¡Buenas noches-madrugadas! Ya que la diosa de la inspiración está muy bondadosa, he decidido subir actualización pronto :D Y bueno, ¿qué puedo decir sobre lo que leerán? Que intenté en la medida posible que los momentos graciosos lo fueran, pero tampoco le pidan peras al olmo XD Se hace lo que se puede. Y bueno, seguimos con misterios, enigmas y nuestro siempre querido e incomprendido Kamui. Antes de despedirme, quiero agradecer a Osa Roja por poner en favoritos esta historia *-* ¡Y gracias a Himeko y Guest por comentar! =D
Guest.- Gracias por leer mi historia y dejar tu comentario. Y claro que la continuaremos XD
Himeko.- ¡Antes que nada, gracias por leerme y comentar! Créeme, yo también he querido leer un fic donde Kamui y el amor estén de la mano, pero lamentablemente todo lo referente está en inglés y sinceramente no me atrae leer en ese idioma; por eso me he puesto yo a escribir uno. Y ya veré cómo voy manejando a un Kamui falling in love 😃
Capítulo 2
Resolution
Le había pedido que le siguiera sin objeción alguna mientras llevaba a cuestas al inconsciente capitán que por ahora no era más que un manso cachorrito. Y aunque tuvo curiosidad de preguntarle hacia dónde se dirigían, lo mejor era callar y no decir nada.
Tras atravesar el bosque de bambú, al fin contempló su destino. ¿Pero quién construiría una casona como esa, prácticamente, en medio de la nada? Y aunque se podría pensar que se hallaba totalmente abandonada, era todo lo contrario. Desde el exterior perfectamente cuidado, hasta ese jardín que se había convertido en un huerto personal de plantas medicinales, todo lucía impecable.
Atravesaron la puerta principal, recorrieron un prolongado pasillo y llegaron hasta la habitación que indudablemente debía de servir como su área de trabajo. Había un montón de especímenes en cada estante que miraba; estaban ordenados por fecha de recolección, origen y especie. Todo estaba meticulosamente ordenado en ese sitio.
—¿Por qué tienes esa cara de pasmado? —interrogó a quien le miraba como un bicho raro.
—Solamente me sorprende lo escalofriantemente ordenado que tienes todo aquí.
—Este es el sitio en que elaboro mis preparados, tiene que estar de este modo o todo sería un total desastre —miró hacia su escritorio; todavía se encontraba el mortero y las plantas que estaba encargándose de triturar la noche anterior—. Después de que nos encarguemos de tener a ese idiota bien controlado, encárgate de ir por el resto.
—¿Estás segura de que pueden quedarse aquí?
—Mi casa es mucho mejor que esos escabrosos y mugrientos lugares que elegiste para tu gente —señaló—. Además, estando aquí es poco viable que los encuentren.
—Siempre tan estricta —suspiró pesadamente—. ¿Vas a alguna parte?
—Te diré dónde encerrar a ese tonto capitán tuyo antes de marcharme —sonrió tenuemente, pero con cierta perversidad.
Tras su breve charla ella se encargó de llevarle hasta el sótano de la casa. Que para sorpresa del Yato se hallaba impecablemente limpio; incluso existía una cama y un par de muebles sencillos que le daban un aire un poco más hogareño.
—Ponlo sobre la cama. Ahí lo dejaremos por el momento —mientras hablaba se encontraba muy entretenida revisando un viejo baúl colocado a un costado de las escaleras que les llevaron hasta ahí.
—Has escogido un sitio bastante desolado para vivir —ya se había encargado de dejar al convaleciente hombre sobre el lecho—. ¿Y eso?
—Si se va a poner de intransigente, al menos que le cueste un poco —sus palabras se volvieron hechos en cuanto vio cómo se encargaba de inmovilizar al joven con unos grilletes—. Poseen la suficiente resistencia como para soportar la fuerza de Kamui…o eso quiero creer yo.
