. Llegamos a las nueve cinco, nos esperaban en el living con aperitivos. Cogí una copa de champán, mientras con mi novio nos cruzábamos miradas de un extremo a otro del salón. Él estaba con los hombres y yo, con Alice, Rosalie y Esme. Cada tanto, él levantaba la vista y me sonreía con ternura en medio de toda esa gente.

Pasamos al comedor. Me senté al costado de mi novio. Su amigo y Alice parecían ponerse al día con sus vidas, no había cómo pararlos. Era una postal perfecta, la familia feliz. Esme y Carlisle parecían especialmente contentos.

La cena terminó pasado las once y media, y Edward tuvo la brillante idea de ir a bailar. Se sumó Alice y Jasper. Llegamos a esa cueva gigante, atestada de gente danzarina, cogimos un par de tragos y nos lanzamos a la pista de baile. Tocaron todo tipo de música: electrónica, tropical y hasta reggaeton ¡Vaya baile! Cuando los pies ya no nos daban tregua decidimos ir a sentarnos en unos sillones del costado. Jasper parecía muy entusiasmado, y casi de inmediato quiso volver a bailar, pero su compañera no, estaba exhausta, había tenido un largo día, porque desde que hacía el diplomado tenía clases los sábados, muy temprano.

— ¡Anda con Bella! —dijo ella por complacerlo. Miré a Edward de inmediato, en un principio noté un poco de recelo, pero se esfumó sin dificultad.

—Por supuesto —sonrió, mientras nos observaba, en verdad, sus ojos no se despegaban de mí, no por desconfianza, sino que por amor.

De un momento a otro la música rápida dio paso a "Reflections" de Mariah Carey, miré a Edward confundida y él sonrió, asintiendo. Jasper pasó sus brazos por detrás de mi cintura y yo, tímidamente, subí los míos hacia su espalda. Mi cuerpo estaba tenso, nada cómodo, sin embargo, no podría decir lo mismo de él. Sus brazos me estrechaban de un modo especial, demasiado confiado y cariñoso, parecía traspasarme calor a través de sus venas. Miré hacia el frente, distanciándome más de su cuerpo, pero sus brazos se cerraron por mi espalda. Con la poca luz que había alcancé a observar de cerca su piel clara, era un blanco distinto al mío y al de Edward, era como una mezcla de ambas, traslúcida y lechosa.

Vino la segunda canción acaramelada, pero fue mucho para mí. Me zafé de sus brazos y le agradecí con un sonrisa falsa. Sus ojos pardos se iluminaron.

—Tu novia es una excelente compañera de baile —exclamó Jasper a Edward. Mi novio torció una sonrisa, confiado. Era como si el prefiera que bailara conmigo a con su hermana.

La música terminó pronto y nos fuimos pronto. Pasamos a dejar a Alice y Jasper. Edward se quedó a alojar conmigo, como lo hacía regularmente.

El bendito despertador sonó a las nueve y media para llegar a tiempo al partido de rugby. Llegamos a la cancha del estadio, allí nos esperaban Emmett, Jasper y otros del equipo. Yo me quedé con mi cuñada y su adorable madre. Ambas miramos con expectación cada pase, cada horripilante golpe y cada anotación. Mi novio marcó tres try y Emmett, dos. Edward corría con una camiseta verde con short negro y calcetines blancos con rayas en el mismo tono, todos vestían igual. Su hermoso cabello reflectaba bajo los rayos del sol y su sonrisa iluminaba mi mañana, ¡Lo amaba definitivamente, él era mi vida!

De tanto en tanto medité las reacciones extrañas de su amigo conmigo y llegué a la conclusión de que tal vez estaba celoso, después de todo se iba alguien del grupo y eso era terrible para los hombres. Quizás no quería que su partner se casara tan pronto. Con esa idea me quedé más tranquila.

Nuevamente almorzamos juntos en la casa de los Cullen. Bebimos un poco de vino que se me fue rápidamente a la cabeza, así que me detuve de inmediato, no quería hacer un papelón frente a mi futura familia, aunque a Edward le parecía entretenido verme tan alegre. Entre conversación y conversación se nos pasó la tarde. Ayudé a Esme a recoger los platos. Al final llevé unas copas de vino tinto a medio beber, ya no había nadie en la cocina, así que las dispuse con cautela sobre el mesón más largo de la cocina, pero cuando iba a dejar la última, justo ésa, estaba más llena y la di por completo vuelta sobre mi ropa. Una mano blanquecina con una copa de vino blanco me extendió ayuda. Era Jasper.

—Es lo mejor para sacar las manchas de tinto —agregó con una sonrisa. Cogí la copa y sus dedos rozaron los míos. Lo miré fijamente y sus ojos pardos se internaron en mi mente, desvié la vista de inmediato, esto era ridículo y extremadamente peligroso.

—Gracias —volteé la copa sobre mi blusa blanca.

—De nada —me continuó observando.

— ¡Aquí estás! —exclamó Edward por el umbral de la puerta. Sonreí culpable, aunque no debería estarlo, yo no había hecho nada malo.

Jasper sonrió, mientras se mantenía de brazos cruzados y apoyado en el refrigerador. Edward buscó mis labios con los suyos y me besó con ímpetu. "Ejem", carraspeó su amigo.

—Disculpa —fanfarroneó Edward—, pero es tan exquisita que no puedo contenerme —mi novio soltó una carcajada y Jasper enarcó una ceja.

—Vamos perro, ¿cómo me dices eso? No vale, no puedes decirme que algo es delicioso si no lo vas a compartir —insistió su amigo descaradamente. Lo miré furiosa.

—La vida es injusta en ocasiones —respondió Edward sarcástico, pero con un dejo de irritación. Su mano pasó a través de mi cintura y me aferró a su cuerpo con fuerza: yo era suya.