Feliz año! Publico porque no estoy cruda y estoy aburrida (hurray?)
Este capítulo es un flashback, por cierto. Hubiera puesto todo en cursiva, pero es más pesado de leer.
Por cierto, el título pasado hacia referencia a "Amurrao". Este es el título de una canción de PedroPiedra, baterista de 31 Minutos y músico infravalorado con letras magníficas.
31 Minutos no me pertenece porque no me lo merezco.
Ojalá Tootsie hubiera sido real, pensaba mientras me acababa de maquillar para la gran Gala. O no Tootsie, quien fuera. Ojalá hubiera alguien de mi edad, una amiga que me pudiera ayudar. Una amiga podría decirme si se me pasó la mano con el rubor, o si el vestido rosa era demasiado rosa.
Pero lo único que tenía era mi colección de muñecas, y las muñecas no hablan. Pensé en llamar a Rosario, pero me iba a regañar con el escote. A lo mejor podría llamar al tío Policarpo, después de todo el vestido fue regalo suyo. Iba caminando hacia el teléfono cuando tocaron el timbre varias veces.
Sabiendo que mi tío detestaba que lo hicieran esperar, sólo me inspeccioné en el espejo una vez más, tratando de mantener el equilibrio sobre los tacos de 10 cms que Poli había insistido que usara. No me veía nada mal. Mis fans estarían impresionados. Y ya quería ver tu cara cuando me vieras, te ibas a morir. Sonriendo con la idea, abrí la puerta, y que hubiera usado o no rubor valió, porque al mirar a quien había tocado el timbre me sonrojé de inmediato.
Te miré de arriba abajo; es de mala educación, pero no lo pude evitar, era la primera vez que te veías tan elegante. El tuxedo te quedaba perfecto, y no había un solo pelo de perro sobre él. Te estaba comiendo con la mirada, pero cuando llegué a tus ojos supe que estabas haciendo lo mismo conmigo.
"Buenas… Tardes, Patana" dijiste sin aire, con los ojos como platos.
"Te ves… Pareces… Estás muy apuesto" suspiré, y me dieron ganas de peinar a mis flores.
La tensión amorosa se podía cortar con cuchillo.
"Gracias sobrina, yo también creo que me veo muy apuesto" dijo mi tío Tulio, y hasta entonces lo vi parado a tu lado.
"Ah… ¡Sí! No te estaba viendo, pero justamente te hablaba a ti, tío. Ehem… ¿Mario Hugo viene con nosotros?"
"Claro, es el chofer. Ahora vámonos, que se hace tarde y no pueden empezar sin mí." Empezó a bajar las escaleras, sin misericordia por mis pies no acostumbrados a los tacos altos, pero el chofer me tomó del ala y bajamos lentamente.
Pasé todo el trayecto mirándote y a la vez recordándome que tenía que fingir que no llevábamos pretendiéndonos poco más de un mes, porque la prensa y mi tío nos comerían vivos. Me podía imaginar los encabezados, "Patana Tufillo pololeando con un miserable reportero de cuarta"
Qué horror. Además todavía no lo hacíamos oficial.
Recuerdo que caminé contigo tomándome de la mano, para que no tropezara, porque los tacos eran de aguja tan fina que penetraban en la alfombra roja; era como una máquina de coser viviente. Te habías quitado la gorra de chofer, y estabas muy relamido, más de lo normal, moviéndote como si usar tuxedo fuera natural para ti, mientras a tu lado yo encajaba los tacos sobre la cola de mi vestido a cada rato. Y luego me pregunto cómo yo era la estrella.
Al vernos tomados de la mano, los periodistas volaron como moscas hacia nosotros.
"¿Ya andan?"
"Patana, ¿qué le dijiste?"
"Nos informan que la reportera Patricia Ana Tufillo Triviño, la consentida del noticiero 31 Minutos, decidió bajar sus estándares y salir con un pelafustán cualquiera, dinos Patana, ¿estás tan desesperada?"
Miré para todos lados, sin saber que contestar, abrumada por las preguntas, los flashazos, la gente gritando, y los zapatos perforándome los pies.
"¿Qué? ¡No! ¡Uno a la vez por favor!" grité
"Nos informan que aparte de desesperada, la señorita Patana está histérica. ¿Es porque este pelado te trata tan mal?"
"¿Tu nuevo pololo también te maltrata?"
