Pues aquí estoy de vuelta. Como ya he dicho, sólo puedo actualizar los fines de semana. Espero que os siga gustando y que comentéis (eso me anima a seguir escribiendo) :)
Los personajes de Once Upon a Time no me pertenecen, sin embargo esta historia si.
(Una forastera)
La tenue luz de sol que se colaba entre las cortinas comenzaron a despertar a Regina que dormía plácidamente. Habían pasado ocho años desde la muerte de Cora. La morena había adoptado a un bebé con la ayuda de su mejor aliado en el pueblo, el señor Gold, así se hacía llamar aquel hombre que chantajeaba a todo el mundo con tal de conseguir todo lo que quería. Él consiguió arreglar los papeles para que Regina pudiera adoptar a un precioso niño de tan sólo un año de vida en ese momento.
Henry, así es como lo llamó en memoria de su padre asesinado años atrás por Cora, había devuelto algo de calidez a su corazón, pero sólo cuando estaban a solas. Fuera de las paredes de su casa, la mujer seguía siendo hostil con todo el que se le cruzaba. Nuevamente las personas que vivían en Storybrooke se enfrentaban a una alcaldesa sin piedad, alguno incluso, echaba de menos a Cora, pues Regina podía ser incluso más cruel. El pueblo había perdido la poca vida que tenía cuando Cora murió. La gente pocas veces sonreía, y si lo hacían, no era en presencia de la morena.
El pequeño, de ahora nueve años, se había despertado muy contento, pues hoy tenía todo el día para estar con su madre, era domingo y Regina ese día, no trabajaba. Corrió por el pasillo hasta la gran habitación del fondo, lentamente abrió la puerta y vio que su madre se movía un poco. Sonrió divertido y fue corriendo hasta tirarse sobre ella despacio haciendo que la morena abriera los ojos de par en par y mirara al niño muy seria.
- Henry! ¿Qué te tengo dicho?- se incorpora cogiendo al pequeño por los hombros que baja la mirada apenado
- Lo siento… es que… pensé- fue interrumpido por ella
- No pensaste nada, te he dicho muchas veces que no entres en la habitación sin permiso!- dice demasiado dura cosa de la que se percata cuando el joven sorbe la nariz comenzando a llorar
- Per..dón- iba a levantarse cuando Regina lo acerca abrazándole, no podía ver a Henry llorar
- Cariño, sólo quiero que obedezcas- relaja el tono de sus palabras y acaricia la cabeza del pequeño
Henry se había convertido en su debilidad, le sobreprotegía y era muy estricta para que no dejara de estudiar y no se centrara en otra cosa que no fueran los libros. Lo mimaba todo lo que era capaz. No quería cometer los errores de su madre, aunque en cierto modo, no era muy distinta a ella. No permitía que nadie se acercara a él, no quería que le envenenaran la cabeza con lo que pensaban de ella, no quería que la odiase. El pequeño sabía que su madre poseía magia, la había sorprendido una vez en el sótano lanzando una bola de fuego hacia un espejo que se rompió con el impacto. Sabía que su madre era odiada por muchos, pero el creía que debajo de todo esa ira, su madre era buena persona. Tan pequeño y tan inocente.
- ¿Qué fue lo que pensaste?
Sorbiéndose la nariz mira a los ojos de su madre -Como es tu día libre… podríamos ir al parque y… a comer a Granny's- dijo esto último con recelo. Sabía que Regina odiaba ese restaurante. La dueña era una señora muy cariñosa a los ojos de Henry, pero la morena la odiaba. Abuelita, así se hacía llamar, había intentado proteger al pequeño en muchas ocasiones de la ira de Regina, pero cuando la morena se percató estuvo a punto de arrancarle el corazón, si no llega a ser por Ruby, su nieta, y el pequeño Henry, lo habría hecho. Pero era el mejor sitio de Storybrooke para comer.
Regina apretó fuertemente la mandíbula al escucharle pero intentando controlarse le dedico una pequeña sonrisa -Está bien, pero antes ve a darte una ducha mientras te preparo el desayuno-
Henry dejó un beso en la mejilla de su madre contento porque aceptara, salió de la habitación y fue corriendo a la suya para darse aquella ducha y bajar a tomar uno de los desayunos especiales que Regina siempre le preparaba los domingos.
Había detenido su escarabajo frente a una cafetería donde una joven morena con unos mechones rojos colocaba un cartel en que se informaba de que estaba abierto. El lugar contaba con una pequeña terraza y los cristales estaban adornados con unas letras luminosas, algo viejas, en la que se leía "Café". Parecía acogedor. La joven entró de nuevo en la cafetería refunfuñando cuando escuchó a una mujer llamarla.
