Pero salió rápidamente de ese mundo de fantasías lujuriosas y pensamientos amorosos cuando recordó que Afrodita podía regresar de un momento a otro y el tiempo era valioso.
"Cuando podré verte otra vez?" preguntó poniéndose de pie. Desde esa perspectiva más alta se veía mucho más adorable.
"Milo, la verdad, yo... no..."
"Milo! Disculpa la tardanza pero Narciso había perdido su..." se detuvo al ver a Camus. Afrodita le miró extrañado y se acercó para gruñir en el oído de Milo.
"Y ese? Sabes como es su maestro. Te hubiese encontrado aquí con él y te mata!" exclamó halándolo del brazo. Milo se despidió de Camus con un gesto de la mano y este le respondió vagamente antes adentrarse en su templo.
Al día siguiente, Kile rió antes de preguntarle a su discípulo si se celebraba algo especial. Este había estado toda la mañana entrenando aún cuando no se le había ordenado.
"No, nada especial." Respondió mientras esquivaba – radiante de alegría. – unos ataques fallidos de varios aspirantes a caballeros de plata. "Vamos, si a penas estamos comenzando!"
"Milo... estás..." uno de ellos respiró profundo antes de continuar. "Estás loco? Ya no puedo más!"
"Vagos, no aguantan nada!" se quejó dejando atrás la pila de chicos heridos para unirse a su maestro. "Me siento lleno de energía hoy. Podría leer todos los libros que quieras esta noche... podría recorrer más de mil veces las doce casas... podría desafiar al Olimpo y sus doce Dioses yo solo! Podría..." y siguió contando con los dedos hasta llegar al Templo de Escorpio.
"Aaah, maestro!" exclamó dejándose caer en la cama. "El Santuario nunca me había parecido un lugar tan mágico y encantador desde ayer al medio día."
Kile sólo pudo continuar riendo a espaldas de Milo mientras arrancaba un mes del calendario colgado en la pared.
Despertó a la mañana siguiente... ¿O era ya medio día cuando abrió los ojos pensando en Camus? Bien, no era de importancia la hora. Recorrió la habitación con la mirada considerando si seria buena idea levantarse, sabía que al hacerlo no toleraría la tentación del Templo de Acuario.
Bostezó intentando incorporarse pero al instante le azotaron una serie de dolores musculares. Los golpes y esfuerzos del día anterior los estaba sintiendo ahora.
"Malditos chiquillos de plata..." gruñó frotándose el cuello. Cuando se hubo desperezado del todo entró al baño dispuesto a darse una larga y reconfortante ducha.
"Maestro..." le llamó Milo a penas regresó al templo.
"Hmp?"
Milo jugó con sus pulgares antes de atreverse a proseguir."Verás... creo que... creo que necesito un favor."
"Un favor? Dime, nunca te he negado nada y nunca lo haré mientras esté a mi alcance." El muchacho rió nervioso.
Suspiro.
"Entonces supongo que no... lo siento, ya no sé lo que digo."
"Milo...?" negó con la cabeza en respuesta haciendo un ademán de salir de allí inmediatamente, Kile lo detuvo con una mano sobre su hombro.
"Hay algo que quieras contarme?"
Milo mordió su labio inferior considerando en serio la opción de decírselo todo, tal vez sirviera de ayuda y de alguna manera no se sintiera tan solo con esa pequeña... peculiaridad.
"Algo sobre Olmawi...? Camus... tal vez..."
"Sí, por ahí va la cosa." Admitió halándose sus largos mechones de cabello húmedo. "Me está volviendo loco, Kile. Necesito contárselo a alguien!"
"Estoy enamorado de él, Narciso. Lo amo de veras." Murmuró Afrodita sonrojado. "Es tan atractivo, es tan..." suspiró entristeciendo su mirada. "No sé si esté bien. Por eso te lo cuento... porque tú lo sabes todo." Inclinó su cabeza en espera de alguna reprimenda pero él, Narciso, la sostuvo en alto con sus delgados dedos bajo la barbilla fina.