—¡¿Cómo que crees?! Además…¿de dónde has sacado una cosa como esa? ¿Eres de esa clase de mujeres? ¿Te atraen ese tipo de fetiches?
—Puedo ponerte unos a ti también si tanto te has emocionado —podría escuchársele bromeando al respecto, pero estaba diciéndolo en serio.
—El estúpido que tiene el instinto suicida es él, no yo.
—Eso mismo pensé —y fue así como guardó el segundo juego de grilletes—. Las manchas ya no continuaron expandiéndose. ¿No es extraño?
—En teoría debería estar empeorando. Sin embargo…
—Bueno, tendríamos que examinar al resto y ver si pasa lo mismo —decía más para ella misma que nada—. Pero cambiando de tema, ¿reconociste a la clase de Amanto que les tendió la emboscada? Dudo que sean los cabecillas de todo este embrollo, pero al menos tendríamos algo.
—Ellos indudablemente pertenecían al Clan Tokague. Son criaturas astutas y bastante ágiles dentro del campo de batalla, pero dudo que tengan la inteligencia para haber creado un arma como esa.
—Ciertamente —le dio toda la razón—. Lo cual significa que realmente no tenemos nada.
—Nos encargamos de destruir por completo la nave cuando llegamos aquí. Incluso eliminamos a todos los tripulantes…—relató, reconstruyendo los hechos dentro de su cabeza—. Pero fue en ese momento en que todo el sitio empezó a llenarse con ese humo y esas malditas bestias fueron liberadas.
—Aún muertos se la hicieron a todos ustedes.
—Podría decirse que no fuimos muy afortunados —sonrió a medias, con ese aire tan relajado que le caracterizaba en ocasiones.
—¿Seguro que no tienes los síntomas y estás intentando hacerte el chulito frente a mí?
—Yo estaba fuera de esa nave junto con unos cuantos, terminando de limpiar el campo de batalla —le indicó—. Así que yo me salvé de tragarme ese maldito humo.
—Por el momento no salgan de este sitio y por amor a su especie no armen un alboroto que vaya a delatar su presencia, ¿entendido? —¿en qué instante los papeles se intercambiaron y ella se había en convertido en la de las órdenes y los sermones?
—Cuando hablas de esa manera me recuerdas a mi madre —se burló.
—Pues tu madre debió de haber sido una gran mujer, entonces —obviamente iba a devolverle el insulto.
—¿Te has cansado de estos viejos que prefieres irte? —no podía culparla. Si él pudiera también se iría dejando a Kamui ahí dormidito.
—Varias plantas que necesitan no las tengo aquí, por lo que tendré que salir —aclaró en cuanto terminó de subir las escaleras—. Además, al ser Vice-capitán, es tu deber y orgullo cuidar del bienestar de tu querido capitán.
—Y ahí va de nuevo… Siempre quejándose de ese idiota cuando ella hace exactamente lo mismo…—no le quedaba más que recorrer el camino de la resignación. Así que como buen subordinado tomó asiento y empezó con su larga vigía.
¿Cuántas veces le había dicho que recogiera aquella habitación antes de salir a jugar con sus amigos? ¿Es que estas nuevas generaciones estaban condenadas a ser unos rebeldes sin causa o era simplemente que había sido entretenido con otra cosa? Después de todo, sin importar por donde buscara, no lograba hallar al activo niño.
—¿Sucede algo, Hinowa? —preguntó la rubia con una mirada curiosa. Recién había regresado a la tienda y veía a esa mujer bastante preocupada.
—No encuentro a Seita por ninguna parte —expresó preocupada—. No está en su habitación o afuera jugando con sus amigos. Él no es esa clase de niños.
—No creo que debas preocuparte mucho por él —certificó—. Él sabe cuidarse muy bien.
—Aunque me lo digas, no puedo evitar sentirme preocupada —iba a continuar expresando su desasosiego, pero aparentemente solo estaba exagerando las cosas. Al menos así lo sintió en cuanto vio a su querido hijo entrar.