Emma miró su cartera suspirando al ver sólo un billete que esperaba que le alcanzara para el desayuno. Podría gastárselo en otra cosa, pero sus tripas casi gritaban pidiendo comida. Baja del coche y sube un par de escalones que dan acceso a la cafetería, entra. Cierra los ojos un momento disfrutando el olor de café y dulces recién hechos que una mujer de pelo blanco colocaba en la barra.
- ¿Deseas tomar algo?- dice tras ella de forma divertida la joven morena que había visto colocando el cartel
Se sobresalta un poco y se gira sonriendo algo sonrojada -Si, un chocolate con nata y canela y un par de tostadas, por favor-
La chica asiente sonriendo y la invita a sentarse en una mesa, pero Emma prefiere hacerlo en la barra. Se queda mirando a la joven de mechas rojas, vestía de una forma bastante provocativa para estar sirviendo en una cafetería. Una camisa blanca con botones rojos desabrochada dejando ver su escote, metida por dentro de una "súper" minifalda roja y un pequeño delantal blanco sobre esta, era lo único que cubría su cuerpo. Sonriendo un poco al mirar sus piernas lleva su atención a la carta, la cual coge para mirar los precios de lo que había ordenado. Abre mucho los ojos Mierda piensa viendo que no le llegaría con el dinero que le quedaba. Cogiendo aire y algo avergonzada llama a la joven que le había atendido.
- Perdona…que sea sólo el chocolate…- intenta ocultar su vergüenza
La joven entra en la cocina para avisar a su abuela - Sólo quiere el chocolate- sonríe de lado -creo que no tiene suficiente dinero abuela-
La mujer se inclina un poco hacia atrás viendo a la rubia ojear el lugar y sonríe -Vaya, una forastera, creo que a la alcaldesa no le gustará eso-
- Quizá sólo esté de paso
- No lo creo- dice colocando dos tostadas en un plato y untando sobre estas mantequilla y mermelada
- ¿Por qué dices eso?- dice la joven mirándola confusa
- Tengo un presentimiento- le da el plato a su nieta junto con el chocolate -llévaselo, dile que la invitamos y ofrécele una habitación y no hagas más preguntas
La joven obedece rodando los ojos, su abuela y sus presentimientos… Siempre acertaba. Fue la primera en darse cuenta de las miradas entre Regina y Carol, y fue la primera en decirle que Regina era la que había matado a Cora. ¿Qué nuevo presentimiento tenía en mente esa mujer? Camina hasta Emma y pone el plato y el chocolate frente a ella lo que hace que la rubia levante la mirada asombrada.
- Perdona yo no… sólo tomaré el chocolate
- Lo siento, pero no acepto un no, mi abuela lo ha preparado con cariño y quiere invitarla- dice sonriendo tendiéndole la mano a la rubia -Mi nombre es Ruby
- Emma- responde estrechando su mano suavemente aún sorprendida por esa invitación -me siento abrumada… no debería aceptarlo-
- Pues acéptalo o me veré ofendida- dice la mujer saliendo de la cocina con una bandeja para servir a los tres hombres que había entrado. Dos parecían conocerse pero el tercero decidió por sentarse sólo en una esquina del lugar.
- Gracias señora…- sonríe amablemente y Ruby se ríe, sabía que a su abuela no le gustaba que le dijeran señora
- No hay por qué darlas querida y no me llames señora por favor! Aquí todos me llaman Abuelita, ahora come, que estás en los huesos- sigue su camino
- Y bien Emma, ¿estás huyendo de algo o de alguien?- se inclina un poco sobre la barra curiosa
- Digamos que… las cosas nunca salen como una espera- bebe un poco del chocolate algo incómoda por la pregunta, no quería hablar de eso
- Bien, pues has venido al lugar indicado, Storybrooke es el perfecto y aburrido lugar para huir- le sonríe - disponemos de habitaciones, así que, cuando termines, puedes acomodarte y descansar
Emma la mira aún mas sorprendida, ¿por qué estaban siendo tan amables con una desconocida? - Gracias, pero eso si que no puedo aceptarlo, no tengo con que pagaros- traga al verse descubierta
- Ya lo sé- ríe haciendo que Emma alce una ceja -Tranquila, no me estoy metiendo contigo, sólo que no importa, mi abuela se encargará de que pagues de alguna manera, quizá puedas ayudar a recoger cuando cerremos-
La joven de mechas rojas deja a Emma con la palabra en la boca cuando la reclaman de una mesa. ¿Realmente iba a quedarse? ¿Qué otra cosa podría hacer? No tenía donde ir, no le quedaba dinero, y aunque le resultara extraña tanta amabilidad iba a aceptar. Se concentra en aquel delicioso desayuno
El hombre de tez oscura que se sentaba sólo al fondo de la cafetería no perdió detalle de la conversación. Disimulaba con un periódico entre sus manos. Él siempre vestía con traje de color negro o gris oscuro, un sombrero y una gabardina. Era la mano derecha de la alcaldesa, quien le llevaba todos los cotilleos y su perro faldero; y por eso no era muy bien recibido en ningún lugar del pueblo. Cuando la plática entre las dos mujeres terminó, dejó dinero sobre la mesa y salió del lugar con una sonrisa malvada en el rostro. Sabía hacía donde debía dirigirse y lo que pasaría cuando ella se enterase.