"No te avergüences, Afrodita. Crees que está mal sentir amor de amante por un chico? Por eso me lo has contado?"
Afrodita desvió su mirada.
"Ah, pequeño." Exclamó acariciándolo. "Tu maestro no lo sabe todo."
"Pero..."
"No lo sé todo, querido mío. Sólo sé que si tu amor es verdadero, te hará sentir feliz, te hará sentir vivo y sobre todas las cosas; capaz. Si no es así, mi dulce rosa, entonces será mejor que lo dejes."
"Qué quieres decir, maestro?"
"Que nadie tendrá derecho a decir que estás equivocado, hasta que tú mismo lo descubras" Narciso sonrió con ternura al encontrarse aun con los ojos confusos de su alumno. "Nadie tendrá derecho a decir que está mal mientras seas feliz. No lo olvides." Y besó su frente.
"Con que, es ese el problema?" susurró Kile. Milo había insistido en que se encerraran en la habitación para decirle aquello. Él asintió con el rostro hundido en el colchón de su cama, incapaz de permitirse ver directamente a su maestro.
"Estás seguro de que es realmente amor? Puede ser la primera impresión o..."
"Me gusta desde hace muchos años. Nos vimos en el puerto, me parece que no lo recuerda..." detalló, Kile casi no pudo entender lo que se ahogó en el juego de sabanas blancas.
"Ya veo." Suspiró. Milo sintió un peso a su lado y adivinó que se había sentado junto a él. "No vas a decirle?"
"Qué?" graznó levantando la cara de repente. "Qué dijiste?" insistió sin darle crédito a sus oídos.
"Que se lo debes decir. Nunca se sabe cuando será demasiado tarde, Milo. Háblale."
"Pero maestro... me presente ayer. No puedo ir hoy a decirle que lo amo."
"Te ves tan paciente y juicioso diciendo eso. Cómo quisiera que fueras tan sereno para apuntar antes de atacar y por fin acertar algunas de las agujas..." se lamentó negando reprobatoriamente con la cabeza.
"Kile! Es sólo que para unas cosas hay que ser paciente y para otras no."
"El alumno instruyendo al maestro. Francamente, no creo que necesites mi ayuda con Camus. No hay nada que yo pueda hacer... como acabas de decirme, tendrás que saber esperar. El momento llegará, lo prometo."
"Sí... sí lo sé." Musitó dejándose caer con resignación en la cama. No volvió a salir en todo el resto del día y rechazó todo tipo de invitaciones y comidas. Su mente no dejó de girar en torno a Camus, se preguntó si toda aquella angustia sería compensada con creces algún día antes de caer profundamente dormido.
Kile suspiró rizando en su dedo el cabello rebelde regado sobre la cama. "Tal vez haya algo que pueda hacer por ti, hijo." Susurró al rostro placido.
"Buenos días, maestro. Lamento solicitarlo tan temprano." Saludó arrodillándose. El acto fue formal pero su esencia era de la habitual familiaridad que tenía con todos. O quizás, no con todos. Kile miraba el rostro cubierto por una mascara burlonamente, como si estuviese a punto de soltar una carcajada. Y no por él, si no por sus propias palabras.
"Descuida. Siempre es un placer recibirte, Kile. Hay algún problema?" dijo con un exquisito buen humor, tanto como el de Kile.
"Es sobre la misión en Europa. Debía partir temprano con el caballero de sagitario."
"Sí, lo recuerdo"
"Creo que Olmawi sería el más indicado. Estoy seguro de que será más útil que Aioros, Shion. No opaco sus habilidades... pero Olmawi como caballero de hielo, es preferible."
"Todo será como tu desees, Kile. Yo lo consiento, sin embargo estás seguro de que Olmawi podrá interrumpir su entrenamiento?"