—¿Dónde estabas? Tenías a tu madre muy preocupada —expresó Tsukuyo tras expulsar una bocanada de humo de su pipa.
—Ah, lo siento madre —se disculpó de inmediato—. Solamente estaba…un tanto ocupado. No tienes nada de qué preocuparte.
—No lo vuelvas a hacer, ¿entendido? —le hizo prometer la pelinegra.
—Lo prometo —respondió solemnemente—. Ahora iré a terminar mis deberes —fueron sus últimas palabras antes de entrar corriendo. Sin embargo, un pequeño detalle no pasó desapercibido por la agudiza visual de esas dos bellas mujeres.
—¿Eso no eran…?
—¿Flores? —finalizó la oji violeta con notoria incredulidad—. ¿Crees que…él esté…?
—Es demasiado joven para esas cosas.
—Sabes, ahora que lo pienso…Últimamente lo he visto que siempre viene de camino a casa con una niña —murmuraba la ninja.
—Disculpen, buenas tardes —su charla maternal debería esperar. Por lo visto tenían una nueva clienta.
—Oh, sí eres tú, Oshin-kun —saludó cálidamente la mujer.
—Lamento las molestias, pero venía a recoger mi cajonera —su mirada carmesí se desplazó hasta la esquina más lejana de todo el lugar—. Veo que…ha servido para toda clase de juguetes —había tantas áreas censuradas que ya no estaba segura si era buena o mala idea el tomar esa bendita caja de vuelta.
—Adelante, puedes tomarla.
—G-Gracias…—sin importar lo cuidadosa que fuera al tocar esos llamativos y coloridos juguetes, estos hacían sonidos grotescos y viscosos. Incluso brillaban.
—Son los nuevos modelos para esta temporada. Puedes llevarte uno gratis si quieres —¿cómo podía verse tan inocente y pura vendiendo juguetes sexuales de tamaños tan exorbitantes?
—Ah, yo, creo que…paso —entre más rápido terminara de tomar sus cosas, más lejos estaría de ese sitio de perversiones—. Por cierto, Hinowa, ¿abrirán un nuevo establecimiento al lado?
—Así es —afirmó—. ¿Quién se le ocurriría abrir una florería?
—A la misma persona que se le ocurrió abrir una Boticaria —mencionaba Tsukki para la pelinegra que ya estaba cargando tan llamativa mochila.
—¿Quién crees que les vende sus medicamentos anti-ETS a esos malditos lujuriosos que solamente les funciona la cabeza de allá abajo, eh? ¿A quién crees que acuden cuando sus pequeños soldaditos se retiran de la guerra antes de siquiera empezar y solamente piensan en volver a su cómoda casita? —claramente sus servicios eran de gran utilidad para el Distrito de Yoshiwara.
—Ciertamente tienes un buen punto allí —le elogiaba Hinowa por esa agudeza mental para los negocios.
—Desde que llegué aquí he obtenido jugosas ganancias —no es como si le hiciera mucha ilusión trabajar en un barrio rojo, pero era lo que había—. Esta clase de sitios me recuerdan a él…—soltaba para sus adentros con un par de venitas palpitándole en su cabeza—. Por cierto, tengo una duda.
—¿Sobre qué? —habló Tsukuyo.
—¿Dónde podría encontrar a la Yorozuya?
Tras su llegada a Edo nunca había tenido la iniciativa de conocerlo a profundidad. Por lo que sus conocimientos sobre esa ciudad de extintos samuráis se limitaban únicamente al barrio rojo donde los hombres encontraban placer carnal y al territorio en el que se encontraba su hogar. Pero gracias a las claras indicaciones de Tsukuyo logró llegar hasta el distrito más temido de todo el país: el distrito Kabuki.
Desde su punto de vista no era más que un vil barrio que había sido abandonado por las autoridades del gobierno, por lo que estaba plagado de vagabundos, gente mal encarada y establecimiento de dudosos productos comerciales; sin mencionar que tenía que estar al pendiente o sus pertenencias serían hurtadas en un abrir y cerrar de ojos.