- Despacio mi amor- dice la morena viendo como su hijo engulle el desayuno. Da un sorbo de su café lentamente. Le encantaba ese sabor intenso.
-Pwedon- dice el joven con la boca llena sonriendo luego.
- Henry! Traga primero la comida- no puede evitar soltar una pequeña carcajada, la cara de su hijo era adorable. Coge una servilleta y cubriendo el dedo índice se acerca y le limpia la boca. El timbre de la gran casa empieza a sonar repetidas veces. Con gesto malhumorado deja la servilleta y se levanta. - Ahora vengo tesoro
Cuando abre, el hombre que la esperaba se queda mirándola, escaneándola con sus ojos. Regina ya no tenía el pelo largo, caía hasta sus hombros. Siempre se ponía unos vestidos ajustados que eran la delicia para la mente calenturienta del hombre.
- ¿Sidney?- dice arqueando una ceja al ver como la observa
- Disculpe- vuelve en si -traigo información que, estoy seguro, que será de su interés
Regina rueda los ojos - Es mi día libre, no quiero saber nada, quiero estar con Henry- hace ademán de cerrar cuando el pie de Sidney se interpone entre la puerta y el marco
- Le aseguro, señora alcaldesa, que querrá escuchar lo que tengo que decirle- Regina finalmente intrigada, cede y abre la puerta invitándole a pasar con un gesto de su mano haciéndose a un lado.
- Ve a mi despacho- dice seria antes de mirar a Henry - cariño, termina y ve a lavarte los dientes, en cuanto termine de hablar con Sidney, nos iremos al parque- el niño le sonríe a lo que corresponde ella antes de entrar - Siéntate- le dice mientras cierra la puerta. Aunque el hombre debía tratarla de usted, Regina no mostraba ese "respeto" por él.
Sidney deja su abrigo en el respaldo de la silla, se quita el sombrero y se sienta con el entre sus manos - Esta mañana ha llegado una forastera-
La morena alza una ceja sentándose frente a él al otro lado del escritorio. - Está de paso ¿verdad?- se cruza de piernas
- Lo estaba- carraspea sabiendo que eso no le gustaría a la alcaldesa
- ¿Cómo dices?!- aprieta la mandíbula. Nadie se quedaba en el pueblo nunca, la gente no solía ser tan amable como para que una persona quisiera quedarse.
- La chica, no tenía para pagarse el desayuno y Ruby y la encantadora de su abuela, le han ofrecido una habitación-
- ¿Cómo?! Es que esas mujeres ¿no tienen otro cometido en esta vida que molestarme?- Suspira intentando calmarse - No me gustan los extraños, ya lo sabes, así que averigua lo que puedas de ella y haz que se vaya lo antes posible
- Lo sé, aunque no parece que pueda ser un peligro para nadie- ríe divertido pero la morena lo corta enseguida
- No importa! No quiero a nadie nuevo en mi pueblo, no quiero que las personas del exterior entren
- Pensaré en algo, aunque no sería un problema para ti, Regina- Ella lo mira furiosa - perdone, para usted- se corrige rápidamente.
- No lo sería, pero no quiero comprobarlo, no ahora que Henry empieza a confiar más en mi. Esa mujer debe irse- sentencia dando por terminada la conversación.
Regina intentaba controlar su mal genio delante de su hijo. Henry odiaba ver a su madre arrancándole el corazón a alguien, la había pillado mas de una vez y ella siempre se excusaba en que eran malas personas. La morena se cuidaba mucho de hacer todo eso en la noche o cuando el chico estaba en la escuela. Demasiada gente en ese pueblo que debía pagar. La única compañía que tenía Regina era Henry y sus "ligues" que sólo duraban unas horas. Demasiado dolor, demasiada culpa, demasiado rencor, demasiado miedo…Y esa dichosa maldición.