"Ya puedo leer los encabezados: La reportera Patricia Ana, al borde de un colapso nervioso, de nuevo con pololo abusador. Y abajo: ¿Cuándo aprenderá, la tonta? ¡Ay, cuando lo lean los lectores de El Alarmista!"
"¡Basta!" gritaste y todos te vieron, esperando tu declaración. Supliqué a Dios, que caminaba a mi lado con sus chalas Zico, que no metieras la pata. "¿Acaso son tan ciegos, que no pueden ver que le estoy ayudando a caminar porque está usando los finísimos zapatos diseñados por Lala Lilila? En lugar de preocuparse por su situación sentimental –la cual es inexistente, pues me contrató para ser su esclavo personal, así de miserable y patético soy- ¡deberían preocuparse por su ropa y sus zapatos, como reporteros de verdad!"
Los periodistas nos miraron en silencio, y volvieron a preguntar a gritos:
"¿Qué opina Lilila de que uses sus exclusivos zapatos?"
"Patana, ¡aquí! ¿Cuánto te costó?"
"¡Patana! ¿Algún consejo para las ilusas que quieren parecerse a ti?"
"Patana, ¿cuántas personas sin importancia fueron explotadas para hacer tu finísimo e importantísimo vestido?"
"El presidente Oso va a aumentar los impuestos, ¿cómo crees que luzca una chica que quiere ser como tú cuando su salario sea aún más mísero?"
Vaya, así sí se puede.
Contesté educadamente, sonriendo y posando, y no supe si habíamos tenido éxito hasta el día siguiente, con mi foto en el periódico (incluso la cortaron para que no se vieran nuestras manos juntas):
La siempre elegante Patana Tufillo, con su esclavo personal de moda.
Pero en ese momento no importaba, estábamos en el ascensor que nos llevaría y así como yo planeaba dar un discurso para mi tío por su desempeño periodístico, no sabía que tú también tenías el tuyo preparado.
Y no sabíamos que ningún discurso sería dicho.
"¿Era urgente que hablaras con ese?" me preguntaste en voz baja, cuando estábamos ya todos en el elevador.
Claro que ver a Guaripolo me seguía dando un vuelco en el estómago, como recordatorio que un día habían sido mariposas las que hoy eran murciélagos; pero había aprendido a ser civilizada. Además el idiota estaba en todas partes, los paparazzi igual, y no me conviene hacer un escándalo.
"No te pongas celoso, Mario Hugo, si sólo le pedí la clave del internet"
"NO ESTOY CEL… Digo, no estoy celoso. Sólo me molesta verte hablando con tu ex novio porque temo que me cambies por él."
"Esa es la definición de estar celoso, Mario. Además, tú y yo no somos nada."
"Aún" susurraste y lo dejamos por la paz. Todo era paz en el elevador.
...
"Por casualidad… ¿alguien ha visto a mi padrino?"
Y luego la paz se fue a la basura.
...
Llevábamos más de dos horas atascados en el elevador, y después de la metida de pata del Maguito íbamos cada vez peor. Con la oscuridad, la gente se iba estresando más. Norberto y Raquel, a mi lado, peleaban por no sé qué motivo, Eustaquio Renato seguía amurrao, amurrando a todos a su alrededor, Cindy le gritaba a mi tío….
Y tú no eras la excepción. Sentado en una esquina, temblabas como nunca, revisando tu reloj a cada segundo y retorciéndote ansiosamente las manos. Me senté a tu lado, al fin que mi tío no nos veía por estar suplicándole a Cindy.
"¿No te sirvió mi mini cursito de relajación?" pregunté
"¿Qué? Ah… Sí, fue el mejor cursito de relajación que he tenido en mi vida" adulador "Es sólo que… Ya pasaron dos horas y no estamos en la Gala."
"¿A quién le importa la Gala?"
En la Gala jamás hubiéramos podido sentarnos juntos, yo tenía una mesa con los grandes y tú… una al lado del baño.
"Es que en la Gala iba a decirte algo importante" empezaste, sonrojándote y desviando la mirada.
"Dímelo ahora" sugerí y negaste con la cabeza, picando mi curiosidad de reportera y detective, así que te molesté los siguientes cinco minutos, hasta que confesaste:
"Si te lo digo ahora, todos me van a oír, y me vas a matar"
Fue cuando se me ocurrió lo de la servilleta.
Tardaste en escribir como su fueras Tomasino Triviño, el historiador más famoso de Titirilquén, cuando escribió las crónicas de la Revolución de las Marionetas. Pero a diferencia de las crónicas de 700 páginas, después de mucho tiempo y esfuerzo, el papelito arrugado y roto estaba cubierto de tinta, de frases escritas y tachonadas, y de un modesto:
"¿Si te pido que seas mi novia me vas a golpear muy fuerte?"