"Estoy seguro de que lo hará, mientras tú se lo pidas."
"De acuerdo. Entonces que sea una orden del Patriarca." Aceptó con su suave voz. Kile se puso de pie deshaciendo la respetuosa reverencia.
"Gracias, con seguridad él y yo acabaremos con los invasores de fuego lo antes posible."
"Eso espero..." Murmuró Shion, se veía inquieto allí, sentado. "Kile...!" le llamó haciendo que este se detuviera, dándole la espalda. "Sean prudentes."
"Descuida, voy a regresar." Dijo simplemente, Shion no volvió a detenerlo.
"Dioses...! creo que dormí un siglo..." gimió Milo estirándose abiertamente.
Bostezo.
"Kile...! Kile?" llamó. Vio la hora en el reloj de pared, no era más de la una. Kile debía estar cerca. Estaba tan hambriento...
"Kile... Kile... Aaahrg! Afrodita, qué haces aquí!" exclamó cuando tropezó al salir de la habitación con el aprendiz de la última casa. Se apretó el pecho con una mano y jadeó un poco agitado por la sorpresa.
"Kile me envió para traerte algo de comer... lo siento." Afrodita, por su parte, se veía muy distante y distraído. No le quitó los ojos de encima mientras retiró amablemente la canasta con panecillos, muslos de pollo, fresas con crema, leche... en fin, todo un banquete digno de dioses.
"Gracias, Afrodita. Oye, te ves mal... tal vez debas descansar un poco." Dijo entrecerrando la puerta.
"Sí, yo solo... yo solo... debo descansar... Espera, Milo!" reaccionó antes de que se cerrara completamente. "Kile te deja esta nota. No debo leerla, me parece. Adiós." Se despidió quedamente dejando la nota sobre la canasta.
"Chico raro." Murmuró dejando la carga sobre la mesa y abriendo la nota doblada por la mitad para leer rápidamente.
: Olmawi y yo fuimos
elegidos para una importante misión. No olvides leer el libro
que nos prestó Narciso sobre Antares. No te preocupes,
regresaré mañana al atardecer.
Al
terminar de leer, la despidió lejos y mordió raquítico
una pieza de pan "Tonto Kile! irte dejándome una notita, ya
no soy un niño y además no es la primera vez... JA!"
se quejó con la boca llena. "Hmmmp... este sujeto sí
que sabe cocinar...un momento!" dejó caer el alimento y
gateó en el suelo buscando la carta. Al encontrarla la acercó
tanto a su rostro que su nariz llegó a interponerse.
"Se fue! Se ha ido con la peste de nieve!" gritó. No pudo perder el tiempo comiendo ni bebiendo esas tonterías, aquella era su oportunidad para una visita furtiva.
Corrió dejándole polvo al polvo. Ignoró el saludo de Shura al cruzar su templo como alma que lleva el diablo y llegar exhausto al único templo que amaba ver o si quiera acercarse.
La oportunidad era tan irreal y aun así tan vivida, que temió perderla al despertar. ¡Por eso debía darse prisa!
"Camus! Camus, estás aquí!" dijo faltándole solo un poco para llegar a ser grosero. Iba a llamarlo una vez más pero se rindió ante sus pulmones que pedían aire a gritos. Miró a un lado, al otro... pero nada. Su excitación pudo haberse desvanecido antes de ver una puerta, se apresuró en abrirla.
Lo que vio, bien, no supo si esperarlo o no. Camus estaba sentado en el piso, con una sabana cubriendo todo su espectacular cuerpo del cuello hacía abajo y leía un muy grueso libro. Cuando Milo entró, inclinó la mirada hacía arriba. Parecía sorprendido y asustado.
"Milo, no deberías estar aquí." Dijo dejando caer el libro sobre sus piernas. "Si alguien le dice a Olmawi que viniste, me matará...!"
"Nadie dirá nada. Tu queridísimo maestro no está cerca, mínimo estará aquí mañana." Canturreó sentándose a su lado.