Sin embargo, tampoco le incomodaba transitar por un sitio como ese. En cierta manera poseía su encanto propio; era tan vistoso y ruidoso que parecía ser acogedor para los foráneos como ella.
—En definitiva, aquí tiene que ser —sus pasos se detuvieron frente a ese establecimiento de bocadillos. Allá adentro parecían estársela pasando bomba—. Buenas noches, de casualidad se encontrará aquí la Yorozuya…—se quedó totalmente muda en cuanto haló la puerta corrediza. Alguien tenía que estar de broma—. Esto, creo que me he equivocado —cerró de golpe, intentando olvidar lo que acababa de ver—. ¡E-Espera, ¿eso era un bebé?! ¡¿Un bebé, de verdad?! ¡Es enorme! ¡¿De dónde viene, del país de los gigantes?! ¡¿Y qué es lo que se supone que estaba haciendo ese friki de lentes?! ¡¿Eso era una almohada?! ¡En definitiva lo era! Y si era así, ¡¿por qué la estaba besando tan apasionadamente?! ¡¿Y por qué había un hombre vestido con kimono y orejas de gato?! ¡¿En qué clase de dimensión loca he venido a caer?! —intentó controlar sus impulsos, pero eso había sido demasiado para lo que estaba acostumbrada a ver. No costaba creer que estuviera recargada contra la pared más cercana, hiperventilando.
—Este… ¿Nos estabas buscando? —ella giró hacia atrás, con lentitud, con ese dramatismo propio de las telenovelas románticas cuando la protagonista se reencuentra con el amor de su vida.
—Ah, sí, pero creo que me han dado la dirección equivocada —mencionó, parpadeando un par de veces. Frente a ella se encontraba un hombre adulto con pañal, un ridículo arco y unas alas pegadas a la espalda.
—Nosotros somos la Yorozuya —habló el que estaba a su derecha. Que en apariencia sería el más normal si hasta hace poco no lo hubiera visto mostrar demasiado afecto a un objeto inanimado—. Él es Gin-san, yo soy Shinpachi y ella es Kagura.
—Hola —decía la Yato con el dedo excavando dentro de su fosa nasal derecha—. ¿Se te ofrecía algo?
—Es difícil creer que son los mismos de aquella vez…Como que algo no cuadra aquí…—después de verles enfrentarse ferozmente al Harusame en el planeta Rakuyou, costaba verles en su "estado natural"—. Lo lamento, mi nombre es Oshin —se presentó—. Y he venido para pedirles que lleven a cabo un trabajo.
—Imposible, imposible —alegaba Gintoki con un gesto perezoso en todo su rostro—. Últimamente hemos estado muy ocupados. Nos hemos tomado unas vacaciones, como puedes ver.
—Lo único que veo es que estás sacándote ese moco de la nariz y lo estás untando en la cabeza de ese rarito de lentes.
—¡¿Eh?! ¡¿Gin-san, qué demonios estás haciendo?! ¡¿Y a quién le dices rarito de lentes?! ¡¿Me acabas de conocer y ya me estás insultando?! ¡¿Por qué estás fingiendo que no has dicho nada ofensivo contra mí?!
—La paga será suficientemente buena —bajó su cajonera sobre el suelo, abriendo el cajón inferior, dejándoles ver a los curiosos lo que tan meticulosamente guardaba—. Es una daga antigua, pero valiosa. Está hecha completamente de oro y estoy segura que pueden venderla a un buen precio.
—Ey, espera un momento…No me digas que tú eres…—el peli plateado dio unos pasos hacia atrás, con un semblante de seriedad que podría dejar callado a más de uno. Y esa simple reacción dejó confundidos a sus observadores.
—¿Acaso es posible que recuerde quién soy? Sé que nos cruzamos cuando ocurrió ese enfrentamiento con Harusame en Rakuyou…Pero no pensaba que era la clase de hombre que pone atención a los minúsculos detalles.