Contuve la respiración, como si el débil papelito me hubiera dado una bofetada.
Recuerdo que tuve miedo. Tuve muchísimo miedo, y los murciélagos en mi interior revolotearon como nunca. Mi mirada fue directo al ascensorista, que parloteaba sobre los maravillosos ascensores modernos.
Te quejaste de él, Mario Hugo, pero no sabes el daño que me hizo a mí también. Cuarenta minutos bastaron para enamorar a una pájara tonta, cinco minutos para destruirla, y más de tres meses en que ella intentara recuperar la confianza. Guaripolo convirtió mi estómago en un nido de mariposas, pero luego las transformó en murciélagos; y lo peor fue que ya no sólo era mi estómago, eran mi corazón y mi mente, toda yo ya no era algodón; estaba rellena de horrendos y negativos murciélagos, y todo había sido por él. Pero sabía que tú no ibas a ser así, no me ibas a lastimar como él.
Aun así tuve miedo.
"Mario Hugo" empecé y tomé aire, aunque el aire apestaba a humanidad "Te prometo que… no voy a golpearte" tenías los ojos apretados, quizás esperando el golpe. Y abriste sólo uno, mirándome.
"¿Ah, no?"
"No, porque…" los murciélagos agitaban sus alas furiosamente, me sentí una mansión abandonada por el conde Bodrácula. "Porque sí quiero"
"¿Sí quieres golpearme?" preguntaste, "¡Sabía que era una mala idea! No debí escuchar al idiota de Huachimingo" no sé si era la oscuridad, pero creo que tenías los ojos cubiertos de lágrimas; cuando quise comprobarlo desviaste tu mirada.
"¡No tarado! ¡¿No lo entiendes?!" resoplé "No puedo gritarlo porque si mi tío me escucha te va a sacar el algodón"
Me miraste con sospecha, tus ojos parecían un árbol de Navidad. Seguramente ya sabías hacia dónde iba pero te daba miedo estar equivocado.
"¿Entonces sí quieres…?" empezaste y asentí con la cabeza, tus ojos brillaban tanto que parecía que podían iluminar ciudades enteras. Al menos empezaban a iluminar el ascensor. "¡Wow! ¡No puedo creerlo! Esto es demasiado hermoso… y desconocido para ser verdad… ¿estoy soñando?" negué con la cabeza, sonriendo casi tanto como tú "¡Qué maravilla! Podría besa…"
Y a mi lado, escuchamos a Norberto y Raquel.
"Alguien ya te robó la idea" susurré, mientras ambos nos asomábamos lentamente para mirar con una mezcla de morbo y curiosidad al par de pubertos precoces que a mi lado compartían saliva. Con todo y la asquerosidad del momento, me habían plantado una idea en la cabeza, y al mirarte de reojo supe que tenías la misma idea.
Tus mejillas brillaban tanto que podía verte claramente en la oscuridad. Y para mi sorpresa, te acercaste y los murciélagos volvían a ser mariposas.
En ese ascensor, Norberto y Raquel no eran los únicos besándose. Pero a diferencia de ellos, fuimos más discretos, nuestro primer beso fue más bien tímido, y cuando apenas me empezaba a acostumbrar a la sensación, se encendieron las luces y te separaste automáticamente soltando mi mano.
Tragué saliva, mientras Rosario les gritaba a Norberto y Raquel. A mi lado, temblabas tanto que temí que explotaras, a la Dante Torobolino. Vigilando que nadie nos hubiera visto, me topé con la mirada del ascensorista, quién entornó los ojos, muerto de celos (celos de mí, no de ti), y le sonreí con sorna, porque ya no tenía efecto en mí.
La Corchetis empezó a cantar Son Pololos, la parejita adolescente aprovechó la distracción para seguir compartiendo su saliva, yo para tomar tu mano, y tú para acomodar tu cabeza sobre mi hombro, barriendo de paso el resto de los murciélagos que acechaban mis pensamientos. Llegaste a la mansión del conde Bodrácula y la convertiste en tu Dimensión Hermosa y Desconocida.
La verdad, si me hubiera quedado varada ahí, sentada en una esquina del ascensor contigo, no hubiera estado nada mal.
Hasta me da pena admitir cuántas veces tuve que ver ese capítulo para que todo encajara...