Suspiró por el amor, alegría y cansancio.
"Cómo estás?"
Camus no dejó de mirarlo, atónito. ¿Podía haber un hombre realmente capaz de cruzar una línea tan peligrosa por hacerle esa simple pregunta? Parpadeó varias veces en un instante sin poder creerlo.
"Eh?"
"Hmp? Bueno, no importa." Milo recogió el libro que había caído hace unos momentos. Lo ojeó rápidamente. "Vaya, realmente leerás todo esto...?" Camus asintió.
"Oh!" exclamó Milo y su rostro empezó a tornarse pensativo. Guardó silencio por un largo rato y miró a Camus con seriedad.
"Te gustaría desayunar conmigo?" preguntó en un susurro como si la proposición fuera sacrilegio.
"Me gustaría, me gustaría pero no tengo permitido salir..."
Milo arrugó las cejas y objetó. "Qué cosas dices...! no te preocupes ahora, te prometo que no pasará nada."
Los ojos de Camus brillaron y colocó su mano en el extremo de la sabana, haló de ella para descubrir su abdomen rodeado por vendas humedecidas por la sangre fresca. "A veces no puedo aguantarlo, Milo." Murmuró. Milo tomó la mano temblorosa que buscaba aferrarse a algo. "Siempre... siempre es el mismo dolor...yo realmente intento ser lo que él quiere que sea, pero no lo entiendo..."siguió turbado. Milo escuchó sus desdichadas palabras con atención, luego le pidió que no continuara.
"Ahora no estás en Siberia, Camus..." susurró inclinándose hacía adelante, hablando solo para él. "Ahora estás conmigo. Nada malo va a pasar" y sus palabras fueron tan sinceras y tan seguras de poder llegar a ser verdades, que Camus aceptó su ayuda para ponerse de pie.
"Gustas? " le preguntó alcanzándole un suculento muslo de pollo. Notó que toda esa comida no podía ser para una sola persona. Tal vez Kile tuviera algo que ver, pensó. Sonrió viendo a Camus comer en silencio. ¡Qué lindo!
Su hambre ya había desaparecido, para él era suficiente mirarlo así, tan tímido pero feliz. Decidió hablar cuando Camus suspiró con abandono al terminar su vaso de leche.
"No recuerdo cuando fue la última vez que pude comer así, Milo. Gracias." Dijo. "Milo... Milo me escuchas?"
"Sí..." Milo evitó suspirar o por lo menos abalanzarse sobre él y comérselo. "Fue un placer." Terminó apartando con el pulgar algunas migas en los labios de Camus.
Camus se sonrojo, avergonzó y asustó, todo a la vez. Sostuvo con fuerza la muñeca de Milo y la alejó de él. "Milo, creo que... ya es hora de que-" quería decir que debía irse, debía evitar cometer la locura de dejar salir a flote alguno que otro de sus sentimientos más ocultos. Por lo menos alejarse de él era una buena forma de no avivar el fuego, a nadie le gustan los incendios. Milo le silenció con una propuesta.
"Te gustaría salir conmigo?" Los ojos de Camus automáticamente se abrieron de par en par.
"Qué...?"
Milo le miró con dulzura y replicó. "Dar un paseo. Te gustaría?" explicó mejor. En algún lugar de su mente adivinó que Camus tal vez había entendido otra cosa.
"Un paseo dijiste?"
"Claro! Vamos, es muy temprano para estar encerrado. Regálame este día." Camus nunca le respondió pero no opuso resistencia a la mano en su espalda que lo empujó hasta las afueras del Santuario.
"Milo, realmente no creo que esto esté bien..." dijo sin pasar por alto la mirada de advertencia que Saga le dedicó únicamente al escorpión cuando les vio salir. Este rió pasando el brazo por su espalda.