—Ahora queda todo más claro —asintió una y otra vez, mirándola con detenimiento—. Desde hace unos días para acá he notado que mis ahorros han empezado a disminuir drásticamente sin explicación aparente —gesticuló totalmente absorto en ese pensamiento que no lo dejaba ser el mismo de siempre.
—Siento decirte esto Gin-san, pero lo has perdido todo en el Pachinko. Solamente estás intentando escapar de la realidad.
—Y ayer mientras leía la Jump, todas las lámparas empezaron a parpadear hasta que de pronto todo se tornó en oscuridad absoluta —era increíble lo hilarante que resultaba contando su anécdota mientras intentaba no perder los estribos.
—Eso fue porque no pagamos la luz de este mes —le recordaba Kagura.
—Quizás con esto que te he contado puedas encontrar su Forma, Verdad y Razón, y logres erradicarlo de nuestro hogar —la sujetó de ambos brazos. ¿Cómo podía escucharse tan serio soltando una panda de rotundas estupideces?
—Este…creo que te estás confundiendo…Yo no soy esa "clase de boticario". Yo en realidad únicamente vendo medicinas.
—No tienes que ser tímida, Oshin-chan. Yo guardaré tu secreto de todos estos ignorantes que no se dan cuenta que nuestra hermosa Yorozuya está siendo atacada por un peligroso y poderoso Mononoke. Que si se descuidan podría devorarnos a todos y mandarnos a un mundo distorsionado del cual podríamos nunca escapar.
—No, como estoy tratando de decir…Yo no soy una exterminadora de Mononoke…Yo solo quiero que aceptes mi petición de trabajo.
—¡¿Cómo que nuestra casa está poseída por un Mononoke?! ¡Esperen, en primer lugar, ¿qué diablos se supone que es un Mononoke?!
—Shinpachi-kun, ¿qué clase de samurái eres si no sabes algo tan simple como eso? ¿Qué se supone que te he inculcado todos estos años, ah? No me hagas pasar vergüenzas frente a nuestra cliente.
—En realidad el único que nos está haciendo pasar pena ajena eres tú. Deberías simplemente callarte y dejarla hablar. Es más, deberías dejar de leer esas extrañas revistas porque ya te están afectando.
—Mmm… Esto sabe delicioso —¿era demasiado tarde para salvar esos pastelillos que había guardado en el cajón superior de su mueble?
—De verdad, una enorme disculpa, son unos completos imbéciles —pidió perdón el de gafas tras haber aplacado a ese par con un buen merecido golpe de su bokken—. Escucharemos tu petición con mucho gusto.
Tal vez se había arrepentido totalmente de haber ido a buscar a la Yorozuya, pero ya había entrado a su humilde establecimiento. Por lo que ya no había marcha atrás; ahora solamente le quedaba plantear el problema en cuestión.
—¿Y bien, de qué quieres que nos hagamos cargo? —al fin Gintoki Sakata se encontraba vestido apropiadamente y parecía que la cordura le había vuelto…momentáneamente.
—Quiero que recuperen un objeto para mí —les decía al tiempo que sacaba una foto de su bolsillo—. Se trata de una espada familiar que ha sido heredada por generaciones. Muchos la han conocido con el nombre de Burakkusouru.
—No se ven muchas de este tipo en esta época —ante los ojos de gente no conocedora, esa espada no era más que un trozo de metal forjado cuya filosa hoja era de un intrigante tono negro—. ¿Dónde fue la última vez que la viste?
—En las manos de su estúpido dueño —recriminó, con cabreo—. Se supone que la lleva siempre consigo y nunca la pierde de vista, pero esa noche estaba pasado de copas, yendo de bar en bar… Al día siguiente se dio cuenta de que ya no la tenía consigo —¿por qué estaba rodeada de gente tan estúpida? —. Me ha pedido personalmente que la busque por todo Edo, pero no tengo ni el tiempo ni las ganas para hacerlo. Así que por eso he dedicado recurrir a ustedes.
—Esa clase de samuráis no deberían siquiera respirar… Un samurái que se respeta nunca perdería su espada. Es como si abandonara su alma, como si llegara alguien y le arrancara cada uno de sus brazos. La espada es tan vital para un samurái como lo es la mantequilla en el pan tostado cada mañana durante el desayuno —proclamó a todo pulmón, con su persona de pie, como si lanzara un juramente al cielo—. ¡Escorias como ésas deberían hacerse el seppuku!
—¿Lo dice el samurái que ha perdido su espada más de diez veces después de una noche de farra o se escapa al cabaret? Deberías tomar tu propia palabra y terminar con tu vida en este momento, Gin-san.
—Tómense el tiempo para buscarla y entregármela —las negociaciones habían sido hechas, por lo que lo mejor era ponerse de pie y retirarse en la brevedad posible—. Para cuando completen mi encargo, lleven la espada consigo a Yoshiwara y allá personalmente les daré el resto de la recompensa.
—Shinpachi, ¿has escuchado lo mismo que yo? —cuestionaba al otro, intercambiando miradas—. Nos está diciendo que nos "dará el resto de la recompensa" en Yoshiwara. ¿Sabes lo que eso significa?
—¿Qué trabaja allí o que le es fácil acceder a ese sitio para la entrega?
—¡Error, error! —si no entendía con palabras a golpes lo haría—. ¿Crees que una mujer como ella estaría en Yoshiwara vendiéndole medicina a esos pobres diablos que tienen su p*** para adornarlo en navidad mientras el resto de año les crecen telarañas?
—En realidad eso es lo que creo.
—¡Por supuesto que no! —exclamó con ferviente motivación—. ¡Mira esos muslos perfectamente delineados por el esfuerzo diario de su noble trabajo! ¡Contempla su cintura marcada y esa piel tan tersa que sería la envidia de cualquier quinceañera lujuriosa! ¡Y no olvides ese par de melo….!
—¡¿Por qué me has golpeado a mí también, Kagura-chan?! —gemía de dolor Shinpachi antes de desmayarse. Parecía que alguien se había cansado del parloteo y los había mandado a ser unos con el piso, muy literalmente.
—Sadaharu y yo queremos dormir. Así que quédense callados o los mandaremos a dormir afuera —sus celestes pupilas pasaron de esos dos idiotas a Oshin—. Son unos imbéciles y nunca piensan con la cabeza correcta. Únicamente ignóralos o golpéalos.
—Veo que los tienes bien domesticados —le felicitaba—. ¿Quieres acompañarme a cenar, Kagura-chan? —invitó cortésmente.
—¿En serio? —a ella no se le podía decir comida dos veces—. ¿Podemos cenar ramen o quizás…carne? —de imaginárselo ya estaba babeando todo el piso.
—Claro, cenemos lo que tú gustes.
Era la primera vez que entraba a ese restaurante, principalmente porque no tenía suficiente dinero para pagar por la especialidad de la casa. Así que estaba más que ansiosa por probar el menú y presumirles a esos dos amigos suyos la suerte que había tenido.
—¿Qué será lo que pida? —ambas habían encontrado una mesa disponible y mientras Oshin se cruzaba de brazos, su invitada miraba con emoción el menú; era como una niña pequeña que no sabía contener su emoción.
—Puedes pedir lo que quieras —mencionó para la oji azul—. Hasta el menú completo.
—¡¿De verdad?! —lloraba de la felicidad. Incluso se había abalanzado sobre la pelinegra para abrazarla con su sobre-humana fuerza—. Kami-sama realmente existe y me ha mandado a un ángel —se apartó de ella para ponerse a pedir todos los platillos a una asustada mesera.
—¿Puedo preguntarte algo, Kagura-chan?
—Lo que sea —agregó, sonriente.
—¿Disfrutas de tu estadía aquí en la Tierra? —preguntó rápidamente—. He escuchado que perteneces a uno de las razas más fuertes del universo y que el sol no es muy sano para todos ustedes.