"No hagas caso, cree ser el señor perfecto que todo lo ve, todo lo sabe y todo lo huele. Yo creo en lo que quiero y lo que siento." le contó cuando empezaban a subir una inclinada colina mucho más allá del Santuario.
"Ah, sí?" contestó tomando muy en serio su manera de ver las cosas. "Y cómo es eso?"
"Pues..." Milo pensó bien antes de contestar. "Todo es como respirar. Escucha con atención, tú podrías dejar de respirar verdad? Pero pronto tu cerebro te obligará a hacerlo por falta de oxigeno."
"Eeeh-" no sabía que decir sobre su extrañísima e incomprensible explicación, fue él mismo Milo quien lo salvó de la bochornosa situación riendo.
"El truco está en hacer lo que creas que está bien. Creo que está bien venir aquí contigo, estuvo bien buscarte, conocerte... está bien porque me siento muy feliz, Camus. Me gusta estar contigo." Dijo en un tono de voz muy intimo. Ambos detuvieron la caminata, Milo más que dispuesto a cumplir su filosofía al pie de la letra y Camus sin saber qué esperar.
"Te gusta estar conmigo, Camus? Si estás muy cansado podríamos regresar. Vendríamos otro día y..."
"No, Milo." Le cortó Camus y fue cuando por primera vez, le vio sonreír. "Quiero seguir." Milo deslizó sus ojos de el rostro hermoso frente a él hasta su estomago.
"Pero... te duele?" susurró con seriedad, su mirada estaba algo angustiada.
"Ya no me duele."
"Camus..."
"En serio! No duele." Repitió sonriendo más ampliamente. ¡Ah, qué bonita su mirada brillando más aún que el sol iluminando a los lejos el imponente Santuario con sus doce casas.!
"Bueno, andando entonces." Continuaron caminando y, sinceramente Camus empezaba a preguntarse hasta cuando. El Santuario hacía más de diez minutos se había perdido de vista y ellos no dejaban de caminar por senderos, subir y subir más colinas. Todo alrededor era muy lindo pero aún así.
"Falta poco. No me digas que tienes miedo! Aaah, Camus. Lo monstruos no existen."
"Sí, sé que no pero..." la risa de Milo le interrumpió una vez más.
"Me imagino a Olmawi saliendo de algún pantano. Eso sí me asustaría! Te imaginas? Con esa capa y todo!" Camus ladeó reprobatoriamente su cabeza. Ese escorpión loco pero encantador e increíblemente sexy acabaría enloqueciéndolo.
"Hey, mira. Aquí es." Avisó saliendo de la espesura del bosque que habían estado cruzando. Todo a la vista era una gran extensión de pasto muy largo compartiendo espacio con algunas bonitas flores silvestres. En el centro un lago de agua cristalina – bastante tentadora – les dio la bienvenida junto con un gran cedro a su lado que creaba un espectacular reflejo decorando la superficie con florecillas blancas desprendidas.
"Descuida. El agua está mucho más tibia que la del Océano Glacial." Le dijo a sus sorprendidos ojos.
"Milo... esto es... esto es... es hermoso!" musitó disfrutando la brisa reconfortante en su cuello sudoroso. "Nunca esperé ver un lugar así, nunca." Replicó como un claro agradecimiento, terminó volteándose para ver a Milo.
Su sorpresa fue tal al ver que este empezaba a quitarse la playera, luego los zapatos y luego...
"Qué...?" Milo observó minuciosamente cada facción turbada en su rostro. "Ah! Entiendo. No sabes nadar?" preguntó en broma pues supo perfectamente a qué se debía su estado.
"No... digo sí! Es sólo que..."
"Estoy jugando, Camus!" exclamó despidiendo su camiseta lejos y acercándose a él. "Creíste que sería fácil ver mi escultural cuerpo en todo su esplendor?" bromeó subiéndose los pantalones que empezaban a deslizarse cada vez más hacía abajo.
"Sí..." Camus fingió sonreír en entendimiento. "Qué gracioso."