—La Tierra es un lugar increíble —aseguró apasionada—. He conocido a personas maravillosas como Gin-chan o Shinpachi-kun. Incluso tengo una mascota increíble —si porque ese perro gigante las había escoltado hasta el restaurante; allá estaba afuera, moviendo su cola de un lado a otro—. Aun cuando papi no está aquí, no me siento sola.
—Quizás debería hacer lo mismo que tú y mudarme a alguno de estos distritos. Si tengo un poco de suerte podría encontrar a un par de idiotas amigos como los que tienes tú.
—¿Umm? ¿No vives aquí?
—Técnicamente no —indicó—. Vine temporalmente. Y aunque pensaba irme, parece que me han encontrado las personas que menos deseaba volver a ver.
—¿Eso significa que eres una novia fugitiva que ha viajado por el universo intentando dejar atrás a su estúpido y bueno para nada prometido? El cual fue elegido por tu padre desde que eras una niña y ahora que estás en edad de merecer quiere formalizar la relación.
—…Es aterradora la imaginación de los niños en estos días… Este par de hermano no son opuestos, son lo que le sigue a eso…—inhaló y recuperó nuevamente su calma. Tal vez tratar con Kamui por todo ese tiempo estaba afectándole con el trato a seres que no tenían ideas de genocidio en la cabeza—. Mientras cenamos, ¿qué te parece si me cuentas más sobre Yorozuya y tú?
Estaba seguro de que habían pasado un par de horas desde que Oshin se marchó, pero no las había sentido en lo más mínimo. Debido a su propio cansancio se había quedado totalmente dormido, ignorando su alrededor, y hasta a su propio capitán. No obstante, ¿cuál fue su sorpresa cuando despertó?
—¿Al fin has vuelto en ti? —preguntó por mera cortesía en cuanto contempló ese usual semblante de tonto que el pelirrojo poseía.
—¿Qué es lo que ha pasado? —lo único que conmemoraba era el inicio de aquella batalla y lo mucho que disfrutó destazando a esas bestias salvajes que estaban equiparándole en fuerza.
—Era de esperarse que no recordarías nada —rascó su nuca y dio un largo suspiro. La verdad es que no tenía ánimos para estar haciéndole resúmenes didácticos.
—Si estoy de esta manera, significa que ha sido idea suya —allí estaba esa sonrisa en sus labios mientras movía sus manos; sus muñecas y tobillos se encontraban fieramente sujetos por gruesos grilletes que le restaban movilidad.
—Consideró que esos grilletes se verían bien en ti. Hasta les ha combinado con el color de tus ojos, capitán —sí, en cierto modo estaba disfrutando del mal momento del Yato.
—Y bien, Abuto, ¿sabes quiénes han sido los que nos condujeron hasta la Tierra y nos tendieron la emboscada? Mira que no la han hecho en grande —por algún motivo estaba impaciente por querer conocer el nombre de sus actuales enemigos.
—No pongas esa cara, idiota —masculló cabreado—. Que ha sido tu culpa el que termináramos de esta manera.
—Ellos empezaron a atacarnos —dijo a su favor—. No podíamos dejar que se fueran así como así —¿por qué lucía tan entusiasmado en vez de ponerse a pensar en las consecuencias de sus irracionales decisiones?
—Debiste de haberte dado cuenta de que algo andaba mal cuando empezaron a encaminarnos hasta este planeta —si tan solo escuchara la mitad de sus consejos, el Clan de los Yato no tendría tan oscuro futuro.
—No puedes negar que ha sido divertido.
—¿Divertido? —ironizó—. Después de lo ocurrido con Harusame y esta treta, nuestra fuerza ha sido mermada a la mitad o poco menos. Y ahora intentan extinguirnos como si fuéramos simples ratas de laboratorio.
—Lo cual únicamente significa que son oponentes interesantes —sonrió ampliamente, con esa mirada sádica ansiosa por probar nueva sangre, por experimentar esa emoción que solamente los retadores fuertes son capaces de hacerle sentir.