"Quieres nadar?" continuó Milo. ¿Iba demasiado rápido? Hmmp... tal vez pensaría en eso al día siguiente, no ahora. Su entusiasmo disminuyó gradualmente por los ojos fijos semejantes a un mar inquieto por la tormenta. Le recordó mucho más a un conejo antes de ser cazado. Relajó su rostro, también su sonrisa y dijo con una voz algo más ronca de lo habitual.
"Te duele?" su pregunta fue precedida por una mirada rápida en su estomago. "Es eso, Camus?" el chico inseguro negó con su cabeza. Milo no pasó desapercibido sus par de labios... tan temblorosos y a la vez tentadores! Nunca antes se había sentido tan enamorado. Amaba todo en Camus. Hasta sus ojos – habitualmente. – tranquilos y serios empezaron a parecerle el lenguaje más expresivo del mundo.
"Entonces deja que te ayude." Dijo en voz baja el hombre más alto. Se situó tras él y lentamente le ayudó con la tarea de desprenderse la camiseta. Milo tuvo que ver sus bien trabajados músculos antes de volver a preocuparse por el vendaje. "Voy a quitarlo. No es bueno usarlo todo el día o sí?" continuó con algo más de humor.
"Milo, deberías dejarlo así no sea que..." balbuceó soportando el placer que fue ser rodeado por esos dos brazos de acero dispuestos a cuidarlo. Suspiró cuando Milo lo desenvolvió de su abdomen.
"Esto se ve muy bien. No es nada grave." Dijo y tenía razón, ya casi no había rastro en su cuerpo de heridas causadas por Olmawi. Se estremeció al imaginar cuando todo cambiara, cuando Olmawi volviera y le obligara a golpes romper ese muro de hielo.
"Camus..." pronunció el nombre con dulzura infinita cuando tomó su mano. "Ahora estás conmigo. Prometí que nada malo pasaría."
"Sí." Fue su respuesta dejándose llevar hasta la orilla del lago. Ahora de cerca notó que era mucho, muy profundo. Ambos vieron sus reflejos frente a ellos.
Milo rió solo para él, pensando que hasta se veían bien juntos.
"Oye, Camus." Dijo mirándolo de frente. "Te gustaría casarte conmigo?"
"Cómo!" graznó poniendo los ojos como platos. Milo rió más atronadoramente cuando lo empujó dejándolo caer de espaldas al agua. Cuando Camus salió jadeante a la superficie encontró a el muy chistoso frente a él riendo a carcajadas. Con que Milo quería jugar no?
"Por qué hiciste eso!" gritó apenas haciendo presión en su cuello.
"Hacer qué?" preguntó. Camus pudo olvidar responder viendo lo sensual que lucía simplemente así, con su cabello mojado y su cuerpo entero brillando a la luz del sol.
"Me dejaste caer! Se supone que ibas a cuidarme!"
"Aaah... entonces es eso!" exclamó sin darle importancia. "Creí que era sobre la propuesta de matrimonio. Si aún lo dudas, va en serio."
"Tonto, no es eso a lo que me refiero!" estalló muy lejos de estar enojado, la verdad, estaba disfrutando de todo eso. Soltó su cuello para hundirlo completamente tomándolo de sus largos cabellos.
"Eso no me gustó!" le contraatacó antes de que este lograra escapar de él. Y vaya... Camus, ni el mismo Milo se habían divertido tanto alguna vez. A la vez, por supuesto, pudieron explorarse e interactuar de una manera en la que nunca antes habían podido hacerlo.
Perdieron la noción del tiempo entre risas y salpicaduras de agua. ¿Quién diría que serían dos de los futuros y muy estrictamente seleccionados caballeros dorados? Camus se dio por vencido en la orilla donde estaban de pie uno frente al otro. El sol empezaba a ocultarse en el fondo ofreciendo un cuadro perfecto para el aficionado.
